Alejandro dumas



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.y más corto por detrás.

-Vieja es tu canción -observó Quelus.

-¿Vieja? Es de ayer.

-No le hace; la moda ha cam­biado esta mañana; mira.

Y Quelus se quitó el sombrerillo para enseñar a Chicot sus cabellos, que estaban por los lados tan cor­tos como por detrás.

-¡Uf, qué cosa más fea! -dijo Chicot, y continuó su canción dé esta manera:

A favor de espesa goma,

que no le deja enlaciar,

enderezado el cabello

ostenta el rizo galán,

y su cabeza ligera

cubre, echado un poco atrás,

un birretillo elegante,

que completa su disfraz.

-No digo la coplilla que sigue, porque es demasiado inmoral -agre­gó Chicot-; pasemos a la otra.

Y prosiguió:

¿Pensáis que los veteranos

que con rasgos de valor

en tantos terribles lides

honraron su pabellón;

que aquellos cuyas hazañas

la fama al mundo contó

dando a sus personas gloria

y provecho a su nación,

pensáis que aquellos llevaran

en la tez falso color,

y rizos en la peluca,

y en la camisa almidón?

-¡Perfectamente! -exclamó En­rique-, y si mi hermano estuviese aquí, te quedaría muy agradecido.

-¿A quién llamas tu hermano, hijo mío? -dijo Chicot-. ¿Es aca­so a José Foulon, abad de Santa Genoveva, donde dicen que vas a pronunciar tus votos?

-No -contestó Enrique, que se prestaba a todas las bromas de Chi­cot-; hablo de mi hermano Fran­cisco.

-¡Ah! tienes razón: ése no es tu hermano en Dios, mas es tu her­mano en diablo: hablas, pues, de Francisco, hijo de Francia por la gracia de Dios, duque de Brabante, de Lauthier, de Luxemburgo, de Güeldres, de Alençon, de Anjou, de Turena, de Berry, de Evreux y de Chateau-Thierry, conde de Flandes, de Holanda, de Zelanda, de Zutfen, del Maine, del Perche, de Nantes, Meulan y Beaufort, marqués del San­to Imperio, señor de Frisa y de Ma­linas, defensor de la libertad belga, a quien la Naturaleza ha dotado de una nariz, a quien las viruelas han dado dos, y acerca del cual he com­puesto yo los siguientes versos:

El que tenga dos narices

no os admire, que mal cuadra

una nariz solamente

para quien tiene dos caras.

Al oir esto, los validos lanzaron una carcajada, porque el duque de Anjou era su enemigo personal, y el epigrama contra el príncipe les hizo por el momento olvidar la can­ción satírica que Chicot acababa de dirigirles,

El rey, como hasta entonces era el menos lastimado por la mordaci­dad del bufón, reía más que nin­guno, daba azúcar y bollos a sus perros, y se mofaba de su hermano y de sus amigos.

De improviso, Chicot exclamó:

-¡Oh, qué impolítica! Enrique, Enrique, eso es cínico e imprudente.

-¿Qué? -preguntó el rey.

-No, a fe de Chicot. No debe­rías confesar semejantes cosas.

-¿Qué cosas? -volvió a pregun­tar Enrique admirado.

-Lo que dices de ti mismo cuan­do firmas con tu nombre; ¡ah, En­riquito! ¡ah, hijo mío!

-¡Cuidado con vos, señor! -ex­clamó Quelus, que al notar el tono meloso de Chicot sospechaba que diría contra el rey alguna pesada chanza.

-¿Qué diablo quieres decir? -in­terrogó Enrique.

-Vamos a ver, ¿cómo te firmas?

-¡Pardiez! firmo... firmo: El rey Enrique de Valois.

-Perfectamente: observad, seño­res, que no soy yo quien lo dice. Veamos: contando ya con las dos primeras letras, esto es, con la E y la 1, ¿no se podrá hallar una V en esta firma?

-Sin duda; Valois empieza con V.

-Escribid, señor capellán, por­que os voy a decir las palabras con que firma Su Majestad, pues El rey Enrique de Valois es un anagrama.

-¿Cómo?

-Ni más ni menos: voy a deciros el verdadero nombre de Su Majes­tad en la actualidad reinante. Señor capellán, escribid la E y la l en pri­mer lugar. Hemos dicho que Valois empieza con V; escribid una V.



-Ya está -repuso d'Epernón.

