El beso de medianoche



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Capítulo ocho

Al principio, Gabrielle pensó que se había tratado solamente de otro sue-ño erótico. Pero a la mañana siguiente, al despertarse, tarde, desnuda en la cama, con el cuerpo agotado y dolorido en los lugares adecuados, supo que, definitivamente, Lucan Thorne había estado allí, en carne y hueso. Y Dios, qué carne tan impresionante. Había perdido la cuenta de cuántas veces la había llevado hasta el climax. Si sumaba todos los orgasmos que había tenido durante los últimos dos años, probablemente ni se acercaría a lo que había experimentado con él la pasada noche.

Y a pesar de ello, en el momento en que abrió los ojos y se dio cuenta, decepcionada, de que Lucan no se había quedado allí, todavía deseaba tener otro orgasmo más. La cama estaba vacía, el apartamento se en-contraba en silencio. Era evidente que él se había marchado en algún momento durante la noche.

Gabrielle estaba tan agotada que hubiera podido dormir el día entero, pero tenía una cita para comer con Jamie y con las chicas, así que salió de la casa y se dirigió hacia el centro de la ciudad veinte minutos des-pués del mediodía. Cuando entró en el restaurante de Chinatown se dio cuenta de que unas cuantas cabezas se giraban a su paso: notó las mira-das apreciativas de un grupo de tipos que parecían modelos de publicidad y que se encontraban ante la barra de sushi y las de media docena de ejecutivos trajeados que la siguieron mientras ella se dirigía hacia la

mesa de sus amigos, al fondo del restaurante.

Se sentía sexy y segura de sí misma, vestida con su suéter de cuello de pico de color rojo oscuro y su falda negra, y no le importaba que fuera evidente para todo el mundo que se encontraba allí que había disfrutado de la noche de sexo más increíble de toda su vida.

—¡Finalmente, nos honra con su presencia! —exclamó Jamie en cuanto Gabrielle llegó a la mesa y saludó a sus amigos con unos abrazos.

Megan le acarició una mejilla.

—Tienes un aspecto fantástico.

Jamie asintió con la cabeza.

—Sí, es verdad, cariño. Me encanta lo que llevas puesto. ¿Es nuevo? —No esperó a que le contestara. Volvió a sentarse inmediatamente ante la mesa y se metió en la boca un rollito frito—. Me moría de hambre, así que ya hemos pedido un aperitivo. Pero ¿dónde has estado? Estaba a punto de mandar a un escuadrón a buscarte.

—Lo siento. Hoy me he dormido un poco. —Sonrió y se sentó al lado de Jamie, en el banco de vinilo de color verde—. ¿Kendra no viene?

—Desaparecida en combate otra vez. —Megan tomó un sorbo de té y se encogió de hombros—. No importa. Últimamente, solamente habla de su nuevo novio, ya sabes, ese chico que encontró en La Notte el pasado fin de semana.

—Brent —dijo Gabrielle, controlando la punzada de incomodidad que sintió por la mención de esa terrible noche.

—Sí, él. Ella incluso ha conseguido cambiar su turno por el de día en el hospital para pasar todas las noches con él. Parece que él tiene que via-jar mucho para ir al trabajo o lo que sea y normalmente no está dispo-nible durante el día. No me puedo creer que Kendra permita que nadie le dirija la vida de esta manera. Ray y yo llevamos tres meses saliendo, pe-ro yo todavía tengo tiempo para mis amigos.

Gabrielle arqueó las cejas. De los cuatro, Kendra era la más libre de espíritu, incluso de forma impenitente. Prefería mantener unos cuantos amantes y tenía intención de permanecer soltera por lo menos hasta que cumpliera los treinta.

—¿Crees que se ha enamorado?

—Lascivia, cariño. —Jamie cogió con los palillos el último sushi—. A veces te hace hacer cosas peores que el amor. Créeme, me ha pasado.

