Jorge Luis Oviedo La Turca



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eso, cuando dieron las nueve de la noche
y ella no asomaba por ninguna parte con
su tribu de enanos, dispusieron ir a ver
que ocurría. Ella los recibió con una cara
de elefante moribundo, apenas visible ba-
jo un cerro de sábanas blancas y colchas
floreadas que se habían ensartado muy
a propósito para poder convencer a los
necios de sus clientes, quienes convenci-
dos por la demostración partieron con
la tristeza a cuestas a difundir la mala
noticia; mientras ella, casi media hora
más tarde, comenzaba a bajar sus analgé-
sicos que yacían callados, fieles y ansio-
sos detrás de la ventana y entre las ramas
del árbol.

Ramiro Varecuete, el hijo de Calix-


to Rodríguez y doña Mera Martínez, la
vieja más agria y religiosa del pueblo, la
más rica y presumida; apareció con Pi-
chingo y Tarinche como a eso de las diez
y media de la noche. Pichingo lo había
sacado del baile con el cuento de que
Varecuete tenía ganas de orinar. Por lo
menos eso fue lo que le dijeron a doña
Mera, quien, seguramente, le dio permiso
no porque hubiera creído la historia sino
porque estaba pendiente del resultado


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del escrutinio, donde participaba la her-
mana de Varecuete (tan parecida a él que
para no confundirlos, a ella nunca le
permitían ponerse pantalones). Ramiro
Varecuete era el único que no había dis-
frutado de 'aquellas techumbres de la
abundancia y el placer desenfrenado que
deambulaban mansas durante el día, de-
bido a la dura vigilancia de su mamá.
Por eso Varecuete no sabía de fiestas
bailables de ninguna clase, ni de baños
en el río con sus compañeros de escue-
la, ni de las correrías de caza y pesca
organizadas por Teleño. Tampoco le per-
mitía jugar libre con nosotros, ni acostar-
se después de las siete de la noche, ex-
cepto cuando había misa del gallo en
Semana Santa o Navidad. Varecuete, era
por eso tan tímido que hasta sus propias
compañeras de escuela lo hacían llorar
cuanta vez se les antojaba. Varias veces
lo habían encerrado en el aula de las ni-
ñas de sexto grado tardes enteras asedea-
do por más de treinta adolescentes que
se divertían a mares con su ingenuidad.
Y de donde él salía con más vergüenza
que un marido sorprendido, infraganti,
en adulterio; fue por eso que al verlo aso-
mar arriado por Pichingo a todo el mun-

do se le trabó la lengua y se le acabó el


habla por encanto. Algunos días después
supimos que tanto Lancha como Pichin-
go lo habían amenazado con regar la
bomba entre las niñas de la escuela de
que él era marica, lo que seguramente no
hubiera causado ningún efecto en el
rudimentario y agrio espíritu de su ma-
dre, pero que hubiera puesto como po-
tro garañón a su padre que tenía más
mujeres que cerdas sus berracos. Por lo
mismo, nadie protestó cuando poco des-
pués de la media noche la Turca asomó
en pelota con toda su bestialidad al aire,
envuelta únicamente en un baño ardien-
te y pegajoso de sudor acumulado que
le surgía como fuentecilla de las entrañas
junto a un largo y silencioso vaho que
olía como a una esquina de su aliento,
para decirnos que se sentía mareada, de-
bido a lo cual solamente recibiría a uno
más de nosotros esa madrugada. Nos pro-
metió, al resto —cerca de quince, me pa-
rece— que nos recibiría el siguiente
sábado de primeros.

Y antes que Tancredo, a quien le


correspondía el turno por orden de lle-
gada, saltara desde el árbol de mango, Pi-
chingo le gritó a Varecuete mientras em-


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pujaba su alargada y escurrida presencia:
Tu turno, pendejo. La Turca que tampo-
co se había enterado de su presencia no
vaciló en hacerlo entrar por el ojo sin fon-
do de la ventana y llevárselo hasta su le-
cho. Y fue tanto el apuro y todavía
mayor la incredulidad que dejó la venta-
na sin el pasador. Por eso cuando escu-
chamos sus conocidos quejidos de pa-
sión sostenida que le surgían después de
unos cinco o seis minutos de balanceo
acelerado, imaginamos a Varecuete
zozobrando como una tímida barqui-
chuela en medio de una tempestad y sin
pensarlo, impulsados por la curiosidad
nos colamos casi de dos en dos por el
agujero de la ventana, junto con el frío
de la madrugada y la oscuridad de la no-
che. Casi un minuto después, agasapados
por el temor de ser descubiertos, obser-
vando el pulso nervioso de la llama de
una lámpara de gas que había en la sala,
escuchamos el primer resoplido; grave,
sonoro e inesperado. Tancredo estuvo a
punto de soltar una carcajada, pero al ver
la cara de asombro que pusimos los de-
mas se calmó. Entonces se escuchó el
segundo bocinazo, más grave, sonoro y
prolongado que el primero. La llama del

