Historias secretas de la última guerra


Cómo escapó Eisenhower de un atentado



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33.Cómo escapó Eisenhower de un atentado


Por John Carlova,

Director del Straits Times de Singapore; Agente de Prensa del Alto Mando Aliado en la Última Guerra.

EL AÑO de 1944 se acercaba al final. La guerra se había paralizado entre las heladas llanuras de Holanda y las colinas de Luxemburgo, cubiertas de nieve. El general Eisenhower, que tenía en Versalles el cuartel general de operaciones, planeaba el golpe final que debía asestarse en el corazón mismo de Alemania.

En vísperas de Navidad, pocos días antes de que los alemanes desencadenaran la contraofensiva del Saliente de las Ardenas, Eisenhower hizo una visita al puesto de mando de Reims, con el propósito de mantener en alto el espíritu de las tropas. Aquel día se reunieron allí representantes de todas las fuerzas aliadas, y todos aparecieron con Eisenhower en un breve noticiario cinematográfico para desear a sus respectivos pueblos una feliz Navidad. Al atardecer volvimos a Versalles. Eisenhower y su chofer iban en un Cadillac verde oliva. Les seguíamos tres de nosotros: Al, operador cinematográfico; Junior, fotógrafo de Prensa, y yo, en un pequeño automóvil oficial, que guiaba un soldado apodado “el Testarudo”.

Comenzó a nevar. El aguanieve se convertía en hielo y el camino se puso muy peligroso. El chofer que guiaba el Cadillac del general maniobraba con gran pericia siguiendo las curvas del camino. El nuestro era menos experto, y en una vuelta fuimos a dar en una cuneta llena de hielo. Se nos reventó una llanta. Mientras la cambiamos anocheció.

Proseguimos la marcha, y ya Junior y yo íbamos medio dormidos en el asiento de atrás, cuando Al, que iba delante, exclamó de pronto: “¿Qué es aquello?”

Nos acercábamos al cruce de dos carreteras, la que lleva directamente a París y la que va por los alrededores de París a Versalles, que queda un poco al Sudoeste. Había un numeroso piquete de policía militar. Entre la confusión de las sombras pudimos distinguir un automóvil sedán verde oliva volcado, con toda la parte delantera volada. Junior exclamó:

—¡Dios mío, es el automóvil de Eisenhower!

Nos abrimos paso entre la gente. El automóvil bombardeado no era un Cadillac, pero en medio de la oscuridad bien podía confundirse con el del general. Tirados en el suelo yacían dos cadáveres: el uno era de un coronel y el otro de un cabo, ambos estadounidenses. Pregunté al sargento de la policía militar:

—¿Qué ha ocurrido?

—Un par de soldados americanos que iban en un jeep lo alcanzaron y le tiraron tres granadas.

—¿Soldados americanos? —exclamé incrédulo.

—Pues yo no sé más —dijo el sargento—. Retírense ustedes de aquí. Volvimos a nuestro automóvil y continuamos el viaje. No avanzamos mucho. Un camión militar nos cortó el paso, y dos jeep se colocaron detrás de nuestro coche. Paramos. Un puñado de policías militares, con cascos blancos, nos rodeó. Uno de ellos le metió una automática de 45 en las narices al “Testarudo”. Otro me bañó el rostro con la luz de una linterna, y dijo con un vozarrón tremendo:

—¿Quiénes son ustedes?

—Pertenecemos al estado mayor del general Eisenhower –respondí yo.

—¿Con que ésas tenemos? ¡Qué linda historia! ¡Afuera! ¡Afuera todos!

Nos registraron, nos echaron al camión y nos condujeron al puesto de la policía militar. Los soldados exaltados hablaban en voz alta. Después de que dos tenientes nos interrogaron, se nos condujo ante un comandante, a quien el teniente que nos llevaba le dijo:

—Parece que sus documentos están en orden.

Pero el mayor replicó bruscamente: “¡Eso no quiere decir nada!”

Y volviéndose a mí me dirigió unas palabras en alemán. Yo me quedé mirándolo, pero Al, que era capitán y el oficial de más alta graduación entre nosotros, le dijo:

—Mi comandante: si usted llama al oficial de servicio de la policía militar de Versalles, todo esto puede despejarse en un minuto. Como respuesta, el comandante le gritó algo en alemán. Al le dijo:

—¡Vamos, déjese de eso!

—¡Ustedes son alemanes! ¡Todos ustedes! —rugió el comandante—. ¡Lléveselos, teniente!

