Viaje Al Fin De La Noche



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Venía, en efecto, a nuestro encuentro, el general, un viejo a punto de desplomarse bajo el enorme peso del sol.

Ya no era del todo militar, el general; sin embargo, tampoco civil aún. Era confidente de la Porduriére y ser­vía de enlace entre la Administración y el Comercio. En­lace indispensable, aunque esos dos elementos estuvieran siempre en estado de competencia y hostilidad perma­nente. Pero el general Tombat maniobraba admirable­mente. Acababa de salir, entre otros, de un reciente nego­cio sucio de venta de bienes enemigos, que en las alturas consideraban sin solución.

Al comienzo de la guerra, le habían rajado un poco la oreja, al general Tombat, lo justo para quedar disponible con honor, después de Charleroi. En seguida la había puesto al servicio de «la más grande Francia», su disponi­bilidad. Sin embargo, Verdún, que pertenecía a un pasado muy lejano, seguía preocupándole. Enseñaba, en la mano, radiotelegramas. «¡Van a resistir, nuestros soldaditos valientes! ¡Están resistiendo!...» Hacía tanto calor en el cobertizo y estábamos tan lejos de Francia, que dis­pensábamos al general Tombat de hacer otros pronósti­cos. De todos modos, repetimos en coro, por cortesía, y el director con nosotros: «¡Son admirables!», y, tras esas palabras, Tombat nos dejó.

Unos instantes después, el director se abrió otro camino violento entre los apretujados torsos y desapareció, a su vez, en el polvo de pimienta.

Aquel hombre, de ojos ardientes como carbones y consumido por la pasión de poseer la Compañía, me es­pantaba un poco. Me costaba acostumbrarme a su simple presencia. No habría imaginado que existiera en el mun­do una osamenta humana capaz de aquella tensión máxi­ma de codicia. Casi nunca nos hablaba en voz alta, sólo con medias palabras; daba la impresión de que no vivía, no pensaba sino para conspirar, espiar, traicionar con pa­sión. Contaban que robaba, falseaba, escamoteaba, él solo, más que todos los demás empleados juntos, nada holgazanes, por cierto, puedo asegurarlo. Pero no me cuesta creerlo.

Mientras duró mi período de prácticas en Fort-Gono, aún tenía ratos libres para pasearme por aquella ciudad, por llamarla de algún modo, donde, estaba visto, sólo en­contraba un lugar de verdad deseable: el hospital.

Cuando llegas a alguna parte, te aparecen ambiciones. Yo tenía la vocación de enfermo y nada más. Cada cual es como es. Me paseaba en torno a aquellos pabellones hos­pitalarios y prometedores, dolientes, retirados, protegi­dos y no podía alejarme de ellos y de su antiséptico dominio sin pesar. Aquel recinto estaba rodeado de ex­tensiones de césped, alegradas por pajarillos furtivos y lagartos inquietos y multicolores. Estilo «Paraíso te­rrenal».

En cuanto a los negros, en seguida te acostumbras a ellos, a su cachaza sonriente, a sus gestos demasiado len­tos y a los pletóricos vientres de sus mujeres. La negritud hiede a miseria, a vanidades interminables, a resignacio­nes inmundas; igual que los pobres de nuestro hemisfe­rio, en una palabra, pero con más hijos aún y menos ropa sucia y vino tinto.

Cuando había acabado de inhalar el hospital, de olfa­tearlo así, profundamente, iba, tras la multitud indígena, a inmovilizarme un momento ante aquella especie de pagoda erigida cerca del Fort por un figonero para la diver­sión de los juerguistas eróticos de la colonia.

Los blancos acaudalados de Fort-Gono paraban allí por la noche, se emperraban en el juego, al tiempo que pimplaban de lo lindo y bostezaban y eructaban a más y mejor. Por doscientos francos se podía uno cepillar a la bella patrona. Se las veían y se las deseaban, aquellos juerguistas, para conseguir rascarse, pues no cesaban de escapárseles los tirantes.

Por la noche, salía un gentío de las chozas de la ciudad indígena y se congregaba ante la pagoda, sin hartarse nunca de ver y oír a los blancos moviendo el esqueleto en torno al organillo, de cuerdas enmohecidas, que emitía valses desafinados. La patrona hacía ademanes, al escu­char la música, como si deseara bailar, transportada de placer.

