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El espacio por sí mismo, significa potencialidad a disposición del hombre; el espacio integrado (desarrollado armónicamente) representa po­der concreto de una comunidad. La tendencia histórica señala la progresiva integración de los Estados (regionales-continentales), a fin de dar respuestas a sus comunidades y poder enfrentar airosamente el embate de los intereses imperialistas de las grandes potencias.

El proceso de los desarrollos espaciales e integraciones de las comuni­dades está regido por el cumplimiento de etapas históricas, fundamental­mente la integración de su territorio, el armónico desarrollo de sus regiones y el afianzamiento del poder nacional. Han existido pueblos cuyo proceso ha sido largo, y en casos aún no terminado. Otros han sufrido un proceso menor. Esto se debe a principios y condiciones a veces similares y coinciden­tes, pero con consecuencias y resultados diferenciados según la comunidad de que se trate.

La madurez política de la comunidad será el factor primordial que guiará y orientará la conciencia de la misma, hacia nuevas etapas de su vida histórica.
Poder



El hombre siempre fue atraído por el poder, sea éste político, económi­co, ideológico, etc. Pese a ello, no es frecuente que el hombre, interprete plenamente el significado superior y trascendente del poder, ni asuma correctamente un compromiso con el destino del hombre mismo. Lo que su­cede con el individuo, se agrava en los grupos, sectores, sean éstos políticos o económicos.

Es el orden de la creación, que da origen y legitimidad a las distintas formas del poder. Por esta razón, el poder es esencialmente una función de servicio hacia los semejantes.

La Iglesia ha conceptualizado y definido perfectamente al poder, previ­niendo y alertando sobre los abusos, descomposición y corrosión del mis­mo, en especial de sus formas más sectorizadas y absolutas.

"Se diviniza el poder político cuando en la práctica se lo tiene como ab­soluto. Por eso, el uso totalitario del poder es una forma de idolatría y co­mo tal la Iglesia lo rechaza enteramente (GS 75). Reconocemos con dolor la presencia de muchos regímenes autoritarios y hasta ofensivos en nuestro continente. Ellos constituyen uno de los más serios obstáculos para el pleno

desarrollo de los derechos de la persona, de los grupos y de las mismas naciones. (La Evangelización en el presente y en el futuro de América Latina – III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano – Documento de Puebla - El Hombre y el Poder - 500).

Continúa el mismo Documento en 501 "Desafortunadamente, en muchos casos, esto llega hasta el punto que los mismos poderes políticos y económicos de nuestras naciones más allá de las normales relaciones recíprocas, están sometidos a centros más poderosos que operan a escala internacional. Agrava la situación el hecho de que estos centros de poder se encuentran estructurados en formas encubiertas, presentes por doquier y se sustraen fácilmente al control de los gobiernos y de los mismos organismos internacionales".

"Es urgente liberar a nuestros pueblos del ídolo del poder absolutizado para lograr una convivencia social en justicia y libertad, efecto, para que los pueblos latinoamericanos puedan cumplir con la misión que les asigna la historia como pueblos jóvenes, ricos en tradiciones y cultura, necesitan de un orden político respetuoso de la dignidad del hombre, que asegure la con­cordia y la paz del interior de la comunidad civil y en sus relaciones con las demás comunidades". (502)

De acuerdo a su alto significado moral e histórico, el poder debe cumplir primariamente los requisitos fundamentales que el citado Docu­mento de Puebla especifica.

"La igualdad de todos los ciudadanos con el derecho y el deber de par­ticipar en el destino de la sociedad, con las mismas oportunidades, contribu­yendo a las cargas equitativamente distribuidas y obedeciendo las leyes legítimamente establecidas". (503)

"El ejercicio de sus libertades, amparadas en instituciones fundamen­tales que aseguren el bien común, en el respeto a los derechos de las perso­nas y asociaciones"(504)

"La legítima autodeterminación de nuestros pueblos que les permita organizarse según su propio genio y la marcha de su historia (GS 74) y co­operar en un nuevo orden mundial" (505)

"La urgencia de restablecer la justicia no sólo teórica y formalmente reconocida, sino llevada eficazmente a la práctica por instituciones ade­cuadas y realmente vigentes"(506).

El enfoque eclesial, alumbra el sentido moral, vigoriza la legitimidad y otorga la medida y trascendencia al poder, en el contexto del proceso de la humanidad y en el marco de la historia de los pueblos.

