Alejandro dumas



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-¿Entonces no sabéis. ..? -dijo el anciano dirigiéndose a Bussy.

Bussy se inclinó sin contestar.

-No, señor -dijo Juana-, y todos ignorábamos ese acontecimien­to.

-¡Mi Diana ha muerto y su me­jor amiga ignoraba su muerte! ¡Oh! Cierto es que yo no se lo he escrito a nadie ni he hablado después con persona alguna; me parecía que muerta mi Diana, el mundo no po­dría vivir; me parecía que el Uni­verso debía llevar luto por la muer­te de mi Diana.

-Contádnoslo todo -repuso Jua­na-; así os consolaréis.

-¿Qué os he de contar? -dijo el barón sollozando-: que ese prín­cipe infame, deshonra de la nobleza francesa, vio a mi Diana y parecién­dole hermosa la robó y la hizo lle­var al castillo de Beaugé para des­honrarla como si fuera hija de un esclavo; pero Diana, mi noble y san­ta Diana, prefirió la muerte, se pre­cipitó por una ventana en el lago, y desapareció para siempre, sin que se haya encontrado de ella otra cosa que su velo flotando sobre la superficie del agua.

Las lágrimas y los sollozos casi no dejaron al anciano articular las últimas palabras; Bussy, el guerrero, el hombre acostumbrado a ver co­rrer la sangre, no había presenciado jamás una escena tan tierna, un es­pectáculo tan lúgubre.

Más tranquilo después el barón, esperaba la respuesta de Bussy, para fijar su opinión acerca de él las pa­labras simpáticas de San Lucas le consolaban. En las grandes crisis morales, las debilidades físicas son también grandes: no es uno de los más pequeños consuelos para el do­lor de un niño mordido por su perro favorito, el ver pegar al perro que le ha mordido.

Pero Bussy, en vez de responder al apóstrofe de San Lucas, dio un paso hacia M. de Meridor.

-Señor barón -dijo-, ¿queréis concederme la honra de hablaros sin testigos?

-Escuchad a M. de Bussy, queri­do señor -dijo Juana-, veréis qué bondadoso y complaciente es.

-Hablad, caballero -dijo el ba­rón, tembloroso y extrañando aque­lla pretensión de Bussy.

Este se volvió hacia San Lucas y su mujer, y dirigiéndoles una mirada de afecto, dijo:

-Si me permitís ...

Los dos jóvenes salieron de la sala apoyados uno en el brazo del otro y doblemente felices en presencia de aquel inmenso infortunio.

Luego que salieron y cerraron la puerta, Bussy se aproximó al barón y le saludó profundamente.

-Caballero -dijo-, acabáis de acusar en mi presencia a un prín­cipe a quien sirvo, .y le habéis acu­sado de una manera que me obliga a pediros una explicación.

El anciano hizo un movimiento.

-¡Oh! -añadió Bussy-, no equivoquéis el sentido respetuoso de mis palabras; os hablo con la más profunda simpatía y con el más vivo deseo de mitigar vuestra pena; os ruego que me hagáis una relación detallada de la catástrofe que habéis contado hace poco a M. de San Lu­cas y a su mujer. Veamos, ¿es cierto que no hay ninguna esperanza, que ha ocurrido como habéis dicho?

-Caballero -dijo el anciano-, tuve un momento de esperanza. Un noble y leal gentilhombre llamado M. de Monsoreau amaba a mi po­bre hija y se interesó por ella.

-¿M. de Monsoreau? -interrogó Bussy-, ¿y cuál ha sido su conduc­ta en estas circunstancias?

-Su conducta fue muy leal y muy digna, porque Diana le había negado su mano, y no obstante, él fue quien primero me participó los infames proyectos que el duque me­ditaba, y quien me indicó los me­dios de desconcertarlos: no pedía más que una cosa por salvar a mi hija y eso mismo evidenciaba la rec­titud de su alma; pedía que si 1o­graba arrancarla de las manos del duque, se la diese en casamiento, a fin de que él, joven, activo y em­prendedor, pudiese lo que su padre no podía, esto es, defenderla contra un príncipe poderoso.

Yo di mi autorización con alegría; pero, ¡ah!, fue inútil, llegó dema­siado tarde, y mi pobre Diana sólo se salvó del deshonor dándose la muerte.

-Y desde aquel instante fatal -preguntó Bussy-, ¿no habéis vuel­to a saber de M. de Monsoreau?