Tras varios días de tanteos, acabé teniendo charlas fur­tivas con ella. Sus reglas, me confió, no le duraban menos de tres semanas. Efecto de los trópicos. Además, sus con­sumidores la dejaban exhausta. No es que hiciesen el amor con frecuencia, pero, como los aperitivos eran bas­tante caros en la pagoda, intentaban sacarle el jugo a su dinero al mismo tiempo, y le daban unos pellizcos que para qué en el culo, antes de irse. A eso se debía sobre todo su fatiga.

Aquella comerciante conocía todas las historias de la colonia y los amores que se trababan, desesperados, entre los oficiales, atormentados por las fiebres, y las escasas esposas de funcionarios, que se derretían, también ellas, con reglas interminables, desconsoladas y hundidas, jun­to a los miradores, en butacas permanentemente incli­nadas.

Los paseos, las oficinas, las tiendas de Fort-Gono re­zumaban deseos mutilados. Hacer todo lo que se hace en Europa parecía ser la obsesión máxima, la satisfacción, la mueca a toda costa de aquellos dementes, pese a la abo­minable temperatura y al apoltronamiento en aumento, invencible.

La tupida vegetación de los jardines se mantenía a du­ras penas, agresiva, feroz, entre las empalizadas, follaje rebosante que formaba lechugas delirantes en torno a cada casa, enorme clara de huevo sólida y avellanada en la que acababa de pudrirse una yemita europea. Así, ha­bía tantas ensaladeras completas como funcionarios a lo largo de la Avenue Fachoda, la más animada, la más fre­cuentada de Fort-Gono.

Cada noche volvía a mi morada, inacabable segura­mente, donde el perverso boy me había hecho la cama, un esqueletito enteramente. Me tendía trampas, el boy, era lascivo como un gato, quería entrar en mi familia. Sin embargo, me asediaban otras preocupaciones muy distin­tas y mucho más vivas y sobre todo el proyecto de refu­giarme por un tiempo más en el hospital, único armisti­cio a mi alcance en aquel carnaval tórrido.

Ni en la paz ni en la guerra sentía yo la menor inclina­ción hacia las futilidades. E incluso otras ofertas que me llegaron de otra procedencia, por mediación de un coci­nero del patrón, de nuevo y muy sinceramente obscenas, me parecieron incoloras.

Por última vez hice la ronda de mis compañeros de la Porduriére para intentar informarme acerca de aquel em­pleado infiel, aquel al que yo debía, según las órdenes, ir a substituir, a toda costa, en su selva. Cháchara vana.

El Café Faidherbe, al final de la Avenue Fachoda, que zumbaba a la hora del crepúsculo con mil maledicencias, chismes y calumnias, tampoco me aportaba nada subs­tancial. Sólo impresiones. En aquella penumbra salpicada de farolillos multicolores se vertían bidones de basura llenos de impresiones. Sacudiendo el encaje de las palme­ras gigantes, el viento abatía nubes de mosquitos en las tazas. El gobernador, en la charla ambiente, quedaba para el arrastre. Su imperdonable grosería constituía el fondo de la gran conversación aperitiva en que el hígado colo­nial, tan nauseabundo, se descarga antes de la cena.

Todos los automóviles de Fort-Gono, una decena en total, pasaban y volvían a pasar en aquel momento por delante de la terraza. Nunca parecían ir demasiado lejos, los automóviles. La Place Faidherbe tenía un ambiente muy característico, con su recargada decoración, su super­abundancia vegetal y verbal de ciudad provinciana y en­loquecida del Mediodía de Francia. Los diez autos no abandonaban la Place Faidherbe sino para volver a ella cinco minutos después, realizando una vez más el mismo periplo con su cargamento de anemias europeas desteñi­das, envueltas en tela gris, seres frágiles y quebradizos como sorbetes amenazados.

Pasaban así, durante semanas y años, unos delante de los otros, los colonos, hasta el momento en que ya ni se miraban, de tan hartos que estaban de detestarse. Algu­nos oficiales llevaban de paseo a su familia, atenta a los saludos militares y civiles, la esposa embutida en sus pa­ños higiénicos especiales; por su parte, los niños, lastimo­sos ejemplares de gruesos gusanos blancos europeos, se disolvían, por el calor, en diarrea permanente.

