Alejandro dumas



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-¡De mí es de quien hablan! -murmuró-; me señalan con el dedo, me esperan: me habrán busca­do esta noche: mi ausencia habrá causado escándalo; ¡estoy perdido!

Ocurrióle la idea de huir, pero muchos religiosos venían ya a su encuentro: reflexionó que si huía le perseguirían, evidentemente.

El P. Gorenflot se hacía justicia, conociendo que no había nacido para correr, y que si corría, sería alcanzado, atado y conducido al con­vento; prefirió, pues, la resignación.

Avanzó con aire compungido ha­cia sus compañeros, que al parecer dudaban si le hablarían o no.

-¡Ah! -dijo Gorenflot-; fingen no conocerme: soy la piedra de es­cándalo.

-En fin, uno de ellos se arriesgó a dirigirse a Gorenflot, y le dijo:

-¡Pobre P. Gorenflot!

Este levantó la vista al cielo y suspiró.

-¿Sabéis que el padre prior os aguarda? -dijo otro.

-¡Ah, Dios mío!

-¡Oh! sí -dijo otro-, ha man­dado que tan luego como viniéseis al convento os condujeran a su pre­sencia.

-Eso es lo que yo temía -mur­muró Gorenflot.

Y más muerto que vivo entró en el convento, cuya puerta se cerró detrás de él.

-¡Ah, sois vos! -dijo el padre portero-, venid pronto, el reveren­do padre prior José Foulon pregunta por vos.

Y el padre portero, asiendo a Go­renflot de la mano, le condujo, o mejor decir, le arrastró hasta la cel­da del prior.

Allí también se cerraron detrás de él las puertas.

Gorenflot bajó los ojos temiendo hallar las severas miradas del prior; veíase solo, abandonado de todos, y en presencia de su superior, que debía estar irritado, e irritado jus­tamente.

-¡Ah! ¿sois vos? ¡Al fin habéis venido!

-Reverendísimo padre... -bal­buceó Gorinflot.

-¡Con qué cuidado nos habéis tenido! -dijo el prior.

-Es demasiada bondad, padre -repuso el limosnero que no com­prendía aquel inesperado acento de indulgencia.

-Temíais volver al convento des­pués de la escena de esta noche ¿no es verdad?

-Confieso que no me atrevía a volver -repuso Gorenflot, cuya frente estaba bañada de un sudor frío.

-¡Ah, hijo mío, qué imprudencia habéis cometido!

-Dejad padre mío, que os expli­que...

-¿Y qué me habéis de explicar? Esa salida intempestiva...

-Si no necesito explicarla -dijo entre sí Gorenflot-, tanto mejor, porque no sabía cómo hacerlo.

-La comprendo perfectamente -prosiguió el prior-. Un instante de exaltación, de entusiasmo, os ha arrastrado a ese extremo; la exal­tación es una virtud santa, el entu­siasmo es un sentimiento sagrado; mas las virtudes exageradas llegan a ser vicios y los sentimientos más honrosos llevados al extremo son reprensibles.

-Perdonad, padre mío, pero si vos comprendéis, yo no comprendo bien del todo. ¿De qué salida me habláis?

-De la de esta noche.

-¿Fuera del convento? -pregun­tó tímidamente Gorenflot.

-No tal, en el convento.

-¿En el convento yo?

-Sí, vos.

Gorenflot se restregó las narices, creyendo que el padre prior quería jugar con él al juego de los despro­pósitos.

-Yo soy tan buen católico como vos, y no obstante, vuestra audacia me ha espantado.

-¿Mi audacia? -dijo Gorenflot-: ¿tan audaz he sido?

-Más que audaz, hijo mío, ha­béis sido temerario.

-¡Ah! padre, ¿no perdonaréis los extravíos de un temperamento aún mal dominado? Yo me corre­giré.

-Sí, pero entretanto no puedo menos que temer por vos, y por nos­otros, las consecuencias de ese escán­dalo. Si la cosa hubiera sucedido entre nosotros nada importaría.

-¡Cómo! -dijo Gorenflot-, ¿y lo saben otros?

-Sin duda, bien sabéis que ha­bía allí más de cien seglares, que no han perdido una palabra de vues­tro discurso.

-¿De mi discurso? -repitió Go­renflot cada vez más admirado.