-No hace más que un mes que sucedió esto -dijo el anciano-, y el pobre caballero no habrá osado presentarse delante de mí, habiendo sido tan desgraciado en su empresa.

Bussy bajó la cabeza: todo lo comprendía.

Ya podía explicarse a sí propio la manera con que el conde de Monsoreau había logrado arrancar del poder del príncipe a la joven a quien amaba, y cómo el miedo de que el duque de Anjou descubriese su casamiento con aquella joven, le había obligado a dejar que se acredi­tase, hasta en el ánimo de su padre, la noticia de su muerte.

-¿Qué tenéis ahora que decirme, caballero? -interrogó el anciano, viendo que el joven se abismaba cada vez más en sus reflexiones y fijaba en tierra los ojos, que momen­tos antes habían centelleado mien­tras oía su relación.

-Señor barón -exclamó Bus­sy-, estoy encargado por el señor duque de Anjou de llevaros a París, pues Su Alteza desea hablaros.

-¡A mí! -repuso el barón-, ¡hablarme a mí! ¡ponerme yo en presencia de ese hombre después de la muerte de mi hija! ¿Y qué puede tener que decirme ese asesino?

-¿Quién sabe? Quizá se justifi­caría.

-Y aunque se justificase -dijo el anciano-, ¡ah! no por eso podría devolverme a mi hija. No, M. de Bus­sy, no iré a París; además sería alejarme demasiado de la fría tum­ba donde yace mi querida hija.

-Señor barón -dijo Bussy con voz firme-, permitidme que insis­ta; mi deber es conduciros a París; he venido expresamente para ello.

-Pues bien, iré a París-dijo el viejo temblando de cólera-, pero ¡desdichados de los que me han per­dido! El rey me oirá, y si no me oye, apelaré a todos los nobles de Fran­cia. Por cierto -agregó en voz baja- que mi dolor me había he­cho olvidar un arma de que hasta ahora no he sabido hacer uso. Sí, señor, os acompañaré.

-Y yo, señor barón -dijo Bussy, cogiéndole la mano-, os recomien­do la paciencia, la calma y la dig­nidad que a un caballero cristiano le conviene. Dios derrama sobre los nobles corazones los tesoros de su infinita misericordia, y aún no sabéis lo que os tiene reservado. Os suplico también que mientras llega el día en que se manifieste patentemente la misericordia de Dios, no me con­téis en el número de vuestros ene­migos, porque aún no sabéis lo que voy a hacer por vos. Hasta mañana, pues, señor barón, si os place, y ape­nas amanezca nos pondremos en ca­mino.

-Consiento en ello -respondió el anciano, conmovido, a pesar suyo, por el tierno acento con que Bussy pronunció estas palabras-; mas, en­tretanto, amigo o enemigo, sois mi huésped y debo conduciros a vues­tra habitación.

El barón cogió un candelero de plata que había sobre la mesa, y con tardo paso subió, seguido de Bussy; la escalera del castillo.

Los perros querían seguirle, mas les hizo una seña y se detuvieron. Dos criados marchaban detrás de Bussy con luces.

Al llegar éste al aposento que le estaba destinado, preguntó por M. y madame de San Lucas.

-Mi viejo Germán debe haber cuidado de ellos -repuso el ba­rón-; buenas noches, señor conde.

XXIV. REMIGIO EL HAUDUIN, EN AUSENCIA DE BUSSY, SE PROPORCIONA INTELIGENCIAS EN LA CASA DE LA CALLE DE SAN ANTONIO

M. y madame de San Lucas no podían volver de su sorpresa: Bussy hablando en secreto con M. de Me­ridor; Bussy preparándose a mar­char con el barón a París; Bussy, en fin, tomando de repente la dirección de un negocio al que hasta entonces había parecido extraño, era para ellos un fenómeno indescifrable.

Por lo que toca al barón, el poder mágico del título de alteza real, ha­bía producido en él su efecto ordi­nario: un noble del tiempo de En­rique III no era capaz de desdeñar semejantes títulos.

Alteza real significaba entonces, para M. de Meridor como para cual­quier otro, excepto el rey, fuerza mayor, es decir, el rayo y la tem­pestad.