Nos llevaron a los calabozos, donde metían a empellones docenas de soldados que protestaban a voces. Pude observar que en el calabozo vecino se encontraban dos hombretones que llevaban el uniforme de capitanes estadounidenses. Uno tenía en la cara una cicatriz, y sacudiendo los barrotes de la reja gritaba a todo pulmón:

—¡Sáquenme de aquí! ¡Alguien ha de pagar por este desafuero!

Poco después nos condujeron de nuevo al despacho del comandante, que todavía parecía muy nervioso. Nos dijo:

—Ustedes pueden seguir. He llamado a Versalles y les han dado el pase. Siento que les hayan detenido.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté.

—El diablo anda suelto —me respondió—. Hay un centenar de alemanes metidos en París con uniformes americanos. Hay unos que andan en un automóvil como ése en que ustedes venían. Por esto los hemos detenido.

Miré a Al. Los dos pensábamos lo mismo. Pregunté:

—¿El general Eisenhower está ya en Versalles?

—No, y esto es lo que nos preocupa. Hasta el momento no se ha registrado su entrada.

—Hace una hora que debería haber llegado.

—Lo sé. Sospechamos que los alemanes andan a caza suya, y no hemos podido dar con él.

—Atrás vimos un automóvil que acababan de volar. ¿Fueron los alemanes?

—Sí. Seguramente lo tomaron por el de Eisenhower. Parecen estar muy bien informados de sus planes de hoy.

—¿Y quién es ése de la cicatriz en la cara que está en el calabozo? ¿Está en el complot?

—No sabemos. Pero hemos descubierto que un hombre de cicatriz en la cara es el que probablemente encabeza el complot. Por eso estamos deteniendo a cuantos aparecen con uniforme americano y que muestren el menor indicio de ser sospechosos.

(Más tarde supe que realmente se trató entonces de un plan cuidadosamente urdido para secuestrar o asesinar al general Eisenhower. El hombre de la cicatriz, el coronel Atto Skorzeny, jefe de los comandos alemanes, que en forma tan espectacular escamoteó a Mussolini de manos de los aliados, encabezó, según se dijo, un grupo de hombres escogidos para llevar a cabo el fantástico complot que en vísperas de la batalla del Saliente de las Ardenas estaba destinado a producir confusión en el alto mando aliado.)

Reanudando nuestro viaje hacia Versalles fuimos detenidos cinco veces. Por suerte, el comandante nos había provisto de salvoconductos especiales. Cuando llegamos al cuartel general de Eisenhower, el vasto espacio en torno estaba protegido por cordones de policía militar y tropas.

Aún nada se sabía del general. Los oficiales de la seguridad, aterrados, nos interrogaron sobre el último momento en que lo habíamos visto y luego nos permitieron ir a las oficinas principales. Allí se encontraba reunida la mayor parte del personal, y se podía advertir la tensión general. Una muchacha perteneciente al cuerpo femenino del ejército sollozaba y repetía desconsoladamente: “¡Lo mataron! ¡Lo mataron!”

En medio de semejante confusión... ¿quién se presenta? Nada menos que el general Eisenhower, acompañado de su chofer y rodeado de una docena de miembros de la policía militar. Todos saltamos, gritamos, reímos de alivio al verlo de nuevo con nosotros. Nunca podré olvidar la expresión de asombro que puso él, sin saber de qué se trataba.

Por último, los de la policía militar nos hicieron a un lado y se retiraron con el general. Busqué al chofer y lo encontré en la cocina engullendo la comida. Le pregunté:

—¿Qué les pasó? ¿Por qué tardaron tanto?

Respondió, atendiendo a su comida y a la conversación al mismo tiempo:

—A unos 25 kilómetros de París vimos un par de viejos que estaban sentados al borde de la carretera. La mujer lloraba. El general me hizo parar para ver de qué se trataba. Iban a casa de su hija, en París. Habían caminado el día entero, bajo el frío y la nieve, desde un lugar distante del Norte, y ya la vieja no era capaz de dar un paso adelante.

“Bueno. Usted sabe cómo es el general. Insistió en que teníamos que llevarlos. Lo malo estuvo en que la hija vivía en la otra punta de París, y me vi negro para dar con el sitio...”

Comprendí de repente que aquello debió ser como un acto extraño y maravilloso de la Providencia.

—¿Vinieron por el cruce de las dos carreteras donde el camino dobla hacia Versalles? —le pregunté.

—No —contestó el chofer—. Tuvimos que desviar mucho antes para poder llevar los viejos a París.

Y poniéndose en pie se encasquetó la gorra y murmuró:

—¡Siempre ha de estar haciendo buenas obras el general!




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