Mientras masticaba, Jamie clavó los ojos en los de Gabrielle durante un largo momento. Luego se fijó en el pelo desordenado y en que ella, de repente, se había ruborizado. Gabrielle intentó sonreír con expresión despreocupada, pero no pudo evitar que su secreto la traicionara en el brillo de felicidad de sus ojos. Jamie dejó los palillos en el plato, inclinó la cabeza hacia ella y el pelo rubio le cayó sobre la mejilla.

—Oh, Dios mío. —Sonrió—. Lo has hecho.

—¿He hecho qué? —Pero se le escapó una suave carcajada.

—Lo has hecho. Te has acostado con alguien, ¿verdad?

La carcajada de Gabrielle se redujo a una tímida risita.

—Oh, cariño. Pues te sienta bien, debo decir. —Jamie le dio unas pal-maditas en la mano y se rio con ella—. A ver si lo adivino: es el oscuro y sexy detective del Departamento de Policía de Boston.

Ella levantó los ojos al cielo al oír cómo le había calificado, pero asintió con la cabeza.

—¿Cuándo ha sido?

—Esta noche. Prácticamente toda la noche.

La expresión de entusiasmo de Jamie atrajo la atención de algunas me-sas cercanas. El se calmó un poco, pero sonreía a Gabrielle como una orgullosa mamá oca.

—Él es bueno, ¿eh?

—Increíble.

—De acuerdo. ¿Y cómo es posible que yo no sepa nada de este hombre misterioso? —interrumpió Megan en esos momentos—. ¿Y es un policía? Quizá Ray le conozca. Le puedo preguntar...

—No. —Gabrielle negó con la cabeza—. Por favor, no digáis nada de esto a nadie, chicos. No estoy saliendo con Lucan. Vino ayer por la no-che para devolverme el teléfono móvil y las cosas se pusieron... bueno... fuera de control. Ni siquiera sé si voy a volver a verle.

La verdad era que no tenía ni idea de eso pero, Dios, deseaba que así fuera.

Una parte de ella sabía que lo que había ocurrido entre ellos era algo insensato, una locura. Lo era. La verdad es que no podía negarlo. Era de locos. Ella siempre se había tenido por una persona sensata, prudente: la persona que prevenía a sus amigos de los impulsos imprudentes como el que se había permitido la noche pasada.

Tonta, tonta, tonta.

Y no solamente por haber permitido que ese momento la atrapara por completo hasta el punto de haber olvidado tomar ninguna protección. Te-ner relaciones íntimas con alguien que es prácticamente un desconocido raramente era una buena idea, pero Gabrielle tenía la terrible sensación de que resultaría muy fácil perder el corazón por un hombre como Lucan Thorne.

Y eso, estaba segura, no era menos que de idiotas.

A pesar de todo, el sexo como el que había tenido con él no se daba a menudo. Por lo menos, no para ella. Solamente pensar en Lucan Thorne hacía que todo dentro de su cuerpo se retorciera de deseo. Si él entrara en el restaurante justo en ese momento, probablemente saltaría por en-cima de las mesas y se echaría encima de él.

—Ayer pasamos juntos una noche increíble, pero ahora mismo, eso es lo único que hay. No quiero sacar ninguna conclusión de ello.

—Aja. —Jamie apoyó un codo en la mesa y se apoyó en él con expre-sión conspiradora—: Entonces, ¿por qué estás sonriendo todo el rato?

—¿Dónde diablos has estado?

Lucan olió a Tegan antes de ver al vampiro dar la vuelta a la esquina del pasillo de la zona de residencia del complejo. El macho había estado cazando hacía poco. Todavía arrastraba el olor metálico y dulzón de la sangre, tanto de humano como de algún renegado.

Cuando vio que Lucan le estaba esperando fuera de uno de los apar-tamentos se detuvo, con las manos apretadas en puños dentro de los bolsillos del pantalón tejano de cintura baja. La camiseta gris que llevaba puesta estaba deshilachada en algunos puntos y sucia de polvo y de san-gre. Tenía los párpados caídos sobre los pálidos ojos verdes y se le veí-an unas oscuras ojeras. El pelo, rojizo, descuidado y largo, le caía sobre el rostro.

