Alejandro dumas



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-¿Podéis referir cuanto habéis visto sin omitir nada al enviado de Su Santidad Gregorio XIII? -pre­guntó de Guisa.

-Todo, punto por punto.

-Perfectamente. Mi hermano Ma­yena dice que habéis hecho mara­villas por nosotros. Veamos: ¿qué es lo que habéis hecho?

El cardenal y la duquesa forma­ban entonces un solo grupo.

A tres pies de ellos estaba Nico­lás David, bajo los fulgores de la lámpara.

-He hecho lo que había prome­tido -dijo maese Nicolás-, es de­cir, que he hallado el medio de ha­ceros sentar sin oposición en el trono de Francia.

-¡También ellos! -exclamó Chi­cot-, pues señor, aquí todo el mun­do pretende ser rey de Francia. El último que llegue será el mejor.

El ánimo del valiente Chicot ha­bía recobrado su alegría por efecto de tres circunstancias; en primer lu­gar por haberse librado de una ma­nera imprevista del inminente pe­ligro que había corrido; en segundo lugar porque estaba descubriendo una gran conspiración; y por úl­timo, porque con este descubrimien­to se le proporcionaba el medio de perder a sus irreconciliables enemi­gos, el duque de Mayena y el abo­gado Nicolás David.

-¡Querido Gorenflot! -dijo lue­go que reflexionó en todo lo que acabamos de decir-, ¡qué cena te voy a pagar mañana por el alquiler de tu hábito!

-Mas si la usurpación es dema­siado manifiesta, abstengámonos de ese medio -exclamó Enrique de Guisa-, porque no quiero tener por enemigos a todos los reyes de la cristiandad que proceden de derecho divino.

-Ya he tenido en cuenta ese es­crúpulo de Vuestra Señoría -dijo el abogado saludando al duque y fijando en el triunvirato tranquilas miradas-. No se limita mi habili­dad al arte de la esgrima, como acaso habrán propalado mis enemi­gos para arrebatarme vuestra con­fianza; he estudiado también con fruto la teología y las leyes. He con­sultado, como debe hacerlo un buen casuista y un entendido juriscon­sulto, los anales y decretos que ro­bustecen mi aserción en nuestro sis­tema de sucesión al trono. Ganar la legitimidad es ganarlo todo, monse­ñor, y he descubierto que vuestras señorías son los herederos legítimos de la corona, y que los Valois no son más que una rama parásita y usurpadora.

La convicción con que Nicolás David pronunció este pequeño exor­dio excitó la alegría de madame de Montpensier y la curiosidad del du­que de Mayena, haciendo al mismo tiempo que se desarrugase casi por completo la frente severa del duque de Guisa.

-Difícil es -dijo éste- que la casa de Lorena, aunque muy ilustre, pretenda tener más derechos que la de Valois.

-Pues no obstante, está probado que los tiene-, repuso maese Ni­colás alzándose los hábitos para sa­car un pergamino del bolsillo de sus anchos calzones, y descubriendo el puño de una larga tizona.

El duque cogió el pergamino de manos de Nicolás David.

-¿Qué es esto? -preguntó.

-El árbol genealógico de la casa de Lorena.

-¿Cuyo tronco es?...

-Carlo Magno.

-¡Carlo Magno! -repitieron los tres hermanos con incredulidad, si bien con cierta especie de satisfac­ción-. Es imposible. El primer du­que de Lorena era contemporáneo de Carlo Magno, pero se llamaba Raniero, y no tenía el más leve pa­rentesco con aquél célebre empera­dor.

-Ya conoceréis, monseñor -dijo Nicolás-, que no he ido yo a bus­car una de esas cuestiones que se terminan con una simple negación y que el primer juez de armas re­suelve en un instante. Lo que nece­sitan vuestras señorías es un buen pleito que dure mucho tiempo, que llame la atención del Parlamento y del pueblo, y durante el cual se pue­da conquistar, no al pueblo, porque es de vuestras señorías, sino al Par­lamento. Ahora bien, esto es preci­samente lo que yo he procurado.

-Raniero, primer duque de Lo­rena, contemporáneo de Carlo Mag­no.

Gilberto, su hijo contemporáneo de Ludovico Pío.

Enrique, su hijo, contemporáneo de Carlos el Calvo.

-Pero. . . -interrumpió el duque de Guisa.

-Un poco de paciencia, monse­ñor, a eso voy... Poned atención. Bona...

