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Sobre el nacionalismo

ELORZA, ANTONIO, Un pueblo escogido, génesis, definición y desarrollo del nacionalismo, Barcelona, Crítica, 2001, 502 págs. ISBN: 84-8432-248-3.


El conocido historiador Antonio Elorza plantea una panorámica de la historia vasca que va desde el siglo XV hasta nuestros días. No pretende una historia global, sino probar, por el análisis de varios aspectos sociales y políticos de la historia del País Vasco, una idea del nacionalismo que se enraíza en realidades anteriores al mismo. El autor apenas apunta su perspectiva general, que no es otra que la falta de éxito del Estado español para constituirse como tal, sobre todo en comparación con el modelo francés: “(...) la modernización política tropieza, según la fórmula acuñada por Pierre Vilar, con la destrucción de las precondiciones económicas que la pusieron en marcha. El Estado resultante, dominado políticamente por la Corona, los liberales “moderados” y los caudillos militares, reprodujo el modelo francés de centralización pero con claros acentos defensivos (Guardia Civil, plétora de oficiales en el ejército) y una muy débil administración que tuvo que recurrir a las redes clientelares y al caciquismo para subsistir. Fue un Estado débil y opresivo, incapaz de poner en marcha los mecanismos integradores necesarios para la consolidación del Estado-Nación” (p. XIV). Resulta claro, también, que esa idea de estado va aparejada a un concepto de “modernización política” que expresa su deseabilidad, aunque no en los términos en los que realmente se produjo. Es importante señalar esta cuestión porque a remolque de la misma se contempla la evolución de una serie de sectores sociales reaccionarios, de unas elites locales, hacia la creación del nacionalismo vasco. En función de unas determinadas ideas fuerza tradicionales, los representantes de este pretendían mantener su poder local frente al proceso de “modernización”.
Esta es, pues, la perspectiva. Las provincias de Guipúzcoa, Vizcaya y Alava fueron indubitablemente conquistadas por Castilla. Posteriormente, las elites locales, se afanaron en inventar una nueva historia por la cual cada uno de los territorios había sido independiente desde tiempo inmemorial y, por tanto, su relación con Castilla y, por consiguiente, con España, era fruto de un convenio, de un pacto entre la corona castellana y las juntas de los respectivos territorios. En este sentido, las juntas, las diputaciones, las instituciones forales, “operan como auténticas barreras defensivas tras las cuales se protege la situación ideal del País Vasco, cercado por un orden exterior en que prevalece el espíritu del siglo” (p. 23). En este sentido, el Padre Larramendi, el gran defensor de Guipúzcoa y de los fueros en el siglo XVIII, sería el representante de la ideología dominante en la provincia, cuyos componentes principales serían el racismo, el foralismo y la religión.
El tránsito de los siglos XVIII y XIX plantean un esquema de crisis social y política. Las Guerras Carlistas son los últimos intentos de las elites locales de mantener el poder en sus reductos forales. La derrota de las mismas, trae como fruto el nacionalismo. Sabino de Arana Goiri “era conscientemente el fundador de una religión política” (p. 281). “El legado de Sabino configuraba una religión política cuyo núcleo era la violencia, la confrontación a muerte contra la dominación ejercida por España sobre Euskadi” (p. 189). Y el nacionalismo se divide entre aquellos que quieren llegar a un status de convivencia con las elites gobernantes españolas y aquellos que plantean ya un rechazo a España. ETA no sería más que la última manifestación de esta tendencia.
El propio Elorza entiende que el nacionalismo vasco no es “un caso simple de invención de la tradición” (p. 401) y que “la visión histórica del nacionalismo se basaba en el mito; ahora bien, incorporado desde tiempo atrás a la mentalidad vasca, era un mito convertido ya en factor de la historia”. Un mito, el del convenio entre el rey y las juntas, el de la independencia originaria de los vascos, que despuntaba, por los menos, desde el siglo XV y que, como bien señala nuestro autor, es admitido por las propias Cortes de Castilla en 1644, mediante una Real Cédula de Felipe IV (p. 5).
La perspectiva de contemplar al nacionalismo y al fuerismo como movimientos retardatarios ante la deseabilidad de un proceso de racionalización estatal llevado por el Estado español, que es la que utiliza Antonio Elorza, muestra múltiples problemas, como la de tener que prescindir del hecho, suficientemente probado, de que la ideología foral es producto del liberalismo vasco, no del carlismo, por lo que no se adscribe necesariamente a las clases reaccionarias. El análisis de Sabino Arana, como creador de una ideología belicista, también es una deformación de la realidad: Sabino Arana hace su labor política tras una derrota militar y tras tener la conciencia clara de lo que un enfrentamiento bélico significaba de malo para lo que el consideraba era Euskadi. Y funda un partido, no una organización armada. Los propios ideólogos de los aledaños de ETA contemplaban al primer nacionalismo como demasiado pacifista, demasiado de orden, frente a la efervescencia insurreccional carlista.
Finalmente, Elorza concluye que “lo más preciso consiste en situar el movimiento sociopolítico pro-ETA en las estela del nazismo” (p. 410-1). Para ello se basa en el racismo de Sabino Arana y en su supuesto belicismo. La pena es que su análisis concreto de la realidad concreta concluye precisamente en 1936: Elorza nos ofrece una panorámica tan amplia de la historia vasca para que, sin necesidad de tener que analizar a ETA, poder situar a este movimiento en una línea de continuidad trazada desde el siglo XV. Esta conclusión por inferencia parece muy tramposa, ya que prescinde del propio objeto de análisis para calificarlo de la manera que quiere. Ese salto del tigre, que prescinde de los últimos 60 años de historia y no teme en juzgarla, es la marca de una manipulación histórica muy clara. Constituye una puesta al día de las prácticas de deformación de la historia que denuncia el propio Elorza.

