Puzzle inconcluso



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#18753

PUZZLE INCONCLUSO

C. A. Rossi Elgue


No te vayas, dejando mi cuerpo sin llorarle ni enterrarle […] quema mi cuerpo con las armas de que me servía y erígeme un túmulo en la ribera del espumoso mar, para que de este hombre desgraciado tengan noticia los venideros.” (Homero, La Odisea, 157)

W o el recuerdo de la infancia y Las cartas que no llegaron, de Georges Perec y Mauricio C. Rosencof respectivamente, son dos novelas autobiográficas, o la historia de la imposibilidad de escribirlas. La escritura recupera la vida pasada, descubriendo que la tarea de narrarla significa inventarla. La experiencia se revela territorio intransitable al que se le superpone una construcción posible, el esfuerzo por decir aquello que, aún habiendo sido vivido, permanece en tinieblas. Escribir sobre la propia vida implica una doble situación de distancia, la que aparta temporalmente al narrador de su experiencia, ya que aquello sobre lo que se quiere hablar permanece callado y escamoteado, y la distancia que impone la escritura, en tanto construcción, al consignar el pasado.
La Segunda Guerra Mundial arrasa con la familia de los narradores, cuando ellos eran testigos carentes de comprensión. La Historia con mayúsculas moldea la historia singular desde la situación apartada. La escritura se gesta en la necesidad de esclarecer el pasado. En este movimiento, dado que ese pasado se manifiesta espacio intransitable, la voz del narrador se incluye dentro de una identidad en la cual puede reconocerse. Analizaremos la operación de escritura en la cual, para poder esclarecer los hechos de la niñez, los narradores desplazan la mirada hacia e1 presente de escritura, es decir, fines de la década del setenta y principios de los ochenta. Para ambos narradores el presente de escritura se revela simétrico al pasado, lo cual les permite tender un puente entre la situación de los judíos en los campos de concentración y la de los prisioneros políticos en las dictaduras militares latinoamericanas. Esto no significa que ambas experiencias puedan ser equiparadas sino que una se manifiesta reflejo de la otra, una echa luz sobre la otra. Esta articulación permite comprender, si esto es posible, accediendo a una voz plural desde la cual acceder a la niñez perdida.

Como depositarios de 1a memoria del horror, los narradores intentan decir a partir de la pertenencia a una identidad plural particular. En el mismo sentido Primo Levi, aun habiendo vivido la experiencia del Campo, escribe:



Los que tuvimos suerte hemos intentado, can mayor a menor discreción contar no solamente nuestro destino sino también el de los demás, precisamente el de los "hundidos"; pero se ha tratado de una narración "por cuenta de terceros", el relato de cosas vistas de cerca pero no experimentadas por uno mismo. La demolición terminada, la obra cumplida, no hay nadie que la haya contado, como no hay nadie que haya vuelto para contar su muerte. Los hundidos, aunque hubiesen tenido papel y pluma no hubieran escrito su testimonio, porque su verdadera muerte había empezado ya antes de la muerte corporal. Semanas y meses antes de extinguirse habían perdido ya el poder de observar, de recordar, de apreciar y de expresarse. Nosotros hablamos por ellos, por delegación (Levi 2, pp. 72-73).

El testimonio de quien ha sobrevivido gira en torno a lo que en él es carencia pues contiene, en su centro mismo, algo que es intestimoniable. La voz de los "verdaderos" testigos ha quedado silenciada. La voz que testimonia por ellos da cuenta de su imposibilidad de hacerlo. Esto altera el valor del testimonio como tal, pues se vuelve posibilidad de dar sentido a lo que no se ha vivido. Los textos se desplazan hacia otro tipo de afirmación en la que se relata la experiencia de la imposibilidad de decir y el testimonio se conforma en torno al presente de escritura de ambas novelas. La Segunda Guerra Mundial que marca con su horror 1a vida se transforma en situación que permanece, al establecerse un puente con las dictaduras militares latinoamericanas. Lo inenarrable vuelve a manifestarse como eco del pasado histórico del que se pretende dar cuenta.