-Confieso que era bueno; conoz­co que los aplausos han debido lisonjearos y que el sentimiento uná­nime ha. podido trastornaros la ca­beza; mas proponer una procesión por las calles de París y ofreceros a vestir la coraza y excitar el celo de los buenos católicos, el casco en la cabeza y la partesana al hombro, vos mismo convendréis en que es ya demasiado.

Gorenflot contemplaba al prior cada vez con más muestras de sor­presa.

-Ahora bien -continuó el reve­rendo-, hay un medio de conciliar­lo todo. Esa savia religiosa que bulle en vuestro generoso corazón os per­judicaría en París, donde hay tan­tos malos ojos que os espían. Quie­ro que vayáis a otra parte a comu­nicarla.

-¿Y adónde, padre? -preguntó Gorenflot, convencido de que iba desde allí al calabozo.

-A las provincias.

-¡Desterrado! -murmuró Goren­flot.

-Si os quedaseis aquí, podría su­cederos otra cosa peor, querido hijo.

-¿Y qué me podría acontecer? -Que os formulasen una causa criminal, que según todas las proba­bilidades, traería por consecuencia la prisión perpetua o la muerte.

Gorenflot se puso espantosamen­te pálido, no pudiendo adivinar cómo había incurrido en la pena de prisión perpetua o en la de muer­te por haberse embriagado y haber pasado la noche fuera del convento.

-Mientras que sometiéndose a este destierro momentáneo -prosi­guió el prior-, no sólo os libráis del peligro, sino que plantáis la bande­ra de la fe en las provincias: lo que habéis dicho esta noche, peligroso y aun imposible a la vista del rey y de sus validos malditos, en las provincias es más fácil de realizar. Partid, pues, lo más pronto posible, P. Gorenflot, tal vez sea ya tarde, y los arqueros hayan recibido orden do prenderos.

-¿Qué decís, reverendísimo pa­dre? -dijo Gorenflot abriendo desmesuradamente los ojos, porque conforme el prior le hablaba le sor­prendían más y más las proporcio­nes colosales que iba tomando un pecado que cuando más podía ser considerado como venial-; ¿los ar­queros decís? ¿y qué tengo yo que hacer con los arqueros?

-Vos, nada; mas ellos tal vez tendrán que hacer algo con vos.

-¿Pero me han denunciado? -dijo Gorenflot.

-Lo apostaría -dijo el prior-; salid pues, lo más pronto posible de París.

-¡Salir, reverendísimo padre! -dijo Gorenflot espantado-, eso no es tan fácil de hacer como de decir. ¿Con qué me he de mantener si me voy de París?

-Nada más sencillo: sois el li­mosnero del convento: ahí tenéis vuestros medios de vida. Con las limosnas nos habéis mantenido a los demás hasta ahora; manteneos vos con ellas. Además, nada tenéis que temer en este punto, pues el sistema que habéis explicado ayer os dará en las provincias tantos par­tidarios que desde ahora puedo afir­mar que no careceréis de nada. Pero andad, por Dios, y sobre todo no volváis sin que yo os lo mande.

Y el prior, después de haber abra­zado tiernamente al P. Gorenflot, le empujó suavemente pero con fir­meza hasta la puerta de su celda.

Hallábase en el claustro toda la comunidad reunida esperando al P. Gorenflot.

Apenas se presentó, se precipita­ron los frailes hacia él y todos que­rían a porfía tocarle las manos y el cuello. Algunos había cuya vene­ración llegaba hasta el punto de querer besarle el extremo del hábito.

-Adiós -exclamaba uno estre­chándole contra su pecho-, adiós P. Gorenflot; sois un santo varón; no me olvidéis en vuestras oracio­nes.

-¡Bah! -contestaba entre sí Go­renflot-; ¡yo un santo varón! ¡Pues no me falta nada para eso!

-Adiós -decía otro oprimiéndo­le la mano-, valiente campeón de la fe; Godofredo de Bouillón sería bien poca cosa al lado vuestro.

-Adiós, mártir -decía otro, be­sandole el extremo del cordón-; la ceguedad habita aún entre nosotros, pero pronto llegará la hora de la luz.

Y de este modo se halló Goren­flot llevado de brazo en brazo, de beso en beso, de epíteto en epíteto hasta la puerta del convento, que se cerró detrás de él apenas hubo sa­lido.

