Universidad de Sonora. Sonora Facultad de Economía



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Universidad de Sonora. Sonora

Facultad de Economía

23 de octubre del 2006
Bueno, buenas noches. Nosotros queríamos contarles una historia, de la que... la historia que no aparece a la hora de las cámaras y de los micrófonos. Que es cómo fue que empezó el movimiento nuestro del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Según tengo entendido, la mayoría de los que están aquí, o un número de ellos, son de Economía, aquí de la Universidad de Sonora. Y tiene que ver con esta cuestión de la economía.
Según nuestra concepción, como zapatistas, a la hora que se hizo la conquista de nuestro país por el imperio español, vinieron primero los ejércitos españoles, derrotaron a nuestros ejércitos de los pueblos indios. Y detrás de ellos, vino un modelo económico. El modelo económico que empezó a discutir si los indígenas eran seres humanos, o eran animales.
Esta discusión sobre si los indígenas tenían alma o no duró bastante tiempo, y en el entretanto, los indígenas fueron tratados como animales. Cuando se decidió que, en efecto, los indígenas eran seres humanos, se dijo que eran como niños, que necesitaban ser cuidados por alguien, encomendados a alguien. Y fue cuando se hicieron las encomiendas.
Luego vino toda la historia de la Colonia, que significó una guerra de despojo y de robo flagrante de las riquezas naturales de este país. Grandes yacimientos de plata y de oro fueron saqueados. Y la población indígena no fue aniquilada, simple y sencillamente, porque significaba una mano de obra barata, regalada.
Aunque en términos estrictos no se hablaba de esclavitud, los indígenas eran los esclavos en estas tierras. Vino la guerra de Independencia, y vino un cambio de gobierno, sin que cambiara el modelo económico. Los indígenas pusieron la sangre. Fueron la carne de cañón. Derrocaron al imperio español y se creó lo que ahora es México.
Después volvió a agotarse las condiciones de vida y se dio el alzamiento de 1910, que como decía hace rato, en realidad empieza en Sonora, en Cananea, en 1906. Y nuevamente un grupo político tomó el poder y para las comunidades indígenas no cambió nada.
Esta guerra contra los pueblos indios, los pueblos originarios de estás tierras, significó para algunos que les quitaran la tierra. Y para otros, que fueran aventados a las montañas o marginados completamente de la geografía nacional. Las comunidades indígenas zapatistas en las montañas del sureste mexicano, no existían para el gobierno ni para el resto de la República.
No había censos, no había votaciones. La gente podía nacer y morirse sin que fuera tomada en cuenta, porque nunca había un registro de quién nació y quién murió. Así como para el gobierno de Sonora, no existe el pueblo comca’ac, ni el pueblo tohono o’odham. Porque sigue viviendo en las mismas condiciones de aquellas épocas.
La situación en la que nos encontrábamos nosotros nos llevó al límite: a tener que decidir entre si nos moríamos de enfermedades curables, o nos moríamos peleando. Yo les pido que entiendan esto, porque por lo regular se plantea la opción entre vivir o morir. Las comunidades indígenas de Chiapas sólo podían elegir en la forma de morir. No había ninguna esperanza de vida.
Eran tal las condiciones de miseria, de desprecio, de racismo que imperaban en Chiapas, que impedía que los indígenas caminaran por las banquetas de las calles de las ciudades. Tenían que caminar por la calle, como los animales. Las mujeres jóvenes que se iban a casar, antes pasaban por manos del finquero, del terrateniente, en lo que se llamaba el derecho de pernada. Y no les estoy hablando de 1806, les estoy hablando de 1992. Que eso es lo que ocurría en las comunidades indígenas zapatistas —ahora zapatistas, entonces no se sabía—.
Ahí el modelo económico era muy sencillo: era, se trataba que las grandes extensiones de tierra, el plan —como decimos nosotros para decir: el plano—, las buenas tierras que tenían riego, eran dedicadas a la ganadería extensiva. Sólo se sembraba zacate pues para el ganado de los grandes finqueros, y no se sembraba ningún producto alimenticio. Se daba esta paradoja de que Chiapas, las regiones indígenas eran productoras de carne y nunca había carne en las mesas de los índigenas. Todo era llevado a la capital y de exportado —a la capital del estado—, y de ahí exportado a otras partes de nuestro país.
Las comunidades indígenas tenían que sostenerse en el cultivo del café. Que como ustedes saben en economía, depende del precio que dicten los grandes monopolios. Y subía y bajaba, sin que las comunidades pudieran entender de qué se trataba. Porque el trabajo para cosecharlo era el mismo, pero el precio siempre cambiaba, y siempre a la baja.