quinqué parpadeó casi con delirio y una


ola de aire recalentado invadió la sala y
se escapó nerviosa por la ventana; al ins-
tante, como un intervalo de segundos
recortados, escuchamos el otro y luego
un concierto con variaciones en Re mayor
o más bien por la Re... verga como dijo
Lancha varios días después, por decir
algo, pues nosotros de variaciones musi-
cales no sabíamos ni jota. Como tampo-
co sabíamos ni jota de lo que estaba ocu-
rriendo en el cuarto de la Turca, pero lo
supimos momentos después, ya que sin
darnos cuenta nos fuimos a parar a su le-
cho en busca del origen de aquellos sono-
ros resoplidos que recalentaban el inte-
rior de la casa y hacían parpadear la
llama del quinqué y aletear las cortinas
y los papeles sueltos. Allí estaba ella
echada de espaldas, larga y frondosa, ba-
ñada por Un reguero de sombras y dejan-
do escapar aquellos sonoros resoplidos
que alarmarían a toda la población y que
a nosotros nos mantuvieron incrédulos y
con toda la bocota abierta viendo a Vare-
cuete elevarse flojo y frágil como un co-
meta arrastrado por esas corrientes de
aire que se forman en las tardes soleadas
de primavera, y descender con un vuelo


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sostenido a aquella mina de placer, a
aquel cráter de pasión cada vez que la
fuerza del aire descendía. Y entonces
él caía nuevamente sobre la oscura en-
trada, pero casi al instante era suspen-
dido a mayor altura por un nuevo y
violento resoplido que resultaba más
fuerte y prolongado que el anterior.
Varecuete parecía a ratos uno de esos
ángeles desorientados de los cuentos de
mi abuelo. Así lo vimos flotando en la
incertidumbre de aquella alocada cabal-
gata que lo hacía verse más largo y flaco
y descubrimos, sin quererlo, algo que na-
die había imaginado, ni adivinado en
las palabras de la Turca cuándo al poco
rato de haber entrado la escuchamos de-
cir con una voz de asombro y esperanza,
entre fascinada y acesante, tratando in-
cluso de sostener ese aliento de ballena
herida que exhalaba cuando se emocio-
naba a mares: "¡Qué hermosura! ¡Qué
hermosura, por Dios Santo!" y lo vimos
luchar desesperado tratando de no sol-
tarse del único lugar que, en su sorpre-
sivo lanzamiento hacia el espacio, tuvo
lugar de asirse: la cima oscura de aquel
par de tiernos volcanes donde nos había-
mos prendido muchas veces como de

mamaderas invernales, en su último re-


curso por evitar esa caída que asomaba
inevitable y de fatales consecuencias
en sus negros ojos de rana asustada, y
contemplamos arrobados, por el encan-
tamiento, los manoteos inútiles de la
Turca por hacerlo volver a su cráter en
plena erupción; mientras en su jadeo de
insaciables proporciones no cesaba de
repetir entre balbuceantes y tiernos
susurros: "¡Qué hermosura, Dios Mío,
qué hermosura!", y sin darnos cuenta
de lo que hacíamos rodeamos sus cuatro
colchones; no recuerdo si para evitarle
cualquier golpe severo a Varecuete en
caso de fallar el apasionado equilibrio
que los mantenía unidos, o para seguir-
lo viendo, bajo una sombra de incredu-
lidad, elevarse a la altura del techo, mien-
tras los resoplidos de la Turca se volvían
más intensos y sonoros que ni siquiera
nos dimos cuenta del momento en que
el pueblo entero se había arremolinado
frente a la casa ni cuando los soldados
echaron abajo la puerta de la sala para
averiguar el misterioso origen de aquellas
ardientes sonoridades impregnadas de un
olor como de aliento arrinconado detrás
de las cortinas de baño y que muchos


