Viaje Al Fin De La Noche



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Por cierto, que era buen muchacho, Alcide, servicial y generoso y todo. Lo comprendí más adelante, demasiado tarde. Su formidable resignación lo aplastaba, esa cuali­dad básica que vuelve a la pobre gente, del ejército o de fuera de él, tan dispuesta a matar como a dar vida. Nun­ca, o casi, preguntan el porqué, los humildes, de lo que soportan. Se odian unos a otros, eso basta.

En torno a nuestra choza crecían, diseminadas, en ple­na laguna de arena tórrida, despiadada, esas curiosas florecillas frescas y breves, color verde, rosa o púrpura, que en Europa sólo se ven pintadas y en ciertas porcelanas, especie de campanillas primitivas y sin cursilería. Sopor­taban la larga jornada abominable, cerradas en su tallo, y, al abrirse por la noche, se ponían a temblar, graciosas, con las primeras brisas tibias.

Un día en que Alcide me vio ocupado en coger un ra­millete, me avisó: «Cógelas, si quieres, pero no las rie­gues, a esas jodias, que se mueren... Son de lo más frágil, ¡no se parecen a los girasoles de cuyo cuidado encargába­mos a los quintos en Rambouillet! ¡Se les podía mear en­cima!... ¡Se lo bebían todo!... Además, las flores son como los hombres... ¡Cuanto más grandes, más inútiles son!» Eso iba dirigido al teniente Grappa, evidentemen­te, cuyo cuerpo era grande y calamitoso, de manos bre­ves, purpúreas, terribles. Manos de quien nunca entende­ría nada. Por lo demás, Grappa no intentaba entender.

Pasé dos semanas en Topo, durante las cuales compartí no sólo la existencia y el papeo con Alcide, sus chinches (las de cama y las de arena), sino también su quinina y el agua del pozo cercano, inexorablemente tibia y diarreica.

Un día el teniente Grappa, sintiéndose amable, me in­vitó, por excepción, a ir a tomar café a su casa. Era celo­so, Grappa, y nunca enseñaba su concubina indígena a nadie. Así, pues, había elegido, para invitarme, un día en que su negra iba a visitar a sus padres a la aldea. También era el día de audiencia en su tribunal. Quería impresio­narme.

En torno a su cabaña, esperando desde la mañana tem­prano, se apiñaban los querellantes, masa heterogénea y abigarrada de taparrabos y testigos chillones. Pleiteantes y público de pie, mezclados en el mismo círculo, todos con fuerte olor a ajo, sándalo, mantequilla rancia, sudor azafranado. Como los milicianos de Alcide, todos aque­llos seres parecían interesados ante todo en agitarse fre­néticos en la ficción; alborotaban a su alrededor en un idioma de castañuelas, al tiempo que blandían por enci­ma de sus cabezas manos crispadas en un vendaval de ar­gumentos.

El teniente Grappa, hundido en su sillón de mimbre, crujiente y quejumbroso, sonreía ante todas aquellas in­coherencias reunidas. Se fiaba, para guiarse, del intérprete del puesto, que le respondía, a voz en grito, con deman­das increíbles.

Se trataba tal vez de un cordero tuerto que unos padres se negaban a restituir, pese a que su hija, vendida legalmente, no había sido entregada al marido, por culpa de un crimen que su hermano había encontrado medio de cometer, entretanto, en la persona de la hermana de éste, que guar­daba el cordero. Y muchas otras y más complicadas quejas.

A nuestra altura, cien rostros apasionados por aquellos problemas de intereses y costumbres enseñaban los dien­tes al emitir jijeitos secos o gluglús sonoros, palabras de negros.

El calor era máximo. Atisbabas el cielo por el ángulo del techo para ver si no se avecinaría una catástrofe. Ni siquiera una tormenta.

«¡Voy a ponerlos de acuerdo a todos en seguida! -de­cidió finalmente Grappa, a quien la temperatura y la palabrería inducían a las resoluciones-. ¿Dónde está el padre de la novia?... ¡Que me lo traigan!»

«¡Aquí está!», respondieron veinte compinches, al tiempo que empujaban a primera fila a un viejo negro bastante marchito, envuelto en un taparrabos amarillo que lo cubría con mucha dignidad, a la romana. Acompa­saba, el viejales, todo lo que contaban a su alrededor, con el puño cerrado. No parecía en absoluto haber acudido allí para quejarse, sino para distraerse un poco con oca­sión de un proceso del que ya no esperaba, desde hacía mucho, resultados positivos.

