Viaje al fin de



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En su calidad de prometida, Madelon tal vez no de­sempeñara su papel todo lo púdicamente que requería la ocasión; excitaba a todo el mundo, incluidas las mujeres, hasta el punto de que yo me preguntaba si no iría a aca­bar todo aquello en una orgía. No. La conversación fue languideciendo, rota por el esfuerzo baboso de ir más allá de las palabras. No ocurrió nada.

Seguíamos aferrados a las frases y clavados a los coji­nes, muy atontados por el intento común de hacernos fe­lices, más profunda, más calurosamente y aún un poco más, unos a otros, con el cuerpo ahíto, con el espíritu ex­clusivamente, haciendo todo lo posible para mantener todo el placer del mundo en el presente, todo lo maravi­lloso que conocíamos en nosotros y en el mundo, para que el vecino empezara a disfrutarlo también y nos con­fesara, el vecino, que era eso, exacto, lo que buscaba, tan admirable, que sólo le faltaba esa dádiva nuestra precisa­mente, desde hacía tantos y tantos años, para ser por fin perfectamente feliz, ¡y para siempre! ¡Que por fin le ha­bíamos revelado su propia razón de ser! Y que había que ir a decírselo a todo el mundo entonces, ¡que había en­contrado su razón de ser! ¡Y que bebiéramos otra copa juntos para festejar y celebrar aquella delectación y que durase siempre así! ¡Que no cambiáramos nunca más de encanto! ¡Que sobre todo no volviéramos a los tiempos abominables, a los tiempos sin milagros, a los tiempos de antes de conocernos!... ¡Todos juntos en adelante! ¡Por fin! ¡Siempre!...

El patrón, por su parte, no pudo por menos de romper el encanto.

Tenía la manía de hablarnos de su pintura, que lo traía por la calle de la amargura, de sus cuadros, a todo trance y con cualquier motivo. Así, por su imbecilidad obstina­da, aun ebrios, la trivialidad volvió a embargarnos, abru­madora. Vencido ya, fui a dirigirle algunos cumplidos muy sinceros y resplandecientes, al patrón, felicidad en frases para los artistas. Eso era lo que necesitaba. En cuanto los hubo recibido, mis cumplidos, fue como un coito. Se dejó caer en uno de los sofás hinchados de a bordo y se quedó dormido en seguida, muy a gusto, feliz evidentemente. Los invitados, entretanto, se acariciaban mutuamente las facciones con miradas plomizas y mu­tuamente fascinadas, indecisos entre el sueño casi inven­cible y las delicias de una digestión milagrosa.

Yo, por mi parte, economicé ese deseo de dormitar y me lo reservé para la noche. Los miedos, supervivientes de la jornada, alejan demasiado a menudo el sueño y, cuando tienes la potra de hacerte, mientras puedes, con una peque­ña provisión de beatitud, habrías de ser muy imbécil para desperdiciarla en fútiles cabezadas previas. ¡Todo para la noche! ¡Es mi lema! Hay que pensar todo el tiempo en la noche. Y, además, que estábamos invitados también pa­ra la cena, era el momento de recuperar el apetito...

Aprovechamos el sopor reinante para escabullimos. Realizamos los tres una salida de lo más discreta, evitan­do a los invitados adormecidos y agradablemente despa­rramados en torno al acordeón de la patrona. Los ojos de ésta, dulcificados por la música, pestañeaban en busca de la sombra. «Hasta luego», nos dijo, cuando pasamos junto a ella y su sonrisa se acabó en un sueño.

No fuimos demasiado lejos, los tres, sólo hasta el lugar que yo había descubierto, en que el río hacía un recodo entre dos filas de álamos, altos álamos muy puntiagudos. Se veía desde allí todo el valle e incluso el pueblecito, a lo lejos, en su hueco, arrugado en torno al campanario plan­tado como un claro en el rojo del cielo.

«¿A qué hora tenemos un tren para volver?», se in­quietó al instante Madelon.

«¡No te preocupes! -la tranquilizó él-. Nos van a acompañar en coche, así hemos quedado... Lo ha dicho el patrón... Tienen coche...»