Si ustedes están pensando que están produciendo en un pedazo de tierra y tienen que preocuparse por vender su producto, en el caso de las comunidades zapatistas, tenían que preocuparse por llevar ese producto al mercado. Y encontrarse con los intermediarios —que nosotros les decimos allá: coyotes—.
Entonces, digamos que se cosechaba un bulto de café, como de 50 kilos. Como no hay carretera, había que llevarlo en el lomo cargando. Dos o tres días de camino hasta la carretera más cercana. Pagar de 20 a 30 pesos por el camión que lo llevaba a la cabecera municipal. Y en la cabecera municipal, a la hora de intentar vender el café, ser detenido por el coyote, por el intermediario, que lo topaba. Y aprovechándose que nuestra gente no habla español, le intentaba pagar menos del precio que estaba establecido.
A la hora que el indígena se negaba a vender a ese precio, el intermediario le decía: “si no te gusta, regrésate con tu café a tu pueblo”. Si uno hace la cuenta de lo que significaría regresar otra vez a la comunidad. Otros tres días de camino cargando el bulto del café, que no se va a poder usar. Esto llevaba a las comunidades a vender al precio más ridículo que pueda haber.
A lo que significaba esta economía de pobre, se agregaba el racismo. Se agregaba el desprecio a una cultura y una lengua, porque siempre significó en Chiapas —y nosotros ahora estamos descubriendo en el resto del país—, que indígena igual a ignorancia. Si alguien era indígena, es que era un ignorante. Simple y sencillamente porque no hablaba español. A pesar de que sus culturas y sus conocimientos superaban, en mucho, lo de cualquier facultad de la Universidad de Sonora.
Esto se fue agudizando, y viene otro elemento de la economía que es el de la salud. Llegaron grandes epidemias de enfermedades curables, que empezaron a atacar sobre todo a la población infantil. A niños menores de cinco años, que empezaron a morir por miles, como si cayera una bomba.
El ladrón éste Salinas de Gortari, hace el decretó de cancelación de las reformas al Artículo 27, y vuelve la propiedad de la tierra una mercancía. Y eso termina con dos cosas que sostenían un poco al campo mexicano. Por un lado, que la tierra no se podía comprar ni vender si era ejidal o comunal. Y por otro lado, que ya no había reparto de tierra.
De una u otra forma se empezó a orillar a las comunidades indígenas a elegir entre una muerte y otra. Es esa disyuntiva la de la forma de morir, la que decide en 1992, cuando se están cumpliendo 500 años del descubrimiento de nuestro continente, llevan a votar la guerra. Es cuando los jefes indígenas, las autoridades tradicionales, deciden que hay que irse a morir a la calle y a la ciudad del poderoso. Y no morir en las montañas.
Se da el alzamiento, y entonces lo que ocurre es que las comunidades y el Ejército Zapatista baja de la montaña y a su paso va correteando, decimos nosotros, o echando fuera a los latifundistas. Y entonces, las grandes extensiones de tierra pasan a propiedad de sus legítimos propietarios: las comunidades indígenas, después de siglos —en muchos casos— de haber sido usurpadas.
El reto que tienen entonces las comunidades zapatistas es: que tiene que organizar la economía de otra forma. Y aquí es donde viene un choque que hay entre los modelos económicos, que dicen que cualquier modelo económico que se base sobre el trabajo colectivo va a fracasar. Que es el interés individual el que hace que la economía se desarrolle a la hora que un individuo o una individua quiere superarse. Y le hace trabajar más, producir más y mejor.
Y las comunidades zapatistas, como expliqué hace rato, no saben conjugar los verbos en primera persona del singular, sino en primera persona del plural. Entonces, el reto que se tuvo entonces es que era necesario organizar esa economía, una economía de guerra —porque aún permanecemos alzados, en armas—, que permitiera cumplir con las necesidades básicas de la población.
Hasta antes de nosotros, la mayoría de los movimientos que se planteaban un cambio, se plantean alzarse o rebelarse, llegar al poder, y luego hacer los cambios. Y ese luego, ese después nunca llega.
Bueno, entonces teníamos este problema: ¿cómo organizar otra economía en estas situaciones de cerco y de hostigamiento del gobierno? El gobierno usó contra nosotros —todavía sigue usando— una táctica de contrainsurgencia que usa con los pueblos indios que es: meter dinero a las comunidades para comprar líderes. Pero se le olvida el pequeño detalle de que hay una pirámide de corrupción. Entonces, en efecto, el gobierno federal destinaba mucho dinero: digamos mil. Y 600 se quedaban en el gobernador, 300 en el presidente municipal, 200 en el síndico y a las comunidades no llegaba nada.