No basta con llevar quepis para mandar, también hay que tener tropas. Bajo el clima de Fort-Gono, los man­dos europeos se derretían más deprisa que la mantequilla. Allí un batallón era algo así como un terrón de azúcar en el café: cuanto más mirabas, menos lo veías. La mayoría del contingente estaba siempre en el hospital, durmiendo la mona del paludismo, atiborrado de parásitos por todos los pelos y todos los pliegues, escuadrones enteros tendi­dos entre pitillos y moscas, masturbándose sobre las sá­banas enmohecidas, inventando trolas infinitas, de fiebre en accesos, escrupulosamente provocados y mimados.

Las pasaban putas, aquellos pobres tunelas, pléyade ver­gonzosa, en la dulce penumbra de los postigos verdes, chusqueros pronto desencantados, mezclados -el hospi­tal era mixto- con los modestos dependientes de comer­cio, que huían, unos y otros, acosados, de la selva y los patronos.

En el embotamiento de las largas siestas palúdicas, hace tanto calor que hasta las moscas reposan. En el ex­tremo de los brazos exangües y peludos cuelgan las no­velas mugrientas a ambos lados de las camas, siempre descabaladas las novelas: la mitad de las hojas faltan por culpa de los disentéricos, que nunca tienen suficiente pa­pel, y también de las hermanas de mal humor, que censu­ran a su modo las obras en que Dios no aparece respeta­do. Las ladillas de la tropa las atormentan también, como a todo el mundo, a las hermanas. Para rascarse mejor, van a alzarse las faldas al abrigo de los biombos, tras los cuales el muerto de esa mañana no llega a enfriarse, de tanto calor como tiene aún, él también.

Por lúgubre que fuese el hospital, aun así era el único lugar de la colonia donde podías sentirte un poco olvida­do, al abrigo de los hombres de fuera, de los jefes. Vaca­ciones de esclavo; lo esencial, en una palabra, y la única dicha a mi alcance.

Me informaba sobre las condiciones de entrada, las costumbres de los médicos, sus manías. Ya sólo veía con desesperación y rebeldía mi marcha para la selva y me prometía ya contraer cuanto antes todas las fiebres que pasaran a mi alcance, para volver a Fort-Gono enfermo y tan descarnado, tan repugnante, que habrían de internar­me y también repatriarme. Trucos para estar enfermo ya conocía, y excelentes, y aprendí otros nuevos, especiales, para las colonias.

Me aprestaba a vencer mil dificultades, pues ni los di­rectores de la Compañía Porduriére ni los jefes de batallón se preocupan demasiado de acosar a sus flacas pre­sas, transidas de tanto jugar a las cartas entre las camas meadas.

Me encontrarían dispuesto a pudrirme con lo que hi­ciera falta. Además, en general pasabas temporadas cor­tas en el hospital, a menos que acabaras en él de una vez por todas tu carrera colonial. Los más sutiles, los más tu­nelas, los mejor armados de carácter de entre los febriles conseguían a veces colarse en un transporte para la me­trópoli. Era el milagro bendito. La mayoría de los enfer­mos hospitalizados se confesaban incapaces de nuevas astucias, vencidos por los reglamentos, y volvían a perder en la selva sus últimos kilos. Si la quinina los entregaba por completo a los gusanos estando en régimen hospita­lario, el capellán les cerraba los ojos simplemente hacia las seis de la tarde y cuatro senegaleses de servicio emba­laban esos restos exangües hacia el cercado de arcillas ro­jas, junto a la iglesia de Fort-Gono, tan caliente, ésa, bajo las chapas onduladas, que nunca entrabas en ella dos ve­ces seguidas, más tropical que los trópicos. Para mante­nerse en pie, en la iglesia, habría habido que jadear como un perro.

Así se van los hombres, a quienes, está visto, cuesta mucho hacer todo lo que les exigen: de mariposa durante la juventud y de gusano para acabar.

Intentaba aún conseguir, por aquí, por allá, algunos detalles, informaciones para hacerme una idea. Lo que me había descrito de Bikomimbo el director me parecía, de todos modos, increíble. En una palabra, se trataba de una factoría experimental, de un intento de penetración lejos de la costa, a diez jornadas por lo menos, aislada en medio de los indígenas, de su selva, que me presentaban como una inmensa reserva pululante de animales y enfer­medades.