«¡Venga! -mandó Grappa-. ¡Veinte latigazos! ¡Acabe­mos de una vez! ¡Veinte latigazos a ese viejo macarra!... ¡Así aprenderá a venir a fastidiarme todos los jueves des­de hace dos meses con su historia de corderos de chicha y nabo!»

El viejo vio a los cuatro milicianos musculosos acer­cársele. Al principio, no entendía lo que querían de él y después puso ojos como platos, inyectados en sangre como los de un viejo animal horrorizado, al que nunca hubieran pegado. No intentaba resistirse en realidad, pero tampoco sabía cómo colocarse para recibir con el menor dolor posible aquella zurra de la justicia.

Los milicianos le tiraban de la tela. Dos de ellos que­rían a toda costa que se arrodillara, los otros le ordena­ban, al contrario, que se tumbara boca abajo. Por fin, se pusieron de acuerdo para dejarlo como estaba, simple­mente, en el suelo, con el taparrabos alzado y recibió de entrada en espalda y marchitas nalgas una somanta de vergajazos como para hacer bramar a una burra robus­ta durante ocho días. Se retorcía y la fina arena mezclada con sangre salpicaba en torno a su vientre; escupía are­na al gritar, parecía una perra pachona encinta, enorme, a la que torturaran con ganas.

Los asistentes permanecieron en silencio mientras duró la escena. Sólo se oían los ruidos del castigo. Ejecu­tado éste, el viejo, bien vapuleado, intentaba levantarse y rodearse con el taparrabos, a la romana. Sangraba en abundancia por la boca, por la nariz y sobre todo a lo largo de la espalda. La multitud se lo llevó con un mur­mullo de mil chismes y comentarios en tono de entierro.

El teniente Grappa volvió a encender su puro. Delante de mí, quería mantenerse distante de aquellas cosas. No es, creo, que fuera más neroniano que otro, sólo que no le gustaba tampoco que lo obligaran a pensar. Eso le fasti­diaba. Lo que lo volvía irritable en sus funciones judicia­les eran las preguntas que le hacían.

Ese mismo día asistimos también a otras dos correc­ciones memorables, consecutivas a otras historias des­concertantes, de dotes arrebatadas, promesas de envene­namiento... compromisos equívocos... hijos dudosos...

«¡Ah! Si supieran, todos, lo poco que me importan sus litigios, ¡no abandonarían su selva para venir a fastidiar­me así con sus gilipolleces!... ¿Acaso los tengo yo al co­rriente de mis asuntos? -concluía Grappa-. Sin embargo -prosiguió-, ¡voy a acabar creyendo que le han cogido gusto a mi justicia, esos marranos!... Hace dos años que intento asquearlos y, sin embargo, cada jueves vuelven...

Créame, si quiere, joven, ¡casi siempre vuelven los mis­mos!... ¡Unos viciosos, vamos!...»

Después la conversación versó sobre Toulouse, donde pasaba sin falta sus vacaciones y donde pensaba retirarse Grappa, al cabo de seis años, con su pensión. ¡Así lo te­nía previsto! Estábamos tomando, tan a gusto, el «calva­dos», cuando nos vimos de nuevo molestados por un ne­gro condenado a no sé qué pena y que llegaba con retraso para purgarla. Acudía espontáneamente, dos ho­ras después que los otros, a ofrecerse para recibir la so­manta. Como había realizado un recorrido de dos días y dos noches desde su aldea y por el bosque con ese fin, no estaba dispuesto a regresar con las manos vacías. Pero lle­gaba tarde y Grappa era intransigente en relación con la puntualidad penal. «¡Peor para él! ¡Que no se hubiera marchado la última vez!... ¡El jueves pasado fue cuando lo condené a cincuenta vergajazos, a ese cochino!»

El cliente protestaba, de todos modos, porque tenía una buena excusa: había tenido que volver a su aldea a toda prisa para enterrar a su madre. Tenía tres o cuatro madres para él solo. Discusiones...

«¡Habrá que dejarlo para la próxima audiencia!»

Pero apenas tenía tiempo, aquel cliente, para ir a su al­dea y volver, de entonces hasta el jueves próximo. Protes­taba. Se emperraba. Hubo que echarlo, a aquel masoquista, del campo a patadas en el culo. Eso le dio placer, de todos modos, pero no suficiente... En fin, acabó donde Alcide, quien aprovechó para venderle todo un surtido de tabaco en hoja, al masoquista, en paquete y en polvo para aspirar.

