Alejandro dumas



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Esto pensaba San Lucas dirigien­do de vez en cuando sus miradas al camino que iban dejando atrás, en el cual a nadie que pudiese infun­dir temores veía.

-Perfectamente -dijo-, la tem­pestad habrá descargado sobre el pobre Chicot, que a pesar de su lo­cura, o tal vez por lo mismo que es un loco, me ha dado tan buen consejo. La única pena que le im­pondrán será algún anagrama más o menos ingenioso.

Y San Lucas recordaba un ana­grama terrible que Chicot había he­cho con su nombre cuando disfru­taba del favor del rey.

De pronto sintió la mano de su mujer que se apoyaba en su brazo, y este movimiento, que no era una caricia, le hizo estremecer.

-¿Qué ocurre? -preguntó.

-Mira -dijo Juana.

San Lucas se volvió y vio a lo le­jos un caballero que llevaba el mis­mo camino que ellos, y que parecía apretar el paso de su caballo.

Aquel caballero se hallaba en lo alto del camino y destacándose su cuerpo vigorosamente sobre el mate azul del cielo, por un efecto de pers­pectiva que nuestros lectores habrán observado alguna vez, parecía en aquella posición más alto que lo que naturalmente era.

Esta coincidencia fue de mal agüe­ro para San Lucas, ya a causa de la disposición de su ánimo, a quien la realidad parecía querer desmen­tir, ya porque a pesar de la calma que afectaba, temía algún capricho del rey Enrique.

-Sí, en efecto -dijo poniéndose pálido-, allá arriba veo a un hom­bre a caballo.

-Huyamos -exclamó Juana, aplicando la espuela al suyo.

-No tal -dijo San Lucas, a quien el temor no podía quitar la serenidad-, ese caballero viene solo, a lo que se ve, y delante de un hombre solo no debemos huir: apartémonos un poco y dejémosle pasar; luego que pase continuare­mos nuestro camino.

-¿Y si se detiene?

-Si se detiene veremos quién es, y según quien sea, así haremos.

-Tienes razón -repuso Juana-, y yo no debo temer, pues mi San Lucas está aquí para defender­me.

-Sin embargo, huyamos -dijo San Lucas, luego de haber mirado de nuevo al desconocido, el cual al divisarles había puesto el caballo al galope-, huyamos porque diviso una pluma en aquel sombrero y bajo aquel sombrero una gorguera que me dan mucho en qué pensar.

-¿Y cómo pueden causar recelo una pluma y una gorguera? -pre­guntó Juana, dejándose llevar por su esposo, que había tomado su ca­ballo por la brida y aceleraba el paso para ganar el bosque,

-Porque la pluma es de un co­lor que actualmente es muy de moda en la corte, y la gorguera es también de forma moderna; y esas plumas son muy caras de teñir, y esas gor­gueras muy costosas de almidonar, para que el que las lleva sea algún gentilhombre de Mans. Apretemos el paso, Juana, porque ese caballero me parece mensajero del rey, mi augusto amo.

Pero el correr por el camino que habían tomado era cosa bastante difícil, pues los abetos del bosque estaban tan espesos, que formaban una verdadera muralla de ramas, sin contar con que los caballos se hun­dían hasta los pechos en aquel te­rreno arenoso.

Mientras tanto, el caballero se iba acercando: oíase el ligero galope de su caballo, cuyas pisadas resonaban con fuerza en la pendiente por don­de bajaba.

-¡Jesús, señor! -exclamó Jua­na-, a nosotros es a quienes busca.

-¡Pardiez! -exclamó San Lucas deteniéndose-, si nos busca, vea­mos qué nos quiere, pues echando pie a tierra, por fuerza nos ha de alcanzar.

-Se ha detenido -dijo la joven.

-Y se apena -agregó San Lu­cas-, y entra en el bosque. ¡Voto a tal! Aunque sea el diablo en per­sona le he de salir al encuentro.

-Espera -dijo Juana-, espera, creo que nos llama.

En efecto, el desconocido, después de haber atado su caballo a un árbol, entraba en el bosque gritan­do:

-¡Eh, caballero, caballero! ¡no corráis, con mil demonios! Os traigo una cosa que habéis perdido.

-¡Pardiez! -exclamó San Lu­cas-, dice que hemos perdido una cosa.

-¡Eh! ¡señor gentilhombre! ¡caballerito! -prosiguió el desconocido-, habéis olvidado vuestro bra­zalete en la hostería de Courville. ¡Qué diablo! no se pierde así como quiera un retrato de mujer, y mu­cho menos el de la respetable ma­dame de Cossé. Por amor de esa buena señora no me hagáis correr más.