Me preguntaba si no estarían simplemente envidiosos de mi suerte, los otros, aquellos compañeros de la Porduriére, que pasaban por alternancias de abatimiento y agresividad. Su estupidez (lo único que tenían) dependía de la calidad del alcohol que acabaran de ingerir, de las cartas que recibiesen, de la mayor o menor cantidad de esperanza que hubieran perdido en la jornada. Por regla general, cuanto más se deterioraban, más galleaban. Eran fantasmas (como Ortolan en guerra) y habrían sido capa­ces de cualquier audacia.

El aperitivo nos duraba tres buenas horas. Siempre se hablaba del gobernador, pivote de todas las conversacio­nes, y también de los robos de objetos posibles e imposi­bles y, por último, de la sexualidad: los tres colores de la bandera colonial. Los funcionarios presentes acusaban sin rodeos a los militares de repantigarse en la concusión y el abuso de autoridad, pero los militares les devolvían la pe­lota con creces. Los comerciantes, por su parte, conside­raban a aquellos prebendados hipócritas impostores y sa­queadores. En cuanto al gobernador, desde hacía diez buenos años circulaba cada mañana el rumor de su revo­cación y, sin embargo, el telegrama tan interesante de esa caída en desgracia nunca llegaba y ello a pesar de las dos cartas anónimas, por lo menos, que volaban cada semana, desde siempre, dirigidas al ministro, y que referían mil sartas de horrores muy precisos imputables al tirano local.

Los negros tienen potra con su piel parecida a la de la cebolla; por su parte, el blanco se envenena, entabicado como está entre su ácido jugo y su camiseta de punto. Por eso, ¡ay de quien se le acerque! Lo del Amiral-Bragueton me había servido de lección.

En el plazo de pocos días, me enteré de detalles de lo más escandalosos a propósito de mi propio director. So­bre su pasado, lleno de más canalladas que una prisión de puerto de guerra. Se descubría de todo en su pasado e in­cluso, supongo, magníficos errores judiciales. Es cierto que su rostro lo traicionaba, innegable, angustiosa cara de asesino o, mejor dicho, para no señalar a nadie, de hombre imprudente, con una urgencia enorme de reali­zarse, lo que equivale a lo mismo.

A la hora de la siesta, se veía, al pasar, desplomadas a la sombra de sus hotelitos del Boulevard Faidherbe, a algu­nas blancas aquí y allá, esposas de oficiales, de colonos, a las que el clima demacraba mucho más aún que a los hombres, vocecillas graciosamente vacilantes, sonrisas enormemente indulgentes, maquilladas sobre toda su pa­lidez como agónicas contentas. Daban menos muestras de valor y dignidad, aquellas burguesas trasplantadas, que la patrona de la pagoda, que sólo podía contar consigo mis­ma. Por su parte, la Compañía Porduriére consumía a muchos empleadillos blancos de mi estilo; cada tempora­da perdía decenas de esos subhombres, en sus factorías de la selva, cerca de los pantanos. Eran pioneros.

Todas las mañanas, el Ejército y el Comercio acudían a lloriquear por sus contingentes hasta las propias oficinas del hospital. No pasaba día sin que un capitán amenaza­ra, lanzando rayos y truenos, al gerente para que le de­volvieran a toda prisa sus tres sargentos jugadores de car­tas y palúdicos y los dos cabos sifilíticos, mandos que le faltaban precisamente para organizar una compañía. Si le respondían que habían muerto, esos holgazanes, en­tonces dejaba en paz a los administradores y se volvía, por su parte, a beber un poco más a la pagoda.

Apenas te daba tiempo de verlos desaparecer, hom­bres, días y cosas, en aquel verdor, aquel clima, calor y mosquitos. Todo se iba, era algo repugnante, en trozos, frases, miembros, penas, glóbulos, se perdían al sol, se derretían en el torrente de la luz y los colores y con ellos el gusto y el tiempo, todo se iba. En el aire no había sino angustia centelleante.