GARAIKOETXEA, CARLOS, Euskadi: la transición inacabada Memorias Políticas, Barcelona, Planeta, 2002, 359 págs. ISBN 84-08-04284-X,


Esta es la primera autobiografía realizada por un representante de la generación de políticos nacionalistas que comenzaron su labor durante la etapa de la transición. Y es que Carlos Garaikoetxea tiene una trayectoria de la importancia, a la escala vasca, de otros grandes políticos surgidos durante esta época, como Adolfo Suárez o Felipe González. Su testimonio, que nos trae casi por primera vez el relato de una época de importancia crucial, es necesariamente interesante.
El final del franquismo y el principio del sistema de democracia representativa que se dio en Euskadi y en España fue especialmente tormentoso: las acciones redobladas de ETAm, ETApm y los Comandos Autónomos, el tránsito de la policía franquista al GAL, el siempre pendiente golpe militar; la constitución de un poder civil fuerte, en medio de las asechanzas de todos estos grupos armados, era una labor muy dificultosa. En el caso vasco las cosas todavía eran más complicadas. Menciona Garaikoetxea que “a la caída del dictador, quienes tuvimos responsabilidades políticas en Euskadi, nos enfrentamos a un doble desafío: contribuir a afianzar un régimen democrático en el Estado y, al mismo tiempo, restaurar un régimen de autogobierno para el País Vasco que diera satisfacción a las aspiraciones de una sociedad más reivindicativa que nunca. Todo ello en medio del peligro permanente de involución política y de vuelta a un régimen dictatorial en España” (p. 16).
Garaikoetxea nos narra como recala en el nacionalismo de la mano del histórico dirigente del PNV Juan de Ajuriaguerra, su ascensión a la presidencia del PNV, la participación del PNV en las primeras elecciones de 1977, en el Consejo General Vasco y en la preautonomía, la exclusión de este partido de la elaboración de la Constitución española, las negociaciones para la aprobación del Estatuto de Gernika, las primeras elecciones al Parlamento Vasco y su elección como lehendakari, la crisis política del 23 de febrero y la crisis que dividió al PNV en dos partidos, incluida la parte del acoso personal del que fue objeto. Finalmente, la fundación de otro partido, Eusko Alkartasuna, del cual también será presidente, y las vicisitudes que le seguirían, como la firma del Pacto de Ajuria Enea, el conflicto de la Autovía de Leizaran o el Pacto de Lizarra.
Como se ve, nos encontramos ante una vida política larga y llena de vicisitudes. Garaikoetxea pretende, a cada ocasión histórica, dar noticia de su postura, de la postura del nacionalismo o de la postura de su posterior partido EA, saliendo al paso de las numerosas confusiones o interpretaciones interesadas. La postura abstencionista frente a la Constitución española se debió a la doble perspectiva de respetar el avance democrático que suponía y, al mismo tiempo, la falta de reconocimiento de los “derechos originarios” (p. 70) del pueblo vasco y, por tanto, de la bilateralidad que debía regir en su salvaguarda, que era una cuestión fundamental para los nacionalistas. La aprobación del Estatuto de Gernika por parte del PNV, “un texto de inspiración básica nacionalista, compartido con el PNV por EE y con alguna reserva del PSOE” (p. 88), obedecía a la situación de grave crisis económica, de vacío de poder y de legitimidad democrática que existía en Euskadi, y a la necesidad de plantear una respuesta política que, además, era abierta, por medio de la Disposición Adicional estatutaria (p. 73). Remarca el compromiso del nacionalismo en contra de la violencia de ETA y el hecho de que fuera pionero en la movilización y contestación ciudadana frente a la misma (p. 199). También se nos da noticia del retroceso en el avance autonómico marcado por el 23 de febrero, por la LOAPA y la ascensión de los socialistas al poder.
Como no podía faltar en un libro de estas características, da pie a ajustes de cuentas, sobre todo con Xabier Arzalluz, al que acusa de querer dar el voto afirmativo a la Constitución Española (de hecho, votó que si en la comisión que le correspondía) y de pactar con la monarquía y otros poderes del Estado su propia defenestración como lehendakari del Gobierno Vasco. También denuncia el pacto PNV-HB en la materia de la Autovía de Leizaran, y la connivencia práctica del PSOE en el mismo, así como el poco lucido papel del PNV en el asunto tan repetido del pacto con ETA en la etapa de Lizarra-Garazi (p. 334).
Garaikoetxea resume la difícil posición del nacionalismo vasco en el contexto que le ha tocado gobernar, en tanto que “hay un conflicto ya histórico no resuelto con el Estado y, como consecuencia, un doble conflicto entre los vascos: el que enfrenta a una importante minoría no nacionalista vasca de raigambre o sentimiento español con el nacionalismo vasco, y el que marca las diferencias estratégicas, violentas o no, dentro del nacionalismo vasco” (p. 17).
El libro es sumamente legible y ameno, aunque se eche en falta un tratamiento más profundo de las grandes cuestiones que toca. En todo caso, parece clara que la intención del autor es la de dejar nítidos una serie conceptos, sin entrar demasiado en la escritura minuciosa de la atormentada historia que le tocó vivir.

