Revista Metafísica



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CONSULTORIO

Caso M. S. C.
M.S.C. vino a verme, llorando a lágrima suelta. Tuve que espe­rar unos minutos hasta que se serenara lo suficiente para que pudiera con­tarme lo que le ocurría.

Parece que tenía varios años de amores con un señor que no acababa de decidirse por el matrimonio, por más que ella acondicionaba todo para animarlo.

Ya anteriormente me había consultado, y yo le había enseñado el tratamiento apropiado para esos casos, pero nada lograba, hasta este día en que me vino a consultar, y en el cual ella consideraba que su vida se había destrozado.

El joven no era venezolano. Era nativo de otra nación sudame­ricana, y se había ido a su tierra a pasar unos días. De allá le escribió a M. S. C. diciéndole que se casaba por allá con su antigua novia.

M.S.C. estaba desolada, y una amiga le había aconsejado que fuera donde una "doña" que se especializa en "trabajos", para que le "echara una broma" a la "fulana novia" aquella, pero ella prefirió consultarme antes de proceder.

La felicité por su buena decisión, ya que los tales "trabajos" se devuelven hacia quienes los efectúan, y M.S.C. se encontraría al fin y al cabo en unas tinieblas mentales y espirituales, que le costaría mucho salir de ellas.

Simplemente le recordé el tratamiento que habíamos hecho ante­riormente y que fue lo que impulsó al joven a tomar una decisión definitiva. Naturalmente M.S. pensó lo que estarás tú pensando ahora:

"Bonita forma de resolverse el problema, apartándome el novio, echán­dolo lejos y casándolo con otra".

Pero yo le expliqué la verdad metafísica de la. situación, le reco­mendé decir unas afirmaciones, y al cuarto de hora salió M.S.C. de mi consultorio, radiante, sonriente y dándole gracias al Padre por su Sabiduría infinita.

Aquí está el tratamiento No 1 que hizo M.S.C. por instrucción mía la primera vez que vino solicitando "un remedio" para que el joven decidiera casarse con ella.

Primeramente le recordé el Derecho de Conciencia, o sea, que "lo que es mío por derecho de conciencia no puede alejárseme, ni perderse, ni ser robado", y la secuela: "lo que no me pertenece, ni lo necesito, ni lo quiero", (ver el No 1 de la Serie "Metafísica al alcance de todos", de Conny Méndez).

Segundo, le advertí que debía perdonar al novio y perdonarse ella misma.

Tercero, debía decir, "te suelto y te dejo ir". Esto lo rechazó al principio, pero luego lo dijo cuando comprendió el lema metafísico que dice "mano abierta agarra duro". Todo aquel a quien uno mantiene atado con el pensamiento, con la voluntad, con la intención, con el deseo y con la palabra, se siente prisionero y loco por soltarse, y generalmente lo logra a expensas de su carcelera o carcelero, pues se la pasan en consecuencia buscando aventuritas con el sexo opuesto. La afirmación les llega en la forma de una sensación de libertad poco usual, y por lo mismo se sienten alarmados. Creen que la amada o el amado los ha abandonado y se afe­rran entonces a su amor, y es seguro que no vuelven a buscar ni desear apartarse.

Esto es, por supuesto, siempre que la pareja se pertenezcan mutua­mente por derecho de conciencia"; o porque sean realmente almas gemelas, o "medias naranjas", o que la unión esté en Ley por cualquier otro motivo generalmente karmático o dharmático,* porque, si no son afines por Ley; es decir, que no se pertenecen por derecho de conciencia, el tratamiento los suelta y los coloca en donde corresponde.

El joven que se ausentó a su tierra, fue libertado por el tratamiento y colocado armoniosamente donde le correspondía: con su antigua novia, en quien (entre paréntesis) tenía una hijita natural que bien merecía la presencia de su padre y la normalidad de un hogar bien constituido.

M.S.C. vio inmediatamente como hubiera sido de incorrecto y malvado que ella procediera a enviarle un "trabajo" maléfico a la madre novia.

El tratamiento metafísico le abrió los ojos y la puso a ella en el caso de la otra, y como todo se devuelve, el pensamiento bondadoso le regresó y le hizo ver lo que había de bien para ella, que se resume en lo siguiente: como ese joven no le pertenece por derecho propio de con­ciencia, al ella darse cuenta de esta verdad, procedió por instrucción mía, a invocar, decretar y afirmar su bien. En este caso, su bien, o su deseo es su amor verdadero, su Señor en la Tierra, su compañero ideal, que existe porque ella lo desea, lo necesita y lo espera. Si no estuviera en Ley; en su corriente de vida, en su derecho de conciencia, ella no sentiría el vado ni la necesidad. Esto es absolutamente matemático e inmutable.


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