Tanto en la escritura como en la experiencia vital emerge una zona si1enciada, ausente que precipita el decir a la vez que lo limita. El lenguaje comienza a circular en torno a la zona inalcanzable. En este momento la Forma autobiografía se desfigura, se transforma al irrumpir la ficción, como posibilidad de decir. La literatura se coloca en el borde extremo de lo decible, buscando la llamada de lo que está fuera de su alcance.

Escribir, en pa1abras de M. B1anchot, es lo interminable, lo incesante, lo que aún habla cuando todo ha sido dicho, lo que no precede a la palabra, porque más bien le impide ser palabra que comienza porque le retira el derecho y el poder de interrumpirse. Si escribir constituye un viaje interminable entonces lo dicho no busca su identidad en una organización segura sino allí donde los significantes comienzan a trastabillar por ser incapaces de significar. Sobre esta senda se inscriben las novelas delineando el momento particular de escritura de cada una, sus escrituras previas y sus reescrituras. La primera persona se desplaza imposibilitada de afirmación porque se transforma en vuelta a decir inagotable movimiento que retoma el inasible contenido del que no se escapa.

Para el narrador Perec, a los cuatro años muere su padre y a los seis su madre es dcportada a Auschwitz. La Historia se vuelve elemento esencial para descifrar la niñez, aunque la información que de ella puede extraerse está contenida por la misma materia que la historia personal. Del holocausto sólo quedan, "hundidos en las profundidades del suelo, los vestigios subterráneos de un mundo que creerá haber olvidado: montones de dientes de oro, de alianzas, de gafas, miles y miles de ropas amontonadas, ficheros polvorientos, partidas de jabón de mala calidad...". (G. Perec, 178) Los objetos emergen como residuos silenciados de una vida arrebatada. Son voces anónimas, carentes de identidad individual, cuya singularidad solo puede ser repuesta desde la imaginación. Las pertenencias se mezclan en el campo y, aunque ya no sirven para reconstruir historias personales certeras, conforman una zona de reconocimiento.

El camino por el autoconocimiento se superpone a la comprensión de la Historia. Las sombras que se proyectan sobre la infancia provocan la emergencia de un texto fragmentado, una escritura que no puede continuarse. La memoria está compuesta por piezas aisladas que, como en un rompecabezas se pretenden unir para completar e1 cuadro. En ese esfuerzo la novela busca la manera de decir desdoblando la identidad del narrador-autor-personaje y quebrando la linealidad del argumento.

De esta manera, la novela está estructurada por dos tramas intercaladas: una es la historia pretendidamente autobiográfica, la otra, una versión del propio pasado, creada como viaje ficticio hacia "W", cuatro años antes de la escritura autobiográfica. Ambos textos se encuentran unidos por la necesidad de develar un enigma, descifrar el pasado y encontrar la verdad. En una historia el narrador-personaje es Georges Perec, en la otra Gaspard Winckler.

En el relato de Perec se incluye un texto escrito quince años antes, transcripto sin modificaciones, en el que se narra el destino de los padres. Este texto se satura de notas al pie en las que se corrigen datos o se pone de manifiesto el cambio de perspectiva del autor, sobre aquello que se narra como consecuencia de la distancia temporal entre ambos momentos de escritura.

De la misma manera, Las cartas que no llegaron está compuesta por tres textos, escrituras epistolares apócrifas dirigidas al padre, Isaac. La primer parte, "Días de barrio y guerra" instala el enigma en torno a la condición apartada del niño, Moishe, intercalando la narración de su vida en Montevideo con las cartas potenciales de los familiares judíos en Polonia. Las cartas que espera el padre, con noticias de sus parientes aparecen recreadas como posibilidad de haber sido, porque "Las cartas que esperaba mi papá no llegaron nunca" (M. Rosencof, p.14). Desde ese lugar imaginado, las voces de los familiares reclaman la presencia del apartado.

"Estas cartas nunca te van a llegar, Isaac. O te van a llegar cuando ya no estemos, y entonces será para nosotros una forma de estar.