LORENZO ESPINOSA, JOSEMARI, La renuncia nacional del PNV (1977-2002), Kale Gorria, 2002, 392 págs. ISBN: 2-84747-010-7.


Un texto muy parecido a este, escrito por uno de los líderes de ETA en la etapa de la V Asamblea José Antonio Etxebarrieta en 1967 titulado “La III guerra carlista”, trata retrospectivamente del mismo tema: la dejación por parte del PNV de los objetivos por los cuales nació. El historiador y profesor de la Universidad de Deusto, Josemari Lorenzo Espinosa, plantea la cuestión de forma nítida: “El partido surgido para deshacer las dependencias políticas vascas en la mayor parte de su camino no ha hecho más que consolidarlas” (p. 13). Los contextos de los trabajos de Etxebarrieta y el de Lorenzo Espinosa son diferentes, pero ambos poseen el mismo objetivo: recabar para ETA, en el primer caso, y en el segundo caso, para el MLNV, la fidelidad a los orígenes del nacionalismo sabiniano, sin hacer profesión de fe en las doctrinas de Sabino Arana. Digamos que el primero de los textos fue retirado de la publicación por su escasa mención al marxismo-leninismo que la organización iba a asumir en la V Asamblea y que se debía, en gran parte, a la teorización del propio J. A. Etxebarrieta (Onaindia, p. 372): eran otros tiempos; la ideologización revolucionaria tenía una formulación precisa y parecía que el concepto de “nacionalismo revolucionario”, aplicado a Euskadi por Txabi Etxebarrieta y por Federico Krutwig siguiendo la unidad entre comunismo y patriotismo abogada por Mao Zedong, era ya un logro histórico insoslayable. No había necesidad de seguir pulsando las claves del nacionalismo clásico para acometer la acción en una nueva etapa.
Josemari Lorenzo Espinosa habla desde otro contexto muy concreto: el posterior a las elecciones del 13 de mayo del 2000. La clara derrota electoral y el retroceso social sufrido por el MLNV, así como la clamorosa victoria de la coalición EA-PNV y su líder Juan José Ibarretxe, parecen ser los detonantes de esta nueva requisitoria que se hace desde los aledaños de la izquierda revolucionaria vasca contra el nacionalismo histórico. La técnica que usa nuestro historiador y miembro de la Mesa Nacional de Batasuna es muy parecida a la que se usaba en la época franquista por parte de ETA y sus teóricos: la estrategia de la desilusión, la denuncia implacable a los líderes del nacionalismo: “Ibarretxe es el último producto de estos veinticinco años de repudio constante de principios fundacionales” (p. 20); “podíamos decir que leer a Arzalluz es leer al PNV de los últimos veinticinco años” (p. 26). “Si hay un Arregi en el PNV de fin de siglo XX es porque hubo un Ardanza en 1987, un Garaikoetxea en 1978 o un Arzalluz en 1977. Y antes un Aguirre en 1936, un Kizkitza en 1917 y, en efecto, detrás de todos un sotismo crónico estructural. Un fenicio o grupo de ellos que siguen controlando entre bastidores la renuncia nacional del partido” (p. 314). No hay más que repasar los insultos de calibre grueso lanzados por Federico Krutwig o Julen Madariaga sobre las figuras históricas del nacionalismo (de los que no se libra el propio Sabino Arana) o que se translucen en los textos oficiales de ETA para palpar la continuación de esta línea de combate. Porque se trata de un libro de combate, hecho para denunciar y atacar. La coyuntura de retroceso político del 13 de mayo, por parte del MLNV, exige una respuesta que arroje el desprestigio contra el nacionalismo actualmente hegemónico. Y, para ello, lo primero es erosionar la confianza en los líderes.
