Los niños y la muerte



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Un sueño

Pasé al lado de una habitación que tenía las puertas abiertas de par en par. Miré hacia adentro y vi tres chicas que bailaban en círculo, dándose la mano. Una de ellas se parecía a mi hija Katie. No puedo expresar con qué alegría me repetía una y otra vez: «Sí, sí, es mi Katie». Las otras dos chicas parecían alejarse, pero yo sólo la veía a ella, y sus ojos... No puedo explicar lo que ocurrió, pero ella estaba completamente tranquila y serena. No necesitábamos hablarnos ni tocarnos porque conocíamos instantáneamente nuestros pensamientos. Nunca había sentido semejante paz, amor y felicidad. Cuando la miraba sólo me podía fijar en sus ojos. Ella poseía todo el conocimiento. De sus ojos se desprendía un indescriptible sentimiento de amor. No sé cuánto duró este «sueño».

Cuando me desperté por la mañana, al principio no reconocía mi habitación. No tenía ni idea de dónde había estado, pero sabía que mientras dormía no había estado en la habitación. Si me preguntan si todo fue un sueño o si realmente estuve con Katie, la única respuesta que se me ocurre es que, en efecto, estuve con ella. No se parecía a nada de lo que había vivido antes. Sentí una punzada en el corazón cuando me di cuenta de que volvía a estar sin ella. ¡Cómo me agradaría pasar otro momento así con mi querida y adorada hija!

Quisiera saber describir con precisión mi sueño. Sé que usted puede comprender la intensidad de la paz y el amor que fluía entre Katie y yo.



Ser un niño es conocer la alegría de vivir. Tener un niño es conocer la belleza de la vida.

No sé quién lo escribió, pero me parece una gran verdad. Cada día doy gracias a Dios por lo que experimenté con la vida de mi hija y con su trágica muerte. Gracias por prestarme atención... una vez más.


El propósito de este libro no es escribir un tratado sobre las experiencias en el umbral de la muerte y la posterior investigación sobre la supervivencia. Sólo quiero añadir algunos ejemplos para ayudar a otros que hayan tenido experiencias similares a que compartan lo que se les ha revelado. Esas experiencias las relatan personas de todos los rincones del mundo —religiosas y no religiosas, creyentes y no creyentes, de todas las procedencias culturales y étnicas imaginables— y parece ser una experiencia humana común que no tiene nada que ver con nuestra educación. ¡Es de suponer que en la muerte finalmente todos seamos hermanos!

El siguiente incidente ocurrió hace más de dos décadas, cuando apenas había investigadores que recogiesen datos sobre las experiencias en el umbral de la muerte. El paciente tenía dos años y, como es obvio, desconocía los estudios que se llevan a cabo en la actualidad. Cuando volvió en sí, después de estar en coma, se mostraba excitadísimo y le dijo a su madre que había estado en un lugar maravilloso con María y Jesús. María le dijo varias veces que tenía que regresar, pero él hacía como que no la oía (actitud típica de un niño de dos años). Por último lo cogió de la mano con delicadeza y le dijo: «Tienes que regresar, debes salvar a tu mamá del fuego». El niño le dijo a su madre que entonces decidió «recorrer el camino de regreso a casa». Hoy en día ese niño vive y está bien, y, al igual que las personas que han tenido experiencias tan esclarecedoras, no le da miedo morir.

Algunas jóvenes que han sido gravemente heridas, agraviadas o violadas, han compartido experiencias similares, aunque es evidente que fueron «experiencias extracorporales» para así evitar el dolor y la angustia de la situación.
Cuanto más se investigue y publique, más gente habrá que no sólo crea, sino que también sepa que nuestro cuerpo físico en realidad no es más que el capullo, la apariencia externa del ser humano. Nuestro yo interior y verdadero, la «mariposa», es inmortal e indestructible y se libera en el momento que llamamos muerte.

En la «Carta a Dougy»12 tratamos de explicar a un niño moribundo lo que es la muerte, utilizando el lenguaje simbólico de la mariposa y el capullo de seda.




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