El paraiso en la otra esquina



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  • Porque me la ocultaba yo también, Mette.

En el pequeño taller alquilado al pintor Félix Job­bé-Duval, robándole horas a la Bolsa, tallabas, labrabas, pintabas con obstinación. Las historias de Jobbé-Duval sobre su tierra, Bretaña, y sobre los bretones, pueblo pri­mitivo y tradicional, fiel a su pasado, que se resistía a la «industrialización cosmopolita», te abrieron el apetito. En­tonces empezaste a soñar con huir de París, esa megalópo­lis, en pos de una tierra en la que el pasado estuviera aún presente y el arte no se hubiera apartado de la vida común. En ese mismo estudio pintaste cuadros de los que toda vía te enorgullecías: Interior de pintor, rue Corail, Estudio de desnudo, Suzanne cosiendo, que exhibiste en la exposi­ción impresionista, y el mejor de todos: El pequeño so­ñador: un estudio. En 1881, cuando Mette daba a luz al cuarto niño, Jean-René, la galería Durand-Ruel te compró tres cuadros por mil quinientos francos, y un célebre es­critor, Joris-Karl Huysmans, te dedicó un artículo elo­gioso. La vida te sonreía, Paul.

  • Sí, sí, y, lo mejor, habían comenzado a quebrar las industrias y los bancos —rugió, exaltado, tratando de hacerse oír entre los truenos—. Francia se iba a la banca rrota, amigos. Las Bolsas, una tras otra, cerraban también. ¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias por resolverme mi problema! Sus amigos lo miraban sin entender. Les explicaste que esa catástrofe económica arruinaba a todos los franceses, salvo a ti. Para ti significaba la emancipación. La tragedia económica trajo como secuela una gran agitación política. Perseguían a los anarquistas y Kropotkin cayó preso. Camille Pissarro se escondió y hubo pánico en muchos hogares pobres y burgueses. Pero tú, Paul, totalmente indi 
    ferente a estos sucesos, seguías pintando, enloquecido de impaciencia. Cuando se cerró la Bolsa de Lyon, Mette tuvo una crisis de nervios y lloró como si se le hubiera muerto un ser querido. Cuando se cerró la de París, dejó de comer varios días; enflaqueció, se demacró. Tú estabas muy contento. Ese año, en la séptima exposición impresionista, expusiste once pinturas al óleo, un pastel y una escultura. Cuando tu jefe de la Agencia Financiera, en agosto de 1883, te llamó para decirte con voz trémula y expresión compungida que, dada la crítica situación, «no podía retenerte», hiciste algo que lo desorbitó de sorpresa: le besaste las manos. A la vez que, eufórico, le decías: «Gracias, patron. Usted acaba de hacer de mí un verdadero artista». Loco de felicidad, corriste a informar a Mette que, a partir de ahora, nunca volverías a pisar una oficina. Te dedicarías sólo a pintar. Muda, lívida, después de pesta­ñear un buen rato, Mette rodó a tus pies, sin sentido.

  • Para entonces, yo había cambiado mucho —aña­dió Paul, regocijado—. Bebía más que antes. Cognac en casa y ajenjo en La Nouvelle Athénes. Pasaba largos ratos solo, tocando el armonio, porque eso me estimulaba a pin­tar. Y empecé a vestirme a la manera bohemia, estrafala­ria, para provocar a los burgueses. Tenía treinta y cinco años. Empezaba a vivir la verdadera vida, amigos.

De súbito, los truenos cesaron y la lluvia amainó algo. Las treinta cascadas que caían sobre Atuona los días de lluvia desde los montes Temetiu y Feani se habían multiplicado y el río Make Make se rebalsaba por sus dos orillas. Pronto una avenida de agua invadió el estudio y lo anegó. Señalando la neblina que los rodeaba, Ben Var­ney canturreó: «Es como navegar en un ballenero». En po­cos minutos estuvieron sumergidos en el fangoso torrente hasta los tobillos. Empapados, se asomaron al exterior. To­da la zona estaba inundada y un nuevo río, recién apareci­do, arrastrando ramas, troncos, hierbas, barro, latas, pasaba rumbo a la calle principal llevándose consigo el jardín de La Casa del Placer.

  • ¿Saben ustedes qué es ese bulto, allá? —señaló Tioka unas manchas más densas que las nubes rastreras aposentadas sobre Atuona—. ¿Ese que se lleva el torrente hacia el mar? Mi casa. Espero que no se esté llevando tam­bién a mi vahine y a mis hijos.