El poder político es el fin supremo de la lucha de las comunidades. Este está logrado en forma relativa, en la medida en que se consiga el equilibrio en la suma de los factores que integran el poder político y su participación efectiva en el proceso (económico, social, cultural, educativo, militar).

El poder es una fuerza esencialmente social que busca dirigir comporta­mientos humanos, un elemento de la sociedad que a través de la política

busca obtener y ejercer.

Tanto poder como política constituyen la constante esencial de la sociedad.

El poder pretende siempre ser soberano aunque no siempre pueda serlo. Pero esta naturaleza cualifica a la soberanía en el Estado-Nación. Una Nación es soberana cuando no existe Otro poder sobre ella que la condicione a intereses extraños a su pueblo. Por esta razón la soberanía del po­der está radicada en el Estado-Nación y se expresa por el pueblo.

El Poder posee un valor instrumental en beneficio de otros valores. El poder por el poder mismo es antiético, corrompido y contranatura. Cuando el Poder pierde su fin social, carece de legitimidad y vulnera el objetivo del bien común. El Poder imperial podrá subsistir lapsos prolongados, pero in­defectiblemente está signado por una claudicación histórica.

El poder nunca es absoluto o irrestricto, sino que está condicionado por diferentes factores de distinta naturaleza. Sin embargo, toda tendencia a compartir el poder es síntoma de mediocridad.

El proceso dialéctico desgasta al poder, ya sea directa o indirectamente, llevándolo por diversas etapas que gozan de determinadas relatividades.

El poder poseerá un significado superior y trascendente en la medida que responda a la natural perfección y al proceso de desarrollo justo de los pueblos, a los cuales se debe. Esto significa que en su más alta acepción, el poder, para ser legítimo, justo, trascendente y moral, debe cumplir una gran función de servicio hacia el pueblo, sin desmedro de otras comunida­des internacionales.

El poder debe así, garantizar la transformación de las sociedades hacia etapas superiores. Toda vez que el poder sirva para neutralizar la mutación natural de la evolución humana, no solamente provocará desajustes y reac­ciones que pueden llegar a la violencia, sino que llevará implícito en sí mis­mo, el germen de la autodestrucción.



El espacio y el ejercicio del poder político. Un ejemplo esquemático

El hombre vive en el espacio y lo modela, es decir, lo organiza. Dicha organización, en tanto tiene por fin la satisfacción de alguna necesidad, constituye un hecho político.

A diferencia de lo que proponen algunos autores (escuela francesa de geografía), para captar la realidad en que nos toca movernos, en toda su complejidad, no podemos partir del análisis de lo local, seguir con lo re­gional e insertarlo luego en lo continental, etc. Por el contrario, pensamos que el análisis debe invertirse, aprehendiendo la realidad mundial inicial-mente a fin de analizar correcta y objetivamente las situaciones regionales y nacionales.

Una primera aproximación nos muestra al espacio mundial dividido en Estados nacionales, que aglutinan en su seno a comunidades organizadas en

diferentes sistemas político-económicos y con diferencias sustanciales entre ellos (filosóficas, religiosas, culturales, organización política, social, econó­mica, militar, etc.); cada una de las cuales deja su marca visible en el espacio geográfico donde actúa.

Para una segunda aproximación a la realidad mundial, la historia nos enseña que los Estados, como máximos exponentes de los grupos humanos que actúan sobre el espacio, se han relacionado entre sí de muy diversa ma­nera y con objetivos variables (conquista, destrucción, integración, des­membramientos, alianzas político-militares, relaciones comerciales o cultu­rales, penetración económica, dominio de recursos naturales, de infra­estructura, de servicios, etc.). De estas relaciones surgen tendencias históri­cas más o menos constantes que los Estados pueden convertir en objetivos políticos (ampliación de esferas de poder), político-geográficos (salida al mar, apropiación de cuencas hidrográficas) o económicos, que para ser cumplidos requieren de pueblos cuantitativa y cualitativamente aptos en el marco de adecuadas motivaciones.

Por último la historia nos permite establecer una constante predomi­nante en la evolución de la humanidad: la existencia de pueblos conquista­dores y pueblos conquistados; consecuentemente, como el hombre "crea la geografía casi al mismo tiempo que la historia" (Baudeville), las políticas aplicadas por los grupos humanos a través de los Estados quedan perfecta­mente reflejadas en el espacio, que se convierte así en factor político de pri­mera magnitud. Política y geografía han sido a lo largo de la historia —conciente o inconcientemente— los elementos básicos de la conducción de los Estados.