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atribuían a un nuevo instrumento de
viento de la banda que todos los años
alegraba la feria patronal. Fue hasta que
los soldados saltaron sobre nuestra fasci-
nada incredulidad y arrancaron a tirones
el largo cuerpo de Varecuete que descu-
brimos esa otra inmensa realidad que se
extendió bajo una aureola de asombro
más allá del jardín de enfrente; sin em-
bargo, yo todavía tuve tiempo de mirar a
la Turca echarse un rollo de sábanas so-
bre su mina de placer y proseguir su ja-
deo y dejar escapar .un último resoplido;
tan fuerte y prolongado que, los solda-
dos, Tancredo, Pichingo y yo, salimos
por la boca de la otra ventana junto con
varios pedazos de madera rota, cuatro
sábanas floreadas, dos cortinas azules,
una carpeta cuadriculada, dos escobas de
suyate y todo el polvo y la hojarasca
acumulado frente a la casa durante los
últimos dos días.

Unos diez minutos después cesó el


jadeo, sustituido por una larga cadena
de suspiros. Luego se quedó quieta, quie-
ta y aletargada como una ballena ancla-
da en tierra firme a la hora de la siesta.
Ajena por completo al escándalo de las
damas católicas y a la liga de mujeres

protestantes, ajena a risería de los hom-


bres, al asombro e indecisión del alcalde
y a la cólera del cura. Ajena, en fin, a
la orden de expulsión decidida por todas
las mujeres y el sacerdote, tan ajena que
en el rostro, al irse quedando dormida,
se le formó una sonrisa de infinita satis-
facción.


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RELATO SEGUNDO

Allí estaba, frondosa y vasta como


siempre, con esa expresión del elefante
feliz que se le volvió casi natural desde
su deportación de San Juan del Sur,
por, ésa, su abnegada costumbre de com-
placer el desenfrenado instinto de los ado-
lescentes. Allí estaba a más de diez años
de distancia de aquella recordada madru-
gada que no logró acabar con su indoma-
ble espíritu, once años más vieja; pero
sin una sola arruga en el rostro, con la
misma carnosidad en sus labios y con
treintaiocho libras catorce onzas más de
peso; y no estaba más gorda porque ya
su piel no soportaba estirarse ni un po-
quito más, según el decir de las señoras
entendidas en estos asuntos.

Nosotros los talangueños también


nos terminamos acostumbrando a sus
frecuentes desmayos y caídas, a esos
inesperados temblores que hacían que el

polvo petrificado desde los tiempos


la colonia, española, cobrara vida nueva-
mente y se elevara como sonámbulo en
su sequedad de siglos; y que las cosas mal
puestas se hicieran añicos en el suelo y
que las tejas de las casas se dejaran venir
sin previo aviso sobre la cabeza de la
gente y que las viviendas de adobe, mal
construidas, se desplomaran de al tiro
con el primer sacudón; y a lo único que
nadie pudo acostumbrarse fue a cargarla
en vilo hasta su residencia mientras vol-
vía en sí.

Más comprensivo nuestro alcalde,


sobre todo porque después de tres años
de denodada lucha ella logró que sus
bienes confiscados le fueran devueltos,
con un remanente producto de los inte-
reses, hizo comprar una grúa que servía,
casi exclusivamente para transportarla
cuando le ocurrían sus consabidos des-
mayos.

Ahora, sin embargo, nos había


tocado cargarla más de ocho cuadras
sin descanso, en un improvisado camas-
tro, hecho con tablas encontradas al
paso, y la acostamos, en primera instan-
cia, sobre una de las mesas del billar, por-
que la bendita grúa se hallaba prestando


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servicio en las afueras del pueblo, y no
llegó sino dos horas después del inciden-
te. Siempre nos sirvió, porque ella a esa
hora, aún continuaba aletargada. Y era
la primera ocasión que un desmayo se le
prolongaba tanto. En1 las oportunidades
anteriores no había nunca sobrepasado
los quince minutos; y, solamente en una
ocasión, pasó del desmayo al sueño. Lo
sabíamos por su particularísima forma
de roncar. Hace más escándalo que una
ballena herida en alta mar, opinó en cier-
ta oportunidad un marino italiano que
quién sabe cómo judas vino a parar a este
pueblo tan distante de las costas del Mar
Caribe, y se pasó dos meses tratando de
conseguirse una mujer hogareña, pues,
según contaba le habían dicho que en
este lugar del país se daban en abundan-
cia; y se hospedó en el mejor sitio que
para tales asuntos ha existido, en todos
los tiempos, en este pueblo hediondo a
cacaseca y sudor de muladar: el Gran
Hotel Talanga, más conocido por el ve-
cindario como la Pájara Pinta (uno de
los tantos apodos que recibió la Turca
desde el día de su llegada), este elegan-
te edificio que cuenta con piscina, bar,
restaurante, billar y un espacioso salón