Hablaba sin alterarse, con el tranquilo estoicis­mo de los marquesanos que había impresionado tanto a Koke desde su primer día en Hiva Oa. Tioka les hizo un gesto de despedida y se alejó, con el agua hasta las rodi­llas. Las cortinas de lluvia y las nubes se lo tragaron en un dos por tres. A diferencia de él, Ky Dong, Poseidón Frébault y Ben Varney reaccionaron, por fin. El susto y la sorpresa les habían quitado en segundos el efecto del al­cohol. ¿Qué harían? Lo mejor, apresurarse a ir a ver el es­tado de sus familias, y, tal vez, refugiarse en la colina del cementerio. En esta llanura estaban mucho más expues­tos a las embestidas del huracán. Si, además, se venía un tsunami, adiós Atuona.

Tienes que subir con nosotros, Paul —insistió Ky Dong . Esta cabaña no resistirá. No es un temporal.


Es un huracán, un ciclón. Estarás más seguro con nosotros allá arriba, en el cementerio.

Con mis piernas en este estado zambullirme en ese fango? -se rió él . Si apenas puedo andar, amigos. Vayan, vayan ustedes. Me quedo aquí, esperando. ¡El fin del mundo es mi elemento, señores!

Los vio partir, encogidos, chapoteando, el agua en las rodillas, en dirección al sendero ahora desaparecido que se convertía en la espina dorsal de Atuona pasando esa empalizada de arbustos. ¿Llegarían sanos y salvos? Sí, tenían experiencia con estos percances del clima. ¿Y tú, Paul? Ky Dong había dicho la verdad; La Casa del Placer era una frágil construcción de bambú, hojas de palmera y vigas de madera que sólo de milagro había resistido hasta ahora el viento y el agua. Si esto duraba, sería descuajada y arrastrada, y tú con ella. ¿Era una manera de morir acep­table, ésta? Algo ridícula, tal vez. Pero, no era menos ri­dículo morir de pulmonía. O deshaciéndose a pocos por culpa de la enfermedad impronunciable. Como no había un solo rincón en La Casa del Placer que estuviera seco, a salvo de los manotazos del viento y la lluvia, fue, arrastrando los pies —las piernas le dolían mucho ahora—, a ser­virse otra copa de ajenjo. Cogió su armonio empapado y empezó a tocar, de manera mecánica. Había aprendido a dominar este difícil instrumento de muchacho, en los bar cos, cuando servía en la marina mercante. Su música lle­naba los vacíos del espíritu, lo sosegaba en las crisis de exas­peración o abatimiento, y, cuando estaba enfrascado en un cuadro o una escultura —rara vez, ahora que tenía la vista tan mala—, le daba ánimos, ideas, algo de la antigua voluntad de alcanzar la escurridiza perfección. ¿Inesperado morir así, Paul? En una islita perdida, en medio del Pací­fico. Las Marquesas, la región más apartada del mundo. Bueno, hacía tiempo que lo habías decidido: morir entre los salvajes, como un salvaje más. Pero, entonces, recordó a la vieja ciega que lo hizo sentirse un forastero.

Había aparecido algunas semanas atrás, apoyán­dose en un bastón, venida de ninguna parte, a la hora del crepúsculo, cuando Koke se asomaba al segundo piso a contemplar, esforzando su pobre vista, la islita desolada de Hanakee y la Bahía de los Traidores, a las que a esta hora el sol poniente teñía de rosado. La vieja ciega se me­tió al jardín, entre los ladridos del perro y los maullidos de los dos gatos, profiriendo unas exclamaciones en mao­rí que señalaron a Koke su presencia. Parecía un bulto, un ser informe más que una mujer. lba envuelta en unos trapos probablemente recogidos en las basuras, remenda­dos y parchados con cuerdas. Guiándose con el bastón —daba rápidos golpecitos a izquierda y derecha—, en­contró el camino de la casa y, misteriosamente, el de Paul, que iba a su encuentro. Estuvieron frente a frente, en el taller de escultura, justamente donde Koke estaba ahora, muerto de frío, combatiendo el miedo con ajenjo. ¿Era ciega o fingía? Cuando la tuvo muy cerca divisó sus cór­neas blanqueadas. Sí, era ciega. Antes de que Paul abriera la boca, la mujer, sintiéndolo, levantó la mano y lo tocó en el pecho desnudo. Lo palpó con calma, los brazos, los hombros, el ombligo. Luego, abriendo su pareo, el vientre, y le cogió los testículos y el pene. Los sopesó, como sometiéndolos a un examen. Entonces, la cara se le avinagró y exclamó, asqueada: «Popa’a». Era una expresión que Ko­ke conocía; los maoríes designaban así a los europeos. Sin decir nada más, sin esperar la comida o el regalo que había ido a buscar, la vieja ciega dio media vuelta, y, tanteando, se marchó. Eso eras tú para ellos: un extranjero de falo en­capuchado. Habías fracasado en eso también, Koke.