-¿No hay también una 1 por ahí?

-Ciertamente: la palabra Enri­que tiene una I.

-¡Cuán grande es la malicia de los hombres -exclamó Chicot-. Véase cómo han separado dos le­tras hechas para estar puestas la una al lado de la otra; poned esa I al lado de la V ... Bueno, ¿está ya?

-Sí -contestó d'Epernon.

-Busquemos -dijo- ahora una L; ahí está, en Valois, ¿no es cierto? ¿Sabes leer, Nogaret?

-Lo declaro, por más vergüen­za que me cause -dijo d'Epernon.

-Pues qué, gaznápiro, ¿te crees de tan alta nobleza, que te sea per­mitido ser ignorante?

-¡Turno! -exclamó d'Epernon, levantando su cerbatana y amena­zando a Chicot.

-Da, pero deletrea -díjole Chi­cot.

D'Epernon se echó a reir, y deletreó:

-E-1, El, v-i-1 vil, El vil.

-Bueno -exclamó Chicot-, ya ves, Enrique, cómo empieza esto: ya hemos hallado tu verdadero nom­bre de bautismo. Cuando haya en­contrado tu apellido con todo lo demás que sigue, espero que me darás una pensión como la que nuestro hermano Carlos IX dio a M. Amyot.

-Tú harás que te mande dar de palos, Chicot -exclamó el rey.

-¿Dónde se cogen los palos con que se castiga a los nobles, hijo mío? ¿Es en Polonia?

-Pienso -dijo Quelus- que M. de Mayena los tenía bien a la mano, mi pobre Chicot, el día en que te halló con su querida.

-Esa es una cuenta que aún está por solventar. Tranquilizaos, señor Cupido: tengo aquí sentada la par­tida de cargo.

Y Chicot se llevó la mano a la frente, lo cual prueba que ya en aquélla época se consideraba la ca­beza como sitio de la memoria.

-Verás, Quelus -dijo d'Eper­non-, cómo por ti nos deja de de­cir Chicot el apellido de Su Ma­jestad.

-No lo temas: te tengo cogido. .. por los cuernos diría si se tratase de M. de Guisa, pero tratándose de ti, Enrique, me contentaré con decir por las orejas.

-¡El apellido, el apellido! -dije­ron todos los jóvenes.

-Ante todo tomemos la y con que acaba la palabra rey: escribe, Nogaret. Veamos, después, entre las letras mayúsculas si hallamos una H: pon esa H.

D'Epernon obedeció.

-Escribe ahora la e que le sigue; bien, ahora la r que va detrás de la n; después, allá en Valois encon­trarás una o; ponla al lado de las otras; toma en seguida la d y la e de la partícula que separa las pala­bras Enrique y Valois, y añade a todo la s con que termina esta últi­ma palabra. Bien, ya tenemos el apellido; ahora la situación de nues­tro héroe se expresa con las letras que han quedado: pon en primer lugar el "que" final de Enrique: toma después la r y la e de rey, la i de Valois y añade por último la n que se nos ha quedado olvidada en Enrique y la a de Valois. Muy bien: deletrea ahora: E, 1, V, i, 1, y, H, e, r, o, d, e, s, que r, e, i, n, a.

-El Vil y Herodes que reina -dijo d'Epernon.

-¡Vil y Herodes! -dijo el rey.

-Precisamente, mira lo que fir­mas todos los días, hijo mío. ¡Oh!

Y Chicot echó el cuerpo atrás dando todas las señas de un pudo­roso horror.

-M. Chicot, eso es ya demasia­do -exclamó Enrique-. ¡Vaya una genealogía!

-No la reniegues, hijo mío -res­pondió Chicot-: ¡qué diablo! es la mejor para un rey que tiene que acudir a los judíos dos o tres veces al mes.

-Está visto -repuso el rey­ que este galopín ha de tener siem­pre respuestas para todo. No le ha­bléis, señores, y con eso no tendrá qué replicar.

Reinó entonces un profundo silen­cio. Chicot, poco dispuesto a rom­perlo, miraba atentamente el cami­no que la litera llevaba, cuando al cabo de algunos momentos de ob­servación, al llegar a la esquina de la calle de los Nogales, al otro ex­tremo de la plaza de Maubert, se tiró de la litera, apartó a los guar­dias y se arrodilló frente a una casa de hermosa apariencia, cuyo balcón de madera salía fuera de la pared todo el espacio que llenaban las ta­blas y pintadas vigas sobre que se apoyaba.