—Tienes un aspecto de mierda, Tegan.

Él levantó los ojos por debajo del flequillo de su pelo y se mostró bur-lón, como siempre.

Sus fuertes bíceps y antebrazos estaban cubiertos de dermoglifos. E-sas elegantes y afiligranadas marcas tenían solamente un tono más oscu-ro que el de su piel dorada y su color no desvelaba el estado de ánimo del vampiro. Lucan no sabía si era por pura voluntad que ese macho se encerraba en una actitud permanente de apatía o si era la oscuridad de su pasado que verdaderamente había apagado cualquier sentimiento que pudiera tener.

Dios era testigo de que había pasado por algo que hubiera podido ven-cer a una cuadrilla entera de guerreros.

Pero los demonios personales que Tegan tuviera eran cosa suya. Lo único que le importaba a Lucan era asegurarse de que la Orden se man-tenía fuerte y a punto. No había lugar para que esa cadena tuviera engar-ces débiles.

—Hace cinco días que has estado fuera de contacto, Tegan. Te lo voy a preguntar otra vez: ¿dónde mierda has estado?

El sonrió, burlón.

—Jódete, tío. No eres mi madre.

Empezó a alejarse, pero Lucan le cerró el paso con una velocidad a-sombrosa. Levantó a Tegan por el cuello y lo empujó contra la pared del pasillo para captar su atención.

La furia de Lucan estaba en su punto máximo: en parte por la descon-sideración que, en general, Tegan mostraba hacia los demás en la Orden durante los últimos tiempos, pero todavía lo estaba más por la falta de sensatez que le había hecho pensar que podría pasar una noche con Ga-brielle Maxwell y quitársela luego de la cabeza.

Ni la sangre ni la extrema violencia que había ejercido con dos rene-gados durante las horas previas al amanecer habían sido suficientes para apagar la lascivia por Gabrielle que todavía le latía por todo el cuerpo. Lucan había recorrido la ciudad como un espectro durante toda la noche y había vuelto al complejo con un humor furioso y negro.

Ese sentimiento persistía en él mientras apretaba los dedos alrededor de la garganta de su hermano. Necesitaba una excusa para sacar la agre-sividad, y Tegan, con ese aspecto animal y con su secretismo, era un candidato más que bueno para hacer ese papel.

—Estoy cansado de tus tonterías, Tegan. Necesitas controlarte, o yo lo haré en tu lugar. —Apretó la laringe del vampiro con más fuerza, pero Tegan ni siquiera se inmutó por el dolor—. Ahora dime dónde has estado durante todo este tiempo o tú y yo vamos a tener serios problemas.

Los dos machos tenían más o menos el mismo tamaño y estaban más que igualados en cuestión de fuerza. Tegan pudo haber presentado bata-lla, pero no lo hizo. No demostró ni la más mínima emoción, simplemente miró a Lucan con ojos fríos e indiferentes.

No sentía nada, e incluso eso sacaba de quicio a Lucan.

Lucan, con un gruñido, quitó la mano de la garganta del guerrero e in-tentó controlar la rabia. No era propio de él comportarse de esa manera. Eso estaba por debajo de él.

Mierda.

¿Y era él quien le decía a Tegan que tenía que controlarse?



Buen consejo. Quizá tenía que aplicárselo a sí mismo.

La mirada inexpresiva de Tegan decía más o menos lo mismo, aunque el vampiro mantuvo, de forma inteligente, la boca cerrada.

Mientras los dos difíciles aliados se miraban el uno al otro en medio de un oscuro silencio, detrás de ellos y a cierta distancia en el pasillo, una puerta de cristal se abrió con un zumbido. Se oyó el chirrido de las zapa-tillas deportivas de Gideon en el pulido suelo mientras éste salía de sus aposentos privados y recorría el pasillo.

