Francis Ponge Traducción de Silvio Mattoni



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¿Debería tener finalmente mi texto cuatrocientas setenta y un páginas, suponiendo que bajara un metro por página, con el pretexto de que el Sena nace a cuatrocientos setenta y un metros de altura? ¿O debería tener setecientas setenta y seis, puesto que el Sena corre siguiendo un curso de agua de setecientos setenta y seis kilómetros? ¿Debería arreglármelas para que se utilizaran en su impresión setenta y siete mil setecientos sesenta y nueve caracteres tipográficos, ya que el conjunto de la cuenca del río que me ocupa mide ese número de kilómetros cuadrados (77769 kilómetros cuadrados), o no sería más bien la superficie de las hojas utilizadas para cada volumen, o para su edición completa, lo que debería estar de acuerdo con esa cifra?

Pero no he dejado traslucir aún los más difíciles de los problemas que plantearía semejante prurito de exactitud.

Tanto es así que sería indigno no planteárselos, aun a falta de poder imaginarles una solución satisfactoria.

Por ejemplo, ¿cómo hacer que se reflejen invertidas en el espejo del texto líquido central las expresiones (o acaso deberían ser solamente ideas) ora de naturaleza vegetal, ora de naturaleza mineral, y esos hermosos y grandes monumentos de estructura eterna cuyas descripciones serían el tema de los textos marginales?

¿Y cómo reflejar la luz, el cielo, las nubes, que deberían incidir así, aunque de manera distinta, en los objetos sólidos evocados en las orillas? ¿Luces solares que habría que reemplazar de noche (la noche, ¿qué es para un libro?) por las del cielo estrellado? ¿Qué hacer con el buen y el mal clima?

¿Cómo hacer que pasaran dentro del texto central, que se supone tiene los caracteres de la materia líquida, o que flotaran en su superficie, todo lo que nada o flota adentro o en la superficie de las aguas? ¿El crucero infalible de los peces, la hélice o la rueda horizontal en una materia blanda, o las blandas cabriolas intrauterinas de algún ahogado, viajando en posición fetal?

¿Y qué de la animación reinante en la superficie o en las orillas? ¿Qué hay de los bañistas, los remeros, las lavanderas, los pescadores, los remolcadores, lanchones, balsas?

¡Vamos, a pesar del encanto y el interés que ofrecería un monumento tipográfico que respondiera solamente a una pequeña parte de esas exigencias –puesto que no podrían ser cumplidas todas adecuada e irrefutablemente–, veo en verdad que es preciso que renuncie a ellas, feliz si con haber enunciado tan sólo algunas, ciertas características de mi objeto han resultado evocadas y que, sin dudas, no habrían podido serlo de otro modo!
Veamos pues si mediante algún otro procedimiento…

¿Pero acaso no es hora (¿no te parece, querido amigo?) de que abandone ya toda idea, toda preocupación por el libro y vuelva a sumergir mi mente en el agua del río, a cuerpo descubierto? ¿Y no debería felicitarme entonces por haber elegido un tema así? ¡Puesto que al fin, sea como sea, es magnífico! Es un tema donde podemos sumirnos más que en cualquier otro, para captarlo desde adentro. Sus partes (incluso sus moléculas) no se resisten demasiado a la división… Hasta tal punto… Hasta tal punto que apenas me rodea, me penetra, tiende a invadir físicamente mi entendimiento… ¡Ah!

¡Ah! No busques entonces, querido amigo, que un discurso demasiado verídico sobre el Sena penetre en tu entendimiento. Te arriesgarías a temblar, por lo menos. Es una masa de agua hostil que no sería bueno sufrir bruscamente en uno mismo. No la soportarías fácilmente, aunque sólo fuera en tu entorno familiar, en tu departamento… Pero en tu entendimiento, sería mucho peor aún. Si entrara demasiado en tu cabeza, los orificios de tus sentidos resultarían taponados enseguida y correrías el riesgo de perder toda noción sólo por haber querido captar una noción demasiado completa de ese único objeto. A riesgo de perder la razón y el equilibrio. Toda razón, además, para hablar, leer o escribir. Se te podrá ver entonces haciendo rápidos remolinos, mientras tus miembros se debaten por un momento, aunque luego podrías descender, curiosamente apelotonado, hasta el fondo para ser arrastrado y llevado hasta la próxima maraña de plantas o hasta los escualos submarinos que patrullan la desembocadura del río en el océano… Tenemos pues un tema que nos arrebata y tiende a lanzarnos al mar, con todo lo que pensamos, o más bien con lo que ya no pensamos más…