Entonces, ese modelo de contrainsurgencia económica se quebró desde un principio y no ha logrado levantarse, porque está en la esencia misma del Estado mexicano esto del sistema de corrupción. —Espero que alguien esté escuchando, porque es un desmadre allá pues—
A la hora que no se solucionan las demandas, porque lo que el gobierno hizo fue decir: “sí, sí te voy a arreglar tu problema” y no hacerlo —que es lo que hace con todos—. Nosotros teníamos la tierra, teníamos los medios que antes habían sido propiedad ajena, y ahora eran propiedad de las comunidades, y estaba el problema de cómo organizarse.
Ahí se siguió el criterio de la cultura ancestral de nuestras comunidades indígenas: del colectivo. Y el colectivo siempre se preocupa por su elemento más débil. Les voy a poner un ejemplo: las mujeres en las comunidades zapatistas tienen más protección que el hombre. En las comunidades zapatistas el gobierno es de asamblea, como ésta, pero sólo de la comunidad. Si una mujer es abandonada por el hombre, la comunidad proyeje a la mujer, la acuerpa, y se preocupa de su manutención. Si es con delito, el hombre es expulsado de la comunidad.
Si una mujer se embaraza, es cuidada por las demás mujeres. Y sus hijos son mantenidos por el resto de la comunidad, para que la mujer pueda dar a luz y educar al recién nacido, mientras la comunidad la está protegiendo, cuidando al resto de los niños.
Entonces, en este caso, es ese criterio del colectivo de protejamos a nuestro elemento más débil, o más vulnerable, y así se hace más fuerte la comunidad. Evitando la debilidad de uno de ellos.
A la hora que se decide qué se va a hacer con la tierra que se tomó, las comunidades deciden repartir la tierra entre quienes no la tienen. Y repartir la tierra entre quienes tenían las peores condiciones de cultivo. Porque la mayoría de las comunidades estaban en las lomas, en los cerros, que no dan mucho para vivir.
Les ponía el ejemplo en otra parte que una hectárea en montaña daba media tonelada de maíz, y en el plan, o sea en la planada, daba de siete a ocho toneladas de maíz. Entonces, esto provocó, junto con un cruce de otras fuerzas, porque las mujeres éstas que les digo, se organizan y hacen la Ley de Mujeres, e imponen la ley seca. Entonces, mucho del dinero que se dedicaba al acohol en las comunidades, de pronto ya no tiene gasto. Y eso hace que se empiece a mejorar la alimentación, el vestido, de las comunidades, por indirecta.
Y a la hora que empieza a convertirse, se empieza a trasladar el cultivo del forraje para ganado en cultivo de maíz, frijol y verduras. Entonces, lo que antes era hambre, ahora se empieza a convertir en alimento en las mesas de los indígenas zapatistas.
Quiere decir con esto que a partir del primero de enero de 94, las comunidades indígenas que se rebelan elevan su nivel de vida, aunque la lógica era que debían ir para abajo. Empieza a llegar ayuda de gente como ustedes, de la sociedad civil, y en lugar de que se va a la parte armada digamos, que es el EZLN, o a los dirigentes, se da a las comunidades, y empiezan a construirse escuelas. Aquí está el otro elemento. Porque así como hay que decidir entre una economía y otra, también hay que decidir entre una educación y otra.
Y el problema está que estaba la educación del gobierno en escuelas que no existían, y con maestros que nunca llegaban. Entonces, se levanta la escuela y está el problema de quién va a dar las clases. Entonces, las mismas comunidades designan de entre sus miembros —como un cargo, o sea como un trabajo que hay que hacer— que se preparen como promotores de educación. Ahí no se resuelve el problema, porque no es sólo tener maestros, sino qué se va a enseñar. Y entonces, cada zona de comunidades, o sea cada pueblo indio —nosotros somos siete pueblos indios diferentes— empieza a construir su propio sistema educativo, que no se parece uno al otro.
El sistema educativo de las comunidades zapatistas tzotziles, que es de los Altos de Chiapas, es diferente a la de los tzeltales que es en la Selva Lacandona, o a los choles que es en el norte de Chiapas. Por poner un ejemplo, o a los tojolabales que están en la frontera con Guatemala al sur.
