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Sobre las víctimas

CALLEJA, JOSÉ MARÍA, ¡Arriba Euskadi! La vida diaria en el País Vasco, Madrid, Espasa, 2001, 410 págs. ISBN: 84-239-5694-6.


No es el primer libro que el periodista José María Calleja dedica a este tema: el de la cotidianeidad de las personas que viven en Euskadi amenazadas por ETA o por sus organismos de coacción. Al igual que los otros anteriores, no constituye una simple crónica personal; es también un alegato político en contra del nacionalismo que incluye a múltiples estamentos de la sociedad vasca dentro del ámbito de la connivencia o, al menos, de la inactividad frente a lo que es la violencia política de la organización armada. Refiriéndose a la Universidad, habla de “los estudiantes que votan al PP y al PSOE pero que, salvo excepciones, apenas se mueven, apenas hacen cosas que tiren de los demás, apenas defienden públicamente, de forma activa, las ideas en que creen” (p. 72). Refiriéndose a la burguesía de Neguri, votante del PP, habla de que “esa porción del poder económico vasco ha sido esencialmente cobarde, muy cobarde” (p. 150). Y sobre la juventud vasca, cita a Edurne Uriarte: “Esta es una generación muerta para la libertad. Los jóvenes vascos están perdidos para la lucha por la libertad en el País Vasco porque están muy confusos y porque están muertos de miedo” (p. 72). Y es que Calleja es de los que no dudan en calificar a la sociedad vasca como “enferma”.
Este libro, que está escrito tras las elecciones del 13 de mayo del 2001, refleja, en parte, la amargura de la permanencia en el poder de los nacionalistas. Lo que pasa es que, tras las descalificaciones de amplios sectores sociales reseñadas más arriba, la denuncia al nacionalismo se extiende hasta todo el ámbito de Euskadi: “Ser nacionalista en el País Vasco es un buen negocio. Un buen negocio económico y un buen negocio político. Ser nacionalista resulta rentable. Rentable políticamente y rentable económicamente” y concluye: “El gasto público del País Vasco por habitantes es el más alto de España y supone un veinte por ciento más que en Cataluña, un cuarenta por ciento más que en Andalucía y un cien por cien más que en Galicia. El autogobierno es, sobre todo, un suculento negocio para el País Vasco; supone una ventaja económica específica, de la que no gozan el resto de las comunidades autónomas españolas, excepto Navarra; un sistema que pone en ventaja económica al País Vasco respecto del resto de España” (p. 143). La amalgama entre consideraciones políticas de esta laya y la crónica de las víctimas (entre los que se cuentan no pocos nacionalistas, como el propio Calleja señala) resulta contraproducente, pues el objetivo político legítimo del periodista, que es el de dar aliento a los constitucionalistas en su lucha contra el nacionalismo, mella el terrible relato de la autenticidad del sufrimiento de las personas.
El libro de Calleja se ve recorrido por este componente sectario que, aún y todo, no consigue desvirtuar las verdades que reflejan su atormentada prosa: “No hay un solo sector de la sociedad vasca que no tenga una organización dependiente de ETA metida en su seno (p. 116). O cuando habla, en el caso de la viuda del Guardia Municipal de San Sebastián asesinado por ETA, Alfonso Morcillo, de la soledad de las víctimas, de la incluso exclusión y señalamiento de estas en los ámbitos donde el MLNV conserva su influencia. La instantánea de María San Gil contemplando en un bar, cara a cara, como el concejal del PP Gregorio Ordóñez es tiroteado, o la constancia de que Ernest Lluch fue arrastrado por el garaje de su casa hasta el lugar donde le dispararon y donde se desangró por espacio de dos horas, son estampas que no deben faltar en ninguna historia de nuestro pueblo: el horror de la violencia en las personas que la padecieron y en las personas que tuvieron que acarrear su influencia son un capítulo que necesita de una escritura permanente, si no queremos caer en la caricatura de sociedad que pinta Calleja: una sociedad anestesiada ante el dolor ajeno y cercano, paralizada por el miedo, donde nacionalistas y no nacionalistas pagan el peaje necesario con tal de no ser los próximos objetivos del MLNV.
Esta es una imagen falsa, distorsionada y peligrosa de nuestra sociedad, pues reduce la reacción en contra de ETA al grupo de allegados del periodista. Pero es también una imagen posible y futurible, ante la cual es necesario ponerse en guardia.

