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partición dolorosa de la nación alemana, en dos estados



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partición dolorosa de la nación alemana, en dos estados. Casi todos los conductores, así como gran parte de los militares alema­nes han sido ricos cultores de la disciplina geopolítica y su rama la geo-estratégia. La segunda guerra mundial, sin perjuicio de otras enseñanzas, nos deja claro —en el campo que tratamos— que uno de los errores funda­mentales de Alemania consistió en pretender ganar una guerra mundial, con una estrategia continental, aplicable tal vez para otros tiempos, pero inváli­da para la actualidad y aún más para el porvenir.

Enseñanza de la geopolítica

La historia indica que existe en una estrecha relación entre conciencia geopolítica, enseñanza y proyección geopolítica.

Todos los grandes estados que utilizaron esta disciplina para proyectar su influencia en el mundo, comenzaron por crear una conciencia geopolítica en sus clases dirigentes primero y en el seno de la población en segundo término. Para ello se valieron de la educación, como medio fundamental a disposición del estado y como factor principal en la creación de una con­ciencia geopolítica al servicio de la nación.

Todo inglés, desde almirante a marinero, desde general a soldado o desde lord a funcionario, sabía qué luchaba y ponía toda su flema e inteli­gencia para servir los objetivos políticos de la rubia Albión. Cualquier ale­mán de la década del treinta, sabía lo que significaba el "espacio vital". La dirigencia rusa como la norteamericana, estudia e investiga en centros del partido o bien universitarios, todo lo concerniente a estrategia política, ge­opolítica, geoeconomía y demás disciplinas concomitantes. La llamada "Sourbonne" brasileña, ha creado grandes geopolíticos al servicio de su país, marca rumbos, crea conceptos en los altos mandos del ejército y deli­nea teorías complementarias a la gran política del estado.

En la República Argentina —excepto en la Escuela superior de Guerra y algún esfuerzo individual o de ciertos grupos, que operan sin el apoyo del estado, no se ha creado aún un centro de estudios geopolíticos al servico de

la Nación. Recientemente la Universidad de Cuyo realizó el Primer Simposio Nacional de Geopolítica (1975), que, como inicio serio y trascedente, merece no sólo ser citado, sino el crear el compromiso del Gobierno Nacional de promulgar y apoyar todo tipo de medidas para orientar esta disciplina, insdispensable para lograr una científica conducción superior.

A tal fin, el Ministerio de Educación de la Nación, con la participación del Ministerio de Defensa Nacional y de los más destacados geopolíticos del país, debería comenzar a estudiar seriamente la necesidad de crear una con­ciencia geopolítica, que abarque el más amplio espectro de la sociedad ar­gentina.

En este sentido, se recomienda diferenciar claramente los distintos ni­veles de la enseñanza, para adecuar la didáctica de la disciplina a cada uno de los ciclos de que se trate. Adquieren así una gran importancia la historia, la geografía y la economía en sus distintas etapas, en los ciclos primario y secundario. La inclusión de problemas geopolíticos en la enseñanza de la ge­ografía, tanto americana como Argentina, posibilitaría una creciente for­mación al servicio de la autodeterminación.

En cuanto al nivel universitario, el desarrollo de la materia se hace imprescindible, sea en las conciencias humanísticas como en las técnicas, a efectos de que nuestros profesionales posean una profunda conciencia ge­opolítica, que los habilite para desempeñar los altos cargos que la dirigencia política o privada les depara. Ciertas facultades, deberán funcionar como institutos de investigación y desarrollo geopolítico, al servicio de la política superior del estado.

Pero aún se hace necesaria la organización de un centro superior de ge­opolítica, dependiente de la Presidencia de la Nación que actúe como gabi­nete elaborador de teoría y doctrina, así como un estado mayor en la materia.



Para una nación en acelerado proceso de liberación, la formación de una conciencia geopolítica correcta se hace vital, para llegar a alcanzar con el adecuado poder, las distintas etapas del proceso.