de baile, con escenario para espectáculos
nocturnos (;y que buenos espectáculos!);
además de sus espaciosos y acogedores
cuartos, construidos con maderas de pri-
merísima calidad. . . y todavía hay más,
si señor, una terraza de encanto, una
terraza de ensueño desde donde usted,
señor a señora, amable caballero que
por primera vez nos visita, puede disfru-
tar del agradable sol matutino o contem-
plar el sol hundiéndose en la cresta de
los cerros como una moneda de oro en
una lejana alcancía, y loca la tarde con
sus originales colores del trópico, morir,
ajena a todo, con el día; decía, entre
otras cosas uno de los anuncios del hotel.
Casi formando parte de la misma terraza,
so encontraba la recámara de la Turca
que nadie supo nunca entender por qué
se la habían hecho tan arriba, si lo que
menos le convenía era estar subiendo
gradas. Pero lo que si se entendió desde
el primer día es que el tal hotel, de lo
que menos tenía era de hotel. Pues desde
la primera noche funcionó como una dis-
creta casa de cita, tan discreta que el dipu-
tado Pablito Irías, viene de cuando en
cuando, con alguna de sus amigas a
pasarse los fines de semana, tan discreta

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sí, que la noche cuando murió Rodimiro,
un cura de la capital, que viajaba hasta
acá a hacer sus necesidades terrenales y
nada vegetarianas o non sanctas, como
dijo Constantino Sauceda el sacristán,
fue sacado sin causar ningún escándalo
entre la población y colocado en uno de!
los confesionarios de la iglesia, con el,
consentimiento del cura Santos dado a
regañadientes, donde fue hallado tieso y
más frío que la conciencia del papa, a la
mañana siguiente. Sin embargo, y muy
a pesar de todo lo que se diga y pueda
sostener en su contra, aquí en Talanga le;
tenemos bastante aprecio y admiración
a la Gordita o, mejor dicho, a la Sieteculos
como dimos en llamarla los más jóvenes
en el mismo instante en que apareció
aquel mediodía, por la calle principal,
contoneando, como un ganso, su pro-
nunciado nalgatorio y acaparando, desde
luego, como en todas partes, la atención
de los transeúntes que se detenían a mi-
rarla, algunos de los cuales tuvimos la
indiscreción de seguirla hasta la plaza
central; por eso cuando ella se acomodó
para agarrar aire, en una de las banquetas
del parque, que media hora más tarde se
hundiría sin prisa hasta el nivel del asien-

to, aquello parecía un desfile de casorio


o de bautismo o entierro de rico; faltaba
únicamente la banda del pueblo ameni-
zando el improvisado cortejo.

Como la noticia de su expulsión ha-


bía aparecido en la primera plana de to-
dos los diarios del país, al principio, la
pobre gorda fue vista con recelo por la
mayoría de los adultos; y como nadie
sabía cuales eran las intenciones, el alcal-
de, ha pedido del cura Santos y de algu-
nas otras gentes que siempre se hacen
oír en todo tipo de circunstancias, deci-
dió formar una comisión para inquirla.
Al día siguiente, tanto el alcalde, a través
de un bando que el pregonero oficial
leyó de esquina en esquina, anuncián-
dose previamente con un tambor hecho
con cuero de vaca por uno de los tala-
barteros del pueblo y al que hacía sonar
con unos bolillos de marimba que de-
bían conseguirse prestados de emergen-
cia para cada ocasión; y el cura, durante
el sermón y ai final de la misa, informa-
ron a la ciudadanía que la Turca se que-
daría a vivir en el pueblo bajo la condi-
ción jurada ante testigos, de no seducir
ninguno de nuestros indefensos e inocen-
tes jóvenes y de cumplir con los precep-


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tos del catecismo cristiano de la iglesia
católica, apostólica, romana y talangueña.

Tres semanas después el propio


alcalde le nombraría un abogado para
que efectuara los trámites necesarios pa-
ra la recuperación de sus bienes abando-
nados en San Juan del Sur. Días más
tarde se supo que todas sus pertenencias
habían sido confiscadas por el gobierno
municipal, con cuyos fondos pensaban
realizar un oscuro negocio, se dijo.