Madelon no volvió a insistir. Seguía ensimismada de placer. Una jornada de verdad excelente.

«Y tus ojos, Léon, ¿qué tal?», le preguntó entonces.

«Mucho mejor. No quería decirte nada aún, porque no estaba seguro, pero creo que sobre todo con el izquierdo empiezo a poder contar incluso las botellas sobre la mesa... He bebido de lo lindo, ¿te has fijado? ¡Y estaba bueno!...»

«El izquierdo es el lado del corazón», observó Madelon, dichosa. Estaba muy contenta, es comprensible, de que mejoraran los ojos de él.

«¡Bésame, entonces, y déjame besarte!» le propuso él. Yo empezaba a sentirme de sobra junto a sus efusiones. Sin embargo, me resultaba difícil alejarme, porque no sa­bía bien por dónde irme. Hice como que iba a hacer una necesidad detrás del árbol, en espera de que se les pasara. Eran cosas tiernas las que se decían. Yo los oía. Los diá­logos de amor más insulsos son siempre, de todos mo­dos, un poco graciosos, cuando conoces a las personas. Y, además, que nunca les había oído decir cosas así.

«¿Es verdad que me quieres?» le preguntaba ella.

«¡Tanto como a mis ojos!», le respondía él.

«¡No es poco lo que acabas de decir, Léon!... Pero, ¡aún no me has visto, Léon!... Tal vez cuando me veas con tus propios ojos y no sólo con los de los demás, ya no me quieras... Entonces volverás a ver a las otras muje­res y a lo mejor las amarás a todas... ¿Como tus ami­gos?...»

Esa observación, como quien no quiere la cosa, iba por mí. No me equivocaba yo... Creía que estaba lejos y no podía oírla... Así, que echó el resto... No perdía el tiem­po... Él, el amigo, se puso a protestar. «Pero, ¡bueno!...», decía. ¡Y que si todo eso eran simples suposiciones! Calumnias...

«Yo, Madelon, ¡ni mucho menos! -se defendía-. ¡Yo no soy de ese estilo! ¿Qué es lo que te hace pensar que soy como él?... ¿Con lo buena que has sido conmigo, además?... ¡Yo me encariño! ¡Yo no soy un cabrón! Es para siempre, ya te lo he dicho, ¡sólo tengo una palabra! ¡Es para siempre! Tú eres bonita, ya lo sé, pero lo serás aún más cuando te haya visto... ¿Qué? ¿Estás contenta ahora? ¿Ya no lloras? ¡Más que eso no puedo decirte!»

«¡Eso sí que es bonito, Léon!», le respondía ella en­tonces, al tiempo que se apretaba contra él. Estaban ha­ciéndose juramentos, ya no había quien los detuviese, el cielo no era ya bastante grande.

«Me gustaría que fueses siempre feliz conmigo... -le de­cía él, muy dulce, después-. Que no tuvieras nada que ha­cer y que tuvieses, sin embargo, todo lo que necesitaras...»

«¡Ah, qué bueno eres, Léon! Eres mejor de lo que pensaba... ¡Eres tierno! ¡Eres fiel! ¡Todo lo mejorcito!...»

«Es porque te adoro, cariñito mío...»

Y se excitaban aún más, con magreos. Y después, como para mantenerme alejado de su felicidad, volvían a dejarme como un trapo a mí.

Primero ella. «El doctor, tu amigo, es simpático, ¿ver­dad? -Volvía a la carga, como si no hubiera podido tra­garme-. ¡Es simpático!... No quiero hablar mal de él, ya que es un amigo tuyo... Pero es un hombre que parece brutal, de todos modos, con las mujeres... No quiero ha­blar mal de él, porque creo que es verdad que te aprecia. Pero, en fin, no es mi estilo... Voy a decirte una cosa... No te enfadarás, ¿verdad? -No, no se enfadaba por nada, Léon-. Pues mira, me parece que le gustan, al doctor, como demasiado, las mujeres... Como los perros un poco, ¿me comprendes?... ¿No te parece a ti?... ¡Es como si les saltara encima, parece, siempre! Hace daño y se va... ¿No te parece? ¿Que es así?»