Se despertó a la mañana siguiente, abrazado a su armonio. Se había quedado dormido sobre la mesa de los vasos y botellas, ahora regados por el suelo. Las aguas em­pezaban a retirarse del estudio, pero, alrededor de Koke, todo era desolación y estrago. Sin embargo, aunque en partes destechada y averiada, La Casa del Placer había resis­tido el huracán. Y, allí arriba, en un cielo azul pálido, un sol renaciente comenzaba a calentar la tierra.

19. La ciudad-monstruo


Béziers y Carcassonne, agosto/septiembre de 1844

A ratos, Flora comparaba su viaje por el sur de Francia con el de Virgilio y Dante en el infierno, porque siempre había en su itinerario una ciudad más sucia, fea y cobarde que las anteriores. En la hedionda Béziers, por ejemplo, donde pernoctó en el inaguantable Hotel des Postes en el que ni uno solo de los mozos, ni siquiera el maitre, hablaba francés, sólo el occitano, no consiguió per­miso para hacer una reunión en fábrica o taller alguno. Patrones y trabajadores le cerraron todas las puertas por miedo a las autoridades. Y los únicos ocho obreros que aceptaron conversar con ella lo hicieron tomando tantas precauciones —llegaron al hotel de noche, entraron por la puerta falsa— y tan atemorizados de perder su trabajo que Flora no intentó siquiera sugerirles que formaran un comité de la Unión Obrera.

Estuvo en Béziers apenas dos días, los últimos de agosto de 1844. Cuando tomó el barco-correo hacia Car­cassonne se sintió como si saliera de la cárcel. Para no ma­rearse, permaneció en cubierta, mezclada con los pasajeros sin derecho a camarote. Allí propició una reyerta, que casi termina a golpes, entre un spahi, soldado colonial re­cién venido de Argelia, y un joven de la marina mercante, a quienes incitó a cotejar cuál de sus oficios era más útil a la sociedad. El marinero dijo que los barcos lleva­ban pasajeros y productos y facilitaban el comercio; en cambio, ¿de qué servían los soldados, salvo para matar? El spahi, indignado, exhibiendo sus cicatrices, repuso que el ejército acababa de ganarle a Francia en el norte de Áfri­ca una colonia tres veces más grande que la metrópoli. Cuando se exacerbó y empezó a proferir groserías, Flora lo calló:


  • Es usted una prueba viviente de que el ejército de Francia sigue embruteciendo a los conscriptos como en tiempos de Napoleón.

Faltaban seis horas para Carcassonne. Se sentó en una banca de la popa, se acurrucó contra unos cabos, y, al instante, se durmió. Soñó con Olympia. La primera vez que soñabas con ella, Florita, desde que, siete meses atrás, dejaste París.

Un sueño grato, tierno, ligeramente excitante, nos­tálgico. Sólo tenías buenos recuerdos de esa amiga, a la que tanto debías. Pero no lamentabas haber cortado con Olympia de la manera brusca como lo hiciste a tu regre­so de Inglaterra, en el otoño de 1839, porque hubiera sido arrepentirte de tu cruzada para transformar el mundo con la inteligencia y el amor. Aunque la habías conocido en aquel baile de la Ópera al que asististe disfrazada de gi­tana, en el que aquella mujer esbelta, de ojos incisivos, te besó la mano, tu amistad con Olympia Maleszewska sólo comenzó meses después. Era nieta de un célebre orientalista, profesor de la Soborna, y trabajaba por la emanci­pación de Polonia del yugo imperial ruso. Colaboraba con el Comité Nacional Polaco, que reunía al exilio en Francia, y se había casado con uno de sus líderes, Léonard Chodzko, funcionario de la Biblioteca de Sainte-Geneviéve, histo­riador y patriota. Pero Olympia era sobre todo una gran dama de sociedad. Tenía un salón muy conocido, al que asistían literatos, artistas y políticos, y cuando Flora reci­bió una invitación para las veladas de los jueves, acudió. La casa era elegante, la atención refinada y abundaban las personas célebres. Allí la actriz de moda, Marie Dorval, se codeaba con la novelista George Sand, y Eugéne Sue con el Padre de los sansimonianos, Prosper Enfantin. Olym­pia atendía con exquisito tacto y simpatía. Se mostró muy afectuosa contigo, presentándote a sus amistades con grandes elogios. Había leído Peregrinaciones de una paria y su admiración por tu libro parecía sincera.