Miró aquella puerta con indecible expresión y al fin salió de París, andando de espaldas, como si, ne­gándose a partir, el ángel extermina­dor le hubiese mostrado la punta de su espada llameante.

Las únicas palabras que pronun­ció al llegar a la puerta fueron las siguientes:

-¡Lléveme el diablo! O ellos es­tán locos o, si no lo están, lo estoy yo.

XXVII. CONTINUACIÓN

Hasta el día nefasto que hemos llegado, día en que le sobrevino al pobre Gorenflot la persecución inusitada que hemos referido en el anterior capítulo, nuestro buen fraile había tenido una vida con­templativa, es decir, que saliendo de madrugada cuando quería to­mar el fresco, y tarde cuando que­ría tomar el sol, confiado siempre en Dios y en la cocina del con­vento, nunca había pensado en otra cosa más que en proporcio­narse los extraordinarios, bastante mundanos, aunque raros, del Cuer­no de la Abundancia; estos extra­ordinarios dependían del capricho de los fieles y no podían salir sino de las limosnas en dinero, a las cuales el P. Gorenflot mandaba ha­cer alto al pasar por la calle de Santiago para penetrar con ellas en la hostería, de donde después las sacaba para el convento, dismi­nuidas en la cantidad con que con­tribuía al establecimiento de mae­se Claudio Bonhomet. Tenía así mis­mo a Chicot su amigo, al cual agra­daban las buenas comidas y los bue­nos compañeros de mesa; pero Chi­cot era un ser muy fantástico en su vida; el fraile le veía en ocasiones tres o cuatro días seguidos y otras veces no le solía ver en quince días, un mes, o seis semanas, ya porque se hallase encerrado con el rey, ya porque le acompañase en alguna pe­regrinación, ya en fin porque se ha­llase fuera de París viajando por sus negocios o por divertirse. Gorenflot era, pues, uno de esos frailes para quienes, a semejanza de ciertos sol­dados, el mundo empezaba en el su­perior de la casa, es decir, en el co­ronel del convento y concluía en la marmita vacía. Así, este soldado de la Iglesia nunca se había figu­rado que algún día le había de ser necesario ponerse en camino en bus­ca de aventuras.

Lo peor de todo era que se ha­llaba sin dinero; la respuesta del prior a su demanda había sido sen­cilla y sin adorno apostólico, como un fragmento del Evangelio.

-Busca y encontrarás.

Gorenflot, pensando que iba a verse obligado a buscar por mucho tiempo, se sentía fatigado antes de principiar.

Sin embargo, lo principal era li­brarse por de pronto del peligro des­conocido, pero inmediato, según lo que podía deducirse de las palabras del prior.

El pobre fraile no era de aquellos que pueden disfrazarse y rehuir las investigaciones por medio de alguna metamorfosis; resolvió, pues, salir ante todo de París, y con este objeto se encaminó con paso rápido a la puerta de Bordelle, y pasó pruden­temente, y haciéndose lo más flaco posible, por delante de la caseta de los vigilantes nocturnos y del cuerpo de guardia de los suizos, temiendo que estos arqueros, de quienes el prior de Santa Genoveva le había hablado, tuviesen realmente algo que hacer con él.

Pero luego que se halló en el aire libre y a quinientos pasos de la Puerta; luego que vio la primera hierba de la primavera que se esfor­zaba en penetrar la tierra, y en el horizonte el sol refulgente, a izquier­da y a derecha la soledad, y detrás la capital, cuyo murmullo todavía llegaba hasta él, se sentó a un lado del camino, encajó la doble barba en la ancha y gruesa mano, rascó con el índice la punta cuadrada de su nariz de perro dogo y empezó una meditación con acompañamien­to de gemidos.

No le faltaba al P. Gorenflot más que la cítara para parecerse a uno de aquellos hebreos que, colgando sus arpas de los sauces, en tiempo de la desolación de Jerusalén, dieron motivo y texto al famoso versículo: Super flumina Babylonis, e inspira­ron una infinidad de cuadros me­lancólicos.

Gorenflot gemía tanto más triste­mente cuanto que iban a dar las nueve de la mañana, que era la hora de comer en el convento, pues los frailes, atrasados en civilización, como conviene a los que están des­prendidos de las cosas de este mun­do, seguían aún en el año de gracia de 1578 las prácticas del buen rey Carlos V, el cual comía a las ocho de la mañana después de oír misa.

