Alejandro dumas



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-El señor conde -dijo.

Gertrudis se ausentó y el conde se presentó en el umbral de la puer­ta.

-Señora -preguntó-, ¿he cum­plido fielmente el tratado?

-Sí, señor -respondí-, y os doy las gracias.

-¿Me recibiréis en vuestra casa? -añadió con una sonrisa que en vano quiso dejar de ser irónica.

-Pasad adelante, caballero.

El conde se acercó y continuó de pie. Yo le hice seña de que se sen­tara; después le pregunté:

-¿Tenéis algunas noticias?

-¿Dé dónde y de quién, señora?

-Ante todo, de mi padre y de Meridor.

-No he ido al castillo de Meri­dor, ni he visto a vuestro padre.

-Entonces de Beaugé y del duque de Anjou.

-Eso es otra cosa: he ido a Beaugé y he hablado al duque.

-¿Cómo le habéis encontrado?

-Queriendo dudar.

-¿De qué?

-De vuestra muerte.

-¿Pero le habéis confirmado en esa creencia?

-He hecho todo lo posible para ello.

-¿Y dónde se halla el duque?

-En París desde ayer tarde.

-¿Cómo ha venido tan pronto?

-Porque nadie se queda mucho tiempo por su gusto en un lugar don­de cree que ha muerto una mujer por su culpa.

-¿Le habéis visto desde su vuelta a París?

-Vengo de verle.

-¿Os ha hablado de mí?

-No le he dado tiempo para ello.

-¿Pues de qué le habéis hablado?

-De una promesa que me tiene hecha y cuyo cumplimiendo he pe­dido con grandes instancias.

-¿Cuál?

-Me tiene prometido hacer que me nombren montero mayor, en pre­mio de los servicios que le he pres­tado.



-¡Ah! sí -dije con triste sonrisa, recordando la muerte de mi pobre Dafne-; en efecto, sois un cazador tremendo, ya recuerdo, y como tal tenéis derecho incontestable a ese destino.

-No le alcanzaré por lo de ca­zador, señora, sino por servidor del príncipe; no me lo darán porque a él tenga derecho, sino porque el du­que de Anjou no se atreverá a ser ingrato conmigo.

A pesar del tono respetuoso de estas respuestas, había en ellas algo que me espantaba, y era la expre­sión de una voluntad implacable y sombría.

Permanecí silenciosa un momento; después dije:

-¿Me será permitido escribir a mi padre?

-Sin duda; mas tened presente que vuestras cartas pueden ser in­terceptadas.

-¿Me está prohibido salir?

-Nada os está prohibido, seño­ra; pero debo haceros observar que podéis ser seguida.

-¿Pero siquiera podré ir a misa los domingos?

-Creo que para vuestra seguri­dad sería mejor que no la oyeseis; pero, si os empeñáis, al menos que no sea en otra iglesia sino en la de Santa Catalina. Esto, no obstante, no es más que un consejo que debo daros.

-¿Y dónde está esa iglesia?

-Enfrente de vuestra casa, en esta misma calle.

-Gracias, caballero.

Hubo un instante de silencio, que yo rompí también, diciendo:

-¿Cuándo nos veremos, caballe­ro?

-Espero vuestro permiso para volver.

-¿Lo necesitáis?

-Indudablemente; hasta ahora soy para vos un extraño.

-¿No tenéis llave de esta casa?

-Sólo vuestro marido tiene de­recho para usarla.

-Caballero -dije más asustada de la singular sumisión de sus con­testaciones de lo que a ser éstas ab­solutas e imperativas hubiera esta­do-: podéis volver cuando quisie­reis y cuando creáis tener alguna cosa de importancia que decirme.

-Gracias, señora, usaré de ese permiso, pero no abusaré... y la primera prueba que quiero daros es tomar vuestra venia para ausentar­me.

Dichas estas palabras se levantó.

-¿Me dejáis ya? -pregunté cada vez más admirada de una conducta que estaba yo muy lejos de esperar.

-Señora -repuso-, se que no me amáis y no quiero abusar de vuestra situación, que a recibir mis obsequios os obliga. Usando en mis visitas de esta reserva, espero que poco a poco os acostumbraréis a mi presencia, costándoos así menos el sacrificio cuando el instante de ser mi esposa llegare.