Tal vez estas cartas las escriban otros. Que Moishe sepa que también son nuestras, para que sepa que fue de sus tíos, de sus primos, de sus abuelos. Queremos formar parte de su memoria, Isaac. " (M. Rosencof, p.42)

La carta pone de manifiesto el aislamiento, vinculado a una identidad ensombrecida por los hechos y por el silencio de los padres. La escritura ficcional de las cartas, intercalada al relato de la vivencia del niño, pone en contrapunto la realidad con la marginación que lo protegía. En el momento de escritura se recupera ese abismo insalvable que marca la vida por venir. En los dos textos que continúan el narrador interpela al padre desde la adultez. En ambos casos el diálogo también está quebrado; en uno porque e1 narrador se encuentra en la prisión, en el otro, el otro porque el padre ha muerto.

Las novelas incorporan el texto ficcional, potencial, para reverdecer el diálogo con el pasado. Tanto la intercalación de cartas apócrifas, en una, como 1a incorporación de la historia pretendidamente ficcional en la otra, aparecen en el mismo sentido. En ambas novelas la escritura gira en torno a la búsqueda de una verdad que implica reconocimiento, inscripción de la voz a una identidad.

En Las cartas que no llegaron el narrador viaja a Belzitse, la ciudad natal de sus padres, recorre sus calles, recupera y realiza, desde la imaginación, los relatos de la historia familiar. Allí, en el lugar original, el narrador descubre la ausencia total de datos para reconstruirla: su apellido no figura en las guías telefónicas y no existe rastro alguno de sus parientes. Su nombre no aparece en las valijas y listas de Aushwitz, lo cual impide constatar la propia existencia.

Al observar el pasado y los distintos intentos de aprehenderlo, la propia vida se vuelva., irreconocible, construida, como protagonizada por otro. La escritura asiste a este momento de impotencia desconociendo el lenguaje capaz de abordar lo insondable. En el presente de escritura los narradores intentan ordenar en el cuadro, volver unidad los fragmentos de los que disponen. Comienzan a proliferar representaciones del aislamiento como situación en correspondencia a la del recuerdo, e imagen que se despliega hacia todos los planos de la realidad. En Las cartas que no llegaron el aislamiento del niño está dado, en principio, por el silencio de los padres, lo cual se expande hacia formas de apartamiento concretas: el tras1ado de los familiares en Polonia hacia los Campos, el desplazamiento del narrador hacia la prisión, en su adultez, el abandono de la casa y el asilo de los padres y, por último y definitivamente el encuentro con la muerte. En W o el recuerdo de la infancia el narrador también es arrancado sucesivamente de sus lugares de pertenencia, al igual que sus familiares. La vida arrebatada, el diálogo interrumpido, los lazos rotos, colocan al narrador en el lugar la reparación, aunque desde el comienzo ellos saben que tanto sus vidas como la Historia son portadores de un contenido que no podrá develarse. En este sentido, el fragmento, el corte en el aliento, la palabra que se anuda, o el grito, constituyen las únicas formas de expresión.

En W o el recuerdo de la infancia, la historia ficcional del viaje a W está protagonizada por Gaspard Winckler, a quien Perec reconoce su "doble". En esta historia, la acción está impulsada por la búsqueda de identidad: Gaspard posee un nombre "prestado" e intenta saber a quién pertenece. Conoce a alguien que le cuenta sobre un niño sordomudo forzado por su madre a emprender un viaje hacia W, el lugar en el que tal vez pueda curarse. El desdoblamiento se reproduce desde la ficción, como proyección de la búsqueda de Perec, en otro personaje que busca las palabras para un pasado en tinieblas.

