Francis Ponge Traducción de Silvio Mattoni



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Pero había algo que sin embargo ya debía preocuparme un poco, intrigarme: cada vez que tenía la oportunidad de cruzar el Sena o de bordearlo, me sorprendía no recibir sino una impresión bastante poco intensa, bastante poco clara, bastante poco profunda –como un roce superficial. En verdad, esa misma lentitud de nuestros acercamientos tenía algo conmovedor. De vuelta en casa, cuando pensaba en ello, estaba dividido entre dos sentimientos. O bien se me aparecía la dificultad misma del tema, y al mismo tiempo su interés, la amplitud de los problemas de toda clase que suscitaba –lo cual me tentaba y me asustaba a la vez. O bien, al pensar de la manera más concreta posible en las aguas de mi río, sentía más bien cierta aversión. A veces esas dos impresiones se combinaban. ¿Cómo captar el ser de esto?, me preguntaba. ¿De qué se trata? Es una tropa que corre sin cesar desde hace millones de años, que no ha dejado de llegar hasta mí o de escaparse de mí (si me imagino parado sobre un puente), de pasar, de desfilar delante de mí (si me ubico en una de sus costas). Siempre en el mismo sentido, lo que resulta molesto y desesperante… Una masa de materia envolvente, hostil, muy capaz de ahogar. Una tropa insípida, fría, dulce y pérfida, con la cual no me gusta meterme, a la que no sería bueno llevar a casa. No me gusta tanto. No me conviene tanto. París (y el Sena) siempre me parecieron situados demasiado al norte para mi gusto… Pero además, es un agua como cualquier otra. Una parte del agua que corre por la superficie del mundo y toma ese curso, esa zanja –eso es todo. Y en suma el Sena es mucho más ese curso, sus orillas, su fondo, sus cielos que el agua en sí misma, que es un agua indiferente, nunca la misma, y siempre de la misma naturaleza, que por casualidad se ha visto precipitada allí y se ha introducido en esa zanja. Por otra parte, esa agua no adquiere en la zanja ningún aspecto que me cautive o me entusiasme especialmente. No pareciera ser del todo una fuerza de la naturaleza, un fogoso acontecimiento de borbotones, de melenas, de trompas como el Rhône, por ejemplo, en el cual participaran nieve y torrentes. Aquel desciende de las alturas, de los glaciares. En la medida en que me gustan los ríos que saltan entre las piedras, que ríen, que hacen lío, se agitan como la juventud al bajar por el curso de la vida, tanto más me cuesta dedicarme a ese deslizamiento como tal, a ese triste resultado de las lluvias. No, el Sena, lo lamento, no me inspira. No más que una aversión. Como los ríos en general y sobre todo los ríos lentos. Y sobre todo los ríos profundos. Me horroriza el agua que se pretende pura y transparente pero cuyo fondo no veo. Sobre todo las aguas que por su pereza y su negligencia, por su abulia en deslizarse, ensucian y pudren sus fondos.

Me gusta más el agua de la canilla. Me gusta esa actividad, esa risa, esa precipitación, ese ajetreo. También me gusta el agua de la jarra, el agua de mi vaso. Pero no soy muy sensible a los encantos de esa agua profundamente sucia, impura –y que sin embargo centellea en la superficie en medio de bosques.

No, el Rin no es mi padre, el Sena no es mi mujer5, y si hay una literatura que aborrezco es precisamente la que diviniza, en términos líricos, a la Eva, a la Onda: esa literatura a la Reclus6.

En cuanto a definir los ríos como caminos que van y transportan adonde uno quiera ir, bueno, le dejo esa responsabilidad al profundo autor de esta observación: no parece en absoluto suficiente.

¡Ah! Inclinado sobre el agua desde un puente, me hace falta hablar más bien de un flujo de ideas no plásticas, casi soñadoras, que me viene con la corriente, que no puedo retener, que sigue su ruta río abajo, tras haberme atravesado de alguna manera, y que termina perdiéndose en el remolino, en el caótico reposo del océano, antes de haber pedido cobrar forma del todo –a falta de haber sido captado o retenido mínimamente por la memoria y siempre apresurado por lo que viene inmediatamente después.