-¡Yo conozco esta voz! -dijo San Lucas.

-Habla de mi madre -dijo Juana.

-¿Habéis perdido algún brazale­te, querida?

-Sí, hasta esta mañana no lo he advertido, y no recordé dónde po­día haberlo dejado.

-¡Si es Bussy! -gritó San Lu­cas.

-¿El conde de Bussy? -repitió Juana conmovida-, ¿nuestro ami­go?

-Justamente, nuestro amigo -dijo San Lucas, saliendo al en­cuentro de Bussy con la misma pri­sa que antes se había dado para huir de él.

-¡San Lucas, bien decía yo! -dijo Bussy con voz vibrante y ale­gre al llegar junto a los dos espo­sos-. Buenos días, señora -añadió riéndose y presentando a Juana el brazalete que efectivamente había olvidado en la hostería de Cour­ville.

-¿Venís a prendernos de parte del rey, M. de Bussy? -preguntó Juana sonriéndose.

-¿Yo? No a fe; no soy tan ami­go de Su Majestad para que se me den comisiones de confianza. Encon­tré vuestro brazalete en Courville, y esto me indicó que veníais delan­te: entonces apreté el paso, os vi, sospeché que seríais vos y vuestro marido, y os perseguí sin querer atemorizaros por eso.

-Así pues -dijo San Lucas, que todavía abrigaba alguna sospecha-, el acaso y nada más es el que os trae por el mismo camino que nos­otros.

-El acaso -respondió Bussy-, y ahora que os he encontrado aña­diré que la Providencia.

Y todas las dudas que hasta en­tonces habían quedado en el ánimo de San Lucas se disiparon ante la mirada brillante y la franca sonrisa del gallardo caballero.

-¿Conque vais de viaje? -dijo Juana.

-Sí, señora -dijo Bussy volvien­do a montar a caballo.

-Mas no como nosotros.

-No, por desgracia.

-Quiero decir, que no por tener necesidad de huir.

-¡Pardiez! Poco falta para eso.

-¿Y adónde vais?

-Voy hacia Angers: ¿y vos?

-Nosotros también.

-Ya estoy; Brissac está a diez leguas de aquí, entre Angers y Sau­mur, y vais a refugiaros a la casa paterna, como palomas perseguidas; eso es delicioso y envidiaría vuestra felicidad, si la envidia no fuera de almas viles.

-Casaos, pues, M. de Bussy -dijo Juana con una mirada de gratitud-, casaos y seréis tan feliz como nosotros; es cosa fácil os lo aseguro, conseguir la dicha cuando hay amor.

Y miró a San Lucas sonriéndose como para apelar a su testimonio.

-Señora -dijo Bussy-, descon­fío de esa dicha; no todos tienen la ventaja de casarse como vos con privilegio del rey.

-¡Que vos digáis eso, vos que sois amado en todas partes!

-El que es amado en todas par­tes, señora -dijo Bussy con una sonrisa-, es como si no le amasen en ninguna.

-Pues bien -dijo Juana dirigien­do una mirada de inteligencia a su marido-, yo os casaré. Esto en pri­mer lugar devolverá la calma a mu­chos maridos celosos que yo conoz­co, y en segundo os asegurará la di­cha, cuya existencia negáis.

-No niego que la dicha exista, señora -repuso Bussy suspirando-, niego solamente que esa dicha se haya hecho para mí.

-¿Queréis que os case? -insis­tió madame de San Lucas.

-Si me casáis a vuestro gusto, no; si me casáis al mío, sí.

-Decís eso como hombre deci­dido a quedarse soltero.

-Probablemente.

-¡Pues qué! ¿estáis enamorado de alguna mujer con quien no os podéis casar?

-Conde, por favor -dijo Bus­sy-, suplicad a vuestra esposa que no me clave mil puñales en el co­razón.

-¡Ah! cuidado, Bussy, vais a ha­cerme creer que estáis enamorado de Juana.

-En este caso confesaréis al me­nos que soy un amante muy deli­cado v que los maridos hacen muy mal en tener celos de mí.

-Es cierto -dijo San Lucas, re­cordando que fue Bussy quien le llevó su mujer al Louvre-. Mas no importa, confesad que habéis dado vuestro corazón.

-Lo confieso -repuso Bussy.

-¿Por amor o por capricho? -preguntó Juana.