Le parecía, al cabronazo, le parecía todo lo que ella quisiese, le parecía incluso que lo que ella decía era de lo más exacto y gracioso. De lo más divertido. La animaba a continuar, se relamía de gusto.

«Sí, es muy cierto, eso que has notado en él, Madelon; es buena persona, Ferdinand, pero lo que se dice delica­deza no es que tenga, eso desde luego, y fidelidad tampo­co, por cierto... ¡De eso estoy seguro!...»

«Has debido de conocerle amigas, ¿eh, Léon?»

Se informaba, la muy puta.

«¡La tira! -le respondió él, convencido-. Pero es que... mira... Para empezar... ¡No es exigente!...»

Había que sacar una conclusión de esas afirmaciones, de lo cual se encargó Madelon.

«Los médicos, ya es sabido, son todos unos guarros... La mayoría de las veces... Pero es que él, ¡me parece que es cosa mala en ese estilo!...»

«Ni que lo jures -aprobó él, mi buen, mi feliz amigo, y continuó-: Hasta tal punto, que muchas veces he pensa­do, de tan aficionado que lo he visto a eso, que tomaba drogas... Y, además, ¡es que tiene un aparato! ¡Si vieras qué tamaño! ¡No es natural...!»

«¡Ah, ah! -dijo Madelon, perpleja de pronto e inten­tando recordar mi aparato-. ¿Tú crees que tendrá enfer­medades entonces?» Estaba muy inquieta, afligida de re­pente por esas informaciones íntimas.

«Eso no sé -se vio obligado a reconocer él, con pena-, no puedo asegurarlo... Pero no me extrañaría con la vida que lleva.»

«De todos modos, tienes razón, debe de tomar dro­gas... Debe de ser por eso por lo que es tan extraño a veces...»

Y de repente la cabecita de Madelon se puso a cavilar. Añadió: «En el futuro tendremos que desconfiar un poco de él...»

«¿No tendrás miedo, de todos modos? -le preguntó él-. No es nada tuyo, al menos... ¿No se te habrá insi­nuado?»

«Ah, eso no, vamos, ¡me habría negado! Pero nunca se sabe lo que se le puede ocurrir... Suponte, por ejemplo, que le da un ataque... ¡Les dan ataques, a esa gente que toma drogas!... Desde luego, ¡no sería yo quien fuera a su consulta!...»

«¡Yo tampoco, ahora que lo dices!», aprobó Robinson. Y más ternura y caricias...

«¡Cielito!... ¡Cielito mío!...» Lo acunaba...

«¡Mi niña!... ¡Mi niña!...», le respondía él. Y después silencios interrumpidos por arranques de besos.

«Dime en seguida que me quieres todas las veces que puedas, mientras te beso hasta el hombro...»

Empezaba en el cuello el jueguecito.

«¡Qué sofocada estoy!... -exclamaba ella resoplando-. ¡Me asfixio! ¡Dame aire!» Pero él no la dejaba respirar. Volvía a empezar. Yo, en el césped de al lado, intentaba ver lo que iba a ocurrir. Él le cogía los pezones entre los labios y jugueteaba con ellos. Jueguecitos, vamos. Yo también estaba sofocadísimo, embargado por un montón de emociones y maravillado, además, de mi indiscreción.

«Vamos a ser muy felices, ¿eh? Dime, Léon. Dime que estás bien seguro de que vamos a ser felices.»

Eso era el entreacto. Y después más proyectos para el futuro que no acababan nunca, como para rehacer todo un mundo con ellos, pero un mundo sólo para ellos dos, ¡ya lo creo! Fuera yo, sobre todo, de él. Parecía que no pudiesen acabar nunca de deshacerse de mí, de despejar su intimidad de mi asquerosa evocación.

«¿Hace mucho que sois amigos, Ferdinand y tú?»

Eso la inquietaba...

«Años, sí... Aquí... Allá... -respondió él-. Nos conoci­mos por casualidad, en los viajes... Él es un tipo al que le gusta conocer países,.. A mí también, en cierto sentido, conque es como si hubiéramos viajado juntos desde hace mucho... ¿Comprendes?...» Reducía así nuestra vida a trivialidades ínfimas.