-Sí -dijo el duque-, hija de Ricino, segundo hijo de Raniero.

-Bien -prosiguió el abogado-; ¿y con quién se casó?

-¿Bona?

-Sí.


-Con Carlos de Lorena, hijo de Luis IV, rey de Francia.

-Con Carlos de Lorena, hijo de Luis IV, rey de Francia -repitió David-; ahora agregad, y hermano de Lotario, despojado de la corona de Francia por el usurpador Hugo Capeto.

-¡Oh! -exclamaron el duque de Mayena y el cardenal.

-Proseguid -dijo Enrique de Guisa-, empiezo a ver alguna cla­ridad en ese negocio.

-Ahora bien -continuó el abo­gado-, Carlos de Lorena heredaba el trono de su hermano Lotario al extinguirse la raza de éste, y como se extinguió, resulta que vuestras se­ñorías son los únicos y legítimos herederos de la corona de Francia.

-¡Pardiez! -murmuró Chicot-, este animal es más venenoso de lo que yo creía.

-¿Qué decís a eso, hermano? -preguntaron a un mismo tiempo el cardenal y el duque de Mayena.

-Digo -contestó el duque de Guisa-, que por desgracia existe en Francia una ley, que se llama la ley Sálica, y que destruye todas nues­tras pretensiones.

-Aquí aguardaba yo a Vueseño­ría -exclamó Nicolás David con el tono de la vanidad satisfecha-; ¿cuál es el primer ejemplo de la ley Sálica?

-El advenimiento al trono de Fe­lipe de Valois, en perjuicio de Eduar­do de Inglaterra.

-¿Cuál es la fecha de ése adve­nimiento?

El duque de Guisa recapacitó un momento.

-Mil trescientos veintiocho -dijo sin titubear el cardenal.

-Es decir -continuó maese Ni­colás-, 341 años después de la usur­pación de Hugo Capeto, y 240 des­pués de la extinción de la estirpe de Lotario. Así, pues, cuando se in­trodujo la ley Sálica ya hacía 240 años que vuestros antepasados te­nían derecho a la corona y sabido es que ninguna ley tiene efecto re­troactivo.

-Sois muy diestro, maese Nico­lás -dijo el duque de Guisa con­templando al abogado con cierta especie dé admiración a que no de­jaba de agregarse un poco de des­precio.

-Eso es muy ingenioso -dijo el cardenal.

-Es muy bueno -repuso Ma­yena.

-Es admirable -añadió la du­quesa-; ya soy princesa real; no tomaré por marido menos de un em­perador de Alemania.

-¡Dios mío! -dijo Chicot-, tan sólo una súplica te hago: Nec nos inducas in tentationeni et libera nos ab avocatibus.

A pesar del entusiasmo general el duque de Guisa quedóse pensativo. Por último exclamó:

-¡Y ha de necesitar tales subter­fugios un hombre como yo! ¡Con­que es decir que los pueblos, antes de obedecer, examinan pergaminos como éste, en lugar de leer la no­bleza de un hombre en las chispas que despiden sus ojos o su espada!

-Tenéis razón, Enrique -obser­vó el cardenal-, tenéis no una sino mil razones, y si los pueblos se con­tentasen con mirar el rostro, vos seríais rey entre los reyes, pues los demás príncipes parecen pueblo a vuestro lado. Mas para subir al tro­no, lo principal es un buen pleito, como ha dicho maese Nicolás Da­vid, y después que subamos, como vos mismo habéis dicho, debe tra­tarse de que el blasón de nuestra casa no sea inferior a ninguno de los que ostentan los demás tronos de Europa.

-Entonces esa genealogía es bue­na -dijo dando un suspiro Enri­que de Guisa-. Maese Nicolás Da­vid, aquí tenéis los doscientos escu­dos de oro que me ha pedido para vos mi hermano Mayena.

-Y aquí tenéis otros doscientos -dijo el cardenal al abogado, cu­yos ojos chispeaban mientras con codicioso afán se guardaba el oro en los profundos bolsillos de sus calzones-; aquí tenéis otros dos­cientos por la nueva comisión que vamos a encomendaron.

-Hablad, monseñor, a las órde­nes de Vuestra Eminencia.

-No podemos encargaron que llevéis vos mismo esa genealogía a Roma para entregársela a nuestro Santo Padre Gregorio XIII, cuya aprobación necesita; pues sois de inferior clase y no se os abrirán las puertas del Vaticano.