Sí, es el flujo incesante de las ideas soñadoras, salvajes, no retenidas y a decir verdad no pensables, el flujo que atraviesa París –esa París repleta de bellos y grandes monumentos de estructura eterna, mucho menos eterna que ese flujo, el flujo incesante.

Pero París justamente se formó donde ese flujo podía ser atravesado más fácilmente, y el pensador sobre los puentes, instalado perpendicularmente al curso del río, puede sentir fuertemente su identidad personal acodándose allí.

Sí, el río es ese curso de agua salvaje que pasa a través de todo, a través de los monumentos de las culturas más refinadas –con un andar a la vez fatal y estúpido, profundo, a veces barroso–, es la corriente de lo no-plástico, del no-pensamiento que atraviesa sin cesar la mente, evacuando sus residuos, sus desechos, sus recursos, arrojándolos al mar. Ciega y sorda. Fría, insensible.

Hendidura, surco, pliegue hueco, zanja, ingle, valle.

Sé bien que a partir de la noción de pliegue hueco, de valle, de zanja, podré dar cuenta de un gran número de rasgos del río. Entreveo largos desarrollos a partir de allí.

Pero antes, aprovechando mi posición de espectador que examina el río desde arriba de un puente, debo dar cuenta de algunos otros rasgos, también esenciales, que estoy apurado por despejar de una vez.

Estoy pues inmovilizado aquí en esta especie de eterno presente que es el del espectador, inmovilizado ante el río móvil. No me muevo, ni actúo, tampoco veo todo lo que ya ha pasado (lo que entonces sería saber), porque el hecho mismo de que el río siga pasando me obliga a no cerrar de ningún modo ese pasado y me fuerza a anticipar el futuro. Pero si el futuro sólo es ignorancia, cuando es el futuro del espectador y no del actor que forja ese futuro, ¿cómo puedo concluir otra cosa que no sea: esto va a seguir así eternamente? Cada vez, me digo, que veo lo que pasa, veo el mismo río que se desliza. Todo sucede pues como si no se hiciera nada, puesto que nada queda, nada permanece como algo adquirido. Así, el río sería la imagen concreta de lo que una gran mente de nuestra época, a quien acabo de robarle ya varias expresiones, llamó “el tiempo transdialéctico: un tiempo sin contradicciones, un tiempo sin lucha, un tiempo apaciguado, un tiempo donde todo no hace más que deslizarse”, una especie de “sustrato neutro”, la imagen de un “tiempo que no tiene forma”, donde “todo se sacrifica a su unidad”. El río es la imagen de ese tiempo vacío de acontecimientos, de ese tiempo supra-vital que los metafísicos a menudo se han dedicado a concebir “y del cual resulta muy natural –observa el mismo gran pensador– que luego de haberlo captado así como un dato (cuando no se trata más que de una ficción), lo hayan declarado dato único”. “Los metafísicos –sigue diciendo– nunca han hecho otra cosa”, y concluye muy justamente que “cuando se pretende luego llegar al mundo complejo de los fenómenos, a la vida, a la historia, no se podrá interpretarlos. Porque no será el tiempo como tal lo que habrá que intentar concebir, sino el movimiento o los movimientos del tiempo, su estructura dialéctica, tal y como aparece en la vida y en la historia”7.

Por mi parte, concluiré que los metafísicos sin dudas no pudieron concebir esa ficción sino a partir de datos muy reales que constituyen particularmente a los ríos, el agua casi eternamente fluyendo; y que a mí me alcanza con este río, o más bien que lo aprecio por ser concreto de otro modo, denso y complejo de otro modo, pues así me obliga, tal como lo hago a partir de él, a captar muchas otras nociones, absolutamente diferentes (y también contradictorias), donde refrescarme, espesarme, calmarme finalmente y reforzarme en mi propio impulso.