—Eh, Tegan, buen trabajo de reconocimiento, tío. He vigilado un poco después de lo que hablamos el otro día. Ese presentimiento que tuviste de que debíamos mantener vigilados a los renegados en Green Line pa-rece bueno.

Lucan ni siquiera parpadeó. Tegan le aguantó la mirada, sin hacer caso a las felicitaciones de Gideon. Tampoco intentó defenderse de esas sospechas infundadas. Simplemente se quedó allí durante un largo minuto sin decir nada. Luego pasó al lado de Lucan y continuó su camino por el pasillo del complejo.

—Creo que querrás comprobar esto, Lucan —dijo Gideon mientras se dirigía hacia el laboratorio—. Parece que algo está a punto de ponerse feo.



Capítulo nueve

Con la taza caliente entre las manos, Gabrielle tomó un sorbo del suave té mientras Jamie se comía el resto de su plato. También iba a comerse su galletita de la suerte de postre, como hacía siempre, pero no le im-portaba. Era agradable estar, simplemente, con los amigos, y sentir que la vida volvía a adquirir cierto aire de normalidad después de lo que le había sucedido el fin de semana pasado.

—Tengo una cosa para ti —dijo Jamie, interrumpiendo los pensamien-tos de Gabrielle. Rebuscó un momento en la bolsa que llevaba de color crema que estaba en el banco en medio de ambos y sacó un sobre blan-co—. Procede de la muestra privada.

Gabrielle lo abrió y sacó un cheque de la galería. Era más de lo que ha-bía esperado. Unos cuantos billetes grandes de más.

—Hala.


—Sorpresa —canturreó Jamie con una amplia sonrisa—. Subí el precio. Pensé que qué diablos y ellos lo aceptaron sin regatear en ningún mo-mento. ¿Crees que debería haber pedido más?

—No —repuso Gabrielle—. No, esto es... esto... uuuff. Gracias.

—No es nada. —Señaló la chocolatina—. ¿Vas a comértela?

Ella empujó el plato por encima de la mesa hacia él.

—Bueno, ¿y quién es el comprador?

—Ah, eso continúa siendo un gran misterio —dijo él, mientras rompía la galleta dentro de su envoltorio de plástico—. Han pagado en metálico, así que es evidente que son serios acerca del carácter anónimo de la venta. Y mandaron un taxi a buscarme para llevar la colección.

—¿De qué estáis hablando, chicos? —preguntó Megan. Les miró a los dos con el ceño fruncido y una expresión de confusión—. Os juro que soy la última que se entera de todo.

—Nuestra pequeña y talentosa artista tiene un admirador secreto —informó Jamie, dramáticamente. Sacó la nota de la suerte de la galletita, la leyó, levantó los ojos al cielo y tiró el trocito de papel en el plato va-cío—. ¿Dónde quedaron los días en que este tipo de cosas significaban algo? Bueno, hace unas cuantas noches me pidieron que presentara la colección completa de fotografías de Gabby ante un comprador anónimo del centro de la ciudad. Las han comprado todas: hasta la última.

Megan miró a Gabrielle con los ojos muy abiertos.

—¡Eso es maravilloso! ¡Me alegro tanto por ti, cariño!

—Sea quien sea quien las ha comprado, la verdad es que tiene una se-ria manía con el secretismo.

Gabrielle miró a su amigo mientras se guardaba el cheque en el bolso.

—¿Qué quieres decir?

Jamie terminó de masticar el último trocito de galletita de la suerte y se limpió los dedos de las migas.

—Bueno, cuando llegué a la dirección que me dieron, en uno de esos lujosos edificios de oficinas con varios inquilinos, me recibió una especie de guardaespaldas en el vestíbulo. No me dijo nada, solamente murmuró algo a un micrófono inalámbrico y luego me acompañó hasta un ascensor que nos llevó al piso más alto del edificio.

Megan arqueó las cejas.

—¿Al ático?

