Historias secretas de la última guerra



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40.Yo fui espía en Manila


Por Claire Phillips

CUANDO LAS TROPAS norteamericanas se retiraron a Batán, en febrero de 1942, mi hija Diana y yo las seguimos. Queríamos estar junto a mi marido, John Phillips, de la compañía del 31º de infantería adscrita al cuartel general. Batidas, dispersas y perseguidas por los japoneses, esas fuerzas tuvieron que huir hacia los montes. Allí vivimos como bestias feroces acosadas. Diana tuvo unos cuantos accesos graves de paludismo y no podía pasarse sin asistencia médica. Reducida al último extremo de la desesperación, conseguí entrar clandestinamente en Manila con mi hija. El juez Mamerto Roxas, pariente de mi primer marido, el padre de Diana, nos ocultó en su casa.

En los meses terribles que pasé en los montes les había cobrado un odio rabioso a los japoneses. Le comuniqué al juez Roxas mi propósito de dedicarme al espionaje. Consistía mi plan en abrir un café cantante a orillas del mar, desde donde poder vigilar los movimientos de barcos y tropas, y adquirir de los clientes japoneses informes aprovechables. El juez trató de disuadirme.. Me dijo que podía dar por seguro que me habrían de sorprender y condenar a muerte.

Pero yo conocía demasiado a los japoneses para que ni su organización ni sus archivos me causaran temor. Dos meses enteros había yo trabajado, con el nombre supuesto de madame Dot, en el café de Ana Fey, sin que ellos tuvieran la menor sospecha. Como soy de cutis aceitunado y tengo el pelo muy negro, me hacía pasar por italiana casada con un filipino. Desde que abandoné las aulas del instituto para unir mi suerte a la de un circo ambulante, andaba yo en la farándula. Mi voz grave, velada y un tanto bronca, me capacitaba naturalmente para la clase de canciones que prefieren los parroquianos de estos cafés. Mientras trabajé en el de Ana Fey estudié la vida de los cafés de Manila y el carácter japonés. Llegué a la conclusión de que, cobrando muy caro y haciéndome de una clientela formada exclusivamente por oficiales japoneses de alta graduación, le sacaría plata al negocio.

Empeñé una sortija de brillantes y un reloj de pulsera para allegar los pesos necesarios. Escogí, en el barrio de Ermita, una casa desde donde podía observar las entradas y salidas de los barcos en el puerto. Le puse al café el nombre de Club Tsubaki. Club en japonés quiere decir “exclusivo”. Tsubaki significa camelia, que entre los nipones equivale a delicado, difícil de adquirir. Una muchacha filipina, Fely Cucuarra, era la principal artista. Conocía ella muy bien mis verdaderos designios. Me salvó la vida en más de una ocasión.

La noche de la inauguración, el 15 de octubre de 1942, me coloqué a la puerta. Cada vez que entraba un oficial japonés le hacía una profunda reverencia y le decía “kombara”, expresión de máxima y untuosa cortesía para desear las buenas noches. Lo acompañaba hasta una mesa. Escogía él una de las muchachas. Esta le servía la cerveza, le encendía el cigarrillo, le prodigaba sus sonrisas más amables.

En la mayor parte de los cafés de Manila había revista sólo una vez por semana. En el mío las teníamos todas las noches. Fely entonaba canciones japonesas, yo hacía mi número, unos cuantos muchachos y muchachas filipinas ejecutaban bailes del país, que a los japoneses les gustan mucho.

No dejé de tener mis tropiezos. Al principio, los japoneses se permitieron ciertas desvergonzadas libertades conmigo y con mis camareras. Cuando rechazábamos sus atrevidas insinuaciones, no era raro que nos diesen una bofetada. Poco a poco, según iba yo consiguiendo formar una clientela selecta, cesaron aquellas insolencias y abusos.

Todos los parroquianos se quejaron al principio de lo subido de los precios. Yo les argüía que tenía que cargar al precio de las bebidas el costo de la revista y que, además, “había que pagar la distinción del lugar”, y era de ver cómo se esponjaban de vanidad.