Volvamos, por ejemplo, a nuestra noción de valle: ¿no nos conduce enseguida esta noción a la bajeza, con su coeficiente peyorativo y su corolario de humillación? ¡Ah, estoy muy contento, entre paréntesis, de que la relación fonética entre las raíces humid y humil me resulte finalmente justificada! Sabía bien que un día u otro encontraría su fundamentación. Sí, ¿acaso no resulta evidente, para quien lo piensa un minuto, que el valle, el pliegue hueco, la zanja (científicamente le dicen thalweg) es por definición la línea de la mayor bajeza, de la máxima humillación de toda esa región, designada a su vez por la palabra cuenca8. Así se explican (entre otros) algunos sentimientos pueriles, anotados ingenuamente como lo que sigue, por ejemplo, encontrado entre mis papeles. El agua tal como cae del cielo, la acepto de bastante buen grado. Pero el agua de los ríos, bueno, lo siento, nunca pude sentir nada por ella. Entiéndanme. Está muy bien que llueva, y es perfecto que el agua impregne la tierra, haciéndola apta para la vegetación, no veo en ello ningún inconveniente, por el contrario. Lo que me molesta, no sé por qué, es la divinización de los ríos, de esas zanjas…

¡Pero ahora sé por qué!

Es que el lecho de los ríos es el lugar de la humillación (activa, sensible, visible, en acto) de toda una región. Cuando se llega al Sena, estamos en el lugar geográfico más bajo. A lo que está más abajo en la superficie de toda su cuenca. En su lecho convergen todas las humillaciones, todas las bajezas (de todos sus afluentes, y de sus respectivos afluentes). La humedad y las humillaciones de toda una región.

Ese lecho es la arruga, la manera en que se ahueca, por diversos avatares, los sucesos, las desgracias, y por y a través de las lágrimas y otras secreciones que resultan de ello, la superficie de la tierra en nuestra región.

Sí, es el flujo incesante de las ideas salvajes del que hablaba hace un momento, sí, es el flujo de lo no-plástico, de lo no-pensable, pero es también el flujo de lo que ha sido vivido, el residuo de todo lo que se actuó, el flujo de lo que no pudo ser asimilado y que debe ser rechazado, evacuado. Sí, así es como la naturaleza silvestre entra en París, la atraviesa y sale –pero ahora sé a qué se parece lo silvestre: sé que también la orina es silvestre.9

Flujo cotidiano, de todas las horas, flujo de todos los instantes.

Cloaca, cloaca a cielo abierto. Y no hablo en sentido figurado.

¡Porque después de todo es cierto! No hay una gota de líquido producida en la superficie de esa cuenca, ni nada de lo que se derrama tanto del cuerpo de los hombres o de los animales como de la tierra o del cielo, si no forma parte de los dos tercios que se evaporan en el camino, que no se encuentre finalmente en ese lecho. Y cuando hablo de los dos tercios que se evaporan, sólo es válido para el agua de lluvia, pero las demás aguas tienen muchas menos oportunidades de hacerlo: los líquidos cloacales no se evaporan casi nada. ¡Sí, claro! Porque lo que se infiltra en el camino en la superficie de la cuenca, vuelve a surgir finalmente en otro sitio, y termina volviendo al lecho, después de haber sido más o menos filtrado, es cierto.

Piensen: cada vez que mean o cagan…

Cada vez que estrujan una media encima del lavatorio, en la planta baja de sus casitas de campesino en Champagne, de obrero en l’Aisne, o en el Seine-et-Oise, o en el séptimo piso del inmueble parisino donde usted se pudre, viejo enfermo, le agregan al Sena un poco de lo que él jovialmente hace centellear entre las laderas arboladas de Saint-Germain o de Chatou. Y ustedes quisieran que eso corriera más rápido, en caso de necesidad bajo la forma de una ancha corriente de aguas barrosas y amarillentas. Pero no. La mayoría de las veces lo hace con toda tranquilidad –centelleando– dejando en duda si está durmiendo o si corre. La más innoble incontinencia da lugar así por momentos a un lindo espejo natural.