Es un tema del cual tengo que salir casi enseguida, por más frecuentemente que me hunda en él (lo que bien puede resultarme necesario, de hecho).


Pero sin dudas ha llegado el momento de evocar el recuerdo anónimo de todos aquellos, innumerables, que tras haber decidido un día hundirse en las aguas del río, no quisieron o no pudieron volver a salir.

Algunos tal vez se tiraron, empujados por un deseo de conocimiento íntimo comparable al que yo sentí. Otros, por el contrario, para no conocerlo más, porque el sempiterno paso ante sus ojos de un fenómeno de esa clase les había brindado una idea de lo indecible y de lo incomprensible capaz de desesperarlos o de cansarlos solamente. O quizás algunos terminaron leyendo ahí una revelación insoportable, que prefirieron callar antes de darse muerte, algo que una revelación semejante implicaba inevitablemente.

Entre los desdichados que evoco, muy numerosos pudieron ser quienes quisieron no conocer nada más (y no solamente ese objeto en particular), luego de haber considerado, como consecuencia de relaciones desagradables con las realidades más diversas, que este mundo ya no podía ofrecerles nada agradable o tolerable.

Por último, si les creemos a los periodistas, a los poetas, a los novelistas, una cantidad considerable de personas pudieron decidir terminar así un solo, un simple episodio de sus vidas, el cual les habría proporcionado la certeza, a veces por un instante tan sólo, pero qué fatal y qué irremediable, y la desesperación de no conocer nunca nada, aunque no fuese por ejemplo más que el corazón de uno de sus semejantes y el lugar que ellos mismos podían aspirar a ocupar en él.

El hecho es que en París especialmente el Sena es uno de los modos de suicidio más frecuentemente usados. De manera que muchos parecen preferir las llamas frías del líquido antes que las de algún incendio (aun encendido por ellos mismos), o la asfixia en un líquido antes que la asfixia por gas como el gas del alumbrado, o el aplastamiento bajo las ruedas lentas y frías de ese salvaje, ese inmemorial transporte natural antes que el aplastamiento bajo las ruedas de un ómnibus, un subte o un tren.

A todos esos desesperados, locos o razonables, asustados o valientes, papanatas, quijotes o lafcadios, miserables o magníficos, teatrales o discretos o secretos, presas del despecho o del desdén, que vaya naturalmente nuestro homenaje o nuestra piedad, nuestra aprobación o nuestra resignación: en ellos pensamos con verdadero orgullo. Nunca deja de invadirnos ese sentimiento, mezclado con algo de horror, a decir verdad, cuando contemplamos al azar de nuestro paso sobre los puentes o a lo largo de las costas los objetos y los monumentos numerosos e importantes que su propio número y su perseverancia en el curso de los siglos y de las semanas obligaron a que la ciudad le dedicara a su pasión: chalecos salvavidas, boyas, lanchas rápidas de auxilio y el sombrío y terrible edificio de la Morgue.

En cuanto al mismo Sena, ¿qué nuevos sentimientos hacia él nos van a invadir en la medida en que lo imaginamos arrastrando tantos cadáveres? ¿Será acaso de rencor o enojo porque acepta con apariencia completamente impasible esos sacrificios, e incluso a veces los atrae, los incita y pareciera solicitarlos pérfidamente? ¿Será por el contrario de reconocimiento, pensando en que su corriente ha sido elegida así como lugar de descanso, como amante suprema, hermana, madre o enfermera por tantos desdichados incurables, y que ha cumplido ese papel hasta su máxima satisfacción y que no los decepcionó?