-¡Eh, pagano! -gritó el rey-, si quieres arrodillarte hazlo siquiera delante de la cruz que está en me­dio de la calle de Santa Genoveva, y no delante de esta casa. ¿Hay en ella por ventura alguna capilla u oratorio?

Pero Chicot no contestó: estaba de rodillas en el suelo y rezaba en alta voz una oración. El rey prestó oído .y no perdió una palabra del rezo, que era éste.

"Buen Dios, Dios justo: ésta es, bien la conozco y toda mi vida la conoceré, ésta es la casa donde Chi­cot ha padecido, si no por ti, Dios mío, al menos por una de tus cria­turas; jamás Chicot te ha pedido que enviases alguna desgracia a M. de Mayena, autor de su martirio, ni a maese Nicolás David, instru­mento de su suplicio. No, Señor, Chicot ha sabido aguardar, porque Chicot es paciente, aunque no eter­no, y ya hace seis años cumplidos, uno de ellos bisiesto, que Chicot acumula los intereses de la cuente­cita entre él y M. de Mayena y Nicolás David; ahora bien, al diez por ciento, que es el interés legal, puesto que es el que paga el rey cuando toma prestado, en siete años los intereses acumulados doblan el capital. Haz, pues, gran Dios, Dios justo, que la paciencia de Chicot dure todavía un año, con objeto de que los cincuenta azotes que reci­bió por orden de ese asesino de príncipe de Lorena, administrados por medio de ese espadachín de abo­gado normando, y que sacaron de su cuerpo una pinta de sangre, as­ciendan a dos pintas y cien azotes para cada uno de ellos, de tal ma­nera, que ni M. de Mayena, por gordo, ni Nicolás David, por largo, tengan bastante sangre y piel para pagarle, y se vean obligados a ha­cer bancarrota, quedando a deber un quince o veinte por ciento, y muriendo al recibir ochenta u ochen­ta y cinco vergajazos.

"En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén."

-Amén -repitió el rey.

Chicot besó el suelo, y a la vista de los asombrados espectadores, que no entendían la causa de esta esce­na, volvió a ocupar su puesto en la litera.

-¿Qué es esto, maese Chicot? -preguntó el rey, que si bien des­pojado hacía tres años de las pre­rrogativas de su calidad, que había dejado usurpar a los demás, tenía al menos el derecho de preguntar el primero-: ¿por qué has rezado esa larga y singular letanía? ¿A qué santo son esos golpes de pecho? ¿Qué significan, por último, todas esas zalamerías hechas delante de una casa de tan profana apariencia?

-Señor -dijo Quelus-, como Vuestra Majestad ha podido oir, Chicot ha pronunciado en su ora­ción el nombre de M. de Mayena; apostaría a que su plegaria tiene relación con el vapuleo de que ha­blábamos hace poco.

-Apostad, señor Santiago de Le­vis, conde de Quelus -repuso Chi­cot-, apostad y ganaréis.

-Conque es decir... -dijo el rey.

-Justamente -dijo Chicot-. En esa casa tenía Chicot una querida, una criatura encantadora; toda una señorita; a fe mía. Una noche que vino a verla cierto príncipe celoso hizo cercar la casa y azotar a Chi­cot tan duramente, que Chicot fal­tándole tiempo para abrir la puer­ta, saltó desde ese balcón a la calle. Y como fue un milagro que no se matase, cada vez que pasa frente a esa casa, se arrodilla, reza y da gracias a Dios por haberle librado de la muerte.

-¡Ah, pobre Chicot! ¡y Vuestra Majestad que le condenaba! En lo que acaba de hacer se ha conducido como buen cristiano.

-¿Conque también te zurraron?

-¡Oh, de lo lindo, señor, pero no tanto como yo hubiera querido!

-¿Cómo así?

-No me habría verdaderamente disgustado que me hubiesen dado alguna estocada.

-¿Por tus pecados?

-No por los de M. de Mayena.

-¡Ah! ya comprendo: tienes in­tención de dar al César...

-Al César, no; no confundamos las cosas, señor. César es el gran general, el valiente guerrero, el her­mano mayor, el que quiere ser rey de Francia, ese tiene cuenta abierta con Enrique de Valois: esa cuenta la debes satisfacer tú; paga tus deu­das, hijo mío, que yo pagaré las mías.