SAVATER, FERNANDO, Perdonen las molestias. Crónica de una batalla sin armas contra las armas, Madrid, El País, 2001, 326 págs. ISBN: 84-03-09232-6.


El libro de Fernando Savater no es en exclusiva un libro personal sino que incluye la actividad del conocido filósofo dentro del organismo Basta Ya. Desde sus primeras páginas reconoce Savater el objetivo político y “profiláctico” del libro, que es el de “defenderse” del nacionalismo. En realidad, nos encontramos ante un amasijo de textos de diferente naturaleza, la mayoría de ellos artículos periodísticos publicados anteriormente, pero también textos en representación de Basta Ya, como el manifiesto de la primera manifestación del colectivo en San Sebastián y su alocución en el Parlamento de Estrasburgo. Escritos voluntariamente circunstanciales entre los cuales los elementos de reflexión o de observación de un cierto valor permanente resultan muy escasos.
Y es que el cansancio que reconoce nuestro filósofo sobre el tema vasco, y el impulso puramente moral o ético que dice le empuja a escribir sobre el mismo, se refleja de forma negativa. Para Savater el gran problema del País Vasco es “si Ibarretxe seguirá intentando apoyarse más o menos disimuladamente en el independentismo radical minoritario, cuyo peso efectivo en la sociedad proviene de la violencia asesina de ETA y sus servicios auxiliares, o buscará el acuerdo estabilizador con los partidos no nacionalistas que suman mayor cantidad de sufragios y cuyo único defecto es no contar con el beneplácito de los delirios terroristas. Ése es el verdadero problema político actual, no el de 1839 sino de hoy mismo. Y a fe mía que es un gran problema político...” (p. 230). Es esta recurrencia sobre el nacionalismo gobernante en las instituciones vascas la que hace que el libro de Savater pierda el rigor de una contestación exclusivamente cívica. Por tanto, no nos encontramos sólo ni principalmente ante “una batalla sin armas contra las armas”, sino ante una batalla política en contra del nacionalismo que no utiliza las armas.
Este es el peor defecto del libro: no se dirige principalmente en contra de ETA sino en contra de una imagen totalizadora del nacionalismo, donde la organización armada también se engloba pero donde el protagonista principal es el nacionalismo gobernante. Nuevamente, la alargada sombra del 13 de mayo, la ocasión perdida del constitucionalismo, brilla como una opción repetible: la solución vendrá, parece decirnos Savater, de la derrota política del nacionalismo. Es más: la propia legitimidad moral de las víctimas, contrariamente a la separación que establece el autor entre ética y política (p. 86), debe tener una traducción política, que es esa derrota: “Dado que las víctimas del terrorismo han sido en número mayoritariamente abrumador no nacionalistas, el camino lógico que aleje de la violencia debe ser el que hace concesiones al no nacionalismo y no al revés” (p. 106).
Las consideraciones políticas y filosóficas de Savater pertenecen al bagaje de su pensamiento expresado en otros tantos de sus libros. Para el autor, es necesaria una reconversión democrática del nacionalismo (“el nacionalismo vasco no lo será –democrático- hasta abandonar el mito del pueblo oprimido y distinguir claramente entre derechos irrenunciables y proyectos políticos” p. 88), aunque, más adelante, considere tal posibilidad como algo muy remoto, dado su carácter intrínsecamente regresivo (“la España de los nacionalismos no es un perfeccionamiento pluralista de la España de las autonomías sino el regreso invertido a la homogeneización franquista pero a escala regional: el “una, grande y libre” en calderilla” p. 201).
Y es que el definitivo defecto de este libro de batalla consiste en el desajuste entre la talla filosófica de Savater, su nivel intelectual indudable, y su reflejo paupérrimo en la circunstancialidad de sus glosas acerca de la situación del País Vasco y del nacionalismo. Las complejidades, los matices, de la situación sólo se traslucen en momentos muy puntuales, en los que, por ejemplo, Savater contempla la connivencia o comprensión de cierta izquierda o de personalidades progresistas como Darío Fo con la violencia de ETA (p. 37). Pero estas evidencias no son suficientes como para relativizar su tópica retahíla acerca de etnicismos, sociedades cerradas y sacralizaciones ancestrales.




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