El amante de lady chatterley



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Me alojo en una casa antigua de Engine Row que está muy bien. El dueño se ocupa de una máquina en High Park, alto, con barba y muy ferviente de la Secta de la Capilla. La mujer es una cosita como un pajarito, que admira todo lo que le parece distinguido: habla todo el tiempo el inglés de la corte y repite incansable «permítame, por favor ...». Pero perdieron a su único hijo varón en la guerra y eso ha dejado una especie de vacío en ellos. Tienen una hija alta y desgarbada que se prepara para maestra de escuela y yo la ayudo a veces en sus lecciones, así que somos casi una fami­lia. Son gente muy buena y casi demasiado amables con­migo. De manera que creo que estoy más mimado que tú.

No me disgusta el trabajo de la granja. No es para entusiasmar, pero no aspiro a entusiasmos. Estoy acos­tumbrado a los caballos, y las vacas, aunque son muy femeninas, me producen un efecto tranquilizante. Cuan­do me siento a ordeñarlas con la cabeza apoyada en un flanco me sirve de descanso. Tienen seis «Hereford» bastante buenas. Ya se ha terminado la cosecha de la avena; fue divertido, a pesar de que he acabado con las manos bastante mal y llovió mucho. No me ocupo demasiado de la gente, pero me llevo bien con todos. Lo mejor es ignorar la mayor parte de las cosas.

Las minas marchan mal; éste es un distrito minero como Tevershall, pero más bonito. A veces voy al «Wellington» a pasar un rato y charlar con la gente. Se quejan mucho, pero no van a cambiar nada. Como dice todo el mundo, los mineros de Notts-Derby tienen el corazón en su sitio. Aunque al resto de su anatomía no debe pasarle lo mismo en un mundo que ya no tiene sitio para ellos. Es gente que me gusta, aunque no son precisamente una inyección de optimismo: han perdido el antiguo espíritu del gallo de pelea. Hablan por los codos sobre la nacionalización: nacionalización de los beneficios, nacionalización de toda la industria... Pero no se puede nacionalizar el carbón y dejar las demás industrias como están. Hablan de dedicar el carbón a otros usos, lo mismo que intenta Sir Clifford. Puede que funcione aquí y allí, pero no como cosa general; por lo menos yo lo dudo. Se haga lo que se haga, luego hay que venderlo. La gente es muy apática. Piensan que toda esta leche está condenada a desaparecer, y yo creo que tienen razón. Y lo mismo les pasará a ellos. Algunos de los jóvenes gritan mucho diciendo que ha­bría que establecer un soviet, pero no están muy con­vencidos. Nadie está convencido de nada, excepto de que éste es un agujero sin salida. Aunque hubiera un soviet, hay que conseguir vender el carbón: y ése es precisamente el problema.

Tenemos una gran población industrial y hay que darle de comer, así que hay que mantener esta puñe­tera noria en marcha. Hoy día las mujeres hablan mu­cho más que los hombres y con bastantes más cojones. Ellos parecen castrados; se dan cuenta de que esto se acaba, pero se comportan como si no hubiera nada que hacer. De cualquier manera, a nadie se le ocurre qué se podría hacer, a pesar de toda la palabrería. Los jóvenes están cabreados porque no tienen dinero que gastar. Toda su vida depende de poder gastar dinero, y ahora se encuentran sin él. Esta es nuestra civiliza­ción y nuestra educación: acostumbramos a las masas a depender por completo del gasto de dinero, y luego el dinero desaparece. Las minas están funcionando dos días o dos días y medio por semana, y no hay signos de que la cosa mejore ni siquiera en invierno. Eso sig­nifica que un hombre tiene que mantener a una familia con veinticinco o treinta chelines. Las mujeres son las que están más furiosas. Pero también son las compra­doras más furiosas hoy día.

¡Si se les pudiera explicar que vivir y comprar no son lo mismo! Pero es inútil. Con sólo que estuvieran educados para vivir, en lugar de para ganar y comprar, podrían vivir muy bien con veinticinco chelines. Si los hombres llevaran pantalones rojos como te dije, no les importaría tanto el dinero; si supieran bailar, saltar y brincar, y cantar, y ser arrogantes y hermosos, no les haría falta mucho dinero. Y no dar a las mujeres otra diversión que ellos mismos y que las mujeres hicieran lo mismo por ellos. Deberían aprender a estar desnudos y ser bellos, a cantar juntos, a bailar en grupo como antiguamente, a labrar las sillas donde se sientan y a bordar sus propios emblemas. El dinero les sobraría. Esa es la única forma de solucionar el problema indus­trial: enseñar a la gente a que sepa vivir y viva en la belleza sin necesidad de comprar. Pero no puede hacer­se. Las cabezas sólo miran hoy en una dirección. Mientras que la gran masa de la gente no debería intentar pensar siquiera, porque no pueden. Deberían vivir y dar saltos y adorar al gran dios Pan. Es el único dios apropiado para las masas, y siempre lo será. Hay una minoría que puede dedicarse a cultos más elevados si le gusta. Pero que la masa sea siempre pagana.

Claro que los mineros no son paganos, ni mucho menos. Son un rebaño triste, un montón de moribun­dos: muertos para las mujeres, muertos para la vida. Los jóvenes se lanzan a toda velocidad en sus moto­cicletas, con sus chicas, y bailan jazz cuando pueden. Pero están muy muertos. Y además hace falta dinero para eso. El dinero envenena cuando se tiene y mata de hambre cuando no.