-Caballero -dije levantándome a mi vez-, reconozco la delicadeza de vuestro proceder, y no obstante la especie de dureza que a todas vuestras palabras acompaña, las aprecio. Tenéis razón y quiero ha­blaros con la misma sinceridad que habéis usado conmigo. Tenía contra vos cierta prevención, que el tiem­po curará, según espero. -Permitidme, señora, que abri­gue esa esperanza y la de ver llegar en breve tan venturoso momento. Después, saludándome con todo el respeto que del más humilde de mis servidores podía haber aguar­dado., salió precedido de Gertrudis, que le alumbraba y que había es­tado presente a toda nuestra con­versación.

XVI. EL CASAMIENTO

(Concluye la historia de Diana de Meridor.)

-Por mi vida que es un hombre muy extraño ese M. de Monsoreau -dijo Bussy.

-En efecto, muy singular, ¿no es verdad, caballero?, porque su amor se presentaba con toda la as­pereza del aborrecimiento. Gertru­dis, al volver, me encontró más tris­te y asustada que nunca.

Procuró tranquilizarme; pero la pobre muchacha estaba tan turbada como yo. Aquél respeto glacial, aque­lla irónica obediencia, aquella pa­sión reprimida y que en notas es­tridentes vibraba en cada una de sus palabras, eran más terribles que lo podía haber sido la expresión franca y explícita de una firme vo­luntad, que yo hubiera podido com­batir.

Al día siguiente era domingo: des­de que tengo uso de razón nunca había faltado al oficio divino. Oí la campana de la iglesia de Santa Ca­talina que me llamaba; vi a todos los vecinos encaminar sus pasos al templo; tomé un espeso velo, y cu­briéndome con él, seguida de Ger­trudis, me confundí entre la muche­dumbre que al tañido de la campa­na acudía.

Busqué el rincón más obscuro y me arrodillé junto a la pared. Ger­trudis se colocó como centinela en­tre la gente y yo; mas esta vez fue­ron inútiles las precauciones, nadie fijó la atención en nosotras.

A los dos días vino el conde y me anunció que estaba nombrado montero mayor. Por la influencia del duque de Anjou había alcanza­do este empleo, que estaba prome­tido a uno de los favoritos del rey llamado M. de San Lucas. Este era un triunfo que apenas se había atre­vido a esperar.

-Efectivamente -dijo Bussy-, y que nos sorprendió a todos.

Venía a anunciarme esta noticia, esperando que la nueva dignidad de que se veía revestido apresuraría mi consentimiento para nuestro enlace. No obstante, protestó que no que­ría ser importuno, que no insistía y que lo esperaba todo de mi pro­mesa y de los sucesos.

Por mi parte comencé a aguardar que llegaría a verme libre de mi compromiso con el conde, puesto que creyéndome muerta el duque, había cesado el peligro.

Cinco días pasaron sin que en ellos cosa particular sucediese, si no es que el conde me hizo dos visitas, en las cuales, como en las anterio­res, estuvo frío y respetuoso; pero ya os he explicado lo extraños y casi amenazadores que eran este res­peto y esta frialdad.

El domingo siguiente asistí a la iglesia como la vez primera, y me arrodillé en el mismo sitio que ha­bía ocupado ocho días antes.

La confianza nos hace impruden­tes; en el fervor de mi oración se separó el velo de mi semblante... En la casa de Dios, no pensaba yo más que en Dios... Oraba ardien­temente por' mi padre, cuando sentí que Gertrudis me tocaba el brazo; fue necesario que me llamase la atención por segunda vez para sa­carme de la especie de éxtasis a que estaba entregada.

Levanté la cabeza y mirando ma­quinalmente alrededor de mí, vi con terror al duque de Anjou, que apo­yado en una columna, me devoraba con la vista.

Un hombre, que más bien que criado parecía su confidente, estaba inmediato a él.

-Era Aurilly -dijo Bussy-, su tocador de laúd.

-En efecto -repuso Diana-, ese me parece ser su nombre, según Gertrudis me dijo después.

-Continuad, señora -añadió Bussy-, continuad por favor; em­piezo a comprenderlo todo.

-Cubrí acto seguido mi rostro con el velo; pero era tarde.