-¡Ah! -dijo Nicolás David-, tengo gran corazón, es cierto, pero soy de pobre linaje. ¡Si al menos fuera hidalgo!

-¡Quieres callar, truhán! -ex­clamó Chicot.

-Pero sois plebeyo -observó el cardenal-, y es una desgracia. Nos vemos, pues, obligados a valernos para esta comisión de Pedro de Gondy.

-Permitid, hermano -dijo la du­quesa poniéndose seria-; los Gon­dy son personas de talento, eviden­temente, pero no tenemos ninguna garantía de su fidelidad. Su ambi­ción sola nos responde de ellos y lo mismo pueden satisfacer su am­bición con el rey Enrique que con la casa de Guisa.

-Tiene razón mi hermana, Luis -dijo el duque de Mayena con su brutalidad habitual-, no podemos fiarnos de Pedro de Gondy como nos fiamos de Nicolás David, que es nuestro y a quien podríamos ha­cer ahorcar cuando quisiéramos.

Esta franqueza del duque, lanza­da a quemarropa sobre el abogado, produjo en el desventurado legista el más extraño efecto, pues soltó una carcajada convulsiva que deno­taba lo inmenso de su miedo.

-Mi hermano Carlos se bromea -dijo Enrique de Guisa a Nico­lás-; ya sabemos que sois fiel, y de ello nos habéis dado pruebas en muchas ocasiones.

-Y especialmente en aquella en que yo fui la víctima- murmuró Chicot, amenazando desde su escon­drijo a su enemigo, o por mejor decir a sus dos enemigos.

-Tranquilizaos, Carlos, tranqui­lizaos, Catalina -agregó Enrique-; tengo adoptadas de antemano todas las precauciones. Pedro de Gondy llevará esa genealogía a Roma, pero confundida entre otros papeles y sin saber lo que lleva, y el Papa la aprobará o no, sin que Gondy sos­peche nada. Vos, Nicolás David, sal­dréis al mismo tiempo que él y le aguardaréis en Chalons, en Lyon o en Avignon, según los avisos que de nosotros recibáis. De este modo vos solo sabréis el verdadero secreto de la empresa: ya veis que sois nues­tro único confidente.

David hizo una reverencia.

-Ya sabes con qué condición, querido amigo -murmuró Chicot-, con la de ser ahorcado si das algún paso fuera del camino que a ellos les convenga, mas no tengan cuida­do; yo te juro por Santa Genoveva, aquí presente en estatua de yeso, de mármol o de madera, y tal vez en esqueleto, que el suplicio que yo te preparo es el que tienes más cerca de los dos que te amenazan.

Los tres príncipes se estrecharon la mano y abrazaron a su hermana la duquesa, que acababa de traerles los hábitos de fraile dejados en la sacristía; madame do Montpensier, luego de haber ayudado a sus her­manos a ponerse sus disfraces, se bajó la capucha hasta los ojos, mar­chó delante hasta el pórtico, donde esperaba el portero, y desapareció seguida de los príncipes y de Nico­lás David, cuyos escudos de oro a cada paso que daba resonaban en su bolsillo.

Cuando todos se hubieron retira­do, el portero echó los cerrojos, y entrando después en la iglesia, apa­gó la lámpara del coro. Una obscu­ridad completa invadió entonces la capilla, y renovó el misterioso terror que más de una vez había erizado los cabellos de Chicot.

El gascón oyó el ruido que las sandalias del fraile hacían en las losas; después este ruido fue dismi­nuyendo, y por último se extinguió por completo.

-Bueno -dijo Chicot-, parece que todo se ha concluido; los tres actos están terminados y los actores se han ido a descansar. Procuremos seguirles, pues ya es mucha come­dia ésta para una sola noche.

Y abandonando la idea de espe­rar el día en la iglesia, por temor de que volvieran a abrirse las tumbas y a habitarse los confesonarios, des­corrió el cerrojo del suyo, empujó la puerta con cuidado y sacó los pies fuera.

Mientras la revista que pasaron el portero y el monaguillo a todos los rincones de la iglesia, había Chicot observado arrimada a la pared una escalera, que sin duda servía para poder limpiar subido en ella los vi­drios de colores de las ventanas. No quiso, pues, perder tiempo, y con las manos extendidas hacia adelante y echando el paso con precaución, lo­gró llegar al ángulo donde la esca­lera estaba, y tomándola la puso debajo de la ventana que más a pro­pósito le pareció para evadirse.