—Sí. Y ahí está la cosa. El lugar estaba vacío. Todas las luces estaban encendidas, pero no había nadie dentro. No había muebles, no había nin-gún equipo, nada. Solamente paredes y ventanas que daban a la ciudad.

—Eso es muy extraño. ¿No te parece, Gabby?

Ella asintió con la cabeza y una sensación de intranquilidad la fue inva-diendo mientras Jamie continuaba.

—Entonces el guardaespaldas me dijo que sacara la primera fotografía de la carpeta y que caminara con ella y me dirigiera hacia las ventanas de la pared norte. Al otro lado estaba oscuro, y yo le estaba dando la espalda a él, pero él me dijo que debía sujetar cada una de las fotos ante esa ventana hasta que me diera instrucciones de dejarlas a un lado y tomar otra.

Megan se rio.

—¿De espaldas a él? ¿Por qué quería que hicieras eso?

—Porque el comprador estaba observando desde otro lugar —contestó Gabrielle en voz baja—. En algún lugar desde donde veía las ventanas del ático.

Jamie asintió con la cabeza.

—Eso parece. No conseguí oír nada, pero estoy seguro de que el guardaespaldas, o lo que fuera, estaba recibiendo instrucciones por los auriculares. Para decirte la verdad, me estaba poniendo un poco nervioso con todo eso, pero fue bien. Al final no pasó nada malo. Lo único que querían eran tus fotografías. Solamente había llegado a la cuarta cuando me dijeron que pidiera un precio para todas ellas. Así, que tal y como te he dicho, lo puse alto y lo aceptaron.

—Extraño —comentó Megan—. Eh, Gab, quizá has llamado la atención de un millonario mortalmente atractivo pero retraído. Quizá el año que viene, por estas fechas, estaremos bailando en tu lujosa boda en Miko-nos.

—Uf, por favor —exclamó Jamie sin aliento—. Mikonos es del año pasado. La gente guapa está en Marbella, querida.

Gabrielle intentó sacarse de encima la rara sensación de inquietud que le estaba produciendo la extraña historia de Jamie. Tal y como él había dicho, todo había ido bien y ella tenía un cheque por un importe muy alto en el bolso. Quizá podía invitar a cenar a Lucan, dado que la comida que había preparado la otra noche para la celebración se había quedado en el mostrador de la cocina.

Aunque no sentía ni el más mínimo remordimiento por la pérdida de sus manicotti.

Sí, una romántica salida para cenar con Lucan sonaba fantástico. Con un poco de suerte, quizá tomaran los postres en... y el desayuno tam-bién.

Gabrielle se puso de buen humor inmediatamente y se rio con sus a-migos mientras éstos continuaban intercambiando ideas extravagantes acerca de quién podía ser ese misterioso coleccionista y qué podía signi-ficar eso para su futuro y, por extensión, para el de todos ellos. Todavía estaban hablando de lo mismo cuando la mesa estuvo retirada y la cuenta pagada, y los tres salieron a la calle soleada.

—Tengo que irme corriendo —dijo Megan, dando un rápido abrazo a Gabrielle y a Megan—. ¿Nos veremos pronto, chicos?

—Sí —contestaron los dos al unísono y la saludaron con la mano mien-tras Megan caminaba calle arriba, hacia el edificio de oficinas donde tra-bajaba.

Jamie levantó una mano para llamar a un taxi.

—¿Vas directamente a casa, Gabby?

—No, todavía no. —Dio unos golpecitos a la cámara que llevaba col-gada del hombro—. Pensaba dar un paseo hasta el parque y quizá gastar un poco de película. ¿Y tú?

—David va a llegar de Atlanta dentro de una hora —le dijo sonriendo—. Voy a hacer campana el resto del día. Quizá mañana también.

Gabrielle se rio.

—Dale recuerdos de mi parte.

—Lo haré. —Se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla—. Me gusta verte sonreír otra vez. Estaba realmente preocupado por ti después de lo del último fin de semana. Nunca te había visto tan afectada. Estás bien, ¿verdad?