No le gustaba a Enrique que le hablasen de su primo el de Guisa; así es que el apóstrofe de Chicot le hizo ponerse serio, de modo que llegaron a Bicetre sin que la inte­rrumpida conversación volviera a seguir su curso.

Tres horas habían empleado desde el Louvre a Bicetre; de manera, que los optimistas contaban llegar al día siguiente a Fontainebleu, y los pesimistas apostaban a que no llega­rían hasta dos días después. Chicot pretendía que no llegarían nunca.

La comitiva real comenzó a ca­minar más libremente luego que sa­lió de París; la mañana estaba her­mosa; el viento soplaba con menos fuerza; el sol había logrado al fin romper su velo de nubes, y el día se presentaba como uno de los más bellos de octubre, en los cuales, al rumor de las últimas hojas que se caen de los árboles, la vista del pa­sajero penetra con dulce melancolía en el azul misterio de los bosques murmurantes.

Eran las tres de la tarde cuando el cortejo llegó a las primeras ta­pias del recinto de Juvisy. Desde aquél sitio se veía ya el puente cons­truido sobre el Orge y la gran po­sada de la Corte de Francia, que confiaba a la brisa fresca de la tar­de el perfume de sus asados y el agradable ruido del hogar.

Las narices de Chicot cogieron al vuelo estas emanaciones culinarias. Inclinó el cuerpo fuera de la litera, y divisó a la puerta de la posada muchos hombres embozados en sus capas. Entre ellos estaba un perso­naje grueso y pequeño, cuyo som­brero de anchas alas le ocultaban por completo las facciones.

Aquellos hombres entraron pre­cipitadamente en la posada al ver acercarse la real comitiva.

Mas el grueso y pequeño no en­tró tan rápidamente, que de Chicot no fuese notado y conocido. Por esto, en el momento que entraba, nuestro gascón bajó de la litera, pi­dió su caballo a un paje que de la brida lo llevaba, y escondido detrás de una pared y favorecido por las Primeras sombras de la noche, dejó pasar la comitiva, la cual continuó su camino hacia Essonnes, donde el rey pensaba dormir. Chicot, luego que hubieron desaparecido los últi­mos soldados de la escolta, luego que el lejano ruido de las ruedas se hubo amortiguado, salió de su escondite, dio la vuelta por detrás de la posada y se presentó a la puerta como si llegase de Fontaine­bleau.

Al pasar frente a la ventana di­rigió una mirada rápida a lo inte­rior y vio con placer que los hom­bres que le habían llamado la aten­ción continuaban aún allí y entre ellos el personaje gordo y pequeño a quien parece que particularmente conocía. Más como Chicot tenía, tal vez, razones para desear no ser co­nocido del mencionado personaje, en vez de entrar en el cuarto en que se hallaba, mandó llevar una botella de vino al de enfrente, y en e1 se situó de manera, que sin que el le viese, ninguno pudiera entrar ni salir.

Prudentemente colocado en el más obscuro sitio, podía no obs­tante, observar desde su habitación lo que en la otra pasaba; en la cual, junto a una inmensa chimenea v sentado en un escabel, se hallaba el hombre gordo y pequeño, que cre­yendo, indudablemente, no ser de nadie notado, dejaba que le diese de lleno en el rostro el resplandor de la llama, cuya claridad y el calor acababa a la sazón de aumentar una gran brazada de sarmientos.

-No me había equivocado -dijo Chicot-; no parece sino que pre­sentía el encuentro con ese hombre cuando hice oración delante de la casa de la calle de los Nogales. Pero, ¿por qué volvería así tan se­cretamente a la buena capital de nuestro amigo Herodes? ¿Por qué se oculta cuando pasa? ¡Ah, Pila­tos, Pilatos! ¿Si será que Dios no me conceda el año que le he pedi­do y quiera obligarme al reembolso antes de lo que yo pensaba?

Mas luego notó Chicot con júbi­lo que por uno de esos efectos de acústica que tan caprichosamente dispone el acaso, desde el sitio en que se hallaba situado no sólo po­día ver, sino también oir. Hecha esta observación, prestó el oído con no menor cuidado que el que en mirar­lo todo ponía.

-Señores -dijo el hombre grue­so y pequeño a sus compañeros-, opino que es tiempo de volver a ponernos en marcha; ya el último lacayo de la comitiva debe hallar­se lejos de aquí, y a estas horas el camino está seguro.