A menudo los oficiales jóvenes, después de beber cerveza, estrellaban la botella contra el suelo y se marchaban sin pagar. Uno le rompió brutalmente un día la botella en la cabeza a una camarera. Los japoneses habían dado orden estricta de que se les denunciase todo atentado a la propiedad o todo acto impropio cometido por sus oficiales. Yo me cuidé muy bien de elevar ninguna queja. Lo que quería, ante todo, era granjearme la benevolencia y la simpatía de la oficialidad.

Los japoneses prohíben rigurosamente a sus militares el baile, por considerarlo incongruente con las exigencias y los sacrificios de la guerra. No obstante, había oficiales que obligaban a las muchachas del café a bailar. Cierta noche entró un número de la policía militar —un soldado raso—, cruzó el salón, se acercó a un capitán que estaba bailando y le dio una bofetada. El capitán se puso rojo de vergüenza, pero se limitó a salir del salón. Me asusté mucho, porque pensé que los japoneses me cerrarían el café, con lo cual se frustraría mi plan de espionaje. Fely me dijo al oído:

—No te preocupes. Yo lo arreglaré.

Ella y un mayor japonés le dijeron a la policía militar que nosotras nos habíamos negado a lo del baile, pero que ante las amenazas habíamos tenido que ceder. El mayor repartió discretamente unos cuantos pesos. Los agentes de la policía militar rasgaron el atestado que estaban redactando. Desde aquel momento gocé de la confianza absoluta de mis clientes japoneses. Acudían noche tras noche y yo ganaba bastante. Había llegado la hora de realizar mi proyecto; todo estaba a punto.

Conseguí ponerme en comunicación con el capitán John B. Boone, jefe de las guerrillas de Batán. Mi nombre en clave era “Bolsillos”. Transmitía mis informes en cifra, valiéndome de palabras que sirven para designar comestibles. Si se trataba de algo importante, Boone me escribía: “Los fríjoles, deliciosos”. Si la noticia era atrasada: “La col se echó a perder al llegar”.

El primer intermediario que utilizamos cayó en poder de los japoneses y murió fusilado. El segundo escapó con vida. Se ponía unos zapatos con doble suela, entre la cual llevaba el papelito. Y otras veces abríamos en dos el plátano del centro de un racimo, ocultábamos allí el mensaje y volvíamos a cerrar y asegurar bien la cáscara.

Todos los meses le mandaba yo a Boone paquetes de comestibles y medicinas, y los informes de rigor. Cuando tenía algo urgente que comunicarle, me valía de la camarera filipina, que se ponía inmediatamente en camino para el monte. Mi misión principal era la de dar cuenta de los movimientos de todos los barcos japoneses y del destino de las tropas que pasaran por Manila.

Una noche entró en el café un capitán de Marina. Mandaba un buque de la Cruz Roja. Se puso hecho una uva. En medio de su borrachera me dijo que acababa de llegar de Bougainville con muchos soldados a bordo.

—¿Heridos? —le pregunté yo.

Soltó una ruidosa carcajada y me respondió:

—¡Pst! Unos cuantos heridos leves. Todos los demás, hombres muy aguerridos. Teníamos la seguridad de que los imbéciles norteamericanos dejarían pasar un buque de la Cruz Roja sin molestarlo.

Aquella misma noche mandé a los nuestros aviso de que los japoneses estaban utilizando los barcos hospitales como transportes militares. El propio capitán me contó que a todos los japoneses heridos muy gravemente los remataban y los sepultaban. Lo mismo oí de labios de muchos otros japoneses, según los cuales esos heridos estaban ya poco menos que muertos, y rematándolos se les libraba de ser torturados por los norteamericanos.

Obtener informes nos costaba a veces una buena dosis de bofetadas, puntapiés e insultos. Una noche estaba yo sentada con un oficial japonés.

—Me parece que la he visto a usted antes —me dijo.

—¡Ah!, sí. ¿Quiere usted decir antes de...? —respondí creyendo que se refería a la época en que yo trabajaba con Ana Fey. De un brutal puñetazo me hizo rodar por el suelo.