No hacerlo implicaría un grave riesgo; no preocuparse indicaría negli­gencia y desacierto.

La geopolítica es una disciplina al servicio del conductor; desechar su conocimiento y empleo, desconocer su vigencia, nos llevará a la improvisa­ción a la dubitación y de esta manera, se continuará con los impulsos frusta-dores, a la larga enajenadores de la Soberanía Nacional.

Ningún país que desarrolle su actividad en el concierto de los grandes o que pretenda emerger de una condición subyacente, que desee proyectar su acción o defender sus intereses, puede dejar de tener una teoría geopolítica implementada por una estrategia trascedente. La carencia de la doctrina ge­opolítica y la consiguente ausencia de la estrategia basada en la primera, puede llevarlo en estas graves circunstancias mundiales, a una paulatina y deshonrosa disolución.

La creación de una conciencia geopolítica nacional se torna impostergable, la formación de una dirigencia lúcida en materia geopolítica se hace impres­cindible, para que la nación Argentina pueda conformar el Poder Nacional que le posibilite participar como sujeto activo en el concierto internacional signado por la desigual lucha entablada con los poderes imperiales



La formulación de la correcta doctrina geopolítica, implementada por

una estrategia coherente en tiempo y espacio, es vital para la soberanía nacional.

Entre Proyecto Nacional, concepción geopolítica y enseñanza, existe una relación concertada, fluida e interdependiente, similar a la consecuen­cia necesaria entre política y estrategia.

Por ello, la nación necesita crear una escuela de pensamiento en mate­ria geopolítica.

Las Teorías Geopolíticas y sus Pensadores

Los Pensadores de la Geopolítica y la Política de las Potencias

Consideraciones generales

Desarrollar teorías geopolíticas; descubrir con acierto la totalidad de los elementos que la componen; hacer una perfecta valoración de aquellos influjos geopolíticos más importantes e incluso dar pautas políticas basadas en la geografía; hechas en la tranquilidad del escritorio de quien las realice; serán, indudablemente, trabajos de suma importancia desde el punto de vis­ta científico, didáctico o de mera información.

Todo ello ya sería un aporte muy positivo para la ciencia política, pero, indudablemente, no sería otra cosa que un conjunto de elementos de biblioteca, si no existiera una voluntad que se propusiera llevar esa teoría a una práctica política efectiva.

La política requiere para su óptimo empleo, el uso del análisis científi­co, de los componentes de la realidad y de una síntesis que la captará en to­da su complejidad y sobre esa base, extraerá pautas para un accionar políti­co concreto, mediato e inmediato. Es decir, que la política es teoría y es ac­ción, enmarcadas en una dialéctica que constantemente modificará la espe­culación al ser puesta ésta, en ejecución, en un marco real.

De manera que toda teoría política desprovista de una práctica ade­cuada, es decir de una acción, nunca podrá modificar ninguna realidad política, por más que sus enunciados sean correctos y valiosos, para un de­terminado momento histórico. Si esto ocurre con la política, por supuesto también ocurrirá con la geopolítica, como auxiliar de aquélla. Sin una ac­ción que lleve a cabo la teoría, ésta correrá la suerte de las innumerables elu­cubraciones científicas que pueblan los anaqueles de las bibliotecas, sin que se haya producido ningún cambio en la realidad política vigente en determi­nada época.

Hoy, en el momento en que el vocablo se ha puesto de moda, en que los libros sobre el tema abundan y en que innumerables autores, con óptimas intenciones de servir, han engendrado sus respectivas teorías, lo que hemos afirmado precedentemente toma gran valor.

Son innumerables las obras que se han lanzado al consumo de lectores interesados en el tema. Entre ellas podemos descubrir las teorías más en­contradas, sofisticadas, algunas eminentemente científicas, otras con un al-

to grado de subjetividades, combativas, «de escritorio», etc.