Brevemente veamos como se refleja la política de los Estados en la or­ganización del espacio mundial actual.

El mundo es susceptible de ser dividido en dos grandes grupos:
I) Los países industriales, desarrollados o centrales, situados en el hemisfe­rio Norte; y

II) Los países denominados subdesarrollados, "en vías de desarrollo" o pe­riféricos.

Luego I) es posible subdividirlo:

I.a - Bloque capitalista hegemonizado por EEUU

I.b - Bloque socialista hegemonizado por URSS.

Constituyen dos sistemas económicos prácticamente autónomos, aun­que con creciente interdependencia motivada por la necesidad de capitales y tecnología de I.b y por la necesidad de nuevos mercados de I.a.

El grupo de países periféricos, también llamado Tercer Mundo, es un conjunto de Estados sobre el que los países centrales enfrentan sus fuerzas tratando de ampliar sus esferas de poder. La característica más saliente del conjunto es la DEPENDENCIA (económica, política, militar, cultural) lo que acarrea situaciones de vasallaje en grados variables y un empobreci­miento progresivo para la mayoría.

El grupo de países periféricos, también llamado Tercer Mundo, es un conjunto de Estados sobre el que los países centrales enfrentan sus fuerzas tratando de ampliar sus esferas de poder. La característica más saliente del conjunto es la DEPENDENCIA (económica, política, militar, cultural) lo que acarrea situaciones de vasallaje en grados variables y un empobreci­miento progresivo para la mayoría.


De esta manera los Estados se mueven en el marco de dos contradic­ciones mundiales.

a. Norte-Sur (esencialmente socio-económica).

b. Este-Oeste (fundamentalmente ideológica, política y económica)

Además los distintos factores interdependientes producen contradicciones menores o subsidiarias (Entre bloques - interbloques - interestados - interregionales - etc.).



Caracteres de la organización espacial a escala nacional
I.a. y I.b. poseen sus espacios nacionales integrados regionalmente; es decir poseen territorios en los que las diferentes regiones desarrollan sus po­sibilidades de crecimiento económico-social en forma relativamente armó­nica, posibilitadas por adecuadas planificaciones (URSS, Francia, Gran Bretaña) y la creación de infraestructura social básica en las tareas menos favorecidas junto con descentralizaciones administrativas y de las redes de transporte y comunicaciones. En algunos macroestados (Canadá - URSS) están en proceso de poblamiento vastas regiones vacías.

II. se caracteriza en cambio por profundos desequilibrios demográfico-económicos que se manifiestan espacialmente en una reiteración del es­quema mundial, vale decir, regiones centrales con cierto grado de desarrollo relativo y regiones marginales desconectadas entre sí y absolutamente de­pendientes de las primeras.

Esta organización espacial ha respondido a una política con bases ge­ográficas y económicas, que los Estados centrales han aplicado en sus terri­torios nacionales y en los espacios de los Estados más débiles.

Los viejos imperios coloniales (España, Portugal, Francia, Gran Breta­ña) organizaron los espacios conquistados en función de las necesidades metropolitanas. La ocupación de espacios colonizados tenía por finalidad crear apéndices de la economía de la metrópoli, es decir, complementarla. Se trataba, en general, de instaurar economías destinadas a la producción de materias primas, fueran minerales, vegetales o alimentos para abastecer a las metrópolis y desarrollar su comercio exterior y, posteriormente, ali­mentar los bosques de chimeneas que crecían sin cesar en Europa luego de la revolución industrial, estableciendo en moldes que persisten hasta hoy a ni­vel espacial, lo que se ha denominado "división internacional del trabajo".

Este tipo de ocupación, determinó, en la inmensa mayoría de los casos, un poblamiento marginal, generalmente en las fachadas marítimas, zonas naturales de contacto entre las metrópolis y sus colonias. En el caso de explotaciones mineras, pese a radicarse en el interior, estaban directamente vinculadas a los puertos.

Es decir, que los países periféricos sufrieron distorsiones en el proceso de ocupación y explotación de lo que hoy constituyen sus espacios naciona­les en virtud de una geopolítica imperial. La división en países centrales y

periféricos, como vemos, es bastante antigua.

En la actualidad, han cambiado los actores pero el escenario se man­tiene. Siguen existiendo geopolíticas que conducen a un Estado o grupo de Estados a dominar a otros más débiles. Es el imperialismo económico o neocolonialismo que viene de los países centrales a dominar los Estados peri­féricos.