«Bueno, pues, ¡vais a tener que dejar de ser tan amiguitos, cariño! ¡Y desde ahora, además!... -le respondió ella, muy decidida, rotunda-. ¡Esto se va a acabar!... ¿Verdad, cariño, que se va a acabar?... Conmigo solita vas a viajar tú ahora... ¿Me has entendido?... ¿Eh, cariño?...»

«Entonces, ¿estás celosa de él?», preguntó un poco desconcertado, de todos modos, el muy gilipollas.

«¡No! No estoy celosa de él, pero te quiero demasia­do, verdad, Léon mío, quiero tenerte enterito para mí... No quiero compartirte con nadie... Y, además, es que ahora que yo te quiero, Léon mío, no es la clase de com­pañía que necesitas... Es demasiado vicioso... ¿Compren­des? ¡Dime que me adoras, Léon! ¡Y que me entiendes!»

«Te adoro.»

«Bien.»
Volvimos todos a Toulouse, aquella misma noche.

Dos días después se produjo el accidente. Tenía que marcharme, de todos modos, y, justo cuando estaba aca­bando la maleta para irme a la estación, oí a alguien gritar algo delante de la casa. Escuché... Tenía que bajar co­rriendo al panteón... Yo no veía a la persona que me lla­maba así... Pero por el tono de voz debía de ser pero que muy urgente... Era urgente que acudiera, al parecer.

«¿No puedo esperar ni un minuto?», respondí, para no precipitarme... Debía de ser hacia las seis, justo antes de cenar íbamos a despedirnos en la estación, así habíamos quedado. Nos iba bien a todos así, porque la vieja tenía que volver un poco después a casa. Precisamente esa noche, por un grupo de peregrinos que esperaba en el panteón.

«¡Venga rápido, doctor!... -insistía la persona de la calle-. ¡Acaba de ocurrir una desgracia a la Sra. Henrouille!»

«¡Bueno, bueno!... -dije-. ¡Voy en seguida! ¡Entendi­do!... ¡Bajo ahora mismo!»

Pero para tener tiempo de serenarme un poco: «Vaya usted delante -añadí-. Dígales que ya llego... Que voy corriendo... El tiempo de ponerme los pantalones...»

«Pero, ¡es que es muy urgente! -insistía aún la perso­na-. ¡Le repito que ha perdido el conocimiento!... ¡Se ha abierto la cabeza, al parecer!... ¡Se ha caído por las escale­ras del panteón!... ¡Rodando hasta abajo ha caído!...»

«¡Listo!», me dije para mis adentros al oír aquella bo­nita historia y no necesité pensarlo más. Me largué, derechito, a la estación. No necesitaba saber más.

Cogí el tren de las 7.15, a pesar de todo, pero por los pelos.

No nos despedimos.


A Parapine lo que le pareció, ante todo, al volver a ver­me, fue que yo tenía mala cara.

«Debiste de cansarte mucho en Toulouse», observó, receloso, como siempre.

Es cierto que habíamos tenido emociones allá, en Tou­louse, pero en fin, no había por qué quejarse, ya que me había librado de una buena, eso esperaba al menos, de los líos de verdad, al largarme en el momento crítico.

Conque le expliqué la aventura con detalle y también mis sospechas, a Parapine. Pero no le parecía ni mucho me­nos que yo hubiera actuado con demasiado acierto en aquella ocasión... De todos modos, no tuvimos tiempo de discutir el asunto, porque la cuestión de conseguir un cu­rrelo para mí se había vuelto en aquel momento tan urgen­te, que no podía pensar en otra cosa. No había, pues, tiem­po que perder en comentarios... Ya sólo me quedaban ciento cincuenta francos de economías y no sabía adonde ir ya a colocarme. ¿En el Tarapout?... Ya no contrataban a na­die. La crisis. ¿Volver a La Garenne-Rancy, entonces? ¿Volver a probar con la clientela? Lo pensé, desde luego, por un momento, pese a todo, pero como último recurso y de muy mala gana. Nada se apaga como un fuego sagrado.

