Desde las fronteras de


Tópicos del espacio exterior Joanna Russ



Yüklə 1,07 Mb.
səhifə4/18
tarix01.08.2018
ölçüsü1,07 Mb.
#65753
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   18

Tópicos del espacio exterior
Joanna Russ



Joanna Russ ha obtenido varias veces los premios Nébula y Hugo con diversos relatos y novelas. Entre éstas destacan Extra (Ordinary) People, The Female Man, The Adventures of Alyx (todas ellas publicadas por The Women’s Press, 1985), And Chaos Died, The Two of Them y On Strike Against God. Es profesora adjunta de inglés en la Universidad de Washington, Seatile. Entre sus obras de ensayo destaca How To Suppress Women’s Writing (The Womens Press, 1984), así como numerosos artículos sobre feminismo y ciencia ficción.
Tengo una amiga que ha compilado una antología de relatos feministas de ciencia ficción. La verdad es que poseo varias amigas que han hecho tal cosa, pero la amiga a la cual me estoy refiriendo es imaginaria, de modo que la llamaré Ermintrude.

Ermintrude es una mujer de mirada aguda, cerebro brillante, intolerante con la estupidez y que posee unos antebrazos sorprendentemente musculosos (los editores adquieren dichas características a base de gritar y de mesarse los cabellos con frecuencia). Tan fornidos son sus antebrazos, que Ermintrude es capaz, aun sometida a un permanente exceso de trabajo insuficientemente retribuido y padeciendo una crisis aguda de fiebres basureras (enfermedad a la que son propensos los editores tras saturarse con la lectura de las obras enviadas por el público), como digo, Ermintrude es capaz de transportar en brazos y de una sola vez cinco kilos de prosa intensamente aburrida y rebuscada. Hay que señalar que un montón de manuscritos tiende a ser una estructura considerablemente inestable, y al visitar recientemente a Ermintrude, me la encontré en posición de decúbito supino sobre la alfombra del cuarto de estar, sumergida hasta los senos frontales en una ingente cantidad de narrativa rechazada. El material, después de tambalearse, se había deslizado cayéndose por el suelo y ella, por puro desánimo, creo yo, había imitado el mismo movimiento. Fuese como fuese, lo cierto es que se hallaba de evidente malhumor, tumbada sobre el montón de manuscritos rechazados (que componían una figura bastante interesante desde un punto de vista estético), y, al verme, pronunció con una voz que me será difícil de olvidar:

—¡Si me vuelvo a encontrar con un relato más sobre métodos insólitos para quedar embarazada...!

—Vamos, vamos —repliqué —, no será para tanto. Ya sé que hay muchos hombres a quienes ni se les ocurre que las mujeres puedan tener más aventuras que las biológicas, motivo por el cual escriben tales sandeces, pero...

—Lee uno —me indicó Ermintrude.

Bien, después de haberlo leído, de ayudar a Ermintrude a ponerse de pie y de desfogar nuestra cólera propinando unos cuantos puntapiés a los manuscritos, regresé a mi casa; Ermintrude se dedicó a preparar su antología y yo creí que no volvería a oír hablar más de aquel asunto. Pero aquel montón de manuscritos rechazados debió ser el vehículo de alguna maldición, de algún espíritu malévolo o de alguna especie de virus filtrable que se adhirió a mi persona infectando mis vestidos o afectando de alguna otra manera a mi organismo. Aquel asunto no estaba en absoluto terminado. ¿Cómo lo sé?



Porque empecé a escribir sandeces.

No, no de las que escribo normalmente, sino de otra clase distinta. En realidad, yo no era el agente activo y creador del proceso de escribir aquellas cosas. Actualmente todavía no he podido descubrir quién o qué me suplantó. Empecé a tener sueños horribles y extraños en los que desaparecían los límites de la cronología y de la lógica, en los que de antiguos ejemplares de Conquistadlo absolutamente todo y El sexista de Canopus surgía una fuliginosa luminiscencia, y en los que una serie de lectores masculinos de ciencia ficción, adolescentes todos, se desvanecían gritando, formando círculos de discusión geométricamente imposibles y situados en la cuarta dimensión. Repetíase constantemente cierta invocación oscura ("ritual de vinculación masculina" es la equivalencia fonética más próxima que consigo dar de esa frase), y entre sueños oía un horrendo estrépito, un rugoso y remoto atronar de tambores, espantoso, ensordecedor y obsceno que una noche consiguió hacerme levantar, desvaneciendo así la peor (y última) de mis pesadillas para descubrir que...