Apenas llegó el día se despidie­ron de sus huéspedes, a quienes dejó por dueños del castillo; pero M. y madame de San Lucas, cono­ciendo las dificultades de su situa­ción, decidieron abandonar a Meri­dor tan pronto como pudiesen, y retirarse a sus posesiones de Brissac, que estaban inmediatas, en el mo­mento en que obtuviesen el consen­timiento del tímido mariscal.

Bussy no necesitaba más tiempo que un momento para justificar su extraña conducta. Dueño del secre­to que poseía, y pudiendo revelarlo a quien más le agradara, parecía uno de esos magos, queridos de los orientales, que con el primer golpe de su varita hacen caer las lá­grimas de todos los ojos, y con el segundo les vuelven su contento y a las bocas su sonrisa.

Empleó, pues, el momento que hemos dicho que necesitaba para verificar tan gran mudanza, en de­cir al oído algunas sílabas a la bella madame de San Lucas.

-Juana mostró la sensación que en ella produjeron estas sílabas en la expansión de su rostro, y en el bello rubor de que se cubrió su pura frente. Luego aparecieron entre el coral de los labios sus pequeños dientes, blancos y brillantes como el nácar; luego la joven, notando que su marido la miraba estupefacto, se llevó un dedo a la boca y echó a correr enviando primero un beso de gracias a Bussy.

El anciano nada había visto de esta pantomima expresiva; con los ojos fijos en su castillo, y acari­ciando maquinalmente a los dos pe­rros que no podía resolverse a aban­donar, dio algunas órdenes a sus criados, los cuales recibieron con respeto sus palabras y su despedida. Después, ayudado de su escudero, montó, aunque con gran trabajo, en un viejo caballo pío, que apreciaba mucho, y que había sido su caballo de batalla en las últimas guerras ci­viles, hizo un saludo al castillo, y partió sin decir una sola palabra.

Bussy, con sus brillantes miradas, respondía a las sonrisas de Juana, y se volvía con frecuencia para de­cir adiós a sus amigos. Al despedirse por última vez, le dijo Juana en voz baja:

-¡Qué hombre tan singular sois, señor conde! yo os había anuncia­ do que la felicidad os aguardaba en Meridor, y por lo contrario, sois vos el que trae a Meridor la felicidad que de este castillo había huido.

De Meridor a París hay mucho que andar, especialmente para un anciano acribillado de estocadas y balazos, recibidos en aquellas gue­rras terribles, en que las heridas eran a proporción de los guerreros. También era largo el camino para el digno caballo pío, que se llama­ba Jarnac, y que al oír este nombre erguía la cabeza, sacudía la espesa crin y dejaba ver aún el fuego de sus ojos, encubierto bajo sus fati­gados párpados.

Luego que Bussy se vio en ca­mino, se dedicó con todo cuidado a conquistar con sus atenciones fi­liales el corazón del anciano, cuyo aborrecimiento se había atraído al principio, y consiguió conquistarlo, porque al sexto día por la mañana, al llegar a París, M. de Meridor le dijo estas palabras, que pintaban cuánto habían cambiado con el viaje sus sentimientos.

-¡Es extraño, conde! ahora es­toy más cerca que nunca de mi des­gracia, y sin embargo, mi inquietud al llegar a París es menor que cuan­do salí de mi castillo.

-Dentro de dos horas, señor mío -repuso Bussy,-, me juzgaréis como yo deseo ser juzgado por vos.

Los viajeros entraron en París por el arrabal de San Marcelo, eterna entrada, cuya preferencia en aquella época se explica por la circunstan­cia de ser aquel barrio el que más parisiense parecía, por sus muchas iglesias, sus millares de casas pinto­rescas y sus puentecillos sobre cloa­cas, si bien actualmente es uno de los más feos de París.

-¿Adónde vamos? -dijo el ba­rón-, ¿al Louvre?

-Antes debo llevaros a mi casa para que descanséis un instante, to­méis alguna cosa y os pongáis en estado de ver como conviene a la persona ante quien voy a presen­taros.

El barón dejó a Bussy que hiciese lo que quisiese y éste le llevó a su palacio de la calle de Grenelle-Saint­Honoré.