Por otra parte, a través del camino de la historia, se encuentran aquellos autores que han producido escritos, que fueron motivando a un ac­cionar político y a una actividad histórica por parte de uno o varios Esta­dos Sus obras no corrieron la suerte de aquellas teorizaciones, sino que sir-vieron como objetivos o estrategias concretas, que modificaron una determinada realidad.

Muchas de las obras que impulsaron la acción política concreta, ni si­quiera nombraron a la geopolítica, ni la definieron, ni la ubicaron en el in­ventario de las ciencias. Sino que al analizar la realidad, al efectuar un buen análisis de la misma, tuvieron que considerar el aspecto geográfico. Y como éste condiciona a la política, sin definirla, sin conocer el vocablo quizás, hi­cieron geopolítica, formulando concepciones correctas para sus épocas.

Por esta razón, hemos querido presentar en este libro a aquellos pensa­dores de la geopolítica que dieron con sus obras, pautas de acción política positiva, por parte de uno o varios Estados. Por esta causa también, hace­mos solamente mención de aquellos pensadores geopolíticos que han tenido una marcada influencia en el destino de Estados poderosos, o que influyen en el actual panorama político mundial.

Sería inaudito pensar que ellos son los únicos válidos. Hay muchísimos que han aportado ideas preclaras en esta rama del pensamiento humano, en todas las épocas.

Nos parece oportuno resaltar las diferencias entre la política de los Es­tados con ansias de imperio, con la política que intentan aplicar los Estados menos poderosos.

Por sobre todas las cosas y actividades, es importante consignar en pri­mer término, que todos los Estados, tanto en lo interno como en lo externo, hacen geopolítica; en segundo lugar, que la geopolítica del dominante será diametralmente opuesta a la del dominado, ya que opuestos son sus objeti­vos en juego.

Hay Estados que por condicionantes elementos geopolíticos, socio­económicos, políticos, geográficos e históricos, se erigieron en Estados rec­tores en el campo internacional. Para mantener o acrecentar su poderío, han actuado jugando un papel universal, donde los restantes asumían roles e peones, alfiles o torres en ese inmenso ajedrez mundial, según la cuota de Poder que lograron adquirir.

Para el logro de sus objetivos políticos no repararon en avasallar y conquistar a otros Estados menos fuertes, soslayando los sentimientos de sus Pueblos, su cultura y sus sistemas productivos.

Como habíamos apuntado antes, el Estado no es una abstracción, sino algo concreto, donde un poder político determinado se encuentra ubicado en un sector social del mismo. Por ello es que la política exterior que practi-que, será una consecuencia de la conformación política interna en un período determinado. La aspiración de mantener o acrecentar la cuota de

poder político internacional, será una consecuencia de motivaciones socio, económicas, culturales y políticas.

Estos Estados utilizarán todas las armas que posean para el logro de sus objetivos; ora empleando la acción diplomática como medio idóneo pa-ra llevar a cabo sus propósitos, ora utilizando la acción militar directa, El medio coercitivo militar es empleado en situaciones críticas, cuando el ac­cionar diplomático ha perdido vigencia para alcanzar los objetivos propues­tos. Ante estos Estados, con claros designios de poder mundial, se enfren­tan otros que tratan de defenderse de la avidez conquistadora de aquéllos. No asumirán posturas geopolíticas basadas en acrecentar poder, sino otras cuyos objetivos serán crear las bases para oponerse con aptitud al ansia con quistadora imperialista.

Estos Estados deberán delinear, también, una geopolítica acorde con sus objetivos de subsistencia, como entes jurídico-políticos, culturales y económicos, con capacidad de autogobernarse. Deberán emplear la defensi­va u ofensiva según los casos, y según las necesidades que les imponga un determinado momento histórico,

El carecer de una clara idea geopolítica nacional frente a las apetencias
hegemónicas, dejarían a estos Estados en un grado de indefensión tal, que
resultaría un fácil camino para el accionar de los poderosos.