-Completamente seguro, monse­ñor -repuso una voz, que hizo es­tremecer a Chicot, .y que salía de un cuerpo, en el cual no había pa­rado hasta entonces la atención, ab­sorto como estaba en la contempla­ción del personaje principal.

El sujeto de donde la voz había salido eran tan alto como bajo aquél a quien llamaban monseñor, y tan Pálido y obsequioso como el otro colorado y arrogante.

-¡Ah, maese Nicolás! -dijo Chi­cot sonriendo, pero sin ruido-; quoque... ¡Tú también! Perfecta­mente; muy poco afortunado he de ser si esta vez nos separamos sin decirnos dos palabras.

Y Chicot concluyó de beber su botella y pagó al huésped, a fin de estar dispuesto para marchar inme­diatamente.

La precaución no era mala, por­que en aquel instante pagaron igual­mente las siete personas que habían llamado la atención de Chicot, o más bien el hombre de pequeña es­tatura pagó por todos, y habiendo cada uno montado en su caballo, emprendieron el camino de París desapareciendo a poco rato entre la niebla de la noche.

-¡Bueno! -dijo Chicot-, va a París; entonces allá voy yo también.

Y montando a caballo, los siguió a distancia, sin perder de vista sus capas grises, o sin dejar de oír el ruido de sus caballos, cuando por Prudencia alguna vez a mayor dis­tancia se quedaba.

La cabalgata se apartó del cami­no, y atravesando tierras, llegó a Choisv; después, pasando el Sena por el puente de Charenton, entró en París por la puerta de San An­tonio y se perdió como un enjam­bre de abejas en el palacio de Gui­sa, que para cerrar sus puertas pa­recía no haber aguardado sino la llegada de estos huéspedes.

-Bueno -dijo Chicot escondién­dose detrás de la esquina de la calle de los Cuatro Hijos-; este misterio, no tan sólo tiene relación con Ma­yena, sino con Guisa; antes me pa­recía curioso, pero ahora me va pa­reciendo interesante. Esperemos.

Y esperó, efectivamente, más de una hora, a pesar del hambre y del frío, que con sus agudos dientes co­menzaban a morderle. Por fin se abrió de nuevo la puerta; mas en vez de siete caballeros embozados en sus capas, salieron siete frailes de Santa Genoveva, ocultas las ca­bezas en sus capuchas .y sacudiendo enormes rosarios.

-¡Hola! -dijo Chicot-, ¡qué desenlace tan imprevisto! ¿Tan sa­turado está de santidad el palacio de Guisa, que con sólo pisar sus umbrales se convierten los sacripan­tes en corderos del Señor? Esto se pone cada vez más interesante.

Y Chicot siguió a los frailes como había seguido a los caballeros, se­guro de que los hábitos cubrían los mismos cuerpos que las capas ha­bían cubierto.

Los frailes pasaron el Sena por el puente de Nuestra Señora, atravesa­ron el barrio de la Ciudad, el Puen­te Chico y la plaza de Maubert y siguieron por la calle de Santa Ge­noveva.

-¿Qué es esto? -dijo Chicot des­pués de haberse quitado el sombrero al pasar por la calle de los Nogales y por la casa delante de la cual ha­bía hecho oración aquella maña­na-. ¿Regresamos a Fontainebleau? En ese caso no he tomado yo el camino más corto... Pero no, me engañaba, parece que no vamos tan lejos.

En efecto, los frailes acababan de detenerse a la puerta del convento de Santa Genoveva y de penetrar en el pórtico, en cuyas profundidades veíase otro fraile de su misma or­den, ocupado en mirar con la aten­ción más profunda las manos de los que entraban.

-¡Pardiez! -exclamó Chicot-, para ser admitido esta noche en el convento, parece que es preciso te­ner las manos limpias.

No bien había concluido Chicot de hacer esta reflexión, y cuando se ponía a meditar lo que debía hacer para no perder de vista a los siete caballeros, al mirar alrededor de sí, vio asombrado por todas las calles que desembocaban en la de Santa Genoveva asomar capuchas de frai­les, los cuales, unos solos, otros mar­chando de dos en dos, se encami­naban todos al convento.

-¿Qué es esto? -murmuró Chi­cot- ¿se celebra esta noche capí­tulo en la abadía, y están convoca­dos todos los monjes de Santa Ge­noveva que hay en Francia? A fe de caballero, que para ser ésta la primera vez que me place asistir a un capítulo, el deseo es casi irre­sistible.