Por fin, el pequeño carguero que debía llevarme, costeando, hasta las cercanías de mi puesto, fondeó a la vista de Fort-Gono. El Papaoutah, se llamaba. Un barquito de casco muy plano, construido así para los estuarios. Lo alimentaban con leña. Yo era el único blanco a bordo y me concedieron un rincón entre la cocina y los retretes, íbamos tan despacio por el mar, que al principio pensé que se trataba de una precaución para salir de la ensena­da. Pero nunca aumentó la velocidad. Aquel Papaoutah tenía poquísima potencia. Avanzamos así, a la vista de la costa, faja gris infinita y tupida de arbolitos en medio de los danzarines vahos del calor. ¡Qué paseo! Papaoutah hendía el agua como si la hubiera sudado toda él mismo, con dolor. Deshacía una olita tras otra con precauciones de enfermera haciendo una cura. El piloto debía de ser, me parecía desde lejos, un mulato; digo «me parecía» porque nunca encontraba las fuerzas necesarias para su­bir arriba, a cubierta, a cerciorarme en persona. Me que­daba confinado con los negros, únicos pasajeros, a la sombra de la crujía, mientras el sol bañaba el puente, has­ta las cinco. Para que no te queme la cabeza por los ojos, el sol, hay que pestañear como una rata. A partir de las cinco puedes echar un vistazo al horizonte, la buena vida. Aquella franja gris, el país tupido a ras del agua, allí, es­pecie de sobaquera aplastada, no me decía nada. Era re­pugnante respirar aquel aire, aun de noche, tan tibio, ma­rino enmohecido. Toda aquella insipidez deprimía, con el olor de la máquina, además, y, de día, las olas demasiado ocres por aquí y demasiado azules por el otro lado. Se es­taba peor aún que en el Amiral-Bragueton, exceptuando a los asesinos militares, por supuesto.

Por fin, nos acercamos al puerto de mi destino. Me re­cordaron su nombre: «Topo». A fuerza de toser, expectorar, temblar, durante tres veces el trascurso de cuatro comidas a base de conservas, sobre aquellas aguas aceitosas como de haber lavado los platos, el Papaoutah acabó atracando.

En la pilosa orilla se destacaban tres enormes chozas techadas con paja. De lejos, cobraba, al primer vistazo, un aspecto bastante atrayente. La desembocadura de un gran río arenoso, el mío, según me explicaron, por donde debía yo remontar, en barca, para llegar al centro mismo de mi selva. En Topo, puesto al borde del mar, debía que­darme sólo unos días, según lo previsto, el tiempo nece­sario para adoptar mis últimas resoluciones coloniales.

Pusimos rumbo a un embarcadero liviano y el Papaoutah, antes de llegar a él, se llevó por delante, con su grueso vientre, la barra. De bambú era el embarcadero, lo recuer­do bien. Tenía su historia, lo rehacían cada mes, me enteré, a causa de los moluscos, ágiles y vivos, que acudían a milla­res a jalárselo, a medida que lo arreglaban. Esa construcción infinita era incluso una de las ocupaciones desesperantes que había de sufrir el teniente Grappa, comandante del puesto de Topo y de las regiones vecinas. El Papaoutah sólo hacía la travesía una vez al mes, pero los moluscos no tardaban más de un mes en jalarse su desembarcadero.

A la llegada, el teniente Grappa cogió mis papeles, ve­rificó su autenticidad, los copió en un registro virgen y me ofreció el aperitivo. Yo era el primer viajero, me con­fió, que acudía a Topo por espacio de más de dos años. Nadie iba a Topo. No había ninguna razón para ir a Topo. A las órdenes del teniente Grappa servía el sargen­to Alcide. En su aislamiento, no se estimaban nada. «Ten­go que desconfiar siempre de mi subalterno -me comuni­có también el teniente Grappa ya en nuestro primer contacto-. ¡Tiene cierta tendencia a la familiaridad!»

Como, en aquella desolación, si hubiera habido que imaginar acontecimientos, habrían resultado demasiado inverosímiles, pues el ambiente no se prestaba, el sargen­to Alcide preparaba por adelantado informes de «Sin no­vedad», que Grappa firmaba sin tardar y que el Papaou­tah llevaba, puntual, al gobernador general.

Entre las lagunas de los alrededores y en lo más recón­dito de la selva vegetaban algunas tribus enmohecidas, diezmadas, torturadas por el tripanosoma y la miseria crónica; aun así, aportaban un pequeño impuesto y a es­tacazos, por supuesto. Entre sus jóvenes reclutaban tam­bién a algunos milicianos para manejar por delegación esa misma estaca. Los efectivos de la milicia ascendían a doce hombres.