Me había visto, y si no me reco­noció, al menos mi semejanza con la mujer que había amado y que creía perdida, le llamó en gran modo la atención.

Turbada al notar que no apartaba la vista un momento de mí, me le­vanté y me dirigí a la puerta; pero en la puerta le encontré aguardán­dome para ofrecerme agua bendita.

Aparenté que no le veía y pasé sin aceptar su oferta.

Pero no tuve necesidad de volver la cabeza para conocer que éramos seguidas. Si hubiera sabido las calles de París, habría procurado evitar que el duque supiese dónde yo vi­vía; mas no habiendo salido una sola vez de casa sino para ir a la iglesia, ni conocía a persona alguna a quien pedir hospitalidad durante un cuarto de hora, ni tenía ninguna amiga que me protegiera. El único defensor con quien podía contar, era de mí más temido que si fuese un enemigo.

-¡Oh! -exclamó Bussy-, ¿por qué el cielo, la Providencia o el acaso no han hecho que os conocie­se antes?

Diana dio las gracias al joven con una mirada.

-Continuad -añadió Bussy-, y perdonad si os interrumpo a cada momento, a pesar del interés que me inspira vuestra narración.

-Aquella noche vino M. de Mon­soreau. Yo no sabía si debía ha­blarle de mi aventura; pero él disipó mis dudas diciendo:

-Me habéis preguntado si os es­taba prohibido ir a misa, y os he respondido que erais dueña abso­luta de vuestras acciones, pero que sería mejor que no fueseis. No ha­béis querido creerme. Habéis salido esta mañana para oir misa en Santa Catalina: El príncipe se encontraba allí por casualidad, o mejor dicho, por fatalidad, y os ha visto.

-Es verdad, caballero, y dudaba si debía participaron esta circuns­tancia, porque no sé si el príncipe me ha reconocido por quien soy, o solamente por haberle llamado la atención el parecido con la que cree muerta.

-Vuestra presencia le ha llama­do la atención y esa semejanza le ha parecido extraordinaria; os ha seguido y ha tomado informes; pero nadie ha podido dárselos porque, nadie os conoce aquí.

-¿Y qué pensáis que hará?

-El duque es hombre de carácter sombrío y tenaz -repuso M. de Monsoreau.

-¡Oh! yo espero que me olvi­dará.

-No lo creo; no es posible ol­vidaros, señora, cuando se os ha visto una vez: yo he hecho para ello todos los esfuerzos que he po­dido hacer, y no lo he logrado.

Los ojos del conde se animaron: ésta fue la primera demostración de amor que yo he notado en él.

Pero la llama que acababa de des­pedir aquél volcán que yo creía apa­gado me causó más espanto que el que las miradas del Duque de An­jou me habían infundido.

Permanecí por algunos momen­tos en silencio.

-¿Qué pensáis hacer? -pregun­tóme el conde.

-¿No podría mudar de casa, de calle o hasta de barrio, trasladarme al extremo opuesto de París, o más bien volver a Anjou?

-Todo eso sería inútil -dijo M. de Monsoreau-, el duque de Anjou es un temible sabueso; ha descubier­to vuestra huella y adonde quiera que os ocultéis os seguirá hasta ha­llaros.

-¡Oh! me hacéis temblar.

-No es mi intención asustaros: os digo lo que hay y nada más.

-Entonces yo seré ahora quien os pregunte, ¿qué pensáis hacer?

-¡Ah! -contestó M. de Monso­reau con amarga ironía-, soy hom­bre de tan corta imaginación ... yo había encontrado un medio, no os conviene y renuncio a él; pero me es imposible buscar otro.

-Pero -añadí yo- el peligro es tal vez menos inminente de lo que suponéis.

-Eso el tiempo lo dirá, señora -dijo el conde dejando su asien­to-. En todo caso, os lo repito, la condesa de Monsoreau tendrá me­nos que temer del príncipe, cuanto que por el nuevo empleo que ocupo dependo directamente del rey, y Su Majestad nos protegerá a mi esposa y a mí.

Un suspiro fue mi contestación. El conde tenía razón, y lo que de­cía era probable.

M. de Monsoreau esperó un ins­tante como para dejarme tiempo de responderle; mas me faltaban para ello las fuerzas.

Él estaba de pie en disposición de retirarse; una amarga sonrisa mo­vió sus labios; saludóme y salió de la estancia.