El lugar en el que la palabra puede recuperarse coloca a W, el espacio imaginario en el que se reproducen actividades de un campo de concentración, en Tierra del Fuego. Allí los hombres participan de un encierro inconsciente. Forman parte de una gran organización invisible que los lleva a competir y sobrevivir: "hay que ver funcionar esa máquina enorme cada uno de cuyos engranajes participa, con implacable eficacia, en el anonadamiento sistemático de los hombres,… " . (G. Perec, 177)

E1 aislamiento se extiende al funcionamiento de la civilización moderna, el Campo se vuelve metáfora de la máquina de aniquilación del hombre en su faceta más siniestra. En este momento, la novela reflexiona sobre su presente de escritura, tendiendo un paralelo entre el pasado inasible y la realidad simétrica en la que vive. Aquello que en la niñez del narrador tiñe de horror la experiencia permanece. En este sentido, al concluir la novela, y una vez descripto el funcionamiento de las actividades en la isla, el narrador escribe:



"He olvidado las razones que me hicieron escoger, a los doce años, Tierra del Fuego para instalar allí.W: los fascistas de Pinochet se han encargado de dotar mi fantasma de un último eco: hoy día varios islotes de Tierra del Fuego son campos de deportados. " (Perec, 180)

Observamos que ambas novelas se traman a partir de un vacío significante vinculado a la Segunda Guerra Mundial y que la incomprensión de ese horror y ese silencio permanece en la visión anonadada con el transcurrir del tiempo. La imposibilidad de decir vuelve a manifestarse en al presente de escritura, constatando la continuidad del absurdo y la violencia en las dictaduras latinoamericanas. En este momento la identidad se expande para hablar, por delegación, de los "hundidos".

En Las cartas que no llegaron, el holocausto que flanquea al niño, y lo marca, se une al aislamiento de la prisión del adulto, como consecuencia del terrorismo de estado, de la misma manera en que el espacio imaginario asociado a la experiencia inenarrable de los Campos a los que se dirigen los padres, en W o el recuerdo de la infancia, se articula con dictadura chilena.

Entre los dos sistemas represivos sobre los que se proyecta la vida, la narración se erige acechada por el silencio, y una voz que es grito de una identidad violentada. Lo no dicho, lo que no puede decirse por carecer de palabras, o recuerdos, se une a lo que ha quedado desplazado o suprimido por las dictaduras militares.

Escribir, en ambas novelas, se vuelve giro sobre lo inasible, avance sobre lo escamoteado del propio recuerdo y emergencia de una identidad plural silenciada. En ambos sentidos la posibilidad de decir se encuentra en una narración que se descompone, que se desfigura al hacer entrar la ficción, el sueño, la incomprensión, la incertidumbre, el espejismo, la perplejidad.
En W o e/ recuerdo de la infancia, e1 juego se multiplica en la escritura cuando descubrimos que Gaspard Winckler es un personaje de otra novela de Perec, La vida instrucciones de uso. Allí es el gran hacedor de puzzles, es el personaje que en cierta manera maneja la totalidad de la acción, anticipa el accionar del otro, es el gran Creador. El movimiento de un personaje, así como el estudio de sus posibles combinaciones, está anticipado por otro.

En W o el recuerdo de la infancia nos encontramos con la aparente exposición de dos relatos paralelos, uno creado por el narrador del otro. Y, como en un juego de cajas chinas, el personaje ficticio resulta ser el gran hacedor, el que puede prever el destino del otro, en La vida instrucciones de uso. En ambas novelas la reconstrucción completa del rompecabezas, de las piezas o de los fragmentos que constituyen el recuerdo, es imposible. Siempre se encuentra un defecto, una pieza amorfa que no encaja, una forma alterada que deja un espacio vacío sobre el cuadro y que da cuenta de la presencia del germen de destrucción inherente a cada una de las partes.



La escritura autobiográfica se flexibiliza para poder decir y la forma novela se quiebra transformando e1 texto en zona tensionada por un elemento inabordable. La historia personal y la Historia parecen anticipadas por el gran hacedor de puzzles donde, como en un juego sin sentido, y previsto, no puede reconstruirse la trama completa. En esta construcción paralela, la zona inabordable, obtusa, se vincula con la muerte como gran enigma asociado al origen.

Frente a lo incomprensible, se traza una escritura potencial que hace suya la impotencia y la perplejidad. En esa situación se encuentra quien, excitado ante la idea de terminar su puzzle, descubre que, y esto tal vez también estaba previsto, que, el hueco negro del cuadro dibuja la forma de una X mientras la única pieza entre sus dedos tiene la forma de una W.

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