-Por pasión, señora.

-Yo os curaré.

-No lo creo.

-Os casaré.

-Lo dudo.

-Y os haré tan dichoso como merecéis.

-¡Ah, señora! Mi única dicha es ahora el ser desdichado.

-Soy pertinaz, os lo advierto -dijo Juana.

-Y yo también -contestó Bussy.

-Conde, cederéis.

-Señora -dijo el conde-, ca­minemos como buenos amigos. Sal­gamos primero de este arenal, si os parece, y luego veremos de pa­sar la noche en aquella bonita aldea que brilla allá abajo herida por los rayos del sol.

-En esa o en cualquier otra.

-Poco me importa.

-Siendo así nos acompañaréis.

-Hasta donde yo voy, si no te­néis de ello inconveniente.

-Ninguno, al contrario; mas lo mejor será que os vengáis con nos­otros adonde vamos.

-¿Y adónde vais?

-Al castillo de Meridor.

Agolpóse la sangre al rostro de Bussy, y refluyendo después al co­razón, se quedó el pobre caballero tan pálido, que en aquel momento habría sido descubierto su secreto, si Juana no hubiese dirigido una mirada y una sonrisa a su esposo.

Bussy, mientras los dos esposos, o más bien los dos amantes, se ha­blaban con los ojos, tuvo tiempo para serenarse y devolver malicia por malicia a la joven; sólo que la malicia de Bussy estribaba única­mente en no descubrir sus inten­ciones.

-¡Al castillo de Meridor, señora! -dijo cuando hubo recobrado un poco el imperio que tenía sobre sí mismo-. ¿Qué castillo es ese?

-Es la posesión de una íntima amiga mía -repuso Juana. -¿De una, íntima amiga vues­tra? ... Y... ¿reside en su pose­sión?

-Sin duda -contestó madame de San Lucas-, que ignoraba comple­tamente los sucesos acaecidos en Meridor de dos meses a aquella fe­cha-: ¿no habéis oído hablar nun­ca del barón de Meridor, uno de los más ricos barones de Anjou y. . . ?

-¿Y qué? -dijo Bussy viendo que Juana se interrumpía.

-Y de su hija Diana de Meridor, la más hermosa doncella que ha na­cido jamás de baronesa.

-No, señora -dijo Bussy casi sofocado por la emoción.

Y mientras Juana volvía a mirar a su esposo con singular expresión, el gallardo caballero pensaba en la felicidad inesperada y extraña de haber encontrado en aquel camino personas que le hablasen de Diana de Meridor, y cuyas palabras for­masen eco con el solo pensamiento que agitaba su corazón.

-¿Le habrían sorprendido su se­creto? No era probable. ¿Le tende­rían algún lazo? Era imposible, pues San Lucas no se hallaba ya en Pa­rís cuando él había entrado en casa de madame de Monsoreau y sabido que ésta se llamaba Diana de Meridor.

-¿Está muy lejos aún ese casti­llo, señora? -preguntó.

-Siete leguas, según creo, y aun apostaría a que vamos a dormir allí esta noche, en vez de quedarnos en esa aldea que decís que reluce a los rayos del sol, en la cual no descan­saría con tanta confianza. Vendréis con nosotros. ¿No es cierto?

-Sí, señora.

-Vamos, éste es ya un paso ha­cia la felicidad que os preparo.

Bussy saludó y siguió marchando al lado de los dos jóvenes esposos, los cuales, por las atenciones que le debían, tuvieron gran satisfacción en que les acompañase. Todos guar­daron silencio algún tiempo. Por úl­timo, Bussy, que tenía muchas co­sas que saber, se aventuró a pre­guntar; éste era privilegio de su po­sición y a usarlo estaba el joven decidido.

-Y ese barón de Meridor, del cual decís que es el más rico de Anjou, ¿qué clase de hombre es?

-Un perfecto caballero, un cam­peón de los antiguos tiempos, hom­bre que si hubiese vivido en tiem­po del Rey Arturo, habría induda­blemente ocupado un lugar entre los caballeros de la Tabla Redonda.

-¿Y con quién ha casado a su hija? -preguntó Bussy comprimien­do los músculos del semblante y di­simulando la emoción de la voz.

-¿Ha casado a su hija?

-Lo pregunto.

-¿Diana casada?

-¿Qué tendría de extraño?

-Nada; mas Diana no se ha ca­sado, pues yo habría sido la prime­ra que hubiera tenido noticia de su matrimonio.