Entretanto, los frailes iban en­trando en el pórtico, y pasaban de­lante, luego de haber mostrado las manos al portero, o algún objeto que en la mano llevaban.

-De buena gana entraría -dijo Chicot-, pero me hacen falta dos cosas esenciales; la primera es la respetable túnica que cubre a esos santos personajes, porque no distin­go ningún lego entre ellos, y la se­gunda es esa cosa que enseñan al hermano portero, pues no hay duda que algo le enseñan. ¡Ah!, P. Go­renflot, P. Gorenflot ¡si te tuviese a mano mi digno amigo!

Provocaba en Chicot esta excla­macíón el recuerdo de uno de los más venerables religiosos de la or­den de Santa Genoveva, que habi­tualmente le acompañaba a la mesa, cuando no comía en el Lou­vre, y el mismo con el cual el día de la procesión de los penitentes había entrado en una hostería de la puerta de Montmartre y comido una cerceta y bebido vino con especias.

Continuaban llegando frailes en tal número, que no parecía sino que medio París había tomado el hábi­to; el hermano portero, sin cansar­se, examinaba con tanta atención a los unos como a los otros.

-Veamos -dijo Chicot-; algo extraordinario ocurre aquí esta no­che. Seamos curiosos hasta el fin: son las siete y media y la cuesta­ción ha terminado: Gorenflot debe hallarse en el Cuerno de la Abun­dancia, pues es la hora en que acostumbra a cenar.

Chicot dejó a la legión de frailes hacer sus evoluciones en los alrede­dores del convento, y poniendo el caballo al galope llegó a la calle de Santiago, en la cual y enfrente del claustro de San Benito se eleva­ba floreciente y muy concurrida de monjes ergotistas la hostería del Cuerno de la Abundancia.

A Chicot se le conocía en la casa, no como parroquiano, sino como uno de los huéspedes misteriosos que iban de vez en cuando a dejar un escudo de oro y una partícula de razón en el establecimiento de maese Claudio Bonhomet; así se lla­maba el dispensador de los dones de Ceres y Baco que incesantemente prodigaba los del célebre cuerno mi­tológico que servía de muestra a su casa.

XVIII. EL PADRE GORENFLOT

La noche estaba hermosa como lo había estado el día; pero como éste había sido frío, la noche lo era más. Veíase condensar bajo las alas de los sombreros el hálito de los paseantes nocturnos, coloreado por los fulgores de los reverberos. Oían­se distintamente las pisadas de los transeúntes sobre el helado suelo y la sonora tos que arrancaba el frío, y que, como diría un físico de nues­tros días, repercutían las superficies elásticas. En resumen, era aquella una de las hermosas y frías noches de primavera que dan un doble atractivo al bello color rosado de las vidrieras de una hostería.

Chicot entró primero en la sala general, recorrió con la vista todos los rincones y no encontrando a quien buscaba entre los parroquia­nos de maese Claudio, pasó fami­liarmente a la cocina.

El dueño del establecimiento se hallaba leyendo en un libro reli­gioso, esperando a que el aceite contenido en una enorme sartén lle­gara al grado de calor necesario para recibir varios merlanes enharinados.

Al ruido que hizo Chicot al en­trar volvió maese Bonhomet la ca­beza.

-¡Ah! sois vos, señor mío -ex­clamó cerrando su libro-: buenas noches -y buen apetito.

-Gracias por ambos deseos -dijo Chicot-, aunque el uno ya le tenéis conseguido por fortuna mía y por la vuestra. Sin embargo, to­davía no he decidido...

-¿Cómo que no habéis decidido?

-No; ya sabéis que no acostum­bro a comer solo.

-Si es preciso -dijo Bonhomet quitándose el gorro-, yo cenaré con vos.

-Gracias, querido huésped, aun­que sois excelente convidado; pero estoy aguardando a uno...

-¿Al P. Gorenflot? -preguntó Bonhomet.

-Justamente -contestó Chicot-, ¿ha empezado a cenar?

-No, señor; pero despachaos si deseáis verle.

-¿Cómo es eso?

-Sí, porque dentro de cinco mi­nutos ya habrá concluido.

-¿Decís que el P. Gorenflot no ha comenzado su cena y que dentro de cinco minutos la habrá termi­nado?


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