A pesar de la creencia universalizada, que sólo es geopolítica aquella que se emplea con afán expansionista, también lo es la que se emplea para liberarse de un poder extraño; como aquélla que se realiza hacia adentro de un Estado con el objeto de dotar a su espacio y a su población de los ele­mentos materiales y espirituales necesarios para el desarrollo personal y co­munitario.

Existe, entonces, una geopolítica interior, estrechamente conectada con la concepción geopolítica internacional. Esta última, a su vez carecerá de la fuerza conveniente si no se encuentra apuntalada por una acción cohe­rente y unitaria en el orden interno.

Los pensadores

Consignaremos el pensamiento de aquellos hombres, que a nuestro juicio han influido en la política interna e internacional de Estados que tu­vieron relevancia mundial en el siglo XX.

Después de efectuar una breve síntesis de su pensamiento, pasaremos a analizar la interrelación entre éste y el proceso político mencionado.

De esa manera efectuaremos un somero análisis de la teoría y su concreción en la práctica política, con todas las alternativas que presenta una aplicación teórica, a una realidad.

Trataremos las ideas del inglés Mackinder, del alemán Haushofer, del norteamericano Spykman y del brasileño Golbery, este último no tanto co­mo traductor de la política de una nación que juega un papel decisivo en el

marco mundial, sino como representante nativo de una política extra na­cional de claros designios imperiales, en particular con los Estados vecinos de América del Sur.

Una cita muy especial está referida en una apretada síntesis a la labor de pensadores latinoamericanos y en particular argentinos, que han ilustra­do y aportado sobre la materia.

Se hallará una síntesis del pensamiento geopolítico de autores extranje­ros en el Gráfico N° 19, al final de este capítulo.



Halford J. Mackinder (1861-1946)

Profesor de geografía, miembro del parlamento británico, político, es­tudioso de la realidad mundial, escritor, conferencista.

Indudablemente, la geopolítica sirvió al político cuando la tomó desde un punto de vista ecuménico, universal. Cualquier análisis geopolítico que hagamos, sin tener en cuenta la totalidad de las líneas de fuerzas políticas que se juegan en un determinado proceso histórico, pecará de ineficaz, por ser parcial.

Creemos que Mackinder es uno de los geopolíticos que mejor compren­dieron la necesidad de ese análisis universalista. Es uno de los pensadores que ayudó a la formulación de un planteo concreto, lúcido y correcto, que no solamente explicó determinados acontecimientos histórico-políticos pa­sados, sino que se proyectó en el futuro, de forma tal, que aún hoy su teoría —ajustando ciertos detalles— es totalmente aplicable y sirve para explicar varios fenómenos políticos de inmediata actualidad.

Una conferencia dictada en Londres en el año 1904, a la que el autor ti­tuló "El pivote geográfico de la historia", y su trabajo posterior (Democra-tic idealsand Reality - 1919), bastaron para descubrir con sintético y brillante poder de convencimiento, una actuación política pasada, una reali­dad presente y una peligrosa proyección futura para los intereses del impe­rio británico.

Para el ilustre autor, el mundo era una unidad en los comienzos de nuestro siglo, de manera que cualquier proceso político, cual reflejo, se ex­pande a los confines del globo, máxime cuando es originado en un país líder. Existen en el planeta dos zonas delimitadas geográfica y políticamen­te, que en una controversia a través de los siglos, fueron escribiendo las pá-ginas más importantes de la historia. Dos zonas que, en la actualidad de Mackinder, continuaban presentando a los pueblos que las habitaban, pe­culiaridades geográficas que motivaban procesos políticos de enfrenta-miento y disputa. Dos zonas que, de acuerdo como se actúe en el presente, determinarán en años venideros, procesos que, sin duda, marcarán mundos totalmente distintos, aún teniendo en cuenta la actualidad (1980).