Fue él, Parapine, quien me echó al final un buen cable con una modesta plaza que descubrió para mí en un ma­nicomio, precisamente, donde trabajaba desde hacía ya unos meses.

Las cosas iban aún bastante bien. En aquel manicomio, Parapine se ocupaba no sólo de llevar a los alienados al cine, sino también del tratamiento eléctrico. A horas de­terminadas, dos veces por semana, desencadenaba autén­ticas tormentas magnéticas por encima de las cabezas de los melancólicos reunidos a propósito en una habitación cerrada y muy obscura. Deporte mental, en una palabra, y la realización de la hermosa idea del doctor Baryton, su patrón. Roñoso él, por cierto, el compadre, que me ad­mitió a cambio de un salario mínimo, pero con un con­trato y cláusulas así de largas, todas ventajosas para él, evidentemente. Un patrono, en una palabra.

La remuneración en aquel manicomio era mínima, cierto es, pero, en cambio, la alimentación era bastante buena y el alojamiento perfecto. También podíamos ti­rarnos a las enfermeras. Estaba permitido y reconocido tácitamente. Baryton, el patrón, no tenía nada en contra de esas diversiones e incluso había comentado que esas facilidades eróticas mantenían el apego del personal a la casa. Ni tonto ni severo.

Y, además, que no era el momento de poner, para em­pezar, pegas ni condiciones, cuando me ofrecían un filete, que me venía más que de perilla. Pensándolo bien, yo no lograba comprender del todo por qué me había dado Pa­rapine de repente muestras de tan vivo interés. Su actitud para conmigo me inquietaba. Atribuirle a él, a Parapine, sentimientos fraternos... Era demasiado bello, la verdad, para ser cierto... Debía de ser algo más complicado. Pero todo llega...

A mediodía nos encontrábamos a la mesa, era la cos­tumbre, reunidos en torno a Baryton, nuestro patrón, alienista veterano, barba en punta, muslos cortos y car­nosos, muy amable, asuntos económicos aparte, capítulo a propósito del cual se mostraba, de lo más asqueroso cada vez que le proporcionábamos pretexto y ocasión.

Tocante a tallarines y vinos ásperos, nos mimaba, des­de luego. Según nos explicó, había heredado todo un vi­ñedo. ¡Peor para nosotros! Era un vino muy modesto, lo aseguro.

Su manicomio de Vigny-sur-Seine estaba siempre lle­no. Lo llamaban «Casa de salud» en los anuncios, por un gran jardín que lo rodeaba, donde nuestros locos se pa­seaban los días en que hacía bueno. Se paseaban por él, los locos, con aspecto de mantener con dificultad la cabe­za en equilibrio sobre los hombros, como, si tuvieran miedo constantemente de que se les desparramara por el suelo, el contenido, al tropezar. Ahí dentro se entrechocaban toda clase de cosas saltarinas y extravagantes, a las que se sentían horriblemente apegados.

No nos hablaban de sus tesoros mentales, los aliena­dos, sino con infinidad de contorsiones espantadas o ai­res condescendientes y protectores, al modo de adminis­tradores meticulosos y prepotentes. Ni por un imperio se habría podido sacarlos de sus cabezas. Un loco no es sino las ideas corrientes de un hombre pero bien encerradas en una cabeza. El mundo no pasa a través de su cabeza y se acabó. Se vuelve como un lago sin ribera, una cabeza cerrada, una infección.

Baryton se abastecía de tallarines y legumbres en París, al por mayor. Por eso, no nos apreciaban nada los co­merciantes de Vigny-sur-Seine. Nos tenían fila inclu­so, los comerciantes, estaba más claro que el agua. No nos quitaba el apetito, aquella animosidad. En la mesa, al comienzo de mi período de prueba, Baryton sacaba sin falta las conclusiones y la filosofía de nuestras des­hilvanadas conversaciones. Pero, por haberse pasado la vida entre los alienados, ganándose las habichuelas con aquel tráfico, compartiendo su rancho, neutralizando mal que bien sus insanias, nada le parecía más aburrido que tener, además, que hablar a veces de sus manías durante nuestras comidas. «¡No deben figurar en las conversaciones de la gente normal!», afirmaba defen­sivo y perentorio. Personalmente, se atenía a esa higiene mental.