Los criados del conde no le espe­raban tan pronto o, mejor dicho, no lo esperaban en modo alguno: cuan­do salió de su casa nadie le había visto sino Remigio el Hauduin, pues había entrado en ella por una puer­ta excusada de que él sólo tenía la llave y ensillado por sí mismo su caballo. Así, pues, su desaparición instantánea, los peligros que en la semana anterior había corrido, según manifiestamente lo acusaban su he­rida, y por último, su genio aven­turero habían hecho creer a muchos que había caído en algún lazo ten­dido por sus enemigos; que la for­tuna, cansada de tanto protegerle, se le había mostrado adversa, y por último, que había muerto de alguna estocada o de algún arcabuzazo.

De suerte que los mejores amigos y los más fieles servidores de Bussy estaban ya haciendo novenas por su vuelta a la luz, vuelta que les pare­cía no menos milagrosa que la de Pyritoo, en tanto que los demás, que eran hombres más positivos, no con­tando ya sino con su cadáver, hacían para hallarle las investigaciones más minuciosas en las alcantarillas, en las cuevas, en los ríos y en los fosos de la Bastilla.

Únicamente una persona, cuando le preguntaban por Bussy, respon­día:

-El señor conde sigue bueno.

Mas si el que preguntaba quería llevar más lejos su interrogatorio, como el interrogado no sabía más, nada podía añadir.

Esta persona, que siempre que daba tal respuesta tenía que sufrir las reconvenciones y sarcasmos de los preguntadores, era maese Remi­gio el Hauduin, que desde que ano­checía hasta que amanecía paseaba las calles listo como un gamo, per­diendo el tiempo en contemplacio­nes extrañas, desapareciendo de vez en cuando de la casa, unas veces con el sol y otras con la luna, vol­viendo después con un apetito nun­ca visto y disipando un tanto con su alegría la tristeza de los criados.

Precisamente entraba Remigio en la casa después de una ausencia mis­teriosa, cuando resonaban los gritos de júbilo con que los criados se apresuraban a salir al encuentro de su amo, disputándose quién había de ser su escudero, pues el conde se había quedado a caballo.

-Vamos -decía Bussy-, veo que os causa satisfacción el verme vivo: gracias. Yo soy, miradme bien, no soy una sombra, llegad y conven­ceros; mas despachemos. Bien, aho­ra ayudad a este digno caballero a bajar del caballo, y tened presente que yo le trato con más respeto que si fuera un príncipe.

Bussy hacía bien en ponderar el respeto que se debía al anciano, de quien apenas se habían preocupado los criados, pues éstos, al ver su modesto continente, su traje poco conforme a la moda y su caballo pío, parecían dispuestos a creer que era algún anciano escudero retirado en alguna provincia, a quien su amo sacaba de su destierro como de un panteón.

Pero apenas pronunció Bussy es­tas palabras, todos se apresuraron a ofrecer sus servicios al barón. Re­migio contemplaba esta escena rién­dose, según costumbre, aunque no manifiestamente, y fue necesaria toda la gravedad de Bussy para que el joven doctor se pusiese serio.

-Pronto, una habitación para monseñor -ordenó el conde.

-¿Cuál? -preguntaron cinco o seis voces a un tiempo.

-La mejor, la mía.

Y ofreció su brazo al anciano para subir la escalera, teniendo con él más atenciones que las que de él había recibido.

M. de Meridor aceptaba estas atenciones sin oposición y casi sin voluntad, como el que se deja lle­var de ciertos sueños que le trans­portan a los países fantásticos del reino de la imaginación y de la no­che.

Llevaron al barón la dorada copa del conde, y éste quiso servirle por sí mismo el vino de la hospitalidad.

-Gracias, gracias, caballero; ¿ire­mos en breve donde tenemos que ir?

-Sí, señor; iremos, y no sola­mente será una dicha para vos, sino para mí.

-¿Qué decís?, ¿qué lenguaje es ese que yo no entiendo?

-Digo que os he hablado de un Dios misericordioso para con los no­bles corazones, y que se acerca el momento de que llame yo sobre vos la misericordia de la Providencia.

El barón miró a Bussy con aire sorprendido; pero Bussy, haciéndole con la mano una seña que quería decir: vuelvo al momento, salió de la estancia con la sonrisa en los la­bios.

Esperaba hallar a Remigio a la puerta, y efectivamente le halló; to­móle por el brazo y le llevó a su gabinete.

-¿Qué hay, querido Hipócrates? -le preguntó-, ¿cómo estamos?

-¿De qué?

-¡Pardiez! de la calle de San Antonio.

-Monseñor, nos hallamos en un punto muy interesante para vos, se­gún presumo; nada ocurre de nuevo.