Este libro desentierra el antiguo vocabulario aranista y aberriano (la división entre “abstencionistas” –los que no participan en la política española- e “intervensionistas” –los que participan en ella; la mención de “fenicios”) con la intención de denunciar los pasos dados por el PNV y, secundariamente, por EA, en las últimas décadas. Y es que Josemari Lorenzo Espinosa tras denigrar a los líderes del nacionalismo, pasa a calificar a sus bases casi en los mismos términos despreciativos: “No es que la afiliación (del PNV) sea tonta y no sepa distinguir. No es el electorado peneuvista el que está engañando. Es sencillamente que se siente seguro de sí mismo y cómodo, en un discurso formalmente recio, que se autolegitima con referencias forales o aranistas, que se presenta como intérprete de lo que necesitan la soberanía, para sin solución de continuidad decir que se está avanzando en este camino. Porque tenemos más carreteras, más sanidad, más frontones y más policía indígena. Y a esta gente le gusta que le digan lo que quiere escuchar: que eso es el autogobierno. No es que la militancia no sepa de qué está hablando Arzalluz. Es que quiere que le hablen así, y después de cada mitín volver a casa con un país sin liberar, pero con la conciencia nacional tranquila, las calles limpias y los semáforos funcionando y no “a comer berzas”, como en Albania. Es la metadona que necesitan para, poco a poco, prepararse para el momento de la renuncia oficial definitiva” (p. 76).
Estas consideraciones de blandura política guardan ciertas concomitancias con las expresiones que ETA dedicaba al electorado nacionalista tras los comicios electorales citados, en los que hablaba de su flojedad y de su escaso sentido de lucha. Así como la insistencia en tratar a la figura del lehendakari Juan José Ibarretxe, estrella de los denuestos de ETA, que en el texto que nos ocupa abarca un espacio grande en ese mismo sentido, para lo cual el autor repasa el libro de entrevistas con el lehendakari del periodista Javier Ortiz.
Finalmente: ¿cómo es posible que un historiador del MLNV saque a la luz la figura de Sabino Arana? No hay más que repasar los textos del MLNV para ver que el pensamiento y la figura de Sabino Arana brillan por su ausencia, amén de que la primera desmitificación del maestro de Abando la acometen ideólogos de ETA, como Federico Krutwig y Emilio López Adan, “Beltza”.
Y es que Josemari Lorenzo Espinosa hace, con este libro, un magnifico ejercicio de vuelta a los orígenes, pero de una manera inesperada; pues si bien los orígenes que explicita son los del nacionalismo, encarnado en el Sabino Arana que descubre a la nación vasca, el espíritu que, en la práctica, conjura, es el de la ETA naciente de los finales de los 60, la organización armada que iba a poner en práctica el dispositivo de la guerra revolucionaria y que necesitaba en sus filas gente con la determinación suficiente para matar y morir. Aquí se detecta la confianza de que la contemplación de tanta pusilanimidad por parte del nacionalismo puede incitar los ánimos redentores de muchos y puede atraer al redil a aquellos desilusionados. Para que la vieja maquinaria de reproducción de la violencia montada en la V Asamblea bajo los auspicios del marxismo-leninismo pueda seguir cogiendo fuerzas de la contradicción nacional en Euskadi. El libro de Lorenzo Espinosa, texto político y de batalla donde los haya, constituye una aportación particular para ello.




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