Muy divertido con aquellos múltiples incidentes, me despedí de Grappa, quien precisamente se retiraba, para la siesta, a su choza, donde ya se encontraba descansando su ama indígena, de vuelta de la aldea. Un par de chu­cháis espléndidos, aquella negra, bien educada por las hermanas de Gabón. No sólo sabía la joven hablar fran­cés ceceando, sino también presentar la quinina en la mermelada y sacar las niguas de la planta de los pies. Sa­bía ser agradable de cien modos al colonial, sin fatigarlo o fatigándolo, según su preferencia.

Alcide estaba esperándome, un poco molesto. Aquella invitación con que acababa de honrarme el teniente Grappa fue lo que le decidió seguramente a hacerme con­fidencias. Y eran subidas de tono, sus confidencias. Me hizo, sin que se lo pidiera, un retrato exprés de Grappa con caca humeante. Le respondí a todo que era de la mis­ma opinión. El punto débil de Alcide era que traficaba, pese a los reglamentos militares, absolutamente contra­rios, con los negros de la selva circundante y también con los doce tiradores de su milicia. Abastecía de tabaco a toda aquella gente, sin piedad. Cuando los milicianos ha­bían recibido su parte de tabaco, no les quedaba nada de la paga; se la habían fumado. Se la fumaban por adelanta­do incluso. Esa modesta práctica, en vista de la escasez de numerario en la región, perjudicaba, según Grappa, a la recaudación de impuestos.

El teniente Grappa, prudente, no quería provocar bajo su gobierno un escándalo en Topo, pero en fin, celoso tal vez, ponía mala cara. Le habría gustado que todas las mi­núsculas disponibilidades indígenas estuvieran destina­das, como es lógico, a los impuestos. Cada cual con su estilo y sus modestas ambiciones.

Al principio, la práctica del crédito en función del sala­rio les había parecido un poco extraña e incluso dura, a los tiradores, que trabajaban únicamente para fumar el tabaco de Alcide, pero se habían acostumbrado a fuerza de patadas en el culo. Ahora ya ni siquiera intentaban ir a cobrar su paga, se la fumaban por adelantado, tranquila­mente, junto a la choza de Alcide, entre las vivaces florecillas, entre dos ejercicios de imaginación.

En resumen, en Topo, por minúsculo que fuera el lu­gar, había, pese a todo, sitio para dos sistemas de civiliza­ción, la del teniente Grappa, más bien a la romana, que azotaba al sumiso para extraerle simplemente el tributo, del que, según la afirmación de Alcide, retenía una parte vergonzosa y personal, y el sistema de Alcide propia­mente dicho, más complicado, en el que se vislumbraban ya los signos de la segunda etapa civilizadora, el naci­miento en cada tirador de un cliente, combinación comercial o militar, en una palabra, mucho más moderna, más hipócrita, la nuestra.

En lo relativo a la geografía, el teniente Grappa calcu­laba apenas, con ayuda de algunos mapas muy aproximativos que tenía en el puesto, los vastos territorios confia­dos a su custodia. Tampoco tenía demasiado deseo de saber más sobre aquellos territorios. Los árboles, la selva ya se sabe, al fin y al cabo, lo que son, se los ve muy bien desde lejos.

Ocultas entre el follaje y los recovecos de aquella in­mensa tisana, algunas tribus extraordinariamente disemi­nadas se pudrían aquí y allá entre sus pulgas y sus moscas, embrutecidas por los tótems y atiborrándose de mandioca podrida... Pueblos de una ingenuidad perfecta y un cani­balismo candido, azotados por la miseria, devastados por mil pestes. Nada por lo que valiera la pena acercarse a ellos. Nada justificaba una expedición administrativa dolorosa y sin eco. Cuando había acabado de imponer la ley, Grappa prefería volverse hacia el mar y contemplar aquel horizonte por el que cierto día había aparecido él y por el que cierto día desaparecería, si todo iba bien. Pese a que aquel lugar había llegado a serme familiar y, al final, agradable, tuve, sin embargo, que pensar en abandonar por fin Topo para dirigirme a la tienda que me estaba prometida al cabo de unos días de navegación flu­vial y de peregrinaciones selváticas.