Mackinder describe una zona terrestre formada por Europa, Asia y norte de África. Los océanos, los hielos, el desierto del Sahara son sus lími-





tes. A esa inmensa zona del planeta, el inglés la denomina la "Isla del Mun­do". Esa isla posee un corazón, el corazón de la tierra, el "heartland"; comprende lo que hoy es —aproximadamente— el territorio de Alemania occidental, Alemania oriental, Polonia y Rusia hasta los Urales (Gráfico 8).

Observando la "Isla del Mundo" en un mapa, se ve la zona adyacente a la misma, es decir la tierra bañada por los grandes océanos o mares, Atlántico, Indico y Pacífico, según rodee las costas de Europa, India o Chi­na.

Delimitadas estas dos partes, la mediterránea y la periférica, Mackin­der afirma que la historia ha sido una serie ininterrumpida de conflictos entre los pueblos moradores del "heartland", con los que habitan la zona periférica. Su primer concepto, está basado en el antagonismo amojonado con diversos hechos históricos a través de los siglos. Este análisis del pasado pretende explicar la serie de procesos políticos, sucedidos por la controver­sia de estos dos mundos.

La controversia referida, a través del tiempo, alcanzó distintas gra­duaciones que produjeron cambios consecuentes en el panorama político mundial. De esa manera habría que asignar en la etapa del descubrimiento del Nuevo Mundo y los años posteriores, la superioridad de los Estados a los que componían la zona marítima en su conjunto, respecto de aquéllos que formaban parte del heartland.

La causa de la superioridad estaba dada por la facilidad de los Estados marítimos para moverse por las rutas de los océanos, en pos de la conquista y la colonización. El dinamismo que caracteriza a esta etapa, está dado por los Estados que se repartieron las tierras conquistadas, engrandeciendo sus espacios allende los océanos.

La superioridad del poder naval sobre el terrestre, claramente incluyó a Inglaterra, cuya flota fue la más poderosa del orbe y prácticamente dominó todas las rutas marítimas hacia las nuevas tierras recientemente conquista­das.

El proceso histórico posterior, se encargó de revertir la situación de su­perioridad planteada. En efecto, una vez terminada la conquista de nuevas tierras, la situación se cristaliza y hacia los albores del siglo XX, ese proceso pierde la casi totalidad de su vigencia, debido a los acontecimientos que se suceden en el Nuevo Mundo; sin perder no obstante su importancia, el do­minio de las rutas marítimas ya no ofrece la superioridad de antaño a los Es­tados de la zona periférica. Se suma a ello un proceso de desarrollo tecnoló­gico y económico acelerado. La incorporación de ese proceso tecnológico, permite al poder terrestre disponer de medios de comunicación y movilidad que dinamizan y facilitan el control y el accionar político, a la vez que per­miten la incorporación de nuevas técnicas productivas.

El heartland, hasta entonces rodeado por las zonas periféricas y por el anillo de bases exteriores e insulares dependientes de esa zona periférica, es­taba en marcada inferioridad para acceder a las nuevas colonias, situación

que el nuevo panorama revierte.

De acuerdo con esta situación el poder marítimo reducía su campo acción, puesto que no era necesario acceder a nuevas tierras y el poder terrestre se revivificaba con los progresos tecnoeconómicos que le permi­tirían integrar vastas zonas de su territorio, incalculablemente rico y favorable para la actividad humana.

El natural progreso del «corazón de la tierra», permitiría acceder a través de Eurasia al poder marítimo. De ocurrir ello, el equilibrio político mundial se inclinaría decisivamente a favor de heartland.

De este enunciado extrae Mackinder otra de sus célebres conclusiones: "el dominio del corazón de la isla del mundo, trae implícito el dominio de la isla y éste el dominio del mundo". Es por ello que, con trágico acento, aler­taba sobre el peligro que constituye un único poder político en el heartland, que, según él, se conseguiría con la unión de Rusia y Alemania.