Estos últimos son ahora "independientes" y hasta tienen su sitial en las Naciones Unidas, donde suelen obtener "victorias diplomáticas", pero la realidad los sigue mostrando como productores de materias primas diver­sas, los menos, y casi monoproductores los más. Espacialmente aparecen regiones centrales con sectores de economía moderna (ligado al exterior) es­tablecido en alguna gran ciudad, la que actúa como "polo de subdesarrollo" pues ella succiona la riqueza generada del interior del país a la vez que hacia ella migra la población del interior empobrecido, aportan­do mano de obra barata y engrosando la población marginal, que se hacina en verdaderos cinturones de villas miserias, favelas o callampas.

La organización espacial no ha tenido variantes (salvo contadas excep­ciones) porque los sectores claves de las economías de la periferia son pro­piedad de las empresas monopólicas multinacionales, que manejan los re­cursos naturales del subsuelo o del suelo, las industrias dinámicas, la tecno­logía industrial, las finanzas, los transportes internacionales, los seguros, etc.

Hasta aquí una geopolítica de dominación que proféticamente antici­para Alexis de Tocqueville en 1835: "Hay en la actualidad en la tierra dos pueblos que partiendo de dos puntos diferentes parecen avanzar hacia el mismo objetivo: son los rusos y los angloamericanos".

Consideraciones sobre la Geopolítica

Condiciones de la Geopolítica
La geopolítica está condicionada por principios que surgen de la ge­ografía, población, vías de comunicación y la política de cada Estado res­pecto de éstas.

De esta manera, todo Estado que intenta lograr una modificación de su estructura política, ampliación de territorio o proyectar su esfera de acción para abarcar un mayor dominio, se vale de un principio que es: "operar el avance sobre la línea de menor resistencia".

Estas líneas de avance son estrategias aplicadas a cada caso particular, según el medio geográfico en que se desarrollan. Esta fase ejecutiva se vale de la estrategia, al servicio de la política superior del Estado.

El modo de acción se desarrolla interrelacionando constantes o tenden­cias políticas históricas, que se pueden resumir en lo siguiente:



  1. Aspiraciones hacia el dominio de la totalidad de la cuenca hidrográ­fica.

  2. Aspiración de salida hacia el mar.

  3. Aspiraciones hacia las costas opuestas, cuando se posee un litoral marítimo.

  4. Aspiraciones de los Estados a extender su esfera de dominio.

  5. El cruce de los grandes espacios transcontinentales.

  6. Aspiraciones de los pueblos a lograr la unidad nacional.

Estas tendencias constituyen objetivos que ningún Estado o imperialis­mo ha dejado de considerar o adherir, desde la antigüedad hasta nuestros días. Estas metas, normalmente resultan muy visibles, por lo que no es difí­cil interpretar la concepción geopolítica de determinados Estados.

El "leit motiv" de los movimientos de cada Estado resulta así detectable sin mayores dificultades, tanto más que de su situación geográfico-política, surgirá la variante geopolítica que se adecua a sus aspiraciones.

La geopolítica es un factor de análisis (uno entre otros) del marco situacional, estando presente en todos los exámenes (apreciaciones-resoluciones) de la conducción superior del Estado.
Elementos fundamentales de la geopolítica

Como toda disciplina, la geopolítica está asistida por principios eviden­ciados

a través de la historia, los que, conjugados armoniosamente, facili­tan la interpretación ajustada de esta materia.

La geopolítica tiene tres factores básicos a considerar: tres elementos fundamentales, insustituibles y de cuyo análisis conjugado devendrá una correcta aplicación disciplinaria.

El primero es el político, el segundo es el espacio y el tercero es la población. Política, espacio y hombre, son los componentes esenciales de la geopolítica. Política en función de poder, espacio con todas las condiciones potenciales necesarias, y población, propietaria de una cultura trascendente que le otorga conciencia nacional sobre cuya base construye y desarrolla su territorio, sus instituciones jurídicas y el poder nacional.

Un gran espacio sin la presencia de un conglomerado humano ideológi­camente homogéneo, o carente de una cultura trascendente, no singulariza­rá ningún proceso. (Por ideología entendemos los modos de conducta y conjunto de creencias de un pueblo que conforman un estilo de vida).



El espacio proporciona el hábitat insustituible para lograr el poder. La población, factor geohistórico imprescindible, aprovechará el espacio para desarrollar su potencial y proyectar su poder partiendo de la dimensión na­cional.

Una correcta apreciación de los parámetros, es requisito indispensable para elaborar una certera doctrina geopolítica nacional.