Alcide y yo habíamos llegado a entendernos muy bien. Intentábamos juntos pescar peces-sierra, especie de tibu­rones que pululaban delante de la choza. Él era tan poco hábil para ese juego como yo. No pescábamos nada.

Su choza estaba amueblada sólo con su cama desmon­table, la mía y algunas cajas vacías o llenas. Me parecía que debía de ahorrar bastante dinero gracias a su modes­to comercio.

«¿Dónde lo metes?... -le pregunté en varias ocasio­nes-. ¿Dónde lo escondes, tu asqueroso parné? -Era para hacerle rabiar-. Menuda vidorra te vas a dar, cuando re­greses.» Yo lo pinchaba. Y veinte veces por lo menos, mientras nos poníamos a comer el inevitable «tomate en conserva», imaginaba, para su regocijo, las peripecias de un periplo fenomenal, a su regreso a Burdeos, de burdel en burdel. No me respondía nada. Se limitaba a reírse, como si le divirtiera que le dijese esas cosas.

Aparte de la instrucción y las sesiones de justicia, no ocurría nada, la verdad, en Topo, conque, por fuerza, yo repetía lo más a menudo posible mi chiste de siempre, a falta de otros temas.

Hacia el final, una vez me dieron ganas de escribir al Sr. Puta, para darle un sablazo. Alcide se encargaría de echar al correo mi carta en el próximo Papaoutah. El material de es­critura de Alcide estaba guardado en una cajita de galletas, como la de Branledore, la misma exactamente. Así, pues, to­dos los sargentos reenganchados tenían la misma costum­bre. Pero, cuando me vio abrir la caja, Alcide hizo un gesto que me sorprendió, para impedírmelo. Me sentí violento. No sabía por qué me lo impedía; volví, pues, a dejarla sobre la mesa. «¡Bah! ¡Ábrela, anda! -dijo por fin-. ¡No tiene im­portancia!» Al instante vi, pegada al reverso de la tapa, la foto de una niña. Sólo la cabeza, una carita muy dulce, por cierto, con largos bucles, como se llevaban en aquella época. Cogí el papel y la pluma y volví a cerrar rápido la caja. Me sentía muy violento por mi indiscreción, pero también me preguntaba por qué lo habría turbado tanto aquello.

Al instante imaginé que se trataba de una hija suya, de la que no había querido hablarme hasta entonces. Yo no quería saber más, pero le oí detrás, a mi espalda, inten­tando contarme algo en relación con la foto, con voz ex­traña, que nunca le había oído hasta entonces. Farfullaba. Yo quería que me tragara la tierra. Tenía que ayudarlo a hacerme su confidencia. No sabía qué hacer para pasar aquel momento. Iba a ser una confidencia penosa, estaba seguro. La verdad es que no deseaba escucharla.

«¡No tiene importancia! -oí que decía por fin-. Es la hija de mi hermano... Murieron los dos...»

«¿Sus padres?...»

«Sí, sus padres...»

«Entonces, ¿quién la cría ahora? ¿Tu madre?», le pre­gunté, por decir algo, por manifestar interés.

«¿Mi madre? También murió...»

«Entonces, ¿quién?»

«¡Pues yo!»

Lanzó una risita, Alcide, carmesí, como si acabara de hacer algo indecoroso. Se apresuró a proseguir:

«Mira, te voy a explicar... Está en un colegio de monjas de Burdeos... Pero no de las hermanitas de los pobres, ¿eh?... Las monjas "bien"... Como soy yo quien me ocu­po de ello, no hay cuidado. ¡No quiero que le falte de nada! Ginette, se llama... Es una niña muy buena... Como su madre, por cierto... Me escribe, progresa; sólo, que los pensionados así, verdad, son caros... Sobre todo porque ahora tiene diez años... Quiero que aprenda el piano al mismo tiempo... ¿Qué te parece el piano?... Está bien, ¿eh?, el piano para las chicas... ¿No crees?... ¿Y el inglés? ¿Es útil también el inglés?... ¿Lo sabes tú el inglés?...»

Me puse a mirarlo más de cerca, a Alcide, a medida que iba confesando la culpa de no ser demasiado generoso, con su bigotito cosmético, sus cejas de excéntrico, su piel calcinada. ¡Púdico Alcide! ¡Qué de economías debía de haber hecho sobre su mísera paga... sobre sus faméli­cas primas y su minúsculo comercio clandestino... duran­te meses, años, en aquel Topo infernal!... Yo no sabía qué responderle, no me sentía competente, pero me superaba tanto, en corazón, que me puse colorado como un toma­te... Al lado de Alcide, un simple patán impotente, yo, basto y vano... De nada servía simular. Estaba claro.