“Entra como un cisne y sale como un cerdo”: creo que Heine habló así del Spree de Berlín. Y por cierto, es algo que se puede aplicar no solamente al Bièvre o al Rouillon, sino al mismo Sena de París, si pensamos en que ese río, cuyo recorrido dentro del departamento que lleva su nombre es de sesenta kilómetros, más de doce en París, debe estar muy fuertemente contaminado más abajo por su paso en medio de una aglomeración de cinco a seis millones de habitantes. Y podremos desear entonces que se terminen las obras emprendidas, y que la frase “todo a la cloaca, nada al Sena” se vuelva una verdad, y que las aguas servidas, en vez de ingresar al río en Asnières, vayan finalmente a volcarse en los campos de fertilizantes de Gennevilliers, Achères y Méry-sur-Oise. Por supuesto, la mayor parte de esas aguas no dejarán por ello de retornar al lecho del río más o menos lejos, más o menos río abajo, pero al menos habrán sido filtradas en los terrenos subyacentes de los campos de fertilizantes que complacientemente acabamos de citar.

Por el momento, todo va al Sena, y por mi parte tengo también que tirar aquí ciertas cosas que me dijeron, que no he verificado, pero cuya evocación me causó una impresión tan fuerte que deseo librarme de ellas cuanto antes.

Tal parece que en determinados sitios de los suburbios cercanos, río abajo de París, pueden verse las instalaciones de empresas industriales relativamente importantes, concebidas y dirigidas por individuos que no temen consagrar sus vidas, sus nombres y ganar fortunas que luego bien pueden gastar en dotar a sus hijas de ropa blanca inmaculada –que no temen, como dije, ocupar su tiempo y su mente en la recuperación de materiales recogidos por el Sena durante su paso por la aglomeración parisina. Resulta pues que algunos, después de haber instalado unos diques superficiales, recolectan flotas enteras de corchos que, más o menos lavados y remodelados en formatos reducidos, servirán para tapar luego muchos frascos de remedios o de perfumes. Otros pasan sus existencias en barcas especiales, provistas en su centro de una gran caja en forma de ataúd. Armados de largas pértigas con arpones, pescan a su paso animales muertos cuyos cadáveres, convenientemente tratados, les procurarán ganancias apreciables. Las grasas, fundidas y blanqueadas, entrarán en la composición de diversas margarinas, mientras que los huesos proporcionarán los polvos calcáreos que sirven para fabricar numerosos productos farmacéuticos u otros, tales como tizas, talcos o pastas dentífricas por ejemplo. Pero las más modernas de esas empresas, las más considerables entre los industriales, las más ricas, las mejor equipadas, las más famosas, aquellas cuyos dueños tienen las hijas más buscadas, son las que tienen diques formados por postes o enrejados flotantes que sólo retienen la crema, la espuma, esa película a menudo muy espesa de aceites, grasas y mugre que se fija en la superficie impregnándola y recubriéndola. Entonces, no hace falta más que raspar esas superficies, desengrasar esos enrejados y luego tratar químicamente la pasta obtenida para chuparse enseguida los dedos con las mejores margarinas, los más finos jabones, con otros mil artículos de lujo, delectación y belleza.

Son cosas que funcionan, y no haré el ridículo de condenar ocupaciones semejantes.

Además, estoy impaciente por abandonar una visión tan anecdótica de las cosas: lo mismo a Heine, sus supuestos cisnes y sus supuestos cerdos, que a nuestros recolectores de cloacas y otros refinadores de suburbio.

Como ya tuve la oportunidad de darlo a entender, el Sena, río abajo de nuestra aglomeración, de sus letrinas y de sus chimeneas, no parece menos puro que en su curso superior: bajo las enramadas del Eure y del Sena inferior ofrece muchos lindos espejos naturales. Lo que sin dudas sería un signo de que en efecto no es menos puro, que no lo es ni más ni menos. Lo único que nos parece digno de destacar (y que en primer lugar nos gusta), porque se trata de una cuestión de principio, es –si continuamos honestamente nuestra dialéctica, si la llevamos a su término, si nos valemos finalmente de lo que sin dudas vemos, pero que tal vez tenderíamos antes bien a ocultar si nos interesara más perseguir una metáfora seductora que alcanzar una verdad inaudita y desconcertante– es entonces que el mismo lugar de la humillación y de la bajeza, el lugar donde se desaguan infamias y vergüenzas es también un lugar de espejos, de pureza y de transparencia, y que por último es solamente en esos lugares, los más bajos, y en esas aguas residuales, sí, tan sólo allí donde aquello que está en lo más alto, donde por fin los cielos pueden (o aceptan) reflejarse.