¡Mi máquina de escribir estaba mecanografiando por sí sola!

Fíjense bien que no digo "escribiendo", porque la noche siguiente, tras introducir un folio en la máquina (si no para satisfacer a la desconocida inteligencia que, desplazándose desde los manuscritos rechazados de Ermintrude, había preferido instalarse, para mayor comodidad y bienestar, en el repiqueteante metabolismo de mi Sears Electric, sí al menos con el fin de amortiguar el tableteo), el artilugio se detuvo, como si la visión de las palabras por él escritas lo aterrorizase. Luego, muy despacio, escribió unas cuantas frases aisladas, del tipo "de poderosos bíceps" o "la turgencia de sus pechos". Últimamente ha aumentado su entusiasmo, y sus esfuerzos literarios comienzan a adoptar una inconfundible semejanza con los relatos convencionales a que la prosa de la ciencia ficción nos tiene acostumbrados. Con la vana esperanza de contentar a ese maldito espíritu (ya que de lo contrario no me queda otro recurso más que el exorcismo, y no pienso mecanografiar con esa máquina los quinientos doce folios de Política sexual, ¡imagínense las horas que ello supondría, por no hablar del aumento de precio del papel carbón!) he hecho cuanto está a mi alcance por conseguir que se publiquen los siguientes, llamémosles fragmentos. Tal vez ello satisfaga al espíritu que se ha apoderado de la máquina de escribir. En mi condición de profesora, al igual que Ermintrude desde su puesto de editora, he tenido que leer toda clase de redacciones y relatos, pero aseguro que jamás había leído nada, ¡nada!, tan abominable, tan destructivo, tan abismal, tan soporíferamente aburrido como es la siguiente colección de:


TÓPICOS DEL ESPACIO EXTERIOR
El cuento de los insólitos métodos para quedar embarazada

—¡Oh! ¡Ah! ¡Ah! ¡Oh! —exclamaba Sheila Sue Hateman con éxtasis incontrolable mientras la gigantesca orquídea macho, arqueada sobre ella, la cubría polinizando todos sus orificios.

¡Ella, sí, ella, ella, Sheila Sue Hateman, que siempre había sido frígida e incapaz de responder! Recordó que en las fiestas procuraba evitar a los hombres que se acercaban a ella atraídos por su boca de labios rojos, carnosos y prominentes, por su larga melena rubia, del color de la miel, por su apetitoso trasero y por sus pechos orgullosos y erguidos (eran una molestia aquellos pechos; a veces se mostraban tan orgullosos y erguidos que llegaban a golpearle la barbilla y tenía que empujárselos hacia abajo). ¡Cuánto odiaba y evitaba a los hombres! A veces había llegado a esconderse bajo un sofá. En ocasiones se quedaba horas seguidas detrás de una puerta abierta. Con frecuencia se ocultaba entre los cortinajes de una ventana, confiando pasar inadvertida, confundida con un pliegue del tejido.

Pero esto era... diferente.

Un éxtasis desconocido hacía vibrar todas las fibras de su cuerpo. ¡Con cuánta intensidad había deseado este momento! Ahora podría tener hijos. ¿Tendrían yemas y zarcillos? ¿Raíces? ¿Nacerían como un puñado de semillas? ¿O quizá como brotes de hojas? ¿Se le desprendería tal vez uno de los dedos de los pies y echaría raíces en el suelo? ¡Qué importaba eso! Fuese cual fuese el aspecto de su hijo (y en lo más profundo de su ser sabía que tendría un niño), lo querría con locura porque sería de él.

De pronto, con la fulgurante rapidez y claridad de un relámpago cayó en la cuenta de la verdad: ¡Le gustaban los hombres!