Ya no me atrevía a hablarle, me sentía de pronto abso­lutamente indigno de hablarle. Yo que el simple día antes no le hacía demasiado caso e incluso lo despreciaba un poco, a Alcide.

«No he tenido potra -prosiguió, sin darse cuenta de que me ponía violento con sus confidencias-. Imagí­nate que hace dos años le dio la parálisis infantil... Figú­rate... ¿Sabes tú lo que es la parálisis infantil?»

Entonces me explicó que la pierna izquierda de la niña permanecía atrofiada y que seguía un tratamiento a base de electricidad en Burdeos, con un especialista.

«¿Crees tú que la podrá recuperar?...», me preguntaba inquieto.

Le aseguré que se podía recuperar perfectamente, del todo, con el tiempo y la electricidad. Hablaba de su ma­dre, que había muerto, y de la enfermedad de la pequeña con muchas precauciones. Temía, incluso de lejos, hacer­le daño.

«¿Has ido a verla después de la enfermedad?»

«No... estaba aquí.»

«¿Vas a ir a verla pronto?»

«Creo que no voy a poder hasta dentro de tres años... Date cuenta, aquí hago un poco de comercio... Conque eso la ayuda... Si me marchara de permiso ahora, al regre­so me habrían cogido el puesto... sobre todo por ese otro cabrón...»

Así, Alcide sólo pedía la posibilidad de ampliar su es­tancia al doble, cumplir seis años seguidos en Topo, en lugar de tres, por su sobrinita, de la que sólo tenía unas cartas y el retratito. «Lo que me preocupa -prosiguió, cuando nos acostamos- es que no tenga a nadie allí para las vacaciones... Es duro para una niña...»

Evidentemente, Alcide evolucionaba en lo sublime con facilidad y, por así decir, con familiaridad, tuteaba a los ángeles, aquel muchacho, y parecía un mosquita muerta. Había ofrecido, casi sin darse cuenta, a una niña vaga­mente emparentada, años de tortura, la aniquilación de su pobre vida en aquella monotonía tórrida, sin condi­ciones, sin regateo, sin otro interés que el de su buen co­razón. Ofrecía a aquella niña lejana ternura suficiente para rehacer un mundo entero y era algo que no se veía.

Se quedó dormido de repente, a la luz de la vela. Aca­bé levantándome para mirar en detalle sus facciones a la luz. Dormía como todo el mundo. Tenía aspecto muy corriente. Sin embargo, no sería ninguna tontería que hu­biera algo para distinguir a los buenos de los malos.
Hay dos métodos para penetrar en la selva, o bien abrir un túnel en ella, como las ratas en los haces de heno. Ése es el método asfixiante. No me hacía ninguna gracia. O bien soportar la subida río arriba, encogidito en el fondo de un tronco de árbol, impulsado con pagaya entre recodos y boscajes, y, acechando así el fin de días y días, ofrecerse de plano al resplandor, sin recurso. Y después, atontado por los aullidos de los negros, llegar adonde va­yas hecho una lástima.

Todas las veces, al arrancar, para coger el ritmo, necesi­tan tiempo, los remeros. La disputa. Primero una pala entra en el agua y después dos o tres alaridos acompa­sados y la selva responde, remolinos, te deslizas, dos remos, luego tres, todavía descompasados, olas, titubeos, una mirada atrás te devuelve al mar, que se extiende allá, se aleja, y ante ti la larga extensión lisa que se va labran­do, y luego Alcide aún, un poco, sobre el embarcadero, al que veo lejos, casi oculto por los vahos del río, bajo su enorme casco, en forma de campana, un trocito de cabe­za, de cara, como un quesito, y el resto de Alcide debajo flotando en su túnica, como perdido ya en un recuerdo extraño con pantalones blancos.

Eso es todo lo que me queda de aquel lugar, de aquel Topo.

