Primera parte el castillo de if



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Recibidos del señor barón Danglars cinco millones cien mil fran­cos, de que se reembolsará a su voluntad sobre la casa de Thomson y French de Roma.
 ¡Luego es cierto!  exclamó.

 ¿Conocéis la casa Thomson y French de Roma?

 Sí  dijo el señor de Boville , hice una vez un negocio de dos­cientos mil francos en ella, pero no la había vuelto a oír nombrar.

 Es una de las mejores casas de Europa  dijo Danglars, poniendo sobre su mesa el recibo que acababa de tomar de manos del señor Boville.

 ¿Y tenía nada menos que un crédito de cinco millones sobre vos? ¿Pues sabéis que es un nabab el tal conde de Montecristo?

 No sé lo que es, pero tiene tres créditos ilimitados, uno sobre mí, otro sobre Rothschild y otro sobre Laffitte, y como veis me ha dado la preferencia, dejándome cien mil francos por el corretaje.

El señor de Boville dio todas las muestras de una gran admiración.

 Será preciso que vaya a visitarle y que obtenga alguna piadosa fundación para nosotros.

 ¡Oh!, es como si la tuvieseis. Solamente sus limosnas ascienden a más de veinte mil francos todos los meses.

 Es magnífico. Además le citaré el ejemplo de la señora de Mor­cef y su hijo.

 ¿Qué ejemplo?

 Han dado toda su fortuna a los hospicios.

 ¿Qué fortuna?

 La suya, la del difunto general Morcef.

 ¿Y con qué razón?

 Porque dicen que no quieren bienes adquiridos tan miserable­mente.

 ¿Y de qué van a vivir?

 La madre se ha retirado a una provincia, y el hijo ha entrado en el servicio.

 ¡Toma!, ¡toma!  dijo Danglars , eso sí que son escrúpulos.

 Ayer hice registrar el acta de donación.

 ¿Y cuánto poseían?

 No mucho, un millón doscientos o trescientos mil francos. Pero volvamos a nuestros millones.

 Con mucho gusto  dijo el banquero con la mayor naturali­dad . ¿Ese dinero os urge mucho?

 Sí, el arqueo se efectúa mañana.

 Mañana, ¿y por qué no me lo dijisteis antes? ¿Y a qué hora es ese arquco?

 Alas dos.

 Enviad a las doce  dijo Danglars con amable sonrisa.

El señor de Boville apenas respondía. Decía que sí con la cabeza y daba vueltas a la cartera.

 Pero, ahora que recuerdo, haced más.

 ¿Qué queréis que haga?

 El recibo del señor de Montecristo es dinero contante. Pasadle a Rothschild o Laffitte y os lo tomarán al instante.

 ¡Cómo! ¿Pagadero en Roma?

 Desde luego, os costará sólo un descuento de cinco o seis mil francos a lo sumo.

El receptor dio un salto atrás.

 ¡Porvida mía! Prefiero esperar a mañana. ¿Cómo vais a...?

 He creído por un momento, perdonadme  dijo el banquero con una imprudencia sin igual , he creído que tendríais algún pequeño déficit que llenar.

 ¡Ah!  dijo Boville.

 Escuchad. No sería la primera vez que tal cosa ocurriera, y en ese caso se hace un sacrificio.

 Gracias a Dios, no.

 Entonces, hasta mañana, ¿no es verdad, mi querido receptor?

 Sí; hasta mañana, pero sin falta.

 ¡Qué! ¿Os burláis? Enviad a mediodía, y el banco estará ya avi­sado.

 Vendré yo mismo.

 Mejor aún, porque eso me proporcionará el placer de volver a veros.

Y se estrecharon la mano.

 A propósito. ¿No habéis ido al entierro de esa pobre señorita de Villefort, que en este momento tiene lugar?

 No    dijo el banquero , pesa sobre mí el ridículo del suceso de Benedetto, y no salgo.

 ¡Bah!, no tenéis razón. ¿Qué culpa tenéis de ello?

 Amigo mío, cuando se lleva un nombre sin tacha como el mío, se es muy susceptible.

 Todo el mundo os compadece, creedlo, y más aún, a la señorita, vuestra hija.

 ¡Pobre Eugenia!  dijo el banquero, dando un profundo suspi­ro . ¿Sabéis que ingresa en un convento?

 No.


 Pues desgraciadamente es así. Al día siguiente se decidió a par­tir con una amiga suya, religiosa ya, y va a buscar un convento severo en Italia o España.

 ¡Oh! Es terrible.

Y el séñor de Boville se retiró al hacer esta exclamación, cumplimen­tando al barón.

Mas apenas hubo salido, cuando Danglars, con un gesto enérgico, que comprenderán solamente los que hayan visto a Frederik repre­sentar el Robert Hacaire, exclamó:

  ¡Imbécil!

Y guardando el recibo del conde en su cartera, añadió:

 Ven a mediodía, que yo estaré ya lejos.

Encerróse, vació todos los cajones de su caja, reunió unos cincuen­ta mil francos en billetes de banco, quemó diferentes papeles, puso otros a la vista, y escribió una carta que cerró y cuyo sobre dirigió:



A la señora baronesa de Danglars.

 Esta noche  murmuró  yo mismo la colocaré en su tocador.

Sacando en seguida un pasaporte de otro cajón, dijo:

 Bueno, aún puede servir dos meses.



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