Tanto trabajo costaría contar los granos de arena que agita el aire a orillas del mar un día de tempestad, como enumerar las ideas contradic­torias que una después de otra se presentaron a la mente de Goren­flot.

La primera idea que le ocurrió y la que más trabajo le costó des­echar, debemos decirlo, fue la de regresar a París, irse derecho al con­vento, declarar al prior que prefe­ría el calabozo al destierro, que con­sentía, si era preciso, en sufrir las disciplinas, el suplicio del látigo, del doble látigo y del in pace, con tal que le diesen de comer y aun pres­tándose a reducir el número de sus comidas a cinco.

A esta idea tan tenaz, que en más de un cuarto de hora no desamparó el cerebro del pobre fraile, sucedió otra más racional, que fue irse en línea recta al Cuerno de la Abun­dancia, preguntar por Chicot, que regularmente estaría durmiendo to­davía, exponerle la situación deplora­ble en que se hallaba a consecuencia dé sus sugestiones báquicas, suges­tiones a que había tenido la debi­lidad de ceder, y alcanzar de su ge­neroso amigo una pensión alimen­ticia.

Este plan ocupó la imaginación de Gorenflot durante otro cuarto de hora, porque Gorenflot era hombre juicioso y no carecía de mérito.

Por último, otro de los proyectos que se le ocurrieron, proyecto bas­tante audaz, consistía en entrar en la capital por la puerta de San Ger­mán o por la torre de Nesle y seguir clandestinamente su oficio de limos­nero. Conocía los buenos parajes, los sitios fértiles, las callejuelas, don­de ciertas comadres que criaban su­culentas aves tenían siempre algún capón que echar en la alforja del limosnero; veía en el agradable es­pejo de sus recuerdos cierta casa de vestíbulo donde en estío se hacían conservas de toda especie, y esto con el objeto principal (al menos el P. Gorenflot se complacía en creerlo así) de echar en su alforja, a cam­bio de su paternal bendición, ya un tarro de jalea de membrillo, ya una docena de nueces en dulce, ya una caja de conserva de manza­nas, cuyo olor solamente habría dado ganas de beber a un moribun­do. Porque, preciso es decirlo, las ideas del padre Gorenflot, en último resultado, siempre venían a parar en representarle los placeres de la mesa y las dulzuras del reposo; de modo que algunas veces pensaba, no sin cierta inquietud, en los dos abogados del diablo que en el día del juicio fi­nal argüirían contra él, y que se lla­maban la pereza y la gula. Pero de­bemos confesar que el digno fraile seguía, no sin remordimiento quizá, la florida pendiente que conduce al abismo donde aúllan constantemen­te, como Escila y Caribdis, estos dos pecados mortales.

Por eso este último plan le agra­daba; este género de vida le parecía el único a que se hallaba destinado por la Naturaleza; mas para lograr su objeto necesitaba permanecer en París y se exponía a hallar a cada paso a los arqueros, a los alguaciles, a las autoridades eclesiásticas, gente peligrosa para un fraile vagabundo.

Había también otro inconvenien­te, y era que el tesorero de Santa Genoveva, como administrador ce­loso, no dejaría a París sin limos­nero; Gorenflot corría, pues, el ries­go de hallarse cara a cara con un nuevo colega, que tendría sobre él la superioridad de estar en el ejer­cicio legítimo de sus funciones.

Esta idea le hizo estremecer, y ciertamente había motivo para ello.

Aquí llegaba en su monólogo y en sus meditaciones, cuando vio aso­mar a lo lejos, bajo el arco de la puerta de Bordelle, un caballero que con el galope de su caballo hizo re­temblar la bóveda.

Aquel hombre echó pie a tierra al llegar a una casa situada a cien pasos próximamente del paraje don­de se hallaba Gorenflot; llamó a la puerta, le abrieron, y caballo y ca­balgadura penetraron en lo interior.

Gorenflot observó esta circunstan­cia porque envidiaba la dicha del caballero, que tenía caballo, y por lo tanto podía venderlo.

Pero al cabo de un instante el caballero, que por la capa conoció Gorenflot ser el mismo que acaba­ba de entrar, salió de la casa y fue a esconderse entre un bosquecillo de árboles que había cerca y una multitud de grandes piedras que se hallaban inmediatas al bosquecillo.