A medida que bajaba las escale­ras, creí oir algunas imprecaciones que se le escaparon.

Llamé a Gertrudis.

Gertrudis acostumbraba quedarse en el gabinete o en el dormitorio cuando venía el conde; así fue que se me presentó al momento.

Me llegué a la ventana, tapándo­me con la cortina, de modo que sin ser vista pudiese notar lo que en la calle sucedía.

El conde salió y se alejó.

Permanecimos atentas por espacio de hora y media, pero nadie vino.

Al día siguiente, al salir Gertru­dis, se llegó a ella un joven, a quien conoció por ser el mismo que la víspera iba acompañando al prínci­pe; pero se negó a responder a to­das sus preguntas y a aceptar todas sus ofertas, de tal modo que, can­sado, el joven se retiró.

Este encuentro me inspiró un te­rror profundo. Era el principio de una investigación que evidentemen­te no debía terminar así. Temí que M. de Monsoreau no viniese aque­lla tarde y que por la noche se hi­ciese contra mí alguna tentativa: enviéle a llamar y vino al instante.

Le referí cuanto le había pasado a Gertrudis, dándole las señas del jo­ven, según mi doncella me las ha­bía dado.

-Es Aurilly -dijo-; ¿y qué ha contestado Gertrudis?

-Nada.


M. de Monsoreau reflexionó un instante y después dijo:

-Ha hecho mal.

-¿Cómo?

-Sí; hace falta ganar tiempo.



-¿Tiempo?

-Aún soy dependiente del du­que de Anjou; pero dentro de quin­ce días, de doce o quizá de ocho, el duque será el que esté bajo mi dependencia. Por consiguiente, lo que interesa es engañarle para que espere.

-¡Dios mío!

-Sin duda; la esperanza le dará paciencia; mientras que una negati­va completa le haría tomar un par­tido desesperado.

-Caballero, escribid a mi padre -exclamé-; mi padre acudirá al instante y se echará a los pies del rey; Su Majestad tendrá compasión de un anciano.

-Es según la disposición de áni­mo en que el rey se encuentre y según interese a su política el ser por ahora amigo o enemigo del se­ñor duque de Anjou. Por otra parte, se necesitan seis días para que lle­gue el mensajero que se habría de enviar a vuestro padre, y otros seis para que venga vuestro padre. En doce días el señor duque de Anjou habrá adelantado, si no le conte­nemos, todo lo que puede adelan­tar.

-¿Y de qué modo contenerle?

M. de Monsoreau no contestó: yo comprendí su pensamiento y bajé los ojos.

-Caballero -dije después de un instante de silencio-, dad vuestras instrucciones a Gertrudis y ella las seguirá.

Era la primera vez que yo apela­ba a su protección; el conde demos­tró su satisfacción con una sonrisa casi imperceptible.

Habló algunos instantes con Ger­trudis y luego volviéndose a mí:

-Señora -dijo-, podría ser que me vieran al salir de vuestra casa: dentro de dos o tres horas será completamente de noche; ¿me permitís que pase esas dos o tres horas en vuestro cuarto?

M. de Monsoreau se contentaba con rogar cuanto tenía casi derecho a exigir. Esta reflexión me hizo con­sentir en lo que pedía y hacerle seña de que se sentase.

Entonces noté el absoluto domi­nio que el conde tenía sobre sí mis­mo; al instante superó la turbación que nuestra situación respectiva de­bía naturalmente inspirar, y comen­zó una conversación variada y agra­dable, a la cual prestaba grande in­terés la misma aspereza de que os he hablado. El conde había viajado, visto y meditado mucho, y al cabo de dos horas comprendí cómo aquél hombre extraño había adquirido la influencia que tenía sobre mi padre.

Bussy suspiró.

Llegada la noche, sin insistir, sin pedir más, y como satisfecho de lo que había obtenido, se levantó y se retiró.

Al poco rato nos pusimos Ger­trudis y yo a la ventana con las mismas precaucionse que la vez pri­mera. Vimos claramente dos hom­bres que examinaban la casa; mu­chas veces se acercaron a la puerta, pero estando apagadas todas las lu­ces de la casa, no pudieron vernos.

A las once se ausentaron.