Bussy respiró; y dijo:

-¿No ha vuelto el marido?

-Sí tal; pero lo mismo que si no hubiera vuelto. Parece que hay un padre que debe contribuir pode­rosamente al desenlace, un Dios des­conocido que un día u otro ha de bajar en una máquina, y aguardan a este padre ausente, a este Dios ignorado.

-Bueno -dijo Bussy-, ¿y cómo sabes tú todo eso?

-Ya supondréis -repuso Remi­gio con acento de franca y sincera alegría-, ya supondréis que conver­tido mi empleo en un beneficio sim­ple, a causa de vuestra ausencia, he querido emplear en favor vuestro este tiempo de vacaciones.

-¿Y qué has hecho? Veamos, cuenta, cuenta.

-A eso voy: apenas os marchas­teis llevé dinero, libros y una espada a un cuartito que alquilé en la casa que hace esquina a la calle de San Antonio y a la de Santa Catalina.

-Muy, bien.

-Desde allí podía ver perfecta­mente la casa que sabéis.

-Admirable.

-Apenas tomé posesión de mi cuarto, me puse a la ventana.

-Excelente.

-Sí, mas había un inconveniente en esa excelencia.

-¿Cuál?

-El inconveniente de que si yo veía, también a mí me veían y po­drían abrigar recelos contra un hom­bre que mirase sin cesar una misma perspectiva, considerándome, si me obstinaba en seguir observando, como un ladrón o un amante, o bien tomándome por espía o por loco.



-Muy bien pensado, querido Re­migio: ¿y qué hiciste?

-Entonces, señor conde, conocí que era preciso echar mano de los grandes recursos, y, ¡vive Dios!...

-¡Y bien!

-Que me he enamorado.

-¿Hem? -repitió Bussy, que no adivinaba en qué podían servirle los amores de Remigio.

-Lo que os digo -repitió con gravedad el joven doctor-, estoy enamorado, perdido, loco.

-¿De quién?

-De Gertrudis.

-¿De Gertrudis, la doncella de madame de Monsoreau?

-¡Sí, señor! de Gertrudis, la don­cella de madame Monsoreau. ¿Qué queréis? Yo no soy noble para ena­morarme de las amas, soy un pobre cirujano sin otro parroquiano que vos, de quien espero que no me dará que hacer sino muy de tarde en tarde, y por lo tanto tengo que hacer mis experimentos in anima villi, como decimos en la Sorbona.

-¡Pobre Remigio! -repuso Bus­sy-, puedes estar seguro de que aprecio en lo que vale tu sacrificio. Continúa.

-¡Eh, monseñor! -replicó Remi­gio-, bien mirado, no soy tan dig­no de lástima. Gertrudis es una her­mosa muchacha, que tiene dos pul­gadas más de estatura que yo y que es capaz de llevarme a pulso cogién­dome por el cuello de la casaca, lo cual consiste en lo desarrollados que tiene los músculos del bíceps y del deltoides. Esta circunstancia me ha inspirado hacia ella una veneración que la lisonjea, y como le doy siem­pre la razón, no disputamos nunca. Después, tiene una cualidad pre­ciosa.

-¿Cuál, mi pobre Remigio? -La de contar las cosas maravi­llosamente.

-¡Ah! ¿de veras?

-Sí, señor; de modo que por ella sé todo cuanto sucede en casa de su ama... ¿eh? ¿qué decís? Me parece que no os desagradará tener inteligencias en la casa.

-Remigio, tú eres un buen ge­nio, que el azar, o más bien la Pro­videncia, me ha hecho encontrar. Conque es decir, que estás con Ger­trudis en términos...



-Puella me deligit -repuso Re­migio balanceándose con afectada fatuidad.

-¿Y entras en la casa?

-Ayer por la noche hice mi en­trada, a las doce, de puntillas, por la célebre puerta del ventanillo que sabéis.

-¿Y cómo has conseguido esa dicha?

-Muy naturalmente, debo decla­rarlo.

-Di.


-Dos días después de vuestra partida y al día siguiente de mi ins­talación en el cuarto recién alqui­lado, aguardé a la puerta a que la dama de mis futuros pensamientos saliese a comprar sus provisiones, operación que tiene cuidado de eje­cutar todos los días de ocho a nueve de la mañana. A las ocho y diez mi­nutos, la vi salir, y entonces bajé de mi observatorio y salí a la calle.