Siempre le habían gustado, pero le infundían miedo. Tenía miedo de su fuerza, de su atractivo, de su ternura, de su burlón desenfado que, al abordarla por la calle y exclamar: "¡Vaya par de melones! ¡Así se llevan, preciosa!", hacía que el corazón empezase a palpitarle desbocado.

Recordó la franca y directa mirada de Boris y la poderosa fuerza de sus fornidos brazos aquella vez que intentó arrancarle la blusa.

Recordó la cortés socarronería de Ngaio cuando le dijo: "El motivo de que te empeñes en contradecir mis deducciones intelectuales, Sheila, es que eres una puta".

Recordó la tierna y varonil sensación de protección que le inspiró José cuando le dijo: "No podemos contratarte, Sheila, porque éste es un trabajo para un hombre. Resulta demasiado difícil para una mujer".



En realidad le gustaban los hombres.

—¡Ah! ¡Oh! ¡Oh! ¡Ah! ¡Ahí — exclamaba Sheila Sue Hateman entre convulsiones.

La orquídea gigante plegó con ternura sus frondas...

(desgraciadamente, continuará)


El cuento del mucho hablar

—¡Oh, Dios mío! ¡Cuánto me gusta vivir en una sociedad basada en la igualdad! —exclamó Irving, físico de profesión, contemplando con orgullo el salón del piso de la comunidad de propietarios que Adrienne, su esposa, había amueblado con su innato y exquisito buen gusto para la decoración de interiores.

Adrienne, licenciada en genética botánica, había decidido que lo que realmente quería hacer era quedarse en casa, tener ocho hijos, decorar su hogar, cuidar del jardín, dedicarse a la cocina macrobiótica, tener siempre a mano perejil en una maceta en el alféizar de la ventana de la cocina (tendría que vigilar, porque, al parecer, la humedad deterioraba un poco la madera del marco), y andar descalza. Era una mujer que se sentía muy próxima a la tierra, cosa que no tenía nada de femenino; daba la casualidad de que en su caso era así. Fue ella quien tomó esta decisión, e Irving la había respetado.

—Sí, hubiese sido espantoso vivir en la antigua sociedad, donde hombres y mujeres no gozaban de igualdad —replicó Adrienne dirigiéndose a la cocina a echar un vistazo al suflé de alfalfa que se doraba en el horno.

—Desde luego, vivir en una sociedad que ha eliminado la discriminación sexual es lo mejor de lo mejor —dijo Joyce, especialista en tecnología láser, que había solicitado veinte años de excedencia para criar a cuatro hijos porque eso era lo que sincera y honradamente anhelaba hacer—. ¡Imagínate lo horribles que debían de ser las cosas en los viejos tiempos!

Su marido, George, un alto ejecutivo de IBM que ganaba seis billones de nuevos dólares al año, la miró con cariño.

—Así es, querida —corroboró, dedicándole una tierna sonrisa—. Ahora que hombres y mujeres son iguales, las cosas funcionan muchísimo mejor. ¡Sólo de pensar cómo sería el mundo antes, me dan escalofríos!

Quería con locura y respetaba a Joyce, habiéndole construido un pequeño taller en el sótano para que en sus ratos libres pudiese practicar la tecnología punta del rayo láser.

Glorietta, la criada negra, entró anunciando...

(se castigará severamente)


El cuento de la separatisa noble

—Dime, mamaíta —dijo Jeannie Joan acurrucándose entre los brazos de su bella, fuerte, poderosa, dulce, sensata y cariñosa mamá, que medía dos metros cuarenta de estatura y era la presidenta de los Estados Unidos —, ¿por qué ya no quedan papas?

—Mira, Jeannie Joan —contestó su mamá —, hubo una época en que había muchísimos papas. Los papas eran unos seres indeseables, unos individuos perversos y viciosos que se marchaban siempre a realizar unas importantes actividades llamadas "trabajos", mientras las mamas y los niños tenían que vivir en unas pequeñas cárceles llamadas "hogares", donde se consumían por falta de ejercicio saludable, libertad intelectual y aptitudes para ganarse la vida. Los papas no eran (en general) brutales y no (siempre) pegaban a las mamas y a los niños con los bates de béisbol. Principal mente lo que hacían era aprobar muchas leyes diciendo que las mamas eran unos seres inferiores dominados por furores hormonales, que sólo pensaban en tonterías y que no servían más que para dedicarse a cuidar del "hogar" y de los niños. Así que los papas acaparaban todo lo bueno para ellos.

