Un meditabundo maestro era muy respetado por los habitantes de la localidad en la que vivía. Uno de los vecinos perdió una oveja y, aunque disponía de un buen número de sirvientes, solicitó al maestro el suyo. El mentor, un tanto perplejo, dijo:
-Pero si tú tienes un gran número de sirvientes, ¿por qué también necesitas el mío?
-¡Oh! -exclamó el vecino-, porque hay tantos senderos que a saber cuál ha tomado la oveja.
El maestro le prestó su sirviente. Los hombres salieron en busca del animal extraviado. Durante horas y horas todos estuvieron buscando, pero sin resultados felices. El dueño de la oveja regresó desolado y le comentó al maestro:
-No hemos conseguido nada. ¡Hay demasiados senderos! Como un sendero nos conducía a otro y éste a otro y así sucesivamente, llegó un momento en el que no sabíamos cuál tomar. Hemos fracasado en la búsqueda.
El mentor se quedó muy pensativo. Durante horas no despegó los labios, sumido en un silencio total. Nadie entendía qué le ocurría al maestro, cuya expresión era de visible gravedad. Pero había en la localidad un hombre notablemente lúcido y él fue quien les explicó a los demás lo siguiente:
-Mirad, amigos, no os extrañe la actitud de silencio y grave seriedad del maestro. No os extrañe. Habéis comprobado que cuando hay demasiados senderos, conduciendo unos a otros, no hay manera de hallar ni siquiera una oveja. El maestro se ha dado perfecta cuenta de que muchos discípulos emprenden tantas actividades y tan diversas que así están siguiendo senderos que sólo conducen a otros senderos, pero no llevan a la meta.
Comentario
Muchas personas, para jugar al escondite consigo mismas y no mirarse a sí mismas ni consigo mismas encontrarse, elevan desproporcionadamente su coeficiente de actividad. Se enredan con ilusiones, expectativas, empresas que acometer y toda suerte de actividades que no conducen ni al autoconocimiento, ni a la madurez psíquica ni a1 real bienestar interior. De ese modo, no ponen ningún interés en librarse de sus impedimentos mentales y emocionales, lo que no significa que no los experimenten como un freno o incluso una pesadumbre. La energía se dispersa y se fragmenta y la persona no invierte nada de ella en encaminarse sabiamente hacia la armonía interior. Esa hiperactividad finalmente pasa siempre la factura y hay que pagar, antes o después, un elevado diezmo por ella. Se pone todo el esfuerzo en las actividades, pero ninguno en la que debiera ser la actividad prioritaria: la armonía mental y emocional. Finalmente el ánimo y el sistema nervioso se resienten, pero además la persona, en el mejor de los casos, se da finalmente cuenta de que ha puesto mucho énfasis en recorrer senderos y senderos en lugar de profundizar en el sendero interior.
Al hacer referencia a las desmesuradas actividades, también hay que incluir en éstas las de orden psíquico o espiritual. Porque si una persona que quiere seguir la vía del autoconocimiento se dedica a conocer todos los métodos de manera intelectual, pero no verifica ninguno de ellos, no progresará psíquica y emocionalmente, ni adquirirá consigo misma el real compromiso de proponerse evolucionar y para ello poner los medios oportunos. Por todo esto hay que activar el recto discernimiento, para saber qué tiene verdaderamente importancia y qué no la tiene. De lo que no cabe la menor duda es de que uno es responsable de sus actos, actividades e incluso actitudes. Y como señala el Anguttara Nikaya, «los seres son dueños de sus actos, herederos de sus actos, hijos de sus actos; están sujetos a sus actos, dependen de sus actos; de todo acto que acometan, sea bueno, sea malo, heredarán».
Para los que, como dijera Buda, no tienen los ojos demasiado empañados, la energía primordial debe, ante todo, ponerse al servicio de la integración interior y participar en la evolución de los otros seres y evitarles cualquier daño y peligro. Ésa es una noble tarea cuya recompensa es un estado interno de paz interior. Es la senda más segura, porque no conduce a otras sendas que no sean la plenitud y la libertad.
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