Entonces, van construyendo su propio modelo educativo para alfabetizar, remarcando mucho el mantener la cultura indígena. Y dentro de esa cultura indígena, la historia. Y no me refiero a la historia de Hidalgo, de Morelos, de Villa, de Obregón, de Carranza. Me refiero a su historia. A sus parientes, que se alzaron en armas en 1994, e hicieron lo que hicieron.
Entonces, la historia se empieza a convertir de algo ajeno y lejano, en algo propio e inmediato, que tiene su propia sangre. Esto no quiere decir que no estudien matemáticas, español, geografía, todo eso. Pero empieza a verse de otra forma. Sonora, por ponerles un ejemplo, no es un estado que tiene tantas extensiones, tantas cabezas de ganado, y un tarugo de gobernador. Es la gente que volteó a vernos en enero de 94, y los que van a ser después nuestros compañeros. Se empieza a construir lo que nosotros llamamos: “otra geografía”.
Volviendo a la economía, porque está cruzado todo esto, se reparte la tierra y empieza a decidirse los excedentes que se empiezan a producir, empieza a decidirse para dónde van. Y entonces, es cuando las comunidades deciden que van para su elemento más débil. Por ejemplo, la zona de los Altos no siembra, no hay tierra, no hay tierra para sembrar. Los indígenas de ahí tienen que rentar la tierra en otros lados. Se mochan con una parte con el propietario, y la otra parte es con la que comen el resto del año.
Entonces, las zonas que sí siembran maíz, mandan maíz a las comunidades que carecen de la tierra para cultivarla. Y así en cada lugar, empieza a verse cuál es el elemento más débil, para que esté levantándose. Esto llega hasta el proceso de autonomía que se conoce como las Juntas de Buen Gobierno. Que se trata de que este gobierno autónomo decida a dónde van las obras.
Ustedes saben que en los gobiernos —yo creo que sólo el de Sonora no lo hace, que es un buen gobierno— deciden que la obra se hace donde va a salir en la televisión. Si no, no. Porque obra que no sale en los medios, no existe. Entonces, si una escuela está en un rincón muy apartado, aunque se necesite, no la va a levantar. Porque ningún periódico va a ir a cubrir esa noticia. Tiene que ser donde hay bulla ¿no?
En el caso de las Juntas de Buen Gobierno, el criterio es al revés: tiene que dedicarse el esfuerzo, precisamente ahí donde no se ve. Porque la ayuda de la sociedad civil nacional e internacional llegaba a los pueblos que están sobre carretera. Pero los pueblos zapatistas están montaña adentro. Entonces, la ayuda económica que llegaba, se quedaba nada más en los pueblos de las cañadas —decimos nosotros—, o a borde de carretera.
Entonces, eso elevó el nivel de vida de esas comunidades. Pero el de las otras estaba quedando abajo. Entonces, lo que hace la Junta de Buen Gobierno es: agarrar los proyectos y, en lugar de dedicarlos a la parte donde se ve, los empieza a mandar a las comunidades más alejadas. Y es ahí donde se empiezan a construir escuelas, hospitales, farmacias, que no se ven.
Como en el caso de los Altos de Chiapas, la zona tzotzil, es la zona más pobre de los zapatistas, ahí el servicio de salud es gratuito. No se cobra ni la consulta ni la medicina. En otras partes, la consulta es gratuita pero sí se cobra la medicina al costo. Y de esa forma se está subvencionando o apoyando la salud gratuita en la zona más pobre.
Sin embargo, esto que pudiera parecer idílico, tiene muchos problemas: una es que el resto del mercado sigue siendo de ganancia. Entonces, a través de cooperativas, tratan de mejorar el precio del café, pero no se puede. Entonces, se tiene que empezar a construir un mercado alterno. Entonces, se empiezan a hacer tratos con otros estados, con organizaciones de otros estados y de otros países, para que el café zapatista se comercialice a precio justo —decimos nosotros—, por poner un ejemplo.
Y detrás del café, las artesanías, que digamos que es más o menos de dónde tenemos las cosas.
Entonces, lo que nosotros decimos es que llegamos a topar pared en nuestro modelo económico. No es posible pensar que en una parte de México haya lo que algunos llaman un laboratorio de economía colectiva, mientras que el resto del país está en el capitalismo salvaje. Es una chaqueta mental, para decirlo en términos claros.
No es posible esto. Por eso nosotros decimos que es en todo el país, debe empezar a construirse otra economía, otra forma de relacionarse con la naturaleza, con la producción, y entre productores.