—¡Qué asquerosos eran los papas! —exclamó la linda y chiquitina Jeannie Joan.

—Sí, ¿verdad que sí? —replicó su mamá, apartando con sumo cuidado de su rodilla izquierda varios volúmenes entre los que destacaban Molí Flanders, El capital, el ensayo de Engels sobre el origen de la familia, el de John Stuart Mili sobre el sometimiento de la mujer y las Obras completas de George Bernard Shaw. Si Jeannie Joan leía esos libros, podía interpretarlos erróneamente. Eran aún muy niña; ya los estudiaría cuando fuera mayor.

—¿Y entonces qué pasó? —continuó preguntando Jeannie Joan, que mostraba ya todas las trazas de convertirse ella misma en una bella, fuerte, poderosa, dulce, sensata, cariñosa y perfecta mamá, de dos metros cuarenta de estatura e incapaz de estallar en un arranque de cólera ni para matar a un mosquito.

—Pues, mira, cariño, al cabo de un tiempo todas las mamas decidieron unirse y opinaron que la situación era una tontería. Y entonces aprobaron muchas leyes diciendo que todas las personas eran iguales, lo mismo daba que fuesen mamas o papas o que tuviesen el color de la piel distinto, y a partir de aquel momento la gente empezó a quererse mucho y ya no hubo guerras ni miseria ni discriminación racial ni ambición ni egoísmo.

—¡Pero los papas...! —insistió Jeannie Joan, propinando un suave golpecito a su mamá en el tobillo.

—Escúchame, Jeannie Joan —le explicó su mamá —, si las cosas se arreglaron y la vida empezó a resultar maravillosa fue porque los papas no soportaban un mundo sin guerras, miseria, discriminación racial, ambición, odio o egoísmo. En realidad, los papas no eran nada humanos, ¿sabes? De modo que en un plazo de tres semanas se suicidaron todos, uno detrás de otro; y los niños también. Fue lo que se conoce con el nombre de "acceso de furor provocado por un elevado nivel de testosterona", "inferioridad constitucional" o a veces "desaliento".

—Qué palabras tan enrevesadas — comentó Jeannie Joan, pensativa.

—En efecto —replicó su mamá, apartando cuidadosamente de su rodilla derecha varios volúmenes entre los que destacaban La mujer total, de Marabel Morgan, la bibliografía de Phillys Schlafly, la denuncia de los derechos de la mujer pronunciada por la reina Victoria y seis mil ejemplares de la revista Yogue.

Podrían caerse accidentalmente sobre la cabeza de Jeannie Joan y hacerle daño. Ya tendría tiempo de leerlos más tarde.

—Dime, mamá — prosiguió Jeannie Joan, que era una niña charlatana y curiosa —, ¿por qué...?

(se evitará, a cualquier precio)


El cuento del cambio de posición o

Siempre supe lo que querían hacerme porque yo lo

he estado haciendo durante años, sobre todo en el

cine
Cuatro jóvenes pertenecientes al Movimiento para la Liberación de la Mujer, devastadoras, crueles, corpulentas, lesbianas, sádicas y fetichistas, que odiaban a los hombres con intensidad y violencia inigualadas, bajaban a toda velocidad en motocicleta por la avenida junto a la cual se encontraba George oculto tras un arbusto. Iban las cuatro vestidas de cuero negro, calzaban botas provistas de punteras y clavos metálicos y cada una portaba metralleta y un látigo, así como un afilado cuchillo aferrado entre los dientes. Algunas se habían amputado los pechos. Se llamaban Sandra la Mugrienta, Harriet la Velluda, Vivían la Viciosa y Ruth la Despiadada. Al descubrir a George (un individuo bajito y enclenque, pelirrojo y con gafas, pero más listo que una ardilla y dotado de una voluntad de hierro), detuvieron con un chirriar de frenos sus potentes máquinas y lo arrastraron a la fuerza obligándole a salir de su escondite. Abalanzándose sobre él, comenzaron a pegarle; luego lo redujeron a pedazos y empezaron a pisotearle hasta dejarlo convertido en puro limo. No contentas con eso, se pusieron a dar saltos en el limo mientras gritaban con feroz crueldad:

—¡Las mujeres son mejores que los hombres! —vociferó Sandra la Mugrienta.