Por mi parte, no me inspira debido a eso ni más atracción ni más repulsión; ni mayor confianza ni mayor desconfianza: sé bien que ninguno de nuestros sentimientos humanos le resulta adecuado, y no le rendiré homenaje con ellos porque no tengo tiempo ni sustancia nerviosa para perder en un gasto unilateral, sino que todos mis esfuerzos más bien apuntan al proyecto inverso. Es decir: obtener de él (y sé bien que será en su contra) la ganancia de algunos sentimientos inauditos, no experimentados todavía por el hombre, que su contemplación atenta (y activa, o sea nominativa) puede permitirnos descubrir y apropiárnoslos, he tenido la experiencia cierta de ello con otros objetos (ni más ni menos reacios que él).


De manera que ya no nos verán por mucho tiempo, ni a mí ni a ti por consiguiente, querido lector, demorados en un espectáculo tan humano, tan lamentablemente humano. Ya nos hemos vuelto a poner de pie, nos hemos sacudido (como los perros que se mandan a lavar o a ahogarse en el mismo río después de haberlos mimado, acariciado o golpeado en sus orillas) el exceso de agua que altera nuestra epidermis, molesta nuestros movimientos y torna incómodas nuestras relaciones con los seres y los objetos de tierra firme.

Asimismo, aun dentro de una escafandra, que bien puedo suponer, y esta vez sin exceso o perversidad de imaginación, que sea puesta a disposición de nuestro deseo de observación algún día, repito, aun dentro de una escafandra, ¿qué verdades importantes, en tanto que verdaderamente específicas del agua profunda de los ríos (y entre los ríos, únicamente del Sena), podríamos esperar percibir?

Por cierto, podríamos examinar por primera vez, y sacar provecho de dicho examen, el fondo de nuestro río, conocer finalmente su lecho, saber qué limo, qué barro, qué piedras o qué arenas lo constituyen aquí y allá. También podríamos sin duda entusiasmarnos y sorprendernos con los objetos de toda clase, muy heteróclitos, muy singulares, que pudieron precipitarse allí por la voluntad, la negligencia del hombre o por algún accidente. ¡Qué no se puede decir al respecto! Y quizás un estudio atento de ese fondo y de los desechos que lo cubren, comparados con los fondos y los desechos de otros ríos famosos, que hacen correr sus aguas en medio de civilizaciones diferentes o por el contrario en regiones desiertas, sería interesante, curioso, lleno de enseñanzas. No se dejan en seco con frecuencia ríos de tal importancia. No he oído decir que con el Sena se haya emprendido una tarea semejante desde hace mucho tiempo. Tal vez, aparte de las dificultades técnicas que implicaría, se retrocede ante la naturaleza de las revelaciones que resultarían puestas ante la mirada del público. Tal vez se siente cierto pudor al respecto, o un miedo más o menos consciente. Tal vez imaginan que un súbito frenesí, comparable al que impulsa a los ladrones, o cierta vergüenza, o por el contrario un desaliento de consecuencias políticas o religiosas imprevisibles, pueda invadir entonces a los testigos de tales revelaciones. Tal vez se prefiere no hacer ver eso, ignorar para siempre lo que hay allí abajo, así como algunos que se sienten enfermos y tardan en ir al médico por temor a lo que tendrá que revelarles, algo que cambiará en adelante sus existencias de manera definitiva. Así como también, mucho más comúnmente aún, el hombre parece preferir no saber, para no inquietarse, lo que sucede dentro de sus vísceras –y tal vez todo funcione mejor así.