Y por cierto, es algo perceptible no sólo para la mente de cualquiera que reflexione, sino también para la menos prevenida, la menos preparada, la más distraída de las miradas: en la superficie de la tierra nada es más reflejante, no hay otro espejo natural que no sean las extensiones líquidas. Un aviador se da cuenta enseguida. El reflejo es patrimonio de esas extensiones, de esas napas horizontales, de esos lechos de putas. Y espejean tanto más, reflejan tanto más nítida, claramente, en la medida en que están, por una parte, más inmóviles, o más lentas, más perezosas, y en cuanto sus fondos, por otra parte, son más oscuros, su azogue es más denso y está más uniformemente extendido.

Esto me permitirá pues darme cuenta con exactitud, explicarme a mí mismo determinados sentimientos o sensaciones que frecuentemente llegué a experimentar dentro de mí cuando me acerqué a mi Sena.

Sí, cuando llego a su valle, aunque sea dentro de París, aunque sea en la desembocadura de una calle o callejón, cuando finalmente me encuentro cerca de esas aguas, a menudo miro menos el agua (sólo la miro con el rabillo del ojo), y también cuando la pienso desde mi escritorio, a menudo recuerdo menos el agua a fin de cuentas y más esa especie de ancha zanja irregular, ese gran carril en el terreno, esa gran grieta azul o gris o amarillenta, por último ese brusco esclarecimiento del paisaje, ese súbito claro.

De tal claridad, que parece afectar no solamente a la superficie, sino también al interior mismo de la tierra, me acuerdo también (o la percibo) como de un par de tijeras abiertas cortando un retazo de seda estirado. Ya saben, cuando la hoja inferior avanza invisible bajo la tela, aflorando brillante a medida que el tejido, en este caso un tejido de asfalto y de piedra tallada, de edificios de piedra, es cortado. Y la hoja superior, que avanza al mismo tiempo, pero que pareciera tan sólo seguir a la otra, esa hoja superior no es sino la franja de cielo que corresponde al río, a su vez hoja inferior de nuestras tijeras abiertas.

También me pasa que lo percibo como un fruto abierto, o uno al que le falta, al que le han sacado antes de exponerlo un pedazo, una rodaja, una sección, para probar su calidad interior, su inocuidad, su inocencia.

Sí, tal parece, llegando a un valle, que le hubieran sacado una sección al paisaje; en París, en las inmediaciones del Sena, que le hubieran sacado un barrio a París.

Y como al fin, sin duda alguna, nos gustaría mucho tener la certeza de que el interior de nuestro fruto –de nuestra manzana, de nuestra naranja, de nuestra tierra, de nuestra región, de nuestro París– es una pulpa sabrosa y clara, bajo la cáscara más fangosa, más barrosa –una pulpa parecida a la pulpa, a la inmaterial pulpa del cielo: pues bien, aquí se nos ofrece esa ilusión.

Y aun cuando sólo se trate de una ilusión, al menos el deseo que sentí sería en verdad una certeza. Sí, estaría al menos y sin dudas seguro de lo que deseo. Así que gracias, oh Sena, porque en todo caso me lo probaste: ¡el cielo no es más puro que el fondo de mi corazón!10

Por cierto, entiendo lo que me van a decir: que el cielo no siempre es puro y sereno, puro y tranquilizador –y que también entonces el líquido lo refleja– y que la impresión desesperante que sentimos entonces se ve tanto más agravada, es decir, en una suma doble. Sí, pero también por eso hay que rendirle homenaje precisamente al líquido. Porque así tenemos la ventaja no solamente de gozar (triste o alegremente) dos veces del cielo, sino también de disfrutarlo de una manera un poco más tangible, ya que podemos sumergirnos en esas aguas, en la imagen suave o desesperante del cielo, podemos saciar nuestro deseo de abrazarlo o de tocarlo con el cuerpo, para besarlo o combatirlo, podemos además sacarle un vaso y ponerlo adentro de nuestro cuerpo.