-Alguna emboscada se prepara -murmuró Gorenflot-. Si yo fue­ra menos sospechoso a los arqueros iría a advertírselo, o me opondría a ella si fuese más valiente.

En aquel instante, el hombre em­boscado, que no quitaba los ojos de la puerta de la ciudad sino para ins­peccionar las inmediaciones con cierta inquietud, en una de las rá­pidas miradas que dirigía a todos la­dos, divisó al P. Gorenflot sentado v con la barba apoyada en la mano. Esta vista le desagradó, y se puso a pasear afectando indiferencia detrás de las piedras.

-Esa estatura, ese aire -murmu­ró Gorenflot... - yo conozco a ese hombre. . . pero no, es imposible.

En aquel momento el desconocido, que volvía la espalda a Gorenflot, se bajó de pronto como si las pier­nas hubieran dejado de sostenerle, porque acaba de oír ruido de he­rraduras hacia la puerta de la ciu­dad.

Efectivamente, tres hombres, de los cuales dos parecían lacayos, mon­tados en tres mulas y llevando cada uno a la grupa una abultada maleta, salían lentamente de París por la puerta de Bordelle

Tan pronto como los conoció el emboscado se escondió más todavía, y después, arrastrándose, más bien que andando, se dirigió al grupo de árboles, eligió el más grueso y se situó detrás de él como un cazador en acecho.

Los de las mulas pasaron sin ver­le o al menos sin fijar en él la aten­ción, mientras que, al contrario, él parecía quererlos devorar con los ojos.

-Yo soy quien ha impedido que se realice el crimen -dijo Goren­flot, y mi presencia en el camino, justamente en este momento, es una de las manifestaciones de la volun­tad divina, como la que ahora nece­sito para almorzar.

Luego que pasó la cabalgata, el hombre que acechaba volvió a en­trar en la casa.

-Bueno -dijo Gorenflot-, esta es una circunstancia que si no me engaño va a proporcionarme la ven­taja que ambicionaba. Hombre que acecha no quiere ser visto: este es un secreto que yo poseo, y aunque no valiera más que seis dineros, me los haría pagar por él.

Y sin más demora se dirigió a la casa: pero a medida que se iba aproximando, se le presentaba el aire marcial del caballero, la larga tizona que le azotaba las pantorri­llas y la terrible mirada que había dirigido a los de las mulas.

-Creo -dijo por último-, creo haberme alegrado demasiado pronto, porque ese hombre no me parece que se dejará intimidar.

Al llegar a la puerta estaba ya completamente convencido de lo inú­til de su proyecto, y en vez de ras­carse la nariz, como había hecho al principio, se rascaba la oreja.

De repente su rostro se iluminó.

-Una idea se me ocurre -dijo-, y una idea ingeniosa. Le diré: Ca­ballero, todo hombre tiene sus pla­nes, sus deseos, sus esperanzas; yo rezaré a Dios por vuestros proyec­tos, y dadme alguna cosa. Si sus planes son malos, como no dudo, tendrá doble necesidad de que rue­gen por él y me dará limosna. Yo después someteré el caso a la deli­beración del primer doctor que en­cuentre, a saber: si se debe rezar en favor de proyectos ignorados cuando hay alguna duda sobre la bondad de estos proyectos: lo que me diga el doctor lo haré, y por consiguiente, no seré yo responsa­ble, sino él; y si no encuentro doc­tor... entonces, en la duda de lo que debo hacer, me abstendré de rezar; pero mientras tanto habré al­morzado con la limosna de este hom­bre de malas intenciones.

Tomada esta determinación, se arrimó a la pared de la casa y aguardó.

Cinco minutos después se abrió la puerta y presentóse el caballero a caballo.

Gorenflot se le aproximó.

-Caballero, si gustáis que rece cinco pater noster ,y cinco Avema­rías por el logro de vuestros pro­yectos...

El hombre volvió la cabeza, y exclamó:

-¡Gorenflot!

-¡M. Chicot! -exclamó el fraile admirado.

-¿Adónde diablos vais de ese modo, compadre? -preguntó Chi­cot.

-Lo ignoro, ¿y vos?

-Yo es diferente, yo bien sé adonde voy. Voy todo derecho.

-¿Muy lejos?

-Hasta que me detenga; pero vos, compadre, pues no podéis de­cir con qué objeto os encontráis aquí, me hacéis sospechar una cosa.