En consecuencia, la política a seguir por Gran Bretaña, debería tender a impedir por todos los medios la unión de esos dos imperios.

Si analizamos la propuesta de Mackinder y la trayectoria de la política exterior británica, veremos entre ellas trascendentes relaciones.

El dominio absoluto del mar, le permitiría el acceso directo a las colo­nias del Nuevo Mundo, para mantener con ellas un fluido intercambio y una férrea preponderancia de su esquema político. La "Reina de los Mares", título que hasta no hace mucho tiempo ostentaba el imperio inglés, obtuvo un desenvolvimiento político-económico allende su territorio, que la dotó de un poder político de marcada influencia en el marco internacional.

La política de equilibrio de poderes en Europa, la creación de los «Es­tados tapones», sustentada y perseguida por Gran Bretaña, tenía como principal objetivo oponerse a que un Estado europeo continental fuerte y unificado, poseyera la totalidad del heartland, con los consiguientes per­juicios para el poder periférico ya mencionados. Mackinder interpretó correctamente el proceso histórico-político de Eurasia y previó la evolución posterior que tendría.

La visión del problema político geográfico, lo llevó a enunciar concep­tos relativamente aún hoy vigentes, sustentados como objetivos políticos por la potencia dominante de turno.

En efecto, herederos del poder político a nivel mundial, los EE.UU. irrumpen en la escena siguiendo los postulados marítimos de su madre patria. Es el almirante Alfred T. Mahan, el encargado de enunciar la impor­tancia fundamental que encierra para los EE.UU. el poder marítimo y el consecuente dominio. Precursor de la apertura del Canal de Panamá, es | Mahan quien ve la necesidad de que los EE.UU. adopten una política de po­derío naval similar a la inglesa. Sus designios estaban marcados por la posi­ción geográfica estadounidense y por su posición relativa a los otros centros de poder político mundial. La teoría pretende trasladar la isla euroasiática de Mackinder, al centro geopolítico constituido por el territorio norteameri-







cano. (Gráfico 10).

Spykman, más tarde, se encargará de ratificar la teoría y adaptarla a las nuevas realidades mundiales.

por otra parte, ratificando la teoría de Mackinder y consciente de su ubicación geográfica, Rusia —desde el Zarismo al comunismo— se empeñó en ampliar su territorio a costa de Europa, con el objetivo de conseguir ha­cer realidad el postulado de erigir un solo poder político en tan rica y estratégica zona.

Con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, Stalin —hombre que condujo a Rusia a nivel de potencia— consciente del significado del planteo de Mackinder, consiguió a través de las negociaciones de post-guerra, en­sanchar su zona de influencia a toda Europa oriental, inclusive Alemania. Los rusos son conscientes de la importancia que posee para ellos el conti­nente europeo y es por eso que sus objetivos, tenazmente perseguidos, se orientan prioritariamente a conseguir, mantener o acrecentar el poder político directo o indirecto sobre esa zona.

Las palabras de Mackinder suenan trágicas para el imperio inglés. "Quien domine el heartland domina la Isla del mundo y quien domina ésta, domina el mundo". Su exhortación pretendía alertar a un imperio para el que entreveía su ocaso y tal vez concitar una alianza encabezada por Gran Bretaña que le permitiera rejuvenecerse. Su preocupación es recogida por los EE.UU. A la vez, su enunciado había captado el objetivo prioritario, coherente e inmutable en el tiempo, de la política del imperio zarista y del soviético: conseguir el dominio de la Isla Mundial. Los sucesos de Afganis­tán (1979/80) reafirman la vigencia de esos objetivos.

Su visión geográfico-política, permitió al lúcido inglés una teoría hasta hoy vigente, utilizada por los países que luchan por el poder político mun­dial.



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