—Sí, estoy bien, de verdad.

—Y ahora tienes al oscuro y sexy detective para cuidarte, lo cual no está nada mal.

—No, no está nada mal —admitió ella, y notó una sensación de calidez por el sólo hecho de pensar en él.

Jamie le dio un abrazo afectuoso.

—Bueno, cielo, si necesitas algo que él no te pueda dar, lo cual dudo mucho, llámame, ¿de acuerdo? Te quiero, cariño.

—Yo también te quiero. —Un taxi se detuvo en la esquina y se sepa-raron—. Diviértete con David. —Y levantó la mano para decirle adiós mientras Jamie entraba en el taxi y éste se internaba en el abigarrado tráfico de la hora de comer.

Solamente se tardaba unos cuantos minutos en recorrer las manzanas que separaban Chinatown del parque Boston Common. Gabrielle paseó por los amplios espacios y sacó unas cuantas fotografías. Luego se de-tuvo para observar a unos niños que jugaban a la gallinita ciega en el césped de la zona de recreo. Observó a una niña que se encontraba en el centro del grupo con los ojos tapados con una venda y que giraba a un lado y a otro con los brazos extendidos intentando atrapar a sus esquivos amigos.

Gabrielle levantó la cámara y enfocó a los niños, que no paraban de correr y de reír. Acercó la imagen con el zoom y siguió a la niña de pelo rubio y ojos vendados con el objetivo mientras las risas y los chillidos de los niños llenaban el parque. No hizo ninguna fotografía, simplemente miró ese despreocupado juego desde detrás de la cámara e intentó re-cordar una época en la que ella se hubiera sentido así de contenta y de segura.

Dios, ¿se había sentido así alguna vez?

Uno de los adultos que estaba vigilando a los niños desde allí cerca les llamó para que fueran a comer, interrumpiendo su estridente juego. Los niños corrieron hasta la sábana extendida en el suelo para comer y Gabrielle recorrió el parque a su alrededor con el objetivo de la cámara. En la imagen desenfocada a causa del movimiento, percibió la figura de alguien que la miraba desde debajo de la sombra de un árbol grande.

Gabrielle apartó la cámara de su rostro y miró en esa dirección: había un hombre joven de pie, parcialmente escondido por el tronco de un viejo roble.

Su presencia era casi imperceptible en ese parque lleno de actividad, pero le resultaba vagamente familiar. Gabrielle vio que tenía el pelo a-bundante y de un color castaño ceniciento, que llevaba una camisa suelta y un pantalón caqui. Era la clase de persona que desaparecía con facili-dad entre la multitud, pero estaba segura de que le había visto en algún lugar hacía poco tiempo.

¿No le había visto en la comisaría de policía la semana pasada cuando fue a hacer la declaración?

Fuera quien fuese, debió de darse cuenta de que ella le había visto, porque inmediatamente retrocedió, se escondió detrás del tronco del ár-bol y empezó a alejarse de allí en dirección a Charles Street. Mientras caminaba a paso rápido en dirección a esa calle, se sacó un teléfono móvil del bolsillo del pantalón y echó un rápido vistazo hacia atrás por encima del hombro, en dirección a Gabrielle.

Gabrielle sintió que se le erizaban los pelos de la nuca con una repen-tina sensación de sospecha y de alarma.

Él la había estado observando, pero ¿por qué?

¿Qué diablos estaba sucediendo? Algo sucedía, definitivamente, y ella no tenía intención de tratar de adivinarlo por más tiempo.

Con la mirada clavada en el chico del pantalón caqui, Gabrielle empezó a caminar detrás de él mientras se guardaba la cámara en la funda y se ajustaba la tira de la bolsa protectora en el hombro. Cuando salió del am-plio terreno del parque y entró en Charles Street, el chico le llevaba una manzana de ventaja.

—¡Eh! —llamó ella, empezando a correr.