A él le gustaba la conversación y de modo casi inquie­to, le gustaba divertida y sobre todo tranquilizadora y muy sensata. Sobre los chiflados no deseaba explayarse. Una antipatía instintiva hacia ellos le bastaba y le sobra­ba. En cambio, nuestros relatos de viajes le encantaban. Nunca se cansaba de oírlos. Parapine, desde mi llegada, se vio liberado de su cháchara. Yo había venido al pelo para distraer a nuestro patrón durante las comidas. Todas mis peregrinaciones salieron a colación, relatadas por ex­tenso, retocadas, por supuesto, literaturizadas como Dios manda, agradables. Baryton, al comer, hacía, con la len­gua y la boca, mucho ruido. Su hija se mantenía siempre a su diestra. Pese a contar sólo diez años, parecía ya mar­chita para siempre, su hija Aimée. Algo inanimado, una tez grisácea incurable desdibujaba a Aimée ante nuestra vista, como si nubéculas malsanas le pasaran de continuo por delante de la cara.

Entre Parapine y Baryton surgían pequeños roces. Sin embargo, Baryton no guardaba el menor rencor a nadie, siempre que no se inmiscuyera en los beneficios de su empresa. Sus cuentas constituyeron durante mucho tiem­po el único aspecto sagrado de su existencia.

Un día, Parapine, en la época en que aún le hablaba, le había declarado con toda crudeza en la mesa que care­cía de ética. Al principio, esa observación lo había ofen­dido, a Baryton. Y después todo se había arreglado. No se enfada uno por tan poca cosa. Con el relato de mis viajes Baryton experimentaba no sólo una emoción novelesca, sino también la sensación de hacer economías. «Después de haberlo oído a usted, Ferdinand, con lo bien que lo cuenta, ¡ya no le quedan a uno ganas de ir a verlos, esos países!» No podía ocurrírsele un cum­plido más amable. En su manicomio se recibía sólo a los locos fáciles de vigilar, nunca a los alienados muy avie­sos y de claras tendencias homicidas. Su manicomio no era un lugar siniestro en absoluto. Pocas rejas, sólo algu­nas celdas. El asunto más inquietante era tal vez, de entre todos, la pequeña Aimée, su propia hija. No se conta­ba entre los enfermos, la niña, pero el ambiente la ator­mentaba.

Algunos alaridos, de vez en cuando, llegaban hasta nuestro comedor, pero el origen de esos gritos era siem­pre bastante fútil. Duraban poco, por lo demás. Observá­bamos también largas y bruscas oleadas de frenesí, que sacudían de vez en cuando a los grupos de alienados, por un quítame allá esas pajas, durante sus interminables pa­seos entre los bosquecillos y los macizos de begonias. Acababan sin demasiados cuentos ni alarmas con baños calientes tibios y damajuanas de tebaína.

A las escasas ventanas de los refectorios que daban a la calle iban los locos a veces a gritar y alborotar al vecinda­rio, pero el horror se les quedaba más bien en el interior. Conservaban y se ocupaban personalmente de su horror, contra nuestras empresas terapéuticas. Les apasionaba, esa resistencia.

Al pensar ahora en todos los locos que conocí en casa del tío Baryton, no puedo por menos de poner en duda que existan otras realizaciones auténticas de nuestros temperamentos profundos que la guerra y la enfermedad, infinitos de pesadilla.

La gran fatiga de la existencia tal vez no sea, en una pa­labra, sino ese enorme esfuerzo que realizamos para se­guir siendo veinte años, cuarenta, más aún, razonables, para no ser simple, profundamente nosotros mismos, es decir, inmundos, atroces, absurdos. La pesadilla de tener que presentar siempre como un ideal universal, superhombre de la mañana a la noche, el subhombre claudi­cante que nos dieron.

Enfermos teníamos de todos los precios en el manico­mio y los más opulentos vivían en habitaciones Luis XV bien acolchadas. A éstos Baryton les hacía la visita diaria de alto precio. Ellos lo esperaban. De vez en cuando reci­bía un par de señoras bofetadas, Baryton, formidables, la verdad, largo tiempo meditadas. En seguida las apuntaba a la cuenta en concepto de tratamiento especial.