Al resplandor de la luna le pare­ció que se había engañado en su cálculo, pues la ventana caía al cementerio del convento, cuyas ta­pias lindaban con la calle de Bor­delle.

Abrió la ventana, púsose sobre ella a caballo, y trayendo así la es­calera con la fuerza y destreza que dan casi siempre la alegría o el mie­do, la hizo pasar a la parte de afuera.

Luego que bajó al cementerio, la ocultó entre unos árboles que crecían cerca de la pared, y llegando a la tapia que le separaba de la calle, la saltó, no sin dejar caer detrás de sí algunas piedras.

Una vez en la calle respiró con toda su fuerza.

Acababa de salir, sin más que al­gunos rasguños, de un avispero, en donde más de una vez había creído perder la vida.

Luego que sintió que el aire en­traba más libremente en sus pulmo­nes, echó a correr hacia la calle de Santiago, y no se detuvo hasta lle­gar a la hostería del Cuerno de la Abundancia, adonde llamó inmedia­tamente y sin titubear.

Maese Claudio Bonhomet llegó en persona a abrir la puerta. Era maese Claudio hombre que sabía que toda incomodidad se paga, y contaba para hacer su fortuna mejor con las in­comodidades extraordinarias que con las ordinarias.

A la primera ojeada reconoció a Chicot, aunque le había visto salir en traje de caballero y le veía en hábito de fraile.

-¡Ah! ¿sois vos, señor hidalgo? -exclamó-; bien venido.

Chicot le dio un escudo y le pre­guntó:

-¿Y el P. Gorenflot?

El posadero se sonrió, avanzó has­ta la puerta del gabinete, lo abrió y dijo:

-Miradle.

El P. Gorenflot continuaba ron­cando en el mismo sitio donde Chi­cot le había dejado.

-¡Vive Dios, respetable amigo -dijo-, que acabas de tener un sueño terrible sin tú saberlo!

XXII. LOS SEÑORES DE SAN LUCAS, VIAJANDO JUNTOS, SE ENCUENTRAN CON UN COMPAÑERO DE VIAJE

A la mañana siguiente y a la hora en que el P. Gorenflot se desperta­ba vestido y abrigado con su há­bito, si el lector hubiese recorrido el camino de París a Angers, ha­bría podido ver entre Chartres y Nogent dos personas, un hidalgo y su paje, cuyas pacíficas cabalgaduras marchaban estrechamente uni­das, acariciándose con las cabezas y hablándose con relinchos como hon­rados animales, que no por estar privados del don de la palabra de­jaban de tener medios para comu­nicarse sus pensamientos.

A la misma hora, próximamente, del día anterior, habían llegado nues­tros caballeros a Chartres en dos ca­ballos fatigados y arrojando espuma por la boca, uno de los cuales ha­bía caído en la misma plaza de la Catedral; y como a la sazón iban los fieles a misa, y había por lo tanto gran concurrencia, no dejó de ser espectáculo interesante para los ve­cinos de Chartres el de aquel corcel expirando de cansancio y cuyos due­ños hacían de él tan poco caso como si fuera un innoble rocín.

Algunos observaron (porque los vecinos de Chartres han sido en to­dos tiempos muy observadores) que el más alto de los dos caballeros llamó a un honrado muchacho, el cual, mediante un escudo que reci­bió, les guió a una posada inmedia­ta, por cuya puerta trasera, que daba al campo, volvieron a salir los viajeros media hora después en ca­ballos de refresco y con un color en las mejillas, que anunciaba que habían bebido vino caliente.

Una vez en el campo, todavía desnudo y frío, pero matizado acá v allá por azulados colores, precur­sores de la primavera, el más alto de los dos caballeros se aproximó al más pequeño y le dijo, abriendo los brazos:

-Querida esposa, abrázame con confianza, pues a estas horas nada tenemos qué temer.

Entonces madame de San Lucas -pues era ella- se inclinó con gracia, abriendo el espeso manto con que iba cubierta y apoyando los bra­zos en los hombros del joven, en cuya postura y sin cesar de mirarle con deleite, le dio el tierno y cari­ñoso beso que reclamaba.