Como se sabe muy bien, tres años


duró el pleito, en el cual intervinieron,
primero, el diputado Pablito Irías y,
posteriormente, el presidente de la Re-
pública, quien recomendó a la Corte
Suprema de Justicia, en una nota, que se
tratara de favorecer a la afectada; y el
presidente de la Corte, en otra nota,
recomendó al respectivo juez a qué ritmo
debía bailar el zon. Este último, como
en muchas ocasiones anteriores, ni corto
ni perezoso (dicen por ahí) emitió el
veredicto, en el cual se obligaba a la cor-
poración municipal de San Juan del Sur,
a devolver, en efectivo, el valor total de
los bienes confiscados, más el equivalen-
te a un 22o/o de intereses, sobre el mon-
to total de la deuda; y computables mes

a mes a partir del día de su violenta y


mal intencionada expulsión, concluía
el fallo. Y como la municipalidad de
San Juan adujera que se encontraba
en un lamentable estado económico,
el presidente de la República, de su
partida confidencial, retribuyó, con
creces, según algunos, a la Cordita.

Como era de esperar la Turca no


cumplió con el compromiso dado bajo
juramento ante la comisión inquisito-
rial, por una razón muy sencilla: conta-
ba con el apoyo de las autoridades loca-
les y las del gobierno central. Sin em-
bargo, su afición por los adolescentes
se vio considerablemente mermada,
cuando después de buscar, con la delica-
deza, de buenos catadores de sementa-
les equinos, entre más de setecientos
muchachos de Talanga y Cantarranas que
tenían la costumbre de bañarse desnudos
en los ríos de los alrededores, mientras
apostaban, lo primero que se les venía
a la cabeza, a quien tenía la cosa más
grande, para lo cual usaban, no un me-
tro, sino un cáñamo; o a quién se está
más tiempo con la purrunga parada o a
quién de todos termina primero o a
quién aguanta más peso en la cosa, para


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lo cual se colocaban una toalla o dos o
tres, según fuese necesario; llegó a la
anodada y deprimente conclusión de
que jamás en la vida encontraría otro
dignísimo ejemplar del alcance y las
dimensiones de Ramiro Varecuete; hasta
ese momento, el único ser humano en
toda la galaxia y alrededores que me ha
hecho delirar de gozo como Dios manda,
jodido, la escucharon decir sollozando,
en una oportunidad.

Con la orden de buscar hasta encon-


trar, un hombre bien dotado, un favore-
cido por la naturaleza, recorrieron el
país, pueblo por pueblo, ciudad por ciu-
dad, aldea por aldea, barrio por barrio,
casa por casa, baño por baño, cama por
cama, rincón por rincón, bragueta por
bragueta, tres eunucos del trópico, con
la firme determinación de conseguírselo
a como diera lugar. En el sur del país se
tropezaron con uno, famoso porque
había desgraciado de por vida a más de
quince prostitutas callejeras, y cuya espa-
da medía, según el decir de un par de en-
fermeras curiosas que habían tenido la
oportunidad de tratarle una gonorrea,
treintaicinco centímetros exactos. Pero
quiso la mala fortuna que nada pudiera

hacerse en favor de la Turca, pues, el


agraciado varón, estaba comprometido
hasta el fin de sus días, con tres damitas
de alta frondosidad, quienes, al parecer,
le resarcían bastante bien sus condescen-
dencias eróticas. En una montaña olan-
chana, en lo más espeso de la selva, en-
contraron un nativo de un metro con
cincuenta y dos centímetros y medio
de estatura que tenía un fusil lanza graz-
nadas de catorce pulgadas de largo y de
un grosor de alentadoras proporciones.
Pero igualmente fue descartado, sin mu-
chos enredos, porque solamente le gusta-
ba hacer travesuras de esa índole, con
animales salvajes. En el oriente del país
y después de buscar con mucho cuidado
y paciencia, entre miles de soldados
contras y demás mercenarios y asesores
norteamericanos, encontraron un subjefe
contra que fue descartado ipso facto
(como dicen los abogados) porque se
hallaba contaminado por la flor de
Vietnán. Dieron allí mismo con un Sar-
gento Norteamericano, apodado Rambo
y excombatiente de Viet-Nam, quien ade-
más sostenía haber participado en la
invasión de Grenada. Era un tipo corpu-
lento de casi dos metros de altura, con


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