Seguro que te estoy dando la lata con todo esto. Pero no quiero darte la murga hablando de mí, y ade­más a mí no me pasa nada. No quiero pensar dema­siado en ti, porque el resultado es que los dos llegamos a ser un puro revoltijo en mi cabeza. Pero, desde lue­go, sólo vivo para el momento en que tú y yo vivamos juntos. Estoy realmente asustado. Presiento al demonio en el aire y tratará de atraparnos a los dos. El demonio no, Mammón: que sólo es, creo yo, la voluntad colectiva de la gente que va tras el dinero y odia la vida. Sea como sea, siento que hay unas grandes manos blancas que se agitan en el aire y tratan de aferrarse a la gar­ganta de cualquiera que trate de vivir más allá del di­nero para estrangularle. Se acercan malos tiempos. ¡Se acercan malos tiempos, muchachos, se acercan malos tiempos! Si todo sigue como hasta ahora, el futuro no reserva más que muerte y destrucción para las masas industriales. Siento a veces que todo mí interior se diluye en agua, y mientras tanto ahí estás tú, que vas a tener un hijo mío. Pero no te preocupes. Por malos que hayan sido los tiempos, no han podido apagar nun­ca los corazones: ni siquiera el amor de las mujeres. Así que no podrán apagar mi deseo de ti, ni esa pe­queña llama que existe entre tú y yo. Estaremos juntos el año que viene. Y aunque estoy asustado, creo en ti y en mí. Un hombre tiene que luchar y esforzarse por conseguir lo mejor y luego confiar en algo que esté más allá de si mismo. No hay seguridad frente al fu­turo, a no ser creyendo en lo mejor que llevamos dentro y en la potencia que hay por encima de todo ello. Y así yo creo en la pequeña llama que hay entre nosotros. Para mí es ahora lo único que hay de positivo en el mundo. No tengo amigos, amigos íntimos. Sólo te tengo a ti. Y esa pequeña llama es lo único que me importa ahora en la vida. Está también el niño, pero eso es algo al margen. Es mi Pentecostés, la lengua de fuego entre tú y yo. El viejo Pentecostés está fuera de lugar. Yo y Dios es un poco presuntuoso de alguna forma. Pero esa pequeña llama bifurcada entre tú y yo: ¡ésa es la cosa! Y a eso me atengo y a eso me atendré a pesar de los Cliffords, las Berthas, las compañías mine­ras, los gobiernos y las masas ávidas de dinero.

Por eso es por lo que no me gusta empezar a pensar en ti ahora. No sirve más que para torturarme, al mis­mo tiempo que no significa ayuda alguna para ti. No quiero que estés separada de mí. Pero si empiezo a

torturarme algo se destruye. Paciencia, siempre paciencia. Este será el cuarenta invierno de mi vida. Y no puedo hacer nada por borrar los inviernos anteriores. Pero este invierno me apoyaré en mi pequeña llama de Pentecostés y tendré algo de paz. Y no permitiré que la apague el aliento de la gente. Creo en un mis­terio más alto que no permite que muera siquiera la flor del azafrán. Y si tú estás en Escocia y yo en los Midlands y no puedo rodearte con mis brazos ni entre­lazar mis piernas en torno a ti, tengo algo de ti a pesar de todo. Mi alma vibra contigo en la pequeña llama de Pentecostés, como la paz de joder. Jodiendo dimos vida a una llama. Hasta las flores nacen de un polvo entre el sol y la tierra. Pero es algo delicado que requiere paciencia y mucho tiempo.

Por eso venero ahora la castidad, porque es la paz después del joder. Me gusta ser casto ahora. Me gusta como a los copos de nieve les gusta la nieve. Me gusta esta castidad que es la pausa de la paz de nuestro joder y que es entre nosotros como un copo de nieve de un fuego blanco bifurcado. Y cuando llegue la verdadera primavera, cuando volvamos a unirnos, podremos, jo­diendo, hacer que la pequeña llama se vuelva brillante y amarilla, brillante. ¡Pero ahora no, todavía no! Aho­ra es tiempo de castidad; es tan maravilloso ser casto, como un río de aguas frescas en mi alma. Adora la castidad ahora que fluye entre nosotros. Es como la lluvia y el agua fresca. ¿Cómo puede gustarles a los hombres andar de aventura en aventura? Qué miseria ser como Don Juan, incapaz de lograr la paz por mu­cho que joda, con la pequeña llama encendida, impo­tente e incapaz de castidad en los frescos momentos de reposo, tan refrescantes como el descanso junto a un río.

Demasiadas palabras porque no puedo tocarte. Si pudiera dormir rodeándote con mis brazos, la tinta po­dría quedarse en el tintero. Podríamos ser castos juntos de la misma forma que podemos joder. Pero tendremos que estar separados durante algún tiempo y es quizás la forma más sensata de actuar. Si se pudiera estar seguro...

No te preocupes, no te preocupes, no debemos tortu­rarnos. Confiemos realmente en la pequeña llama y en el dios sin nombre que impide que se extinga. Real­mente hay aquí tanto de ti conmigo, que es una pena que no estés toda tú a mi lado.

No te preocupes por Sir Clifford. Si no sabes nada de él, no te preocupes. No puede hacerte realmente nada. Espera y verás que al final querrá librarse de ti, expulsarte. Y si no lo hace, ya nos arreglaremos nos­otros para no tropezar con él. Pero querrá. Acabará decidiendo vomitarte como algo abominable.

Ahora ni siquiera soy capaz de dejar de escribir y escribir.

Pero una gran parte de nosotros está ya junta y lo único que podemos hacer es dejarnos guiar por ella y encaminar nuestros pasos a encontrarnos pronto. John Thomas le da las buenas noches a Lady Jane, un poco colgajón pero con el corazón lleno de optimismo.








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