El error en la concepción trae siempre consecuencias implacables.

Una doctrina geopolítica equivocada, servida por una idea estratégica adecuada, podrá dar sólo frutos temporarios, que se desvanecerán a medida que el proceso transite por etapas críticas. Aunque la estrategia sea ade­cuada, si la idea geopolítica está desfasada de la realidad, todo decantará por fin, en etapas de cruda coyuntura y profundas crisis, que incidirán en el proceso histórico.

Una concepción geopolítica errónea, asentada en una conducción estratégica desacertada irá al fracaso en corto lapso.

Sólo una doctrina geopolítica realista, implementada por una estrate­gia correcta, podrá dar frutos positivos.

El error en la teoría geopolítica llevará al Estado a persistir y ahondar deficiencias, ocasionando consecuencias prácticamente irreversibles y agu­dizando cada vez más la incertidumbre de un proceso nacional, para el que no se vislumbra una trascendencia basada en claros objetivos.



La historia, así como los grandes pensadores, nos demuestran que: en geopolítica, espacio y población son componentes imprescindibles, de cuya ajustada y correcta conjugación en el marco de la situación mundial, resul­tará la doctrina más realista que deberá estar servida por una conveniente estrategia nacional.

De esta manera, en una zona o región geográfica determinada, se gene­ra una situación peculiar, producto de la interacción entre las políticas que confluyen desde el interior y el exterior, creando un espacio político comple-

jo, casi siempre conflictivo y a menudo de carácter crítico, que es de marca­da movilidad y en el cual la inexistencia de estrategias nacionales y su corre­lativa doctrina política pueden enclaustrar a un Estado dentro de sus lími­tes, anulando su actuación internacional o, incluso, convertirlo en vasallo de otros Estados poseedores de objetivos definidos y cuyo logro se imple-menta con el correcto manejo de ese complejo espacio-política. Para cono­cer su naturaleza, se hace necesario (ineludible) rastrear históricamente, a fin de descubrir las tendencias profundas, discernir lo principal de lo secun­dario, bisectar la problemática y desentrañar la proyectiva.

Geopolítica de la servidumbre y geopolítica de la liberación

Como todo conocimiento, la geopolítica está al servicio del hombre. Los conductores se han valido de ella para pergeñar los lineamientos políti­cos de sus pueblos. Es así que las grandes potencias la emplearon para con­cebir y pragmatizar sus imperios.

La geopolítica del opresor, está basada fundamentalmente en la con­cepción del dominio y la esclavitud.

En contraposición, la geopolítica del oprimido, se asienta en la necesi­dad de la independencia y la autodeterminación.

La primera es la geopolítica imperial al servicio de Estados colonialis­tas. La segunda es la geopolítica de la liberación, al servicio de pueblos so­juzgados. Aquella agrupa naciones con vocación de imperio, ésta, pueblos en lucha por la autodeterminación.

Este somero enunciado muestra que la disciplina en consideración de­pende, en su concepción y ejecución, de un sentido y de un sentimiento. Es­tos son los parámetros que enmarcan el tipo y el carácter de la idea ge­opolítica de una nación.

La concepción de vida y los intereses objetivos determinan el concepto geopolítico e identifican la miseria o grandeza de un pueblo, indicando la línea despótica imperial, o bien señalando la comunidad solidaria de la libe­ración.

Carácter de la geopolítica

La idea geopolítica no puede ser improvisada ni tratada superficial­mente. En primer lugar, su concepción debe asentarse en la historia y en la realidad. Todo proyecto deberá contener las ideas propias del pueblo, con­sustanciadas con el ambiente geográfico relativo y absoluto, del Estado de que se trate. En segundo lugar, se hace necesario que sea conocida, interpre­tada y asumida por la sociedad nacional, a fin de transformarla en doctrina permanente de la nación. Por último, esa doctrina requiere una sostenida aplicación en el tiempo.

Las metas a lograr serán determinadas en etapas, según la dimensión

del problema tratado, pero la teoría debe ser "sin tiempo".



Sólo la permanencia de la doctrina geopolítica a través de las genera­ciones, permite a un Estado lograr los objetivos propuestos.

Sirva de ejemplo la historia de las grandes potencias que, a despecho del régimen imperante, del tiempo transcurrido, de las crisis coyunturales sufridas, de los gobernantes de turno, de los procesos económico-sociales y de las guerras mantenidas, nunca dejaron de sostener la geopolítica correcta para sus intereses, en función de sus estilos de vida, sentimientos y realida­des.



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