El corazón de Bussy palpitó con violencia, v lanzó un suspiro dolo­roso. El joven continuó con voz ahogada:

-Entonces la señorita de Meridor estará en el castillo con su padre.

-Así lo creemos tenemos esa es­peranza -repuso San Lucas con marcada intención, y mirando a su mujer para darle a entender que ha­bía comprendido su idea y que se asociaba a sus proyectos.

Hubo otro rato de silencio, du­rante el cual cada uno siguió abis­mado en sus propios pensamientos. De repente exclamó Juana alzándo­se sobre los estribos:

-¡Ah! va veo las torrecillas del castillo. Mirad, M. de Bussy, en medio de esos grandes árboles sin hojas, pero que dentro de un mes estarán tan hermosos, ¿no veis el tejado de pizarra?

-Sí es cierto -dijo Bussy con una turbación de que él mismo se admiraba, pues su valiente corazón hasta entonces no había sentido esta clase de emociones-. ¿Ese es el castillo de Meridor?

Y al aspecto de aquel país tan her­moso v tan fértil, a pesar de la des­nudez de la Naturaleza; al aspecto de aquella mansión feudal, por efecto de una reacción del pensa­miento, recordó a la pobre prisione­ra, envuelta entre las brumas de Pa­rís y encerrada en una estrecha ha­bitación de la calle de San Antonio.

Suspiró nuevamente, pero aquel suspiro no fue doloroso, pues mada­me de San Lucas, a fuerza de pro­meterle la felicidad, le acababa, de dar alguna esperanza.

XXIII. EL ANCIANO HUÉRFANO

No se había engañado madame de San Lucas: dos horas después se encontraban nuestros viajeros enfren­te del castillo de Meridor.

Las últimas palabras que media­ron entre ellos hicieron pensar a Bussy si debería contar a sus buenos amigos la aventura que tenía a Dia­na lejos del castillo de Meridor; pero pensó que, una vez en la senda de las revelaciones, tendría qué descu­brir no solamente lo que todos iban a saber enseguida, sino lo que él solo sabía y no quería comunicar a nadie. Desistió, pues, de hacer una confesión, que naturalmente debía producir interpretaciones y pregun­tas.

Además quería entrar en Meridor como hombre completamente desco­nocido; quería ver sin preparación de ninguna especie a M. de Meridor y oírle hablar de M. de Monsoreau y del duque de Anjou; quería, en fin, convencerse, no de que la narración de Diana era sincera, pues no tenía la más ligera sospecha de que aquel ángel de pureza hubiese mentido, sino de que ella misma no se hubie­ra engañado en algo, y de que aque­lla relación que él con tan poderoso interés escuchara, había sido una fiel interpretación de los aconteci­mientos.

Conservaba, pues, dos sentimien­tos que sostienen al hombre superior en su esfera dominadora, aun en medio de los extravíos de amor; es­tos dos sentimientos eran la circuns­pección con los extraños y el res­peto profundo hacia la persona ama­da.

Así, madame de San Lucas, enga­ñada a pesar de la perspicacia feme­nil, por el dominio que Bussy había conservado sobre sí mismo, quedó convencida de que el joven acababa de oír por primera vez el nombre de Diana y que no despertando este nombre en él recuerdos ni espe­ranzas, se figuraba hallar en Meri­dor alguna señorita de provincia que se turbaría y no sabría presen­tarse delante de sus nuevos hués­pedes.

Disponíase, por lo tanto, Juana a gozar de la sorpresa de Bussy.

Una cosa le extrañaba, sin embar­go, y era que habiendo tocado el guarda la trompeta para avisar que llegaba gente, señal a que acudía siempre Diana, no se hubiese presen­tado ya en el puente levadizo. Efectivamente, los viajeros vieron, en vez de a Diana adelantarse por el pórtico principal del castillo un anciano encorvado y apoyado en su bastón. Vestía un gabán de tercio­pelo verde con forros de piel de zorra y a la cintura llevaba colgados un silbato de plata y un manojo de llaves.

El viento de la tarde levantaba los largos cabellos de aquel persona­je, blancos como las últimas nieves.

El anciano salió al puente leva­dizo seguido de dos grandes perros de raza alemana, que lentamente y a pasos iguales marchaban llevando las cabezas bajas y no adelantándose uno a otro ni una línea. Cuando llegó junto al parapeto, dijo con voz débil:

-¿Quién viene? ¿quién hace a este pobre viejo el honor de visi­tarle?