Como Olympia insistió tanto en que volvieras a su salón, volviste, varias veces, y siempre la pasaste bien. A la tercera o cuarta vez, en el tocador, Olympia, que te ayudaba a desembarazarte del abrigo y te alisaba los cabe­llos —«Nunca la he visto tan radiante como hoy, Flora»—, de pronto te tomó por la cintura, te estrechó contra su cuerpo y te besó en los labios. Fue tan inesperado que tú, abrazada de la cabeza a los pies, no supiste qué hacer. (La primera vez en la vida que te ocurría, Florita.) Ruborizada, confusa, te quedaste inmóvil, mirando a Olympia sin de­cir nada. «Si no se había usted dado cuenta, ahora ya sa­be que la amo», rió Olympia. Y, cogiéndote de la mano, te arrastró al encuentro de los otros invitados.

Muchas veces te habías preguntado por qué aque­lla tarde en vez de reaccionar como lo hubieras hecho si, en vez de Olympia, hubiera sido un hombre el que te be­saba de improviso —abofeteándolo, mandándote mudar de esa casa al instante—, continuaste en la reunión, tur­bada, desconcertada, pero sin enojarte y sin deseos de par­tir. ¿Simple curiosidad o algo más? ¿Qué significaba esto, Andaluza? ¿Qué iba a ocurrir ahora? Cuando, un par de horas más tarde, anunciaste que te ibas, la dueña de casa te tomó del brazo y te llevó al tocador. Te ayudó a ponerte el abrigo y el sombrerito con velo. «¿No se ha enojado us­ted conmigo, verdad, Flora?», te susurró al oído, con voz cálida. «No sé si estoy enojada o no. Estoy confusa. Es la primera vez que una mujer me besa en la boca.» «Yo la amo desde que la vi aquella noche en la Ópera», te dijo Olympia, mirándote a los ojos. «Podemos vernos a solas, para conocernos mejor? «Se lo ruego, Flora.»

Se habían visto, tomado té juntas, paseado en fia­cre por Neuilly, y Flora, contándole sus experiencias conyu­gales con André Chazal, hizo que se mojaran los ardientes ojos de su amiga. Le confesaste que, desde tu matrimo­nio, habías sentido siempre una repugnancia instintiva por el acto sexual, y que, por ello, nunca habías tenido un amante. Con infinita delicadeza y dulzura, Olympia, be­sándote las manos, te rogó que la dejaras enseñarte lo dulce y grato que podía ser el placer entre dos amigas que se querían. Desde entonces, cuando se saludaban o despedían, se buscaban los labios.

Hicieron el amor por primera vez no mucho tiem­po después, en una casita de campo, cerca de Pontoise, donde los Chodzko veraneaban y pasaban fines de sema­na. Los álamos vecinos, mecidos por el viento, despedían un susurro cómplice; se oía piar a los pájaros, y, en aque­lla habitación calentada por el fuego de la chimenea, la atmósfera enervante, marcadora, fue desvaneciendo len­tamente las prevenciones de Flora. Mientras su amiga la hacía beber, de su boca, sorbos de champagne, la ayuda­ba a desnudarse. Con desenvoltura, Olympia se desnudó a su vez, y, tomando a Flora en sus brazos, la tendió so­bre el lecho, susurrándole palabras tiernas. Luego de contemplarla con minucia y devoción, comenzó a acari­ciarla. Te había hecho gozar, Florita, sí, mucho, pasados aquellos momentos iniciales de turbación y recelo. Te había hecho sentir bella, deseable, joven, mujer. Olym­pia te enseñó que no había por qué sentir miedo ni asco del sexo, que abandonarse al deseo, hundirse en la sen­sualidad de las caricias, en la fruición del goce corporal, era una manera intensa y exaltante de vivir, aunque du­rara sólo unas horas, unos minutos. Qué egoísmo delicioso, Florita. El descubrimiento del placer físico, de un goce sin violencia, entre iguales, te hizo sentir una mujer más completa y más libre. Aunque nunca pudiste evitar, incluso en los días en que fuiste más feliz con Olympia, al entregarte al puro placer del cuerpo, un sentimiento de culpa, la sensación de dilapidar energías, de un des­perdicio moral.