Puedo hablar de ellos, los conocí bien. El teniente Grappa los equipaba a su modo, a aquellos potrudos, y los alimentaba regularmente con arroz. Un fusil para doce y una banderita para todos. Sin zapatos. Pero, como todo es relativo en este mundo y comparativo, a los re­clutas indígenas les parecía que Grappa hacía las cosas muy bien. Incluso tenía que rechazar voluntarios todos los días y entusiastas, hijos de la selva hastiados.

La caza era escasa en los alrededores de la ciudad y, a falta de gacelas, se comían al menos una abuela por sema­na. Todas las mañanas, a partir de las siete, los milicianos de Alcide se ponían a hacer la instrucción. Como yo me alojaba en un rincón de su choza, que me había cedido, me encontraba en primera fila para asistir a aquella alga­rada. En ningún otro ejército del mundo figuraron nunca soldados con mejor voluntad. A la llamada de Alcide, y recorriendo la arena en fila de cuatro, de ocho y luego de doce, aquellos primitivos se desvivían con creces imagi­nando sacos, zapatos, bayonetas incluso, y, lo que es más, haciendo como que los utilizaban. Recién salidos de la naturaleza tan vigorosa y tan próxima, iban vestidos sólo con una apariencia de calzoncillo caqui. Todo lo demás debían imaginarlo y así lo hacían. A la orden de Alcide, perentoria, aquellos ingeniosos guerreros, dejando en el suelo sus ficticios sacos, corrían en el vacío al ataque de enemigos imaginarios con estocadas imaginarias. Tras ha­ber hecho como que se desabrochaban, formaban montones de ropa invisible y, ante otra señal, se apasionaban en abstracciones de mosquetería. Verlos diseminarse, ges­ticular minuciosamente y perderse en encajes de movi­mientos bruscos y prodigiosamente inútiles era depri­mente hasta el marasmo. Sobre todo porque en Topo el calor brutal y la asfixia, perfectamente concentrados por la arena entre los espejos del mar y del río, pulidos y conjugados, eran como para jurar por tu trasero que te encontrabas sentado por la fuerza sobre un pedazo de sol recién caído.

Pero aquellas condiciones implacables no impedían a Alcide gritar: al contrario. Sus alaridos tronaban por en­cima de aquel ejercicio fantástico y llegaban muy lejos, hasta la cresta de los augustos cedros del lindero tropical. Más lejos aún retumbaban incluso sus «¡firmes!».

Mientras tanto, el teniente Grappa preparaba su justi­cia. Ya volveremos a hablar de eso. También vigilaba sin cesar desde lejos, desde la sombra de su choza, la fugaz construcción del embarcadero maldito. A cada llegada del Papaoutah iba a esperar, optimista y escéptico, equi­pos completos para sus efectivos. En vano los reclamaba desde hacía dos años, sus equipos completos. Como era corso, Grappa se sentía tal vez más humillado que nadie al observar que sus milicianos seguían desnudos.

En nuestra choza, la de Alcide, se practicaba un pe­queño comercio, apenas clandestino, de cosillas y restos diversos. Por lo demás, todo el tráfico de Topo pasaba por Alcide, ya que tenía una pequeña provisión, la única, de tabaco en hoja y en paquetes, algunos litros de alcohol y algunos metros de algodón.

Los doce milicianos de Topo, sentían, era evidente, ha­cia Alcide auténtica simpatía y ello pese a que los abron­caba sin límites y les daba patadas en el trasero injusta­mente. Pero habían advertido en él, aquellos militares nudistas, elementos innegables del gran parentesco, el de la miseria incurable, innata. El tabaco los hacía sentirse unidos, por muy negros que fueran, por la fuerza de las cosas. Yo había llevado conmigo algunos periódicos de Europa. Alcide los hojeó con el deseo de interesarse por las noticias, pero, pese a intentar por tres veces centrar su atención en las columnas inconexas, no consiguió acabar­las. «Ahora -me confesó tras ese vano intento-, en el fondo, ¡me importan un bledo las noticias! ¡Hace tres años que estoy aquí!» Eso no quería decir que Alcide pretendiera sorprenderme dándoselas de ermitaño, no, sino que la brutalidad, la indiferencia demostrada del mundo entero hacia él lo obligaba, a su vez, a considerar, en su calidad de sargento reenganchado, el mundo ente­ro, fuera de Topo, como una Luna.


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