-¡Yo, yo! mi señor Agustín -gri­tó la voz risueña de la joven.

Juana de Cossé llamaba de este modo al viejo para distinguirlo de su hermano mayor que se llamaba Guillermo, y que sólo hacía tres años que había muerto.

Pero el barón, en vez de contes­tar con la gozosa exclamación que Juana esperaba de su boca, levantó lentamente la cabeza y, fijando en los viajeros sus opacas miradas, dijo:

-¿Vos, ¿quién sois vos, No veo...

-¡Qué! -exclamó Juana-. ¿No me conocéis? Es cierto que como vengo disfrazada...

-Perdonad -dijo el anciano-, pero no veo casi nada. Los ojos de los viejos no están hechos para llo­rar, y cuando lloran demasiado las lágrimas los queman.

-¡Ah, mi querido barón! -dijo la joven-, conozco, en efecto, que os habéis quedado corto de vista, pues de otro modo ya me habríais conocido, aun con este traje de hom­bre. Al fin tendré que deciros mi nombre.

-Indudablemente -replicó el viejo-, pues como os he dicho ape­nas veo.

-Pues bien, voy a daros una sor­presa; yo soy madame de San Lucas.

-¡De San Lucas! -repuso el an­ciano-, no os conozco.

-Pero mi nombre de familia -dijo la risueña joven- es Juana Cossé-Brisac.

-¡Oh Dios mío! -exclamó el viejo tratando de abrir la verja con sus trémulas manos-, ¡oh Dios mío!

Juana, que no sabía cómo expli­car aquel extraño recibimiento tan diferente del que esperaba y que lo atribuía a la edad del barón y al desarreglo de sus facultades, vién­dose al fin reconocida se apeó lige­ramente y corrió a echarse en brazos del anciano; mas al abrazarse sin­tió que se humedecían sus mejillas. El barón estaba llorando.

-Es de gozo -pensó Juana-: vamos, aunque el cuerpo sea viejo, el corazón siempre es joven.

-Venid -dijo el barón luego de haber abrazado a Juana.

Y como si no hubiese visto a los otros dos viajeros, se puso en mar­cha hacia el castillo con igual y me­surado paso, seguido a la misma dis­tancia por los dos perros.

El castillo tenía un aspecto sin­gular de tristeza; todas las ventanas estaban cerradas; parecía una inmen­sa tumba.

Los criados que se veían acá y allá estaban vestidos de luto.

San Lucas contempló a su mujer como preguntándose si era aquello lo que ella esperaba.

Juana comprendió la mirada de su marido, y teniendo también vi­vos deseos de salir de dudas, se acer­có al barón y le dijo asiéndole la mano:

-¿Y Diana?, ¿no está aquí, por desgracia?

El anciano se detuvo como herido de un rayo y, mirando a la joven con expresión de terror, exclamó

-¡Diana!


Al oír este nombre los dos perros levantaron la cabeza y lanzaron un lúgubre gemido.

Bussy no pudo menos que estre­mecerse; Juana miró a San Lucas, y San Lucas se detuvo no sabiendo si seguir adelante o retroceder.

-¡Diana! -repitió el barón, como si hubiese necesitado todo aquel rato para entender lo que se le pregun­taba-. ¿Conque no sabéis lo que ocurre?

Y su voz, ya débil y trémula, se extinguió en un sollozo que salió de lo más profundo de su corazón.

-¿Qué hay, pues? ¿qué ha suce­dido? -exclamó Juana conmovida y cruzando las manos.

-¡Diana ha muerto! -exclamó el anciano, levantando las manos al cielo en ademán desesperado y de­rramando un torrente de lágrimas.

Y se dejó caer sobre los primeros escalones del pórtico, al cual ha­bían llegado en aquel instante.

Allí ocultó la cabeza entre las ma­nos, moviéndola de un lado a otro como para arrojar de su mente el fúnebre recuerdo que sin cesar le martirízaba.

-¡Muerta! -exclamó Juana es­pantada y poniéndose pálida como un espectro.

-¡Muerta! -dijo San Lucas con acento de tierna compasión hacia el anciano.

-¡Muerta! -agregó Bussy-; ¡también a él le ha dejado creer que había muerto! ¡Ah, pobre viejo, cómo me amarás algún día!

-Muerta, muerta -repitió el ba­rón-, ellos me la han asesinado.

-¡Ah mi querido barón! -dijo Juana arrojándose nuevamente en brazos del anciano, e inundando su rostro de lágrimas, único recurso que para desahogarse encuentra el débil corazón de las mujeres cuando recibe algún terrible golpe.