Aquella relación duró menos de dos años. Flora no recordaba una sola disputa, distanciamiento o aspereza que la afeara. Es verdad que no se veían mucho, pues am­bas tenían múltiples ocupaciones y Olympia, además, un marido y un hogar que atender, pero, cuando lo hacían, todo marchaba siempre maravillosamente bien. Se divertían y gozaban juntas como dos chiquillas enamoradas. Olympia era más frívola y mundana que Flora, y, sal­vo la tragedia de la Polonia subyugada, no se interesaba por los asuntos sociales, ni por la suerte de las mujeres ni de los obreros. Y Polonia le interesaba por su marido, a quien, a su manera libérrima, quería mucho. Pero era vital, incansable, y, contigo, infinitamente cariñosa. Flora se entretenía escuchándola referirle las intrigas y chismografías del gran mundo, porque lo hacía con gracia e iro­nía. Además, Olympia era una mujer instruida, con mu­chas lecturas y conocimientos de historia, de arte y de política, materias que le apasionaban, de modo que tam­bién en el campo intelectual Flora ganó mucho con su amistad. Hicieron el amor varias veces en la casita de Pon­toise, pero también en el piso parisino de Olympia, en el de Flora en la rue du Bac, y, alguna vez, disfrazada tú de ninfa y ella de sileno, en un albergue a orillas de la floresta de Marly, en cuyas ventanas venían las ardillas a comer cacahuetes de sus manos. Cuando, en 1839, Flora partió a Londres por cuatro meses, para escribir un libro sobre la situación de los pobres en esa ciudadela del capitalismo, se cartearon dos o tres veces por semana, misivas apasio­nadas, diciéndose que se extrañaban, recordaban, desea­ban y que ambas contaban los días, las horas, los minutos, para volver a verse. «Te como a besos y caricias en todos mis sueños, Olympia. Adoro la oscuridad de tus cabellos, de tu pubis. Desde que te conozco, abomino de las muje­res rubias.» ¿Pensabas esas frases llameantes que escribías a Olympia desde Londres, mientras, disfrazada de hom­bre, visitabas fábricas, bares, barrios miserables y burde­les para documentar tu odio a ese paraíso de los ricos e infierno de los pobres? Las pensabas con todas sus letras. Pero, entonces, Andaluza, ¿por qué, apenas volviste a París, la misma tarde de tu llegada comunicaste a Olympia que aquella relación se terminaba, que no debían verse nunca más? Olympia, siempre tan segura de sí misma, tan mujer de mundo, abrió mucho los ojos y la boca, y pali­deció. Pero no dijo nada. Te conocía y sabía que tu decisión era inapelable. Te miraba mordiéndose los labios, devastada.

  • No porque no te ame, Olympia. Te amo, eres la única persona en este mundo a la que he amado. Siem­pre te estaré agradecida por estos dos años de dicha que te debo. Pero, tengo una misión. No podría cumplirla con mis sentimientos y mi mente divididos entre mis obliga­ciones y tú. Lo que voy a hacer exige que nada ni nadie me distraiga. Ni siquiera tú. Debo entregarme en cuerpo y alma a esta tarea. No tengo mucho tiempo, amor mío. Y no conozco a nadie en Francia que pueda reemplazarme. Esta bala, aquí, puede acabar conmigo en cualquier momento. Por lo menos, debo dejar las cosas bien enca­minadas. No me guardes rencor, perdóname.

No se habían vuelto a ver. Entretanto, tú habías es­crito tu terrible diatriba contra Inglaterra —Paseos por Lon­dres—, tu librito sobre La Unión Obrera, y aquí estabas ahora, en los confines pirenaicos de Francia, en Carcasson­ne, tratando de poner en marcha la revolución universal. ¿No te arrepentías de haber abandonado así a la tierna Olympia, Florita? No. Era tu deber actuar como lo hiciste. Redimir a los explotados, unir a los obreros, conseguir la igualdad para las mujeres, hacer justicia a las víctimas de este mundo tan mal hecho, era más importante que el egoís­mo maravilloso del amor, que esa indiferencia suprema hacia el prójimo en que a una la sumía el placer. El único sentimiento que ahora tenía cabida en tu vida era el amor a la humanidad. Ni siquiera para tu hija Aline quedaba sitio en tu corazón tan ocupado, Florita. Aline estaba en Ams­terdam, trabajando de aprendiz donde una modista, y a veces pasaban semanas sin que te acordaras de escribirle.