Al día siguiente, al salir Gertru­dis, halló al mismo joven en el mis­mo sitio; se llegó de nuevo a ella y le hizo las mismas preguntas. Ger­trudis se mostró menos severa que el primer día, y le respondió algu­nas palabras.

Al otro día Gertrudis fue más co­municativa; le dijo que yo era viu­da de un consejero, que habiendo quedado sin bienes vivía muy reti­rada; quiso el joven saber más, pero fue preciso que por entonces se con­tentase con estas noticias.

Al día inmediato, Aurilly, que al parecer había concebido alguna sos­pecha respecto a la veracidad del relato de Gertrudis, le habló de An­jou y de Beaugé y pronunció la pa­labra Meridor.

Gertrudis le respondió que todos aquellos nombres le eran absoluta­mente desconocidos.

Entonces Aurilly confesó que era dependiente del duque de Anjou; que el duque me había visto y ena­morándose de mí: después de esta confesión, vinieron ofertas magnífi­cas para ella y para mí; para ella si quería introducir al príncipe en su casa, para mí si consentía en re­cibirle.

Todas las noches venía M. de Monsoreau, y yo le contaba cuanto por la mañana había pasado. Sus visitas duraban entonces desde las ocho hasta las doce; pero era evi­dente que le atormentaba una gran­de inquietud.

El sábado vino más pálido y más agitado que de costumbre.

-Señora -dijo-, es preciso pro­meter al príncipe cuanto quiera para el martes o miércoles.

-¿Cómo es eso? ¿y por qué? -exclamé yo.

-Porque el duque de Anjou está resuelto a todo; porque en la oca­sión presente se halla en buena in­teligencia con Su Majestad, y por consecuencia no hay nada que es­perar del rey.

-¿Pero debe de aquí al miércoles efectuarse algún acontecimiento que nos sea favorable?

-Tal vez. Yo espero de un día para otro la circunstancia que debe poner al príncipe a mi disposición. Esa circunstancia yo la apresuro, no solamente con mis deseos, sino con mis acciones. Mañana debo de­jaros y salir para Montereau.

-¿Tan necesario es ese viaje? -respondí espantada, aunque no sin cierta especie de alegría.

-Sí, señora; tengo en Montereau una cita indispensable para apresu­rar la realización de esa circunstan­cia de que os he hablado.

-Y si el martes nos hallamos to­davía en la misma situación, ¿qué haremos? ¡Dios mío!

-¿Qué queréis que yo haga, se­ñora, contra un príncipe, cuando no tengo derecho alguno para pro­tegeros? Forzoso será ceder a la mala suerte.

-¡Oh, padre mío, padre mío! -exclamé.

El conde me miró fijamente y dijo:

-¿Tanto me odiáis?

-¡Oh, caballero!

-¿De qué podéis acusarme?

-Yo, de nada; todo lo contrario.

-¿No me he mostrado siempre fiel como un amigo, respetuoso como un hermano?

-Os habéis portado en todo como caballero.

-¿No tengo vuestra palabra?

-Sí.


-¿Os la he recordado alguna vez?

-No.


-Y, no obstante, cuando las cir­cunstancias son tales que os halláis en la necesidad de elegir entre una posición honrada y una posición vergonzosa, ¿preferiréis ser la que­rida del duque de Anjou a ser la mujer del conde de Monsoreau?

-No he dicho eso, caballero.

-Pues entonces, decidíos.

-Estoy decidida.

-¿A ser condesa de Monsoreau?

-Antes que querida del duque de Anjou.

-¿Antes que querida del duque de Anjou? La circunstancia que os obliga a darme la preferencia no es muy lisonjera para mí.

Yo no respondí.

-No importa -añadió el con­de-, ya lo habéis oído, ganemos tiempo hasta el martes, y el martes veremos.

Al día siguiente salió Gertrudis, como de costumbre, pero no vio a Aurilly, cuya ausencia nos dió más en qué pensar que lo que su pre­sencia nos hubiera dado. Gertrudis salió de nuevo, aunque no había necesidad de que saliera, y sólo por ver si le hallaba; pero no le halló; salió por tercera vez, pero sin fruto.

Enviéla a casa de M. de Monso­reau, pero el conde no estaba en ella, y los criados no sabían dónde se encontraba.