Y sin duda que todas las cualidades que acabamos de captar son comunes para todas las extensiones líquidas sobre la superficie de la tierra e incluso son más perfectas, más realizadas en cualquier estanque, lago o laguna natural o artificial que en los arroyos o los ríos. ¿Por qué entonces nos impresionan de manera más fatal, más amplia, más dramática en cualquier arroyo o cualquier río antes que en un lago o laguna?

Pues bien, sin duda por dos razones (por lo menos). En primer lugar, porque el hecho de que la zanja en este caso nos parezca de una longitud indefinida (puesto que viene de más allá del horizonte y prosigue del otro lado también más allá del horizonte), precisamente este hecho nos da la impresión de una herida más grave, una prueba más decisiva, una certeza mejor fundada. Y también es porque sólo entonces resulta aplicable la imagen de las tijeras, donde la comisura de las dos hojas se halla pues en el horizonte río arriba.

En segundo lugar, el movimiento torna la cosa más presente, más actual y por ende más emocionante, más sensible, si por otro lado se pretendiera –y estaríamos equivocados– no tener en cuenta todas las impresiones de otro tipo, como las que he mencionado anteriormente, en relación con nuestra noción del tiempo supra-vital por ejemplo, y que convergen con nuestra sensación añadiéndose a los precedentes.

Sea como fuere, mi mente se encuentra lo suficientemente colmada por tal sentimiento como para que finalmente se desborde y yo entone mi himno al líquido.

Sí, esto me resulta evidente ahora, el Sena no corre sólo entre sus dos orillas sino también entre dos partes de mí mismo, que se parecen pero a las que separa, y que sus aguas reúnen y reflejan. Es evidente que encontró una pendiente importante; que sigue, ahonda y llena un valle importante, una falla importante de mi cuerpo. ¡Oh, hay ahí entonces una muy buena oportunidad, un logro muy grande!

¡Oh, qué bueno es que el líquido exista, que ahonde y llene de ese modo y que satisfaga, limpie, abreve ciertas fisuras naturales de la tierra y de mi cuerpo! Qué bueno que la naturaleza entera no sea solamente sólida y gaseosa; que algo pesado, denso y tangible como lo sólido sin embargo se deslice y se escape; y que pueda ser fácilmente dividido, habitado; y que puedan infiltrarse en mis vacíos, en mis sequedades y reanimarlas. Que algo así, capaz de movimiento, haga de espejo, destelle y refleje el resto del mundo, sólido o gaseoso; que multiplique el cielo y las cosas; que parezca a la vez eterno y pasajero, fatal y accidental, profundo y superficial, estúpido y dotado de reflexión.

Qué bueno es que las nubes se fundan y que la diseminación, la dispersión de las lluvias se reúna en fuentes profundas y luego en arroyos y ríos que dan la impresión de volumen, de fuerza, de musculatura, de abundancia, de generosidad, y a la vez de una serena seguridad, de intenciones precisas, de perseverancia, de continuidad… y que eso se deslice tranquilamente hacia los grandes descansos, los grandes reservorios del océano.

Qué bueno que esa recolección prosiga, atrayendo irresistiblemente hacia ella a las aguas dispersas. Qué satisfactorio que haya así en cada región de la tierra un flujo central, una majestuosa avenida central, bien ubicada, cada vez más fundamentada y confirmada, donde todo se junta y adquiere su dirección justa y su más corto camino hacia su fin, su magnífico descanso.

Qué placentero y hermoso que las aguas que corren hayan buscado su ruta con inquietud y precipitación, que al fin la encuentren y qué alegría deslizarse un buen día en el lecho común.

Y más en general, qué bueno es que la naturaleza se presente así en tres estados y nos permita pasar por todos nuestros sentidos de uno al otro conforme el anterior nos haya embriagado o nos haya dejado sedientos, y entonces deseemos cambiar.

Y más en particular, que el líquido natural más expandido sea el agua, esa agua que lava y que sacia a personas y cosas; que las despoja de aquello que no les pertenece esencialmente, las refresca, las rejuvenece, arrastra lejos de ellas sus residuos, sus desechos, sus partes muertas o demasiado viejas.



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