-¿Qué?

-Que me habéis espiado.



-¡Jesús, Dios mío! ¡yo espiaros! ¡Dios me libre! Os he visto es cier­to, pero nada más.

-¿Y qué habéis visto?

-Que acechabais el paso de las mulas.

-¿Estáis loco?

-Os he visto detrás de las pie­dras mirar muy atentamente. -Es que quiero construir una casa fuera de puertas: esas piedras son mías, y he estado examinando si eran de buena calidad.

-Pero, en fin, ¿qué hacéis aquí?

-¡Ah, M. Chicot, estoy proscri­to! -repuso Gorenflot dando un enorme suspiro.

-¿Cómo? -dijo Chicot.

-Proscrito.

Y Gorenflot, tapándose con la ca­pucha, movió la cabeza de adelante atrás, acompañando este movimien­to con la mirada imperativa del hombre al cual una gran catástrofe da derecho a reclamar la compasión de sus semejantes.

-Mis hermanos me arrojaron de su seno -prosiguió-; estoy exco­mulgado, anatematizado.

-¡Bah! ¿y por qué?

-Escuchad, M. Chicot -dijo Go­renflot poniéndose la mano en el pecho-: podéis o no creerme; pero a fe de Gorenflot que lo ignoro.

-¿Os han encontrado corriendo alguna broma con gente non sancta?

-No gastéis esas chanzas, M. Chi­cot. Bien sabéis lo que he hecho des­de ayer noche.

-Sí -dijo Chicot-, desde las ocho a las diez, pero no desde las diez a las tres de la mañana.

-¿Cómo desde las diez a las tres?

-Indudablemente, a las diez sa­listeis.

-¡Yo! -dijo Gorenflot mirando al gascón con ojos dilatados por la sorpresa.

-Como que os pregunté adónde ibais.

-¿Me preguntasteis que adónde iba?

-Sí.


-¿Y qué contesté?

-Que ibais a pronunciar un dis­curso.

-Algo hay de cierto en eso, a pesar de todo -murmuró Goren­flot.

-Pardiez si es cierto! Como que me habéis referido parte de vuestro discurso, que era bastante largo.

-Se hallaba dividido en tres par­tes; es la división que recomienda Aristóteles.

-Y en él había terribles cosas contra el rey Enrique III.

-¡Bah! -dijo Gorenflot.

-Tan terribles, que no me extra­ñaría que os persiguiesen como ene­migo de la tranquilidad pública.

-Monsieur Chicot, vos me abrís los ojos; ¿estaba bien despierto cuan­do os hablaba?

-Debo confesar, compadre, que me parecíais muy extraño; particu­larmente vuestras miradas eran tan fijas que me asustaban; parecía que estabais despierto sin estarlo y que hablabais durmiendo.

-No obstante -dijo Gorenflot-, estoy seguro de haber despertado esta mañana en el Cuerno de la Abundancia.

-¿Y qué tiene eso de particular?

-¡Cómo! ¿pues no decís que salí a las diez?

-Sí, pero regresasteis a las tres de la mañana, por cierto que dejas­teis la puerta abierta y tuve frío.

-Y yo también me acuerdo de eso.

-Ya veis -dijo Chicot.

-¡Si es verdad lo que decís! ...

-¡Cómo si es cierto! preguntád­selo a maese Claudio Bonhomet.

-¡A maese Bonhomet!

-Sin duda; él os abrió la puerta. Debo así mismo advertiros que a vuestra vuelta veníais hinchado de orgullo, .y que os dije: -Quitad allá, compadre, el orgullo no sienta bien al hombre y mucho menos al fraile.

-¿Y de qué estaba yo orgulloso?

-Del éxito que había alcanzado vuestro discurso, de las felicitacio­nes que os habían dirigido el duque de Guisa, el cardenal y M. de Ma­yena, que Dios guarde, añadió Chi­cot quitándose el sombrero.

-Entonces todo lo hallo expli­cado.

-Al fin convenís en haber esta­do en esa asamblea; ¿cómo diablos la llamáis? ¡Ah! ya me acuerdo, asamblea de la santa Unión, eso es..

Gorenflot dejó caer la cabeza so­bre el pecho y lanzó un gemido.

-Soy sonámbulo -dijo-; hace tiempo que lo sospechaba.


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