La misma noche que Flora llegó a Carcassonne tuvo un desagradable encuentro con los fourieristas locales, quienes, encabezados por su líder, monsieur Escudié, ha­bían organizado su visita. Le reservaron el Hotel Bonnet, al pie de las murallas. Estaba ya acostada, cuando unos golpes en la puerta de su habitación la despertaron. El encargado del hotel se deshacía en excusas: unos señores insistían en verla. Era muy tarde, que volvieran mañana. Pero, como porfiaban tanto, se echó una bata sobre los hombros y salió a su encuentro. La docena de fourieristas locales que ve­nían a darle la bienvenida estaban bebidos. Tuvo un ma­reo de disgusto. ¿Pretendían estos bohemios hacer la revo­lución a golpes de champagne y cerveza? A uno de ellos que, con la lengua trabada y la mirada vidriosa, insistía en que se vistiera para mostrarle las iglesias y las murallas medievales a la luz de la luna, le respondió:



  • ¡Qué me importan a mí las piedras viejas, cuando hay tantos seres humanos con problemas que resolver! Sepa usted que yo cambiaría, sin vacilar, la más bella iglesia de la Cristiandad por un solo obrero inteligente.

La vieron tan irritada que partieron.

La semana que pasó en la ciudad, los falansteria­nos de Carcassonne —abogados, peritos agrícolas, médi­cos, periodistas, farmacéuticos, funcionarios, que se lla­maban a sí mismos los chevaliers— resultaron una fuente permanente de problemas. Ávidos de poder, planeaban una acción armada en todo el mediodía francés. Decían haber comprometido a muchos militares y guarniciones enteras. Desde la primera reunión, Flora los criticó con vehemencia. Su radicalismo, les dijo, en el mejor de los casos serviría para reemplazar en el gobierno a unos bur­gueses por otros, sin modificar el sistema social, y, en el peor, para provocar una represión sangrienta que destro­zaría al naciente movimiento obrero. Lo importante era la revolución social, no el poder político. Sus planes conspi­rativos, sus fantasías violentas, confundían a los trabajadores, los apartaban de los objetivos, los desgastaban en una acción subversiva de índole puramente política, en la que podían ser diezmados por el ejército, en un sacrificio inútil para la causa. Los chevaliers tenían influencia en el medio obrero, y asistieron a las reuniones de Flora con los trabajadores de las hilanderías y fábricas de paños. Su pre­sencia intimidaba a los pobres, quienes, delante de esos burgueses, apenas se atrevían a opinar. En vez de explicar los alcances de la Unión Obrera, tenías que extenuarte, horas de horas, refutando a aquellos politicastros que en­candilaban a los obreros con sus planes de levantamiento armado, para el que, decían, habían escondido en lugares estratégicos muchos fusiles y barriles de pólvora. La pers­pectiva de tomar el poder por un acto de fuerza era co­rruptora, encandilaba a los trabajadores.


  • ¿Qué diferencia habría entre un gobierno de fourieristas y el de ahora? —rugía Madame-la-Colére, indignada—. ¿Qué mejora puede significar para los obreros que los exploten ustedes o éstos? No se trata de tomar el poder de cualquier manera, sino de acabar de una vez por todas con la explotación y la desigualdad.

En las noches regresaba al Hotel Bonnet tan exhaus­ta como en Londres, en aquel verano de 1839 de jornadas galopantes, en que, del amanecer al anochecer, con olím­pico desprecio de los consejos médicos, Flora se dedicó a estudiarlo todo, en aquella ciudad-monstruo de dos millo­nes de habitantes, capital del más grande imperio del pla­neta, sede de las fábricas más pujantes y de las fortunas más cuantiosas, para mostrar al mundo cómo, detrás de esa fachada de prosperidad, lujo y poderío, anidaban la más abyecta explotación, las peores iniquidades, y una huma­nidad doliente padecía villanías y abusos a fin de hacer posible la vertiginosa riqueza de un puñado de aristócra­tas y propietarios.


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