Lo cierto es que semejantes sondeos y limpiezas son poco frecuentes, inevitablemente parciales, y no se desarrollan en presencia de una afluencia de público. Las dragas que se utilizan no son objeto de ninguna devoción, ni tampoco de una curiosidad especial por parte de individuos o de multitudes. Sus pequeñas palas, sin embargo, teóricamente deben ser mucho más interesantes de desgranar que las perlas de un rosario bendecido2… Pero el barro, no sé por qué, tiene mala fama en el mundo actual; nadie querría interesarse demasiado en él. Tal vez sea porque en el lenguaje común de los hombres desde hace mucho está afectado por el peor coeficiente de desaprobación. En verdad había que afectar algo, ya que hacía falta que una palabra expresara esa clase de sentimientos; y bueno, se eligió el barro, y desde entonces ya no sirve prácticamente para otra cosa que para reemplazar en boca de los hombres no sé qué mueca de asco, un escupitajo. De modo que sobre el mismo barro ha recaído el asco que él sirve para expresar. Curiosa consecuencia, curioso engaño. Desde entonces los hombres se ven privados de todos los demás sentimientos que podría hacerles concebir, sin duda legítimamente, y en suma de todas sus demás cualidades, de todas sus cualidades aparte de las asquerosas. Pero dejémoslo ahí… El barro en este caso no es nuestro tema y algún día encontraremos la ocasión de dedicarnos a su rehabilitación en particular… Lo cierto es que el precioso, el fenomenal barro del fondo del Sena, del Sena de París (la preciosa, la monstruosa ciudad), no es objeto de ningún culto ni de ninguna curiosidad. Cuando podría esperarse a juzgar por las muestras que hay en todos los museos y en todos los laboratorios del mundo, sabiendo que es sometido a potentes proyectores, al lente del microscopio, a mil experimentos, a mil reactivos, y que sería legítimo que se pretenda hacer beber una taza a todos aquellos que se llaman, sin ninguna prueba previa, por ventura de la moda, la celebridad o los más sórdidos intereses, ciudadanos de honor de París. Porque finalmente, aun si todas esas observaciones, todas esas devociones, todos esos experimentos y reacciones debieran resultar irrisorios, porque desembocarían en la prueba de que el barro del Sena se parece a todos los otros barros del mundo, bueno, por cierto, no sería algo del todo inútil, y también podría extraerse alguna enseñanza de ello.

Sin embargo, no es a un objeto así al que se dirige la devoción popular. Ésta se ejerce, es preciso admitirlo, en favor de un objeto muy diferente. Reproducida en millones de ejemplares y vendida por todos los comerciantes de recuerdos de París, así como por los pequeños escultores ambulantes que instalan sus puestos en los parapetos de muelles y de puentes, una cabeza de yeso, que representa a la Desconocida del Sena, es el objeto de ese fervor. De esa figura se venden también muchas fotografías, a menudo impresas en el reverso de tarjetas postales. Algunos escritores usaron ese mito a su manera: un autor alemán le dedicó un libro entero, y se lo trata extensamente en una de las más célebres novelas que han aparecido en los últimos años3. La leyenda es muy sencilla: dice que el cuerpo inanimado de una joven fue sacado un día del Sena. Su rostro, de una maravillosa belleza, parecía no haber sido alterado en absoluto por la angustia de la muerte ni por la estadía en el agua. Por otro lado, no se pudo obtener ningún indicio sobre la identidad de la misteriosa ahogada, ni sobre las circunstancias de su drama. Eso es todo. La máscara de su rostro habría sido moldeada en yeso antes de la inhumación de la muerta, y lo que vemos sería la reproducción de dicha máscara. Se trata del rostro de una persona muy joven, casi una niña. Los ojos están cerrados, la boca atravesada por una especie de sonrisa muy parecida a la de la Gioconda de Da Vinci. Pero se trata de un rostro francés, parecido al que vemos en las vírgenes de Reims o de Chartres. Es algo sencillo y conmovedor, mucho más conmovedor, al parecer, que un puñado de barro. Sin embargo, a quienes lo han decidido así (y te juzgan muy mal si opinas distinto) también les gusta decir u oír decir que el hombre no es más que un poco de barro. Pero en cuanto a mí, no quiero decir nada, excepto que el barro me parece muy diferente al hombre y que quizás el hombre podría volverse muy diferente de lo que es (y que no es barro) si tan sólo se dedicara menos a contemplar sus propias imágenes que a considerar por una vez con honestidad el barro

Así pues, el Sena visto desde adentro, con ayuda de una escafandra por ejemplo, sin duda podría revelarnos algo de la naturaleza de su fondo, y eso no sería para nada desdeñable. Pero si nos quedamos en el mismo lugar y elevamos nuestra mirada hacia el horizonte, contemplaríamos de inmediato las mismas aguas, pero no pienso que lográramos conocer verdades muy particulares de las aguas del río que hemos elegido entre todos. Por el contrario, nos veríamos privados entonces de los elementos de comparación constituidos por los objetos fijos entre las cuales se desliza la corriente de agua, y que nos permiten captar más claramente sus características.