Cuando empezamos a hacer esto, y empezamos a salir a esto de la Otra Campaña, nos dimos cuenta que las condiciones que nos llevaron a nosotros a alzarnos en armas, aparecen otra vez en pueblos indios y en zonas marginales de todo el país. La misma desesperación y el mismo cambio de disyuntiva entre vivir o morir, a escoger la forma de morir.
Nosotros decimos que el país se está acercando al borde de un precipicio, que se va a llamar guerra civil, sin ningún control, sin ningún interlocutor para llegar a un arreglo pacífico, o para llegar a métodos racionales de resolver un conflicto. Y que por eso es necesario que se organice una red en todo el país que encamine esos brotes de descontento por la vía pacífica y civil. Porque ya estuvo bueno de que los de abajo estén poniendo los muertos, y el terreno destruido. Y los de arriba nada más estén cambiando de gobierno.
Los problemas que tenemos, entonces, es que no es posible que dure el sueño zapatista —como le decimos nosotros— mucho más si no se generaliza, si no se hace de todos. Nosotros decimos: lo que nos dio resultado a nosotros, probablemente no le de resultado a otra parte. Evidentemente, la realidad de Sonora es diferente a la realidad de Chiapas. Nosotros no pretendemos exportar el sueño zapatista a Sonora, sino que Sonora construya su propio sueño. Y podamos echar trato, decimos nosotros. Hacer un acuerdo que implique respeto mutuo entre Sonora y Chiapas, y en el resto de la República. Que signifique mejor nivel de vida, digno, para Chiapas, pero también para Sonora.
Durante todo este tiempo que estuvimos parados ahí en Atenco, por la represión que sufrimos como Otra Campaña, nos estuvieron vendiendo la idea de que el norte de la República era panista, y tenía un nivel de vida igual a Estados Unidos. Esta frase que dijo algún empresario, que dijo: “el norte produce, el centro roba, y el sur güevonea”. Decía algo así ¿no? Y por eso explicaba que el norte tenía un alto nivel de vida y, no sólo eso, sino que alcanzaba para cargar con el centro y el sur del país. Prácticamente, éramos el lastre de la nación.
Y lo que hemos descubierto no tiene ninguna diferencia... Lo que hemos descubierto en el territorio de los pueblos indios en Sonora, no tiene ninguna diferencia con lo que encontramos con los mayas en Yucatán, o los popolucas en Veracruz, o los chontales en Tabasco, o los zapotecos, mixtecos, en Oaxaca. O los náhuatls en Puebla. Y así en cada parte donde hemos pasado está la misma etapa de despojo.
La diferencia que vemos nosotros es que si en la guerra de conquista el ejército español fue el que conquistó la tierra, y luego llegaron los demás. En el caso de la conquista actual, en el papel del ejército español: los partidos políticos y la clase política. Son los funcionarios y los gobernantes los que están legalizando el despojo, y la apropiación de la tierra.
Uno puede pensar lo que se vende allá arriba, que el pueblo mexicano aguanta todo. No es cierto, no aguanta todo. Y el punto de quiebre está por alcanzarse. Si estos partidos políticos, o estos políticos y funcionarios están funcionando como el ejército de conquista, que está poniendo las tierras conquistadas en manos del extranjero. Entonces, uno de los enemigos principales —pensamos nosotros— es la clase política. Toda la clase política, no importa de qué partido sea.
Porque aquello se ha convertido ya en una cueva de ladrones y nada más se turnan, o se pelean por el botín. Y el botín sigue siendo la riqueza pues de nuestro país. Si alguno de ustedes, o alguna, todavía tiene alguna noción de patriotismo, de lo que significa la patria y la nación mexicana, habría que decirle de que cada vez más —y no sólo el norte de México— nuestro país se está convirtiendo en una estrella más de la bandera de las barras y las turbias estrellas.
Y perdónenme, pero no hay ninguna diferencia entre Hermosillo, Villahermosa, Cancún y Tuxtla Gutiérrez. Es el mismo modelo de centros comerciales, con algunas tienditas alrededor, como si se hubiera calcado de un lado para otro. Y cada vez, lo que le daba identidad a cada estado, o a cada población es mandado a la periferia. No habría entonces ninguna diferencia entre Sonora y Quintana Roo. Y no me refiero a diferencia de quién es mejor, sino que la riqueza cultural del noroeste se ha perdido igual que la riqueza cultural del sureste.
Se trata entonces, también, no sólo de construir otra economía, sino de la última oportunidad de este país de seguir siendo, sin que sea una vergüenza serlo.
Gracias compañeros, gracias compañeras.

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