—Siempre están ustedes con el mismo estribillo: “Antes de la llegada de los japoneses” —bufó encolerizado—. Norteamericanos degenerados irse para siempre. Ahora sólo nuevo orden japonés. Acuérdese bien.

Algunas veces, pocas, tenía yo noticia del resultado de nuestro trabajo. Al capitán de un portaaviones le gustaba mucho cómo cantaba Fely. El día que vino a despedirse, Fely le preguntó, con el aire más indiferente del mundo, a qué dirección podía escribirle. El capitán le contestó que primero a Singapur y después a Rabaul. Sin pérdida de minuto lo puse en conocimiento de los míos. Al cabo de varios meses volvió al café uno de los oficiales de aquel portaaviones. Con tono triste le dijo a Fely: “Tu novio no vivir más. Casi ninguno de aquel barco vivir más”. Y derramamos unas cuantas lágrimas de cocodrilo.

Otra noche fue el jefe de una flotilla de submarinos japoneses, el cual se enamoriscó de mí. Había visto a Salir Rand en San Francisco en su famosa danza del abanico, y manifestó deseos de que yo la bailara.

—Vuelva mañana por la noche —le dije.

Hicimos dos abanicos de varillas de bambú y papel rizado. Fely me improvisó unas mallas de color de carne muy ceñidas al cuerpo. Le puse pantalla roja a un proyector.

El comandante llegó acompañado de cuarenta de sus oficiales. Se volvieron todo ojos tratando de ver si, en realidad, yo estaba desnuda.

A la noche siguiente se presentaron de nuevo.

—Tú hacer otra vez danza de Salir Rand —me dijo el comandante—. Mañana salir nosotros para islas Salomón.

Repetí el baile, con gran satisfacción de los japoneses. Enseguida mandé un recadito a los nuestros. A los pocos meses uno de los oficiales volvió por el café y me dijo que era uno de los contados supervivientes de la flotilla. Empinó el codo de lo lindo. Se emborrachó haciendo libaciones en memoria de sus compañeros desaparecidos.

No dejaba yo, entretanto, de hacer gestiones para ponerme en comunicación con mi marido, que estaba en el campamento de prisioneros de Cabanatuán. Teníamos pruebas de que los paquetes que se mandaban allí por conducto de la Cruz Roja eran objeto de una venta descarada a los mismos a quienes iban dirigidos. Estaba yo ganando el dinero a espuertas y quería de todos modos aliviar la situación de mi marido. Cuando al cabo pude ponerme al habla con alguien del campamento, quedé petrificada por la noticia: “Su marido falleció hace dos semanas. Dicen los japoneses que de paludismo. La verdad es que murió de inanición”.

Dos capellanes militares, Robert Taylor y Frank Tiffany (ambos perecieron en unión de 1.600 prisioneros norteamericanos más a quienes se conducía al Japón a bordo de un barco que fue torpedeado) me escribieron acerca de las apremiantes necesidades de los prisioneros. Me afilié al llamado Grupo U, formado para mandar cartas, víveres, medicinas y dinero al campamento. Deshacíamos cubrecamas, y con los hilos tejíamos calcetines. Hicimos hasta medicinas. El beriberi y el escorbuto estaban a la orden del día por falta de las vitaminas que contienen los frutos cítricos. Compramos calamansis, unas naranjas del país, y las hervíamos con azúcar. Mandábamos el zumo concentrado al campamento en damajuanas. Teníamos que sobornar a los guardas regalándoles relojes, estilográficas y cámaras fotográficas.

El envío de paquetes y de dinero a Cabanatuán adquirió pronto el volumen de un tráfico importante. Hubo vez en que se mandaron hasta cien partidas, con un valor total de 20.000 pesos. Ahí tengo todavía un tarro de vidrio lleno de pedacitos de papel ya amarillentos. Son recibos de dinero. Algunos están escritos en cajetillas vacías. No tenían los prisioneros por qué mandarme esos recibos. Los que viven todavía, sepan para su tranquilidad que no me deben nada. ¡Borrón y cuenta nueva, amigos míos!