—¡Chúpame las botas! —bramó Harriet la Velluda.

—¡Bájate los calzoncillos! ¡Te voy a violar! — atronó Vivían la Viciosa con su profunda voz de bajo.

Sólo Ruth la Despiadada no dijo nada (jamás pronunciaba palabra; entre la banda se rumoreaba que no había aprendido a hablar), limitándose a masticar su cigarro y a abrir con un chasquido una navaja de palmo y medio de largo, de hoja de acero reluciente, dentada, envenenada y afilada como una cuchilla de afeitar. Con un gruñido, avanzó lentamente en dirección a George.

¡Y a estas mujeres las mantienen sus maridos!, pensó George. ¡Esos pobres hombres aterrorizados, atados a la puerta del dormitorio con diabólicas correas reforzadas de metal, a los que sólo dejan libres para que salgan a ganar dinero!

Nuestro héroe pensó que su fin llegaba, pero, de pronto, Ruth la Despiadada se puso verde, empezó a salirle humo de las orejas, su rostro cambió de expresión y, retorciéndose de dolor, cayó al suelo.



¡Eran sus días del mes!

Sandra la Mugrienta y Harriet la Velluda también se pusieron verdes, perdieron el sentido, se tambalearon, se tornaron de seis o siete colores más y, agarrándose el estómago, cayeron al suelo entre revolcones y gemidos de dolor.

Tan sólo quedaba, pues, Vivian la Viciosa. Con un apagado gruñido, también ella cambió de expresión, aunque de forma distinta; con pasos furtivos se acercó insinuante hacia George, acentuando las curvas de su cuerpo, entreabiertos los labios, los grandes ojos húmedos suplicándole entornados que le diese lo que esperaba de él.

¡Eran sus otros días del mes!

—Dime, Vivian la Viciosa —dijo el bajito, enclenque y pelirrojo George, con gafas pero de heroica resistencia y férrea voluntad —, ¿dónde tenéis el cuartel general? ¿Quién es vuestra jefa? ¿Cuáles son vuestros planes de batalla?

—Te lo diré todo —sollozó Vivian la Viciosa con dulce voz de soprano, desplomándose y abrazándose a las pantorrillas de George en los extremos de su urgente necesidad biológica—. Te adoro, te deseo, te necesito. No puedo remediarlo. — Y se lo dijo todo mientras le mordisqueaba las rodillas y, entre mordisco y mordisco, emitía suspiros de satisfacción y exclamaba—: ¡Oh, llévame contigo! ¡Te quiero y por ti he traicionado la causa!

—No pudiste evitarlo — replicó George compasivo, poniéndose de pie de un salto, robándole la motocicleta y huyendo veloz en dirección al ocaso. Debía transmitir su secreto a la Asociación de Instrumentos Humanitarios de la Monumentalidad, con sede en Sausalito. Una vez que la AIHM tuviera en su poder dicha información (y un calendario), la utilizaría para librar al mundo del yugo impuesto por el Movimiento para la Liberación de la Mujer y construir así una nueva sociedad verdaderamente libre e igualitaria, tomando en consideración no sólo a los hombres sino también a las mujeres (con especial atención, desde luego, a las particulares necesidades físicas de estas últimas).

El dolor de espalda, la sinusitis, los pies planos, la afección de menisco, las jaquecas, la fiebre del heno, la infección de vejiga y la angina de pecho que sufría George empezaron...

(se echará a la hoguera, con tenazas)



Yüklə 1,07 Mb.

Dostları ilə paylaş:
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   18




Verilənlər bazası müəlliflik hüququ ilə müdafiə olunur ©muhaz.org 2024
rəhbərliyinə müraciət

gir | qeydiyyatdan keç
    Ana səhifə


yükləyin