-¿Te conoció?

-Tanto, que dio un grito y echó a correr.

-Y tú ¿qué hiciste?

-Corrí tras ella y trabajosamente la alcancé, porque corre mucho; pero como podéis suponer, las fal­das siempre incomodan algo.

-¡Jesús! -dijo ella.

-¡Virgen Santa! -exclamé yo. Esta exclamación le infundió buena idea de mí; otro menos piadoso que yo habría dicho ¡vive Dios! o ¡voto al diablo!

-¡El médico! -prosiguió ella.

-¡La hermosa doncella! -añadí yo.

Ella se sonrió, pero poniéndose después seria, dijo:

-Os equivocáis, caballero, no os conozco.

-Pero yo os conozco a vos -le dije- porque hace tres días que no vivo, no existo; os adoro, y tanto, que ya no habito en la calle de Beautreillis, sino en la de San An­tonio, a la esquina de la de Santa Catalina, y que no he cambiado de habitación sino por veros entrar y salir; así, pues, si otra vez me nece­sitáis para curar a gallardos caba­lleros, no debéis buscarme en mi antigua casa, sino en la nueva.

¡Silencio! -me contestó.

-¡Ah! ya veis... -le dije. Y así se hizo, o más bien, se renovó nuestro conocimiento.

-De suerte, que a estas fechas eres ...

-Tan dichoso como puede serlo un amante ... con Gertrudis, se en­tiende, porque todo es relativo; pero soy más que dichoso, pues he lo­grado el objeto que me había pro­puesto en vuestro servicio.

-Pero ella tal vez sospechará...

-Nada; ni siquiera le he habla­do de vos. ¿Acaso el pobre Remigio el Hauduin conoce a los personajes de la clase del conde de Bussy? No; sólo le pregunté en tono indiferente:

-¿Y vuestro señorito, se encuen­tra mejor?

-¿Qué señorito?

-Aquel caballero que yo curé en vuestra casa.

-No es mi señorito -me con­testó.

-¡Ah! como le vi en la cama de vuestra señora, creí...

-¡Oh! no, pobre joven -respon­dió dando un suspiro-, no era ni siquiera conocido nuestro, ni le he­mos vuelto a ver desde entonces.

-Es decir, que no sabéis ni aun su nombre -interrogué.

-¡Oh! sí.

-O si lo sabíais, lo habréis ol­vidado.

-No es de los que se olvidan.

-¿Cómo se llama?

-¿Habéis oído hablar alguna vez del conde de Bussy?

-¡Pardiez! -exclamé yo-, Bus­sy, el valiente Bussy.

-Pues bien, ése era.

-¿Y la señora? ...

-Mi señora es casada, caballero.

-Bien puede ser casada y fiel, y no obstante, pensar alguna vez en un joven a quien ha visto, sobre todo, cuando este bello joven era interesante y estaba herido y en su cama.

-Si he de hablar con franqueza -repuso Gertrudis-, no diré que mi señora no piense en él.

La frente de Bussy se cubrió de un vivo encarnado. Remigio conti­nuó:

-Y de él hablamos siempre que estamos solas.

-¡Excelente muchacha! -excla­mó el conde.

-¿Y qué es lo que habláis? -pregunté.

-Yo refiero a mi ama sus proe­zas -lo cual no es difícil-. pues todo París sabe las estocadas que da y las que recibe. También le he enseñado una canción muy en boga.

-¡Ah! ya sé, es ésta:

Llaman al señor de Ambroise

buscarruidos sempiterno;

nadie aventaja a Bussy

en lo leal y en lo tierno.

-Justamente -exclamó Gertru­dis-. De modo que mi señora no canta otra cosa.

Bussy apretó la mano al joven doctor: acababa de sentir circular por sus venas un estremecimiento de indecible placer.

-¿Eso es todo? -preguntó con un acento que demostraba lo insa­ciable que ha sido siempre el hom­bre en sus deseos.

-No hay más, monseñor -con­testó Remigio-; otra vez sabré más, ¡qué diablo! no todo se ha de ave­riguar en un día o, por mejor decir, en una noche.

XXV. EL PADRE Y LA HIJA

La narración de Remigio fue un motivo de alegría para Bussy, por­que le indicaba dos cosas: primera, que M. de Monsoreau era, como siempre, aborrecido; y segunda, que él era cada día más amado.


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