Nos vimos solas y aisladas, y nuestra debilidad me hizo conocer por primera vez lo injusta que ha­bía sido para el conde.

-¡Oh, señora! -exclamó Bus­sy-, no os apresuréis a declarar ino­cente a ese hombre: hay en su pro­ceder un enigma que no entendemos, pero que pronto nos será ex­plicado.

-Vimos llegar la noche con un terror profundo: yo estaba resuelta a todo antes que caer viva en ma­nos del duque de Anjou. Habíame apoderado de este puñal, resuelta a matarme a la vista del príncipe tan pronto como él o sus sirvientes tratasen de llegarse a mí. Atranca­mos las puertas de nuestros aposen­tos, quitamos la lámpara de la es­calera y nos colocamos en nuestro observatorio. Por una negligencia inconcebible la puerta de la calle no tenía cerrojo interior.

Nada advertimos que pudiese asustarnos hasta las once de la no­che. A las once, por la calle de San Antonio, vimos salir cinco hombres que, deteniéndose un momento, pa­reció que deliberaran entre sí, y luego se ocultaron en el ángulo que forman las paredes del palacio de Tournelles.

Comenzamos a temblar creyendo que aquellos hombres estaban allí por nosotras.

No obstante, ellos permanecieron inmóviles por espacio de un cuarto de hora. Al cabo de este tiempo vi­mos aparecer otros dos hombres por la esquina de la calle de San Pablo.

La luna que se deslizaba entre las nubes permitió a Gertrudis co­nocer a Aurilly, que era uno de ellos.

-¡Ah, señorita! ellos son -ex­clamó la pobre muchacha.

-Sí -contesté yo temblando-, y los otros cinco están allí para so­correrles.

-Pero será preciso que echen la puerta abajo -dijo Gertrudis-, y al ruido acudirán los vecinos.

-¿Por qué han de acudir? ¿nos conocen? ¿tienen por ventura al­gún motivo para comprometerse por defendernos?

-Pues bien, ¿por qué os negáis todavía a ser condesa de Monso­reau?

Yo di un suspiro.

Entretanto, los dos hombres que se habían presentado en la esquina de la calle de San Pablo se adelan­taron arrimados a la pared hasta ponerse debajo de nuestra ventana.

La abrimos silenciosamente.

-¿Estás seguro de que es aquí? -preguntó una voz.

-Sí, monseñor, completamente seguro: es la quinta casa contando desde la esquina de la calle de San Pablo.

-¿Crees tu que la llave servirá para esta puerta?

-He sacado el molde de la ce­rradura.

Cogí el brazo a Gertrudis y le es­treché con violencia.

-¿Y luego que entremos? -aña­dió la misma voz.

-Luego que entremos, es cosa mía. La doncella nos abrirá; Vues­tra Alteza tiene en su bolsillo una llave de oro de tanto valor como ésta.

-Abre pues.

Oímos rechinar la llave en la ce­rradura; pero en el mismo instante los hombres que estaban ocultos jun­to al palacio, salieron y se arrojaron hacia el príncipe y Aurilly gritando: "muera, muera".

No comprendí la razón de este in­cidente: lo que sólo adiviné fue que nos llegaba un socorro inesperado e imprevisto. Caí de rodillas y di gra­cias al cielo.

Mas el príncipe con sólo descu­brirse a decir su nombre, hizo callar todas las voces, envainar las espadas y retirar a los agresores.

-Sí, sí -exclamó Bussy-, no era al príncipe a quien buscaban, era a mí.

-De todos modos -repuso Dia­na-, este ataque hizo que el prín­cipe se retirase. Vímosle encaminar­se a la calle de Jouy, mientras que los cinco que le habían acometido volvían a ocupar sus puestos en el ángulo del palacio de Tournelles.

Era indudable que al menos por aquella noche no corríamos peligro: porque aquellos cinco hombres no venían por mí. Pero estábamos de­masiado alarmadas y conmovidas para acostarnos y nos quedamos a la ventana aguardando algún suceso desconocido que instintivamente pre­sentíamos como próximo a verifi­carse.

Poco tuvimos que aguardar. Pre­sentóse un hombre a caballo salien­do por la calle de San Antonio. Era indudablemente el que los escondi­dos esperaban, porque al verle gri­taron: "mano a las espadas", y se lanzaron a su encuentro.


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