El, que continuaba hablando por teléfono, giró la cabeza y la miró. Dijo algo al aparato con gesto apresurado, apagó el aparato y lo conservó en la mano. Apartó la mirada de ella y empezó a correr.

—¡Para! —gritó Gabrielle. Llamó la atención de la gente de la calle, pe-ro el chico continuó sin hacerle caso—. ¡Te he dicho que te detengas, mierda! ¿Quién eres? ¿Por qué me estás espiando?

El subió a toda velocidad por Charles Street zambulléndose en la marea de peatones. Gabrielle le siguió, esquivando a turistas y oficinistas que salían durante el descanso para la comida, sin apartar la vista de la mo- chilla que el chico llevaba en la espalda. Él torció por una calle, luego por otra, internándose cada vez más en la ciudad, alejándose de las tiendas y las oficinas de Charles Street y volviendo a la abigarrada zona de Chi-

natown.


Sin saber cuánto tiempo llevaba persiguiendo a ese chico ni dónde ha-bía llegado exactamente, Gabrielle se dio cuenta de repente de que le había perdido.

Giró por una esquina llena de gente y se sintió profundamente sola: ese ambiente poco familiar se cerró alrededor de ella. Los tenderos la observaban desde debajo de los toldos y desde detrás de las puertas abiertas para dejar pasar el aire de verano. Los peatones la miraban, molestos, porque se había detenido de repente en medio de la acera e interrumpía el paso.

Fue en ese momento cuando sintió una presencia amenazante detrás de ella, en la calle.

Gabrielle miró por encima del hombro y vio un Sedan negro de ven-tanas tintadas que se desplazaba despacio entre los demás coches. Se movía con elegancia, deliberadamente, como un tiburón que atravesara un banco de peces pequeños en busca de una presa mejor.

¿Se estaba dirigiendo hacia ella?

Tal vez el chico que la había estado espiando se encontraba dentro del coche. Quizá su aparición, y la del coche de aspecto amenazante, tenían algo que ver con quien había comprado sus fotografías.

O posiblemente se tratara de algo peor.

Quizá algo relacionado con el espantoso ataque que había presenciado la semana anterior y con haber informado de ello a la policía. Posible-mente se había tropezado con una rencilla entre bandas, después de todo. Quizá esas criaturas malignas —ya que no podía acabar de convencerse de que eran hombres— habían decidido que ella era su próximo objetivo.

El vehículo se aproximó por un carril lateral hasta la acera donde ella se encontraba de pie y Gabrielle sintió que un miedo helado la atravesa-ba.

Empezó a caminar. Aceleró el ritmo para avanzar más deprisa.

A su espalda oyó el sonido del coche que aceleraba.

Oh, Dios.

¡Iba a por ella!

Gabrielle no esperó a oír el sonido de los neumáticos de las ruedas en el pavimento a sus espaldas. Chilló y salió disparada en una carrera cie-ga, moviendo las piernas tan deprisa como era capaz.

Había demasiada gente a su alrededor. Demasiados obstáculos para to-mar un camino recto. Esquivó a los peatones, demasiado nerviosa para ofrecer ninguna disculpa antes sus chasquidos de lengua y exclamacio-nes de enojo.

No le importaba: estaba segura de que era un asunto de vida o muerte.

Mirar hacia atrás sería un grave error. Todavía oía el ruido del motor del coche en medio del tráfico, que la seguía de cerca. Gabrielle bajó la cabeza y se esforzó en correr más rápido mientras rezaba por ser capaz de salir de esa calle antes de que el coche la atrapara.

De repente, en esa enloquecida carrera, le falló un tobillo.

Se tambaleó y perdió el equilibrio. El suelo pareció elevarse hacia ella y cayó con fuerza contra el duro pavimento. Paró el golpe fuerte de la caída con las rodillas y las palmas de las manos, destrozándoselas. El dolor de la carne rasgada le hizo saltar las lágrimas, pero no hizo caso. Gabrielle volvió a ponerse en pie. Casi todavía no había recuperado el equilibrio cuando notó la mano de un extraño que la sujetaba con fuerza por el codo.