Por lo tanto, en este momento, tenemos que subir decididamente a la superficie, salir del agua, sacudírnosla, deshacernos de ella, y considerarla en adelante desde sus puentes o sus costas.

¿Acaso vamos por eso a confundirnos con la multitud de suspirantes que siempre han rondado el Sena, al coro de aquellos que le dedican sus romanzas, a los suspirantes de sus pasarelas y de sus puentes? Ciertamente, no nos está vedado reinventar nosotros mismos en este momento los cantos que ha inspirado el río. Inclinados sobre él, por todo el tiempo que nos plazca, desde algún puente, o instalados a su cabecera, o paseándonos con la guitarra en la mano a lo largo de sus pasarelas, tanto que sentiremos latir nuestro corazón, respirar nuestro pecho, tanto que el aire respirable rodeará confortablemente nuestro cuerpo, podremos cantar, apasionados y a pesar de nuestros suspiros más gallardos, las tonadas más melancólicas o las más desesperadas.

Sí, el Sena es también el río que ha inspirado a muchos poetas, ilustres o anónimos: no sería justo olvidarlo, no tenerlo en cuenta para nada. Sí, el Sena es también el río sobre el cual Bernardin de Saint-Pierre escribió tal cosa, Nodier tal otra, Apollinaire tal otra más. Sí,
Pastora, oh torre Eiffel, el rebaño de los puentes bala esta mañana.
Sí,
Bajo el puente Mirabeau corre el Sena

y nuestros amores…

Quedémonos cara a cara con las manos enlazadas

mientras debajo

del puente de nuestros brazos pasa

la ola cansada de las eternas miradas..
Sí,
El amor se va como el agua que corre

el amor se va…

Llega la noche suena la campana

los días se van y yo me quedo.
Sí,
El río se parece a mi dolor

fluye y no para nunca

cuándo se terminará la semana…
Sí,
El río clavado sobre la ciudad

te fija como un vestido partiendo

hacia el dócil anfión sufriste

todos los regalos encantadores

que tornan ágiles las piedras.
Sí,
Tierra

Oh desgarrada que los ríos han zurcido,
Sí,
Estoy borracho de haber bebido el universo entero

sobre el muelle donde veía correr las olas y dormir las balsas

escúchenme soy la garganta de París

y si quiero me tomaré el universo
Escuchen mis cantos de borrachera universal
Y la noche de septiembre que terminaba despacio

las luces rojas de los puentes se apagaban en el Sena

las estrellas morían el día apenas estaba naciendo4

Ciertamente, es algo lindo, cautivante, emocionante. Por cierto, no estamos queriendo renegar de tales voces, desear que se callen, no concederles audiencia, no hacernos eco de ellas (como se ve), sin ningún temor de que después de ellas la nuestra palidezca o se extinga. Pero también es cierto que semejantes canciones no son para nada la nuestra. No hemos sido designados para decirlas. Por lo tanto, tampoco nos interesa demasiado decirlas. Ni a ustedes escucharlas de nosotros.