Esa manera de socorrer a los prisioneros de Cabanatuán ocasionó mi desgracia. Era la mañana del 23 de mayo de 1944. Estaba yo tomando el desayuno. Me sentía abatida e inquieta. Acababa de saber que Ramón, uno de los recadistas que iban a Cabanatuán, había caído en poder de los japoneses. De improviso hicieron irrupción en el local cuatro números de la policía militar. Me puse en pie de un salto. Dos de ellos me amenazaron con sus revólveres.

—¿Dónde estar papeles tuyos? —vociferó uno—. ¡Tú espía!

Se me enfrió el corazón. Se me hizo un nudo en la garganta.

Sabía demasiado bien la suerte que aguardaba a un espía: el fusilamiento o la decapitación. Me pusieron una venda en los ojos y me llevaron a una sala de detención, no sé dónde. Ya muy avanzada la tarde dio principio el interrogatorio. Yo seguía con los ojos tapados.

—No perder tiempo, “Bolsillos”; decir toda verdad pronto –me dijo una voz—. Nosotros saber todo.

Al oírme llamar “Bolsillos” quedé estupefacta, paralizada por el terror. Por lo visto, habían interceptado una carta. ¿A quién? ¿A Boone? En ese caso ya podía darme por muerta.

La voz aquella empezó entonces a leer una carta mía al capellán Tiffany. Caí en la cuenta de que habían capturado a la muchacha filipina que llevaba las cartas.

—¿Quién es Cal? —me preguntó de pronto.

Contesté que era una abreviatura de calamansis. En la carta decía yo que se nos estaban acabando las damajuanas, y le rogaba al capellán que me devolviera todas las que tuviera en su poder.

Con gran asombro mío, advertí que no creían lo que estaba diciendo. Me dieron golpes y puntapiés.

—¡Di pronto quién es ese Cal y quién es esa dama Juana!

Me cansé de repetir, en el colmo de la desesperación, que “damajuana” significaba una vasija y “calamansis” una variedad de naranjas.

—¡Nosotros no ser bobos! —gritaba el inquisidor—. ¡Cal ser cifra. Juana ser nombre de mujer. Confesarme tú lo que tú decir a esa dama Juana!

Repetí en tono más alto lo que había dicho antes. Sentí unas manos que me sujetaban. Me tendieron en una mesa. Me ataron los pies, las manos y la cabeza. Me aplicaron una manga de riego a la boca y a la nariz. Era el tristemente célebre tormento del agua. Es como si se ahogase uno. Más espantoso todavía. Perdí el conocimiento. Cuando volví en mí estaba dando alaridos de dolor. Me estaban aplicando a las piernas cigarrillos encendidos.

—¿Quién es Cal? ¿Quién es dama Juana?

Repetí a gritos lo que había declarado.

—¡Ah! ¿Tú querer más agua?

Antes de que me metiesen otra vez la manguera en la boca pude gritarles:

—¡Busquen la palabra damajuana en un diccionario!

Volví a sentir el chorro de agua corriéndome por boca y nariz, y volví a desmayarme.

Cuando recobré el conocimiento había cesado el interrogatorio. Todo oficial nipón lleva consigo un diccionario inglés-japonés de bolsillo. Estaban convencidos de que yo decía la verdad. Se marcharon los oficiales. El guarda me quitó la venda de los ojos.

Pasé tres semanas sola en aquella estancia. Me daban tres vasos de agua al día y una taza de arroz. Una mañana le hice señas al japonés que baldeaba el pasillo de que necesitaba agua para lavar mi ropa, que estaba sucísima. Por toda respuesta alzó el balde, lleno de agua turbia y jabonosa, y me lo arrojó a la cara. Con el pelo costroso pegado a la cabeza, cubierto de mugre el cuerpo, comida de pulgas y piojos, me pasaba las horas sentada en el duro suelo. Empecé a debilitarme por falta de comida. Parecía que la carne se me evaporara. Las quemaduras de los cigarrillos se me infestaron y me han dejado unas cicatrices que me acompañarán mientras viva. A cada rato me decía algo a mí misma para cerciorarme de que estaba viva todavía.