¿Habrán podido defenderla aún por mucho tiempo, aquella aldea ardiente, de la guadaña solapada del río de aguas color canela? Y sus tres chozas pulgosas, ¿seguirán aún en pie? ¿Habrá nuevos Grappas y Alcides entrenan­do a tiradores recientes en esos combates inconsisten­tes? ¿Seguirán ejerciendo aquella justicia sin pretensiones? ¿Seguirá tan rancia el agua que intenten beber? ¿Tan ti­bia? Como para asquearte de tu propia boca durante ocho días después de cada ronda... ¿Seguirán sin nevera? ¿Y los combates de oído que libran contra las moscas los infatigables abejorros de la quinina? ¿Sulfato? ¿Clorhi­drato?... Pero, antes que nada, ¿existirán aún negros pustulentos desecándose en aquella estufa? Muy bien puede ser que no...

Tal vez nada de eso exista ya, quizás el pequeño Con­go haya lamido Topo de un gran lengüetazo cenagoso una noche de tornado, al pasar, y ya no quede nada, haya desaparecido de los mapas hasta el nombre, ya sólo que­de yo, en una palabra, para recordar aún a Alcide... Tal vez lo haya olvidado su sobrina también. Puede que el teniente Grappa no haya vuelto a ver su Toulouse... Que la selva que acechaba desde siempre la duna, al regreso de la estación de las lluvias, haya invadido todo, haya aplastado todo bajo la sombra de las inmensas caobas, todo, hasta las florecillas imprevistas de la arena, que, se­gún Alcide, no había que regar... Que ya no exista nada.

Lo que fueron los diez días de ascenso río arriba es algo que no olvidaré por mucho tiempo... Transcurridos vigilando los remolinos cenagosos, en el hueco de la pira­gua, eligiendo un paso furtivo tras otro, entre los ramajes enormes a la deriva, evitados con agilidad. Trabajo de forzados evadidos.

Después de cada crepúsculo, nos deteníamos en un promontorio rocoso. Una mañana, abandonamos por fin aquella sucia lancha salvaje para entrar en la selva por un sendero oculto que se insinuaba en la penumbra verde y húmeda, iluminado sólo a ratos por un rayo de sol que caía desde lo alto de aquella infinita catedral de hojas. Monstruosos árboles caídos obligaban a nuestro grupo a dar muchos rodeos. En su hueco un metro entero habría maniobrado a sus anchas.

En determinado momento volvió la luz deslumbrante, habíamos llegado ante un espacio desbrozado, tuvimos que subir aún, otro esfuerzo. La eminencia que alcanza­mos coronaba la infinita selva, encrespada con cimas amarillas, rojas y verdes, que poblaba, estrujaba montes y valles, monstruosamente abundante como el cielo y el agua. El hombre cuya vivienda buscábamos vivía, me in­dicaron con señas, un poco más lejos... en otro vallecito. Allí nos esperaba, el hombre.

Entre dos grandes rocas se había construido una espe­cie de refugio, al abrigo, me hizo observar, de los torna­dos del Este, los peores, los más iracundos. No tuve in­conveniente en reconocer que era una ventaja, pero en cuanto a la choza misma pertenecía con toda seguridad a la última categoría, la más astrosa, vivienda casi teórica, deshilachada por todos lados. Me esperaba sin falta algo por el estilo en punto a vivienda, pero, aun así, la realidad superaba mis previsiones.

Debí de parecerle por completo desconsolado al tipo aquel, pues se dirigió a mí con bastante brusquedad para hacerme salir de mis reflexiones. «¡Ande, hombre, que no estará usted tan mal aquí como en la guerra! Al fin y al cabo, ¡aquí puede uno salir adelante! Se jala mal, de acuerdo, y para beber, auténtico lodo, pero se puede dor­mir cuanto se quiera... ¡Aquí, amigo, no hay cañones! ¡Ni balas tampoco! En una palabra, ¡es buen asunto!» Hablaba un poco en el mismo tono que el delegado gene­ral, pero tenía ojos pálidos como los de Alcide.

Debía de andar por los treinta años y era barbudo... No lo había mirado bien, al llegar, de tan desconcertado como estaba, al llegar, con la pobreza de su instalación, la que debía legarme y que había de acogerme durante años tal vez... Pero, al observarlo, después, más adelante, le vi cara de aventurero innegable, cara muy angulosa e inclu­so rebelde, de esas que entran a saco en la existencia en lugar de colarse por ella, con gruesa nariz redonda, por ejemplo, y mejillas llenas en forma de gabarras, que van a chapotear contra el destino con un ruido de parloteo. Aquél era un desdichado.


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