No. Ni más ni menos que esto, por ejemplo, a saber que el Sena tiene su origen a siete kilómetros de Saint-Germain-la-Feuille y corre en dirección norte-noroeste en un trayecto de setecientos setenta y un kilómetros, hasta su desembocadura en tal o cual grado de latitud y de longitud, luego de haber atravesado las provincias de Bourgogne, Champagne, Île-de-France y Normandie, los departamentos de la Côte-d’Or, de l’Aube, Seine-et-Marne, Seine-et-Oise, Seine, l’Eure y Seine-Inférieure, las ciudades de Châtillon, Troyes, Montereau, Melun, París, Mantes, Rouen y Le Havre, y recibido tales afluentes por su derecha, tales otros por su izquierda, y por ejemplo solamente en la Côte-d’Or, en primer lugar la cuenca colmada del Revinson, el Brévon y algunos arroyos, entre ellos el Douix de Châtillon, luego fuera de ese departamento recibe las aguas de cuatro ríos que al menos en parte le pertenecen, a saber: el Laignes y el Ource que se originan allí, el Aube y el Yonne. Y si quiero considerar el Laignes, ¿tendré que decir que surge de una soberbia fuente y que una parte de sus aguas le llegan subterráneamente de otro río del mismo nombre cuyo origen está cerca de Baigneux-les-Juifs? ¿O que la cuenca del Ource es muy boscosa y sus afluentes principales el Douix, el Arce, el Groême, el Dijonne, el arroyo de Val-des-Choux, la vertiente de Brion, las surgentes de Thoires y de Belan, la fuente de Pré-l’Abbé, las vertientes de Riel-les-Eaux y de Clos-de-Champigny, el Bedan y el arroyo de Moulin-Pingat? Del Aube, ¿que su curso es de doscientos veinticinco kilómetros, que nace cerca de un peñasco cubierto de musgo y de enredaderas, a cuatrocientos metros de altura, en el noroeste de Praslay en la Haute-Marne, que sus aguas son transparentes como el cristal y que conserva incluso después de su confluencia en el cauce común su corriente clara aparte de las aguas verdes del río más grande?

¿Acaso eso es menos poético o menos interesante? Ni más ni menos, a saber por ejemplo que el Sena es el río en que se establecieron los Parisii y que los Normandos remontaron hasta París (y más precisamente hasta la torre que entonces vigilaba el Pequeño Puente) ese río en donde se precipitó el cadáver de tal príncipe asesinado, donde se reflejaron las llamas de la Comuna y que fue un boulevard desierto bajo la Ocupación?

¿Pero acaso también estas cosas son de mi incumbencia? ¿No lo dirán otros mejor que yo?

¿Y yo qué? Bueno, a esa pérfida y fría línea horizontal que se burla desde hace siglos de las generaciones que se apresuran en su pasarela o que cabalgan su curso para ronronearle estúpidas romanzas mirándola mover indolentemente las piernas y divirtiéndose con pequeños efectos lingüísticos o con pequeños andamiajes más o menos viciosos y retardatarios en sus costas, la consideraré (como lo hice hasta aquí) con más atención, a la vez con amor y con desconfianza, para envolverla finalmente en su propio ropaje, contento si tan sólo puedo asestarle al pasar algunas definiciones sólidas.

Y sin dudas el Sena, es momento de confesarlo, el Sena, me di cuenta bastante rápido apenas empecé a reflexionar sobre él, el Sena no me inspira naturalmente ninguno de los sentimientos tiernos o idílicos que veo tan habitualmente manifestados en los escritos a los cuales ha dado lugar hasta ahora.

Por cierto, como pareciera en principio que todo el mundo se entiende perfectamente acerca de él, que todo el mundo sabe muy bien a qué se refiere cuando dice “Sena”, y que cada cual en particular posee una idea simple sobre él, entonces, cuando me propusieron este tema, y si bien no lo planteé yo mismo, sino una persona claramente situada fuera de mí, lo acepté como posible, e incluso como probable. No fue algo que por mi parte cuestionara demasiado hasta el momento en que intenté captarlo de verdad…

Mientras tanto, el talentoso e inteligente fotógrafo que debía colaborar en el libro había llegado a Francia. Y sin dudas para él la cuestión no se le iba a plantear igual que a mí: sea como fuere, recorrió el Sena en toda su extensión, tomó fotografías… Para él la suerte estaba echada.

Por otra parte, ninguno de mis amigos a quienes se me ocurrió comentarles el asunto pareció especialmente sorprendido. Varios incluso reaccionaron de tal modo que me hicieron creer que sabían bien cómo me las iba a arreglar para tratar ese tema.



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