De esta confianza que San Lucas inspiró a su mujer, y quizá del beso dado por ella a su marido, resultó que aquel día se detuvieron en un mesón de la aldea de Courville, si­tuada a cuatro leguas tan sólo de Chartres, el cual por su soledad, por sus dobles puertas y por otra multitud de ventajas, ofrecía a los dos esposos amantes todas las ga­rantías apetecibles de seguridad.

Allí permanecieron todo el día y toda la noche misteriosamente ocul­tos en su aposento, donde después de haberse hecho servir el almuer­zo, se encerraron dando orden al mesonero, en atención a lo largo del camino que habían andado y a lo fatigados que se encontraban, de que no les llamase hasta el día siguiente al amanecer, orden que fue puntual­mente cumplida.

Al amanecer se pusieron en ca­mino y como aquel día estaban más tranquilos que la víspera, camina­ban no como fugitivos, ni tampoco como enamorados, sino como estu­diantes que se separan a cada paso del camino para subir alguna cues­ta y mostrarse uno a otro desde su cima como una estatua ecuestre so­bre su caballo; que destrozan los primeros botones de las plantas; que buscan el primer musgo; que cogen las primeras flores, centinelas de las primaveras, y que admiran gozosos el reflejo de un rayo de sol sobre el plumaje de un ánade o el veloz paso de una liebre en la llanura.

-¡Pardiez! -exclamó San Lu­cas-, ¡qué felicidad es ser libre! ¿Te has visto tú en libertad alguna vez, Juana?

-Yo -repuso la joven con alegre acento-, jamás, esta es la primera vez que salgo al campo y respiro el aire libre. Mi padre era muy recelo­so y mi madre muy casera: no me dejaba salir sino acompañada de una dueña, dos doncellas y un lacayo, de modo que no recuerdo haber co­rrido por el campo desde que siendo niña jugaba en los bosques de Meri­dor con mi querida Diana, desafián­dola a correr y corriendo hasta que una a otra nos perdíamos de vista. Entonces nos deteníamos conmovi­das al ruido de alguna cierva, de algún gamo o cervatillo, que espan­tado al vernos se lanzaba fuera de su cueva. Pero tú, querido San Lu­cas, tú al menos eras libre.

-¿Yo libre?

-Sin duda; un hombre...

-¿Y qué importa? Nunca he te­nido libertad alguna. Educado al lado de Enrique cuando era duque de Anjou, llevado por él a Polonia, traído por él a París, condenado por las eternas reglas de la etiqueta a no separarme de él, perseguido cuan­do de él me separaba por la voz pla­ñidera que me decía: "San Lucas, amigo mío, yo me aburro, ven a aburrirte conmigo." no he tenido un instante mío; y aquel corsé que me prensaba el estómago, y aquella gor­guera almidonada que me desollaba la garganta, y mis cabellos engoma­dos que con la humedad se adherían unos a otros y con el polvo se en­suciaban, y aquel birretillo, en fin, prendido en la cabeza con alfile­res... ¡Oh, no, no querida Juana, creo que todavía era yo menos libre que tú! Así ya ves cómo me apro­vecho de la libertad, ¡qué ventura! yo no sé cómo hay quien se prive de ella pudiendo gozarla.

-¿Y si nos atrapan, San Lucas? -dijo la joven mirando atrás con inquietud-, ¿y si nos encierran en la Bastilla?

-Si nos encierran juntos, querida Tuanita, no nos irá del todo mal. Me parece que todo el día de ayer hemos estado encerrados lo mismo que si hubiésemos sido presos de consideración, y no hemos echado nada de menos.

-San Lucas, no te fíes -repuso Juana con maliciosa y alegre son­risa-, si nos atrapan, no creo que nos encierren juntos.

Y la linda joven se ruborizó al pensar lo mucho que había dado a entender en lo poco que había di­cho.

-Entonces vamos adonde estemos bien ocultos -dijo San Lucas.

-No temas -contestó Juana-, en cuanto a eso nada tenemos que temer. Si supieses lo que es Meri­dor... Si hubieses visto sus grandes encinas, que parecen columnas de un templo que tiene por bóveda el cielo, y sus alamedas sin fin, y sus perezosos riachuelos que corren en estío bajo umbrosos arcos de verde follaje, y en invierno sobre alfom­bras de hojas secas, y sus grandes estanques, y sus campos de trigo, y sus jardines de flores, y sus prados sin límites, y sus torrecillas de don­de se escapan millares de palomas arrullándose y revoloteando incesan­temente como abejas alrededor de una colmena... y presidiendo a todo la reina de ese pequeño reino, la encantadora de esos jardines de Armida, la bella, la amable, la in­comparable Diana, un corazón de diamante en una caja de oro:- tú la amarás, San Lucas.

