Lo imposible



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Fin del trayecto
 

UNA MESA ESPARTANA de madera, un vaso de agua con gas y la penumbra en la habitación. En la ventana, una reja medieval deja ver el alcázar árabe reconquistado en 1124 recortándose en la noche. Abajo, en un noble salón custodiado por enhiesta armadura, el viajero ha leído un añejo escrito prendado en uno de los muros:

Y muchos creen haber visto aquí, algunas noches de invierno, el vagar fantasma del Arzobispo de Toledo, Don Bernardo de Agen.

 

El viento y la lluvia llaman a los cristales.



El viajero ha elegido este lugar por algo. Quizá para escapar del agobio de la gran ciudad y sus marañas. Quizá para sentirse solo con su recuerdo.

Muy de mañana ha desayunado recio y luego se ha echado a andar para redescubrir la vieja ciudad. Y al bajar de Castillo de los Obispos le ha sorprendido un viento ralo y helado que abre los pulmones y oxigena el alma.

A un lado, en las alturas de almena, aparece el campo sin un árbol, en un oleaje de lomas que se pierden hacia el infinito y que nacen junto al casco medieval y apiñado.

Bajando la cuesta de piedra con las manos en los bolsillos, sin evitar los charcos limpios y claros, el viajero ha recordado al gran Pío Baroja, que también se estremecía en este mismo punto y clamaba:

 

El pueblo apareció a lo lejos con su caserío agrupado en la falda de una colina, con las cuadradas y negruzcas torres de su rectoral, y sus tejados roñosos, del color de la sangre coagulada. Aquí se nubla; sale después el sol y se iluminan las torres de la Catedral con una luz oro pálido, una luz de sueño.

 

Los pasos retumban por la calle estrecha. No hay un alma. Ni aún deteniéndose, mirando arriba y abajo por el camino empinado, acierta a ver a nadie. Tan solo la cabeza de una vieja gárgola, de cuya boca convertida en caño fluye un chorro helado hacia la pila. Es tan pronto que el pueblo entero duerme. A la derecha aparece una iglesia abandonada, la de Santiago, con su pantocrátor desfigurado de expresión fiera que parece gritar su olvido. La puerta atrancada, dicen, guarda un altar misterioso y derruido años ha.



Es aquí mismo donde el inmortal Alonso Quijano, aprovechando la impunidad de la noche, le ordenó a su fiel escudero poner papeles con un poco de engrudo en las esquinas para que pudieran ser leídos por todos, desafiando a cualquier caballero que osase decir improperios a alguna dama.

 



Ve volando Sancho Mío —decía el de la Triste Figura—, que luego iré yo a castigar su sandez y atrevimiento, para que de aquí en adelante no tengan otros tales para decir semejantes desvaríos contra quien tan bien sabe castigarlos.

 

El viajero ha tenido la feliz idea de portar unos pequeños cascos que le permiten escuchar canto gregoriano. Y la percepción se amplía a flor de piel, como si se hubiese ingerido una sustancia mágica digna de brujos condenados a la hoguera. Esas voces, en contraste con los soportales vacíos y el azul claro del cielo que se abre luchando contra la grisura, hacen que le invada una extraña sensación de congoja, como de escalofrío de sensaciones que luego, piensa, es tan difícil plasmar con exactitud.



Entre algunas manzanas de casas señoriales con el color terroso de la roca histórica, hay unos arcos por los que se ve el campo, y zarzas que se doblan para acompasar al viento. La calle Maior se abre en perspectiva hasta el final, sin sombra del vecindario. El viajero respira profundo, como si hubiese realizado feliz viaje a otro tiempo y se imagina que, de cualquiera de los esquinazos, puede aparecer repentinamente el mismísimo Martín Vázquez de Arce, el mítico Doncel que ve transcurrir los siglos mientras lee plácidamente sobre su sepulcro. Cierra los ojos y casi escucha el sonar de la malla metálica de sus calzas, revoloteando bajo la capa de la Orden de Santiago.

Los caminos, como en una encrucijada, se bifurcan junto a la Catedral. El viajero toma uno de ellos, refugiado en la música y la contemplación, y observa cómo los pequeños comercios van levantando sus cancelas. En el escaparate de la mercería hay un gato blanco que mira fijamente a la acera de enfrente, allí donde las tiendas se mantienen firmes en un tiempo lejos de la modernidad, como si se hubiese detenido el reloj oxidado del ayuntamiento renacentista. Ultramarinos y encurtidos, confitería, carnezería y un salón de peluquería ya abandonado para siempre. Sus nombres llevan a la memoria del viajero esa Castilla eterna en la que tan a gusto se siente, Garcinuño, Vivar, Alvar Fáñez, El Doncel...

Subiendo por una travesía se topa con dos decenas de hombres uniformados de caqui. Acelera el paso y, al acercarse, comprueba que son cazadores preparados para la batida en el monte. El chispazo de anís o de orujo, para templar el ánimo y la puntería, impregna el mesón y sector del parque donde el viajero se ha sentado a observarlos. En varios carromatos, enrejados, aúllan perros que, a primera vista, recuerdan a galgos lastimeros. Junto a ellos, en un poste, se anuncia la séptima degustación de la matanza, con una ilustración gótica de un cerdo abierto en canal, con sus chacinas a la intemperie.

