La Vida Hiumana y el Espíritu Inmortal



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Pregunta: ¿Cómo educar a las almas dañinas y empeñadas en el mal, que bajo la Ley del Karma se reencarnan en hogares paupérrimos? ¿Qué pueden hacer los padres en tales casos?

Ramatís: De acuerdo a la justicia indubitable de la Ley del Karma, los padres de condición humilde, con hijos rebeldes, sólo están recogiendo los frutos de la siembra efectuada en el pasado, cuando fueron negligentes en la educación de los hijos buenos. Sin embargo, aunque son pobres, pueden darles en esta existencia muy buenos ejemplos morales, puesto que no se debe olvidar que los padres que no cumplen con sus deberes jamás pueden exigir a sus hijos una conducta correcta.

Pregunta: ¿El hogar es el ambiente más adecuado para la educación de los hombres?

Ramatís: El conjunto familiar se considera en el Espacio como un curso preparatorio, cuya finalidad es conformar, en el futuro, la familia universal. Es una especie de entrenamiento en donde se clasifican y diploman los ciudadanos en la confraterni­zación consanguínea y que van demostrando su electividad supe­rior en el mundo profano. El hogar proporciona al espíritu encarnado la oportunidad de demostrar los sentimientos fraternos que le animan y le promueve hacia la tolerancia, la paciencia, la humildad y la conformación, adiestrándolo para después afrontar las adversidades del mundo. En el mismo hogar, las almas que fueron hostiles en el pasado, aprenden a contemporizarse debido a tener el mismo linaje consanguíneo; además, en ese ambiente doméstico, por fuerza de la sobrevivencia física, avanzan hacia la definitiva comprensión espiritual. Los hijos son los huéspedes, aunque no siempre deseados, que por fuerza de los conflictos del pasado, hoy se encuentran para substituir el odio por el amor, la venganza por la comprensión. El hogar funciona como una escuela de confraternización y ajuste de sentimientos para aquellos que han litigado en vidas anteriores.

Es natural que todo eso no pudiera conseguirse en los estable­cimientos educativos, colegios, conventos o cualquier tipo de instituciones profanas, por carecer de lo más indispensable, la vestidura carnal proveniente del mismo linaje consanguíneo.



Pregunta: En oportunidades anteriores nos habéis dicho que, a pesar de la dedicación y sentimientos paternos, los padres jamás deben debilitar su autoridad para educar a sus hijos. ¿Nos aclaráis mejor ese punto?

Ramatís: Los padres lúcidos ya deben comprender que su cuerpo material, como el de sus hijos, no deja de ser más que instrumento de trabajo para el espíritu. Son "vestidos carnales" que se diferencian apenas por las particularidades del color, porte o contextura hereditaria. Todo eso es de poca importancia, pues el organismo carnal que el espíritu utiliza en el mundo físico es una especie de herramienta, tal como lo es el formón para el carpintero y el bisturí para el médico. Padres, hijos y demás miembros de la familia son un grupo de espíritus cuyo interés general es el reajuste espiritual recíproco.

A medida que los espíritus van tomando conocimiento de la Ley de la Reencarnación, comprenden que los preconceptos de razas y distinciones del mundo material no dejan de ser más que peligrosas ilusiones que oscurecen la autenticidad del espíritu inmortal. Así, de esa forma, al comprender la realidad de la vida terrena deberán integrarse a la familia universal y compartir los sufrimientos ajenos, participar de las mismas vicisitudes, haciendo su propia felicidad en la alegría de servir y aliviar el dolor del prójimo. ¿Cuántas veces los hijos muy queridos del presente fueron nuestros peores adversarios del pasado, o vice­versa, mientras que el hijo del vecino, que muchas veces despre­ciamos, puede haber sido nuestro mejor amigo en vidas anteriores? Bajo la vestimenta consanguínea de nuestro pariente puede encontrarse el espíritu cruel que nos hizo infelices otrora, mientras que en otro, que nos resulta antipático, se encuentra un excelente compañero de aquellas épocas. Así, resulta bastante tonto ape­garnos al orgullo del linaje hereditario consanguíneo o a la raza que descendemos, porque la indumentaria carnal del espíritu, además de ser provisoria, jamás demuestra la verdadera afinidad del corazón.




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