-La amo ya, porque es tu amiga.

-¡Oh! estoy bien segura de que ella me ama aún, y me amará siem­pre. ¡No es Diana de las que varían caprichosamente de amigas! Figúra­te qué vida tan feliz vamos a pasar en ese nido de flores y de musgo, que va a reverdecer con la prima­vera; Diana ha tomado la dirección de la casa de su padre: tenemos que preocuparnos del buen barón; es un guerrero del tiempo de Fran­cisco I, anciano débil e inofensivo tanto como en otro tiempo ha sido fuerte y valeroso, que no tiene otro recuerdo de lo pasado que el del vencedor de Mariñán y vencido de Pavía, ni más esperanza en el por­venir que la que ha puesto en su amada Diana.

Podemos vivir en Meridor sin que él lo sepa ni llegue a sospecharlo nunca; y si lo sabe, seremos bien recibidos con sólo dejarle decir que su Diana es la doncella más hermo­sa del mundo, y Francisco I el me­jor capitán de todos los siglos.

-¡Magnífico! -dijo San Lu­cas-; pero adivino grandes dispu­tas.

-¿Cómo?


-Entre el barón y yo.

-¿Por qué? ¿Por Francisco I?

-No, le concederé cuanto quiera de Francisco I; mas en cuanto a la más hermosa del mundo...

-Yo no entro en cuenta, pues soy tu mujer.

-Es cierto -dijo San Lucas.

-Calcula tú qué existencia tan envidiable va a ser la nuestra -pro­siguió Juana-. Por la mañana sal­dremos al bosque por la puerta del pabellón, que sin duda será la habi­tación que nos den: ya conozco ese pabellón: tiene dos torrecillas uni­das por un cuerpo de edificio cons­truido en tiempo de Luis XII; la arquitectura es soberbia; ya verás cómo te gusta. Tiene también ven­tanas: desde una se descubren los inmensos bosques, que a la vista parecen interminables, entre cuyos árboles se ve a lo lejos pacer algún Ramo o cervatillo que alza la ca­beza al menor ruido; desde la otra, que se halla al lado opuesto, se di­visan doradas llanuras y aldeas de rojos tejados y blancas paredes, si­tuadas a orillas del Loira, cuyas cristalinas aguas se cubren de bar­quichuelos.

Luego, a tres leguas de Meridor tenemos un lago con su barca; ten­dremos igualmente perros y caba­llos con los cuales cazaremos en los bosques mientras el anciano barón, ïgnorando que semejantes huéspedes tiene en su casa, dirá al oír los la­dridos: "Diana, escucha, no parece sino que Astrea y Flegetón están ca­zando." Y Diana contestará: "Si ca­zan, querido padre, dejadles que cacen."

-Apresurémonos, Juana -dijo San Lucas-; ya quisiera estar en Meridor.

Y ambos espolearon los caballos v galoparon por espacio de dos o tres leguas, hasta que los caballos fueron aflojando espontáneamente el paso como para dar tiempo a sus amos para reanudar la conversación interrumpida, o corrigiesen un beso mal dado.

De este modo llegaron a Mans, donde tranquilos ambos, permanecie­ron un día que fue otro de los días venturosos en el feliz camino que seguían, y a la mañana siguiente penetraron en los bosques arenosos que en aquella época se extendían desde Guécelard a Ecomoy, firme­mente resueltos a llegar aquella misma noche a Meridor.

Creía San Lucas que en Meridor estaría libre de todo peligro, pues conocía el carácter, unas veces enér­gico y otras perezoso, del rey, y sabía que según la disposición del ánimo en que se encontrara, así po­dría haber enviado veinte correos y cien guardias detrás de ellos con orden de conducirlos a París muer­tos o vivos, como haberse contenta­do con sacar los brazos fuera de la cama un poco más que de costumbre y dar un gran suspiro diciendo:

-¡Oh, traidor San Lucas! ¡que no te haya conocido antes!

Ahora bien, como no habían sido alcanzados por ningún correo ni visto ningún guardia, era probable que el rey Enrique III, en vez de encontrarse en sus momentos de energía, se hubiese hallado cuando partió San Lucas en sus momentos de pereza.


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