Gabrielle reprimió un chillido. Tenía los ojos enloquecidos de pánico.

—¿Se encuentra bien, señorita? —El rostro gris de un trabajador mu-nicipal apareció en su ángulo de visión y sus ojos azules rodeados de arrugas se fijaron en las heridas.

—Uf, vaya, mire eso, está sangrando.

—¡Suélteme!

—¿Es que no ha visto esos pilones de ahí? —Señaló con el pulgar por encima del hombro, a sus espaldas, hacia los conos de color naranja con los cuales Gabrielle había chocado al pasar—. Esta parte de la acera está levantada.

—Por favor, no pasa nada. Estoy bien.

Atrapada por la mano de él, que intentaba ayudarla pero que la rete-nía, Gabrielle levantó la mirada justo a tiempo para ver que el Sedan os-curo aparecía en la esquina por donde ella había pasado hacía un instan-te. El coche se detuvo abruptamente, la puerta del conductor se abrió y un hombre enorme y altísimo salió a la calle.

—Oh, Dios. ¡Suélteme! —Gabrielle dio una sacudida con el brazo para soltarse del hombre que intentaba ayudarla sin apartar la mirada de ese monstruoso coche negro y en el peligro que suponía—. ¿Es que no com-prende que me están persiguiendo?

—¿Quién? —El tono de voz del trabajador municipal fue de increduli-dad. Llevó la vista en dirección a donde ella estaba mirando y soltó una carcajada—. ¿Se refiere a ese tipo? Señora, es el maldito alcalde de Bos-ton.

-¿Qué...?

Era verdad. Miró enloquecida toda la actividad que se desarrollaba en esa esquina y lo comprendió. El Sedan negro no la perseguía, después de todo. Había aparcado en la esquina y el conductor, ahora, estaba espe-rando con la puerta trasera abierta. El alcalde en persona salió de un restaurante acompañado por dos guardaespaldas y los tres subieron al asiento trasero del vehículo.

Gabrielle cerró los ojos. Las palmas de las manos le quemaban de do-lor. Las rodillas, también. Tenía el pulso acelerado, pero parecía que la sangre le había bajado de la cabeza.

Se sintió como una completa idiota.

—Creí... —murmuró, mientras el conductor cerraba la puerta, se colo-caba en el asiento delantero y arrancaba el coche en dirección al tráfico de la calle.

El trabajador le soltó el brazo. Se alejó de ella para volver a ocuparse de la bolsa con su comida y su café mientras meneaba la cabeza.

—¿Qué le sucede? ¿Es que se ha vuelto loca o algo?

Mierda.


Se suponía que ella no tenía que haberle visto. Tenía órdenes de ob-servar a la mujer Maxwell, de tomar nota de sus actividades, de esta-blecer cuáles eran sus costumbres. Tenía que informar de todo ello a su Maestro. Por encima de todo, tenía que evitar ser visto. El subordinado soltó otra maldición desde el mismo lugar donde estaba escondido, la espalda pegada contra una anodina puerta de un edificio anodino, uno de esos tantos lugares que se apiñaban entre los restaurantes y mercados de Chinatown. Con cuidado, abrió la puerta y sacó la cabeza para ver si podía detectar a la mujer en algún lugar de la calle.

Allí estaba, justo al otro lado de la calle atiborrada de gente.

Y se alegró de ver que ella estaba abandonando la zona. Lo último que perdió de vista fue su cabello cobrizo por entre la multitud de la acera, la cabeza gacha y el paso acelerado.

Esperó allí, la observó hasta que hubo desaparecido de su vista por completo. Entonces volvió a salir a la calle y se dirigió en dirección con-traria. Había pasado más de una hora de su descanso para comer. Era mejor que volviera a la comisaría antes de que le echaran en falta.




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