Una grata sorpresa sorprende al viajero cuando, fatigoso, sube la cuesta de la calle de la Medina. Una puerta pequeña y de vieja madera, como son todas aquí, da el paso a una librería bien surtida, tranquila, silenciosa. Imposible resistirse. Penetra en ella y se oculta entre los estantes escuchando al encargado y a una visita que, por sus confianzas, parece habitual. Hablan de la reunión micológica de pasado mañana y de la tranquila comida entre viejos colegas escritores.

El viajero siente sana envidia ante esa parsimonia de tertulia y, como en un fogonazo, recuerda a los Pérez Mateos, Antonio Ferres, Víctor Chamorro, Camilo José Cela..., caminantes que pasaron por aquí y desgajaron sus sentimientos escribiéndolos sobre la cuartilla de manera magistral.

Tras un paseo por los ordenados estantes, donde tiene la grata sorpresa de encontrar alguna de sus obras, van cayendo al saco varios ejemplares de Julio Caro Baroja, García Márquez, Antonio Herrera Casado —el cronista oficial de la provincia— e incluso algún tratado de la antigua prensa de esta región secularmente olvidada.

Después, en un taller pequeño de loza y barro al que hay que arribar bajando por unos peldaños, compra a una amable señora de cabellos grises dos azulejos grandes con motivo medieval, donde aparece un mozalbete cortando las espigas con su hoz, y un hombre enigmático con dos rostros.

Tras echar un trago rápido en El Atrio, el viajero pasea por la Catedral recién abierta y en absoluta calma oscura. Camina entre las siluetas de las tallas de santos y guerreros que se perfilan aún más negras que el entorno brumoso. Y vuelve a sobrecogerse, sin saber muy bien por qué.

Al regresar a su habitáculo se siente purificado, limpio por el aire fresco de después de la tormenta. Y se sienta a escribir hasta bien entrada la noche, observando el patio donde un pozo árabe de más de mil años, horadado en la roca viva, mana agua y pone sintonía al silencio.

Frente a la mesa el viajero intenta rematar la obra, rebuscando entre los últimos apuntes perdidos en la memoria, intentando convencerse de que el trabajo ha merecido la pena. Cronista de los enigmas, cronista de la vida a fin de cuentas, piensa que lo insólito, como un caballero que deambula vigilante por todos los rincones y lugares, no es propio solo de lejanos reinos exóticos, sino de todos aquellos enclaves en los que el observador esté dispuesto a sentir de veras la congoja singular del misterio. Porque intuye que está en todo, en la raíz propia de la vida, y a la vez es de todos aquellos que estén dispuestos a invocarlo dejándose llevar por una sensación que invade a quien simplemente observa y se atreve a abrir el alma, el espíritu y la memoria, en cualquier rincón de la Tierra.

Está convencido de que mirando las pequeñas cosas, los detalles para otros insignificantes, también se descubre la grandeza del misterio.

En cada piedra y en cada hierro, duende eternamente presente, es compañero invisible de las fatigas del hombre.

El viajero, escribiendo frente al ventanal, siente vértigo al recordar tantas vivencias y tantos países distintos. Y da gracias a la vida por haberle permitido disfrutar de momentos dignos de ser recordados; por haberle permitido escribirlos para que desafíen al tiempo y queden fuera de los vértigos modernos, al alcance de todos los que quieran rescatarlos, revivirlos y reinterpretarlos a su manera, con la libertad de imaginar y de sentir de cada individuo.

Y así, Fronteras de lo imposible, imagina, se convertirá en miles de viajes. En tantos como personas estén dispuestas a iniciarlos.

El viajero ve amanecer y pone punto final a este largo peregrinar en la entraña de la legendaria tierra castellana, que es como su casa, sintiendo muy adentro que es bonita la misión que se ha propuesto.

La más bella que él ha podido imaginar.

 

En el Castillo de los Obispos de la muy leal ciudad de Sigüenza, Guadalajara, siendo un 27 de enero del año 2001.

Portadilla


Créditos


Citas

Agradecimientos

0. Cuaderno abierto


1. Nazca: El lugar más misterioso del mundo


2. Chauchilla: En el desierto del miedo


3. Ica: El gran secreto del doctor Cabrera


4. Bolivia: Fuera del tiempo


5. Lima: Ovnis entre la garúa

6. El Egipto imposible (I): La ruta hacia Sudán

7. El Egipto imposible (II): Rumbo al Mar Rojo


8. Argelia-París: El mensaje de los hombres sin cara


9. Turquía: En la barriada de los muertos vivos


10. Portugal: La criatura que cayó del cielo


11. Cartagineses: Antes que Colón


12. Argentina: El cerro de Las Luminarias


13. Jordania: Sorpresa en Petra


14. Israel: Expediente Jesucristo



15. Cuatro días junto a la Sábana Santa


16. Fin de trayecto

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