Al cabo de tres semanas me trasladaron a la cárcel de Santiago. Me encerraron con once mujeres más en una celda de dos metros y medio de ancho por tres y medio de largo. Allí pasé tres meses. Cada hora me parecía un siglo. Por fin, un día cruzó frente a la reja un oficial a quien yo conocía del café. Lo llamé. Le dije que no podía resistir más aquello, que estaba a punto de volverme loca. Le supliqué que acelerasen la vista de mi caso. Todo era preferible a aquel purgatorio.

A las dos de la madrugada me vendaron los ojos y me condujeron a presencia de mis inquisidores. Los japoneses piensan que sacando a un acusado bruscamente de un sueño profundo, es más fácil arrancarle la confesión de sus culpas. Esta vez me dijeron que se habían perdido las cartas que habían dado motivo a mi encarcelamiento, pero que tenían otras en su poder. En una de ellas había cometido yo la incalificable torpeza de escribir: “Aquí me tiene usted: toda una norteamericana dirigiendo un café cantante japonés”.

El inquisidor bufaba de cólera.

—Tú, ladrona —me apostrofaba rechinando los dientes—. Tú sacar dinero a los japoneses para comprar cosas para degenerados norteamericanos.

Me torturaron introduciéndome un clavo por debajo de la uña y martillándolo. El dolor es inenarrable. Lo siente uno como un escalofrío punzante, mortal, que le taladrase todo el cuerpo. Aún cuando yo hubiera querido responder, no habría podido. El dolor me dejó sin conocimiento.

Al cabo de una semana me llevaron, también vendados los ojos, a la vetusta cámara de los tormentos, construída por los españoles en los sótanos de Santiago. Al quitarme la venda vi a un oficial japonés con un sable desenvainado que relampagueaba ante mis ojos. Me dio orden de arrodillarme. Sentí el filo de la espada en la nuca.

—Reza —me dijo—; vas a morir.

Quizá hubiese yo cedido en aquel trance supremo, pero no pude ni hacer un movimiento. En torno mío un denso silencio, el sordo rumor del tiempo que corría, corría como un torrente hervoroso mi oración muda, íntima, ferviente. La voz del oficial rompió el silencio angustioso:

—Tú mujer valiente. Nosotros esperar tú decir nombre. Tú no decir, nosotros creer a ti...

No llegué a oír el final de sus palabras. Caí de bruces, desvanecida.

Pasaron tres días. Me llevaron al fuerte de McKinley, donde había de comparecer ante un consejo de guerra. Cuando empecé a hablar para defenderme, sentí un bárbaro golpe en la cara que me rompió un diente.

—Todo lo que tú decir, si culpable o no culpable —rugió alguien a mi lado.

Para acabar con aquel suplicio dije “culpable”. Me condenaron a ser pasada por las armas como espía.

Todas las noches, acostada en el suelo del presidio de Bilibid, pensaba yo lo mismo: “Esta noche vendrán por mí para fusilarme”.

Pasaba un rato y me sentía serena. Este martirio duró hasta el 22 de noviembre de 1944.

Ese día, con gran asombro mío, me sacaron para un nuevo juicio.

Ahora no me acusaban de espionaje, sino de “actos hostiles al gobierno imperial japonés”. Cuando me preguntaron si me declaraba culpable o no, me faltó tiempo para decir que sí. Me consumía el ansia de acabar de una vez. Me condenaron a veinte años de trabajos forzados.

Al día siguiente me trasladaron a un penal de mujeres. Aquello me pareció el mismo cielo en comparación con los encierros en que había estado antes. Pasábamos un hambre atroz. Comíamos hojas de plátano cocidas y casabe. Nos hacían trabajar en el jardín. Teníamos por cabo de vara a un bondadoso filipino que todo lo que exigía de nosotras era que hiciésemos algo para poder mostrárselo al oficial japonés en la visita semanal de inspección. Iba yo reponiéndome poco a poco.

Por último, brilló el sol de aquel día bendito e inolvidable, el 10 de febrero de 1945. Los soldados norteamericanos hicieron su entrada triunfal. Descalza y cubierta de andrajos salí a su encuentro. Bajo mis harapos me estallaba en el pecho el corazón, rebosante de alegría, de felicidad y de la esperanza de volver a ver a mi hija y a mi patria.

De “The American Mercury”




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