En la mesa Parapine se mantenía reservado; no es que mis éxitos oratorios ante Baryton lo hirieran ni mu­cho menos; al contrario, parecía bastante menos preo­cupado que antes, en la época de los microbios, y, en definitiva, casi contento. Conviene observar que había pasado un miedo de aúpa con sus historias de menores. Seguía un poco desconcertado respecto al sexo. En las horas libres vagaba por el césped del manicomio, tam­bién él, como un enfermo, y, cuando yo pasaba junto a él, me dirigía sonrisitas, pero tan indecisas, tan pálidas, aquellas sonrisas, que se podrían haber considerado des­pedidas.

Al admitirnos a los dos en su personal técnico, Bary­ton hacía una buena adquisición, ya que le habíamos aportado no sólo la entrega de todo nuestro tiempo, sino también distracción y ecos de aventuras a las que era muy aficionado y de las que se veía privado. Por eso, con frecuencia tenía el gusto de manifestarnos su contento. No obstante, expresaba algunas reservas respecto a Pa­rapine.

Nunca se había sentido del todo cómodo con Para­pine. «Mire usted, Ferdinand... -me dijo un día, confi­dencial-, ¡es ruso!» Ser ruso, para Baryton, era algo tan descriptivo, tan morfológico, irremisible, como «diabéti­co» o «negro». Lanzado a propósito de ese tema, que lo ponía nervioso desde hacía muchos meses, se puso a cavilar de lo lindo ante mí y para mí... Yo no lo reconocía, a Baryton. Precisamente íbamos juntos al estanco del pue­blo a buscar cigarrillos.

«Parapine me parece, verdad, Ferdinand, de lo más in­teligente, eso desde luego... Pero, de todos modos, ¡tiene una inteligencia enteramente arbitraria, ese muchacho! ¿No le parece a usted, Ferdinand?» «En primer lugar, no quiere adaptarse... Se le nota en seguida... Ni siquiera está a gusto con su trabajo... ¡Ni siquiera está a gusto en este mundo!... ¡Reconózcalo!... ¡Y en eso se equivoca! ¡Com­pletamente!... ¡Porque sufre!... ¡Ésa es la prueba! ¡Mire cómo me adapto yo, Ferdinand!...» (Se daba golpes en el esternón). «¿Que mañana la tierra se pone a girar en sen­tido contrario? Bueno, pues, ¡yo me adaptaré, Fer­dinand! Y, además, ¡en seguida! ¿Y sabe usted cómo, Fer­dinand? Dormiré de un tirón doce horas más, ¡y listo! ¡Y se acabó! ¡Hale! ¡Es así de sencillo! ¡Y ya estará he­cho! ¡Estaré adaptado! Mientras que ese Parapine, ¿sabe usted lo que hará en semejante aventura? ¡Rumiará pro­yectos y amarguras durante cien años más!... ¡Estoy seguro! ¡Se lo digo yo!... ¿Acaso no es verdad? ¡Perderá el sueño porque la tierra gire en sentido contrario!... ¡Le parecerá yo qué sé qué injusticia especial!... ¡Demasiada injusticia!... ¡Es su manía, por cierto, la injusticia!... Me hablaba y no paraba, de la injusticia, en la época en que se dignaba dirigirme la palabra... ¿Y cree usted que se contentará con lloriquear? ¡Eso sólo sería un mal me­nor!... Pero, ¡no! ¡Buscará en seguida un medio de hacer saltar la tierra! ¡Para vengarse, Ferdinand! Y lo peor, se lo voy a decir yo, Ferdinand, lo peor... Pero que esto quede entre nosotros... Pues, bien, es que lo encontrará, ¡el me­dio!... ¡Como se lo digo yo! ¡Ah! Mire, Ferdinand, inten­te comprender bien lo que voy a explicarle... Existe una clase de locos simples y otra clase, los torturados por la manía de la civilización... ¡Me horroriza pensar que Parapine sea uno de éstos!... ¿Sabe usted lo que me dijo un día?»


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