El anciano se levantó vacilando.

-No obstante -dijo- que mi casa está vacía y desolada, no por eso es menos hospitalaria: entrad.

Juana tomó el brazo del barón, atravesó con él el peristilo y la an­tigua sala de guardias convertida en comedor, y penetró en el salón.

Un criado, cuyo desencajado sem­blante y encarnados ojos denotaban el tierno afecto que le unía a su amo, caminaba delante abriendo las puertas: San Lucas y Bussy iban los últimos.

Luego que llegaron al salón, el viejo, sostenido por Juana, se sentó o más bien se dejó caer en su sillón de madera esculpida.

El criado abrió una ventana para que entrase el aire y se retiró a un rincón de la estancia.

Juana no se atrevía a romper el silencio, porque temía renovar el dolor del anciano haciéndole pregun­tas; y no obstante, como era feliz, no podía resignarse a mirar como cierta la desgracia que se le anun­ciaba; pues hay una edad en que no se puede sondear el camino de la muerte, porque no se cree en ella.

Mas el barón previno los deseos de Juana tomando la palabra.

-Me habéis dicho que estabais casada, mi querida Juana: ¿es este hidalgo vuestro marido? -dijo de­signando a Bussy.

-No, señor -repuso Juana-, M. de Sap Lucas es éste.

San Lucas se inclinó con respeto, más bien ante el padre desgraciado que ante el anciano. Este saludó pa­ternalmente y aun hizo un esfuerzo para sonreírse. Luego volviéndose hacia Bussy dijo:

-Y el señor, ¿es vuestro herma­no, el de vuestro marido o algún pariente vuestro?

-No, señor, no es nuestro parien­te, sino nuestro amigo; es monsieur Luis de Clermont, conde de Bussy d'Ambroise, gentilhombre del señor duque de Anjou.

Al escuchar estas palabras, se le­vantó el viejo como movido por un resorte, lanzó una terrible mirada a Bussy, y como si aquella muda pro­vocación hubiera agotado sus fuer­zas, volvió a caer en el sillón lan­zando un gemido.

-¿Qué tenéis? -preguntó Juana.

-¿Os conoce el barón, monsieur de Bussy? -preguntó San Lucas.

-Esta es la vez primera que ten­go la honra de ver al señor barón de Meridor -dijo tranquilamente Bussy, único que sabía a qué atri­buir el efecto que en el anciano ha­bía producido el nombre del duque de Anjou.

-¡Ah! ¡sois gentilhombre del se­ñor duque de Anjou! -exclamó el barón-; ¡sois gentilhombre de ese monstruo, de ese demonio, y os atre­véis a confesarlo delante de mí y tenéis' la audacia de poneros en mi presencia!

-¿Está loco? -interrogó San Lucas en voz baja a su mujer, mi­rando al barón con asombrados ojos.

-El dolor le habrá trastornado los sentidos -repuso Juana, aterra­da.

M. de Meridor había acompañado con una mirada más amenazadora que la primera las palabras que aca­baba de pronunciar y que hicieron dudar a Juana del buen estado de su razón. Pero Bussy, siempre impa­sible, sostuvo aquella mirada toman­do una actitud de profundo respeto y sin responder.

-Sí, de ese monstruo -repuso M. de Meridor, cuya razón parecía extraviarse cada vez más-, de ese asesino que mató a mi hija.

-¡Pobre señor! -tartamudeó Bussy.

-¿Pero qué dice? -preguntó Juana.

-Me miráis con ojos asombrados -exclamó M. de Meridor, tomando las manos de ambos esposos entre las suyas-, pero es porque ignoráis que el duque de Anjou es el ase­sino de mi hija, de mi Diana: él, sí, él fue quien la mató.

Y el viejo pronunció estas últimas palabras con acento de tan intenso dolor, que a todos y hasta al mismo Bussy, se les arrasaron en lágrimas los ojos.

-Señor -dijo la joven-, aun­que eso fuera, y no comprendo cómo puede ser, todavía no deberíais acu­sar de tan terrible desgracia a M. de Bussy, que es el caballero más leal y generoso del mundo. Mirad, padre mío, M. de Bussy ignora lo que decís, M. de Bussy llora como nosotros y con nosotros. ¿Habría venido si hubiese podido adivinar la acogida que le reservabais? ¡Ah, querido señor! en nombre de vues­tra amada Diana, decidnos cómo ha sucedido esa catástrofe.


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