El paraiso en la otra esquina



Yüklə 1,09 Mb.
səhifə18/30
tarix03.11.2017
ölçüsü1,09 Mb.
#28824
1   ...   14   15   16   17   18   19   20   21   ...   30

—¿Tú crees, Florita? —murmuró el avaro—. ¿No bastarían unos dos mil?

—No, tío, debe usted darle cinco mil, para desar­marlo emocionalmente.

Don Pío le hizo caso. Desde entonces, consultó con Flora todas sus acciones en un conflicto en el que a él, co­mo a todos los ciudadanos pudientes de Arequipa, sólo le interesaba no ser desvalijado por los bandos en pugna.

El coronel Althaus obtuvo su nombramiento como jefe de Estado Mayor del general Nieto, después de consi­derar ir a ponerse al servicio del adversario, el general San Román, que venía desde Puno con el ejército gamarrista a invadir Arequipa. Althaus hacía toda clase de confidencias a Flora, divirtiéndose a lo grande con la perspectiva de una guerra. Se burlaba con ferocidad del general Nieto, quien, con los cupos que hizo pagar en monedas contantes y so­nantes a los propietarios de Arequipa —Flora vio desfilar por la calle Santo Domingo a estos contritos señores con sus talegas de dinero bajo el brazo, rumbo al cuartel gene­ral, la prefectura—, compró «dos mil ochocientos sables pa­ra un ejército de sólo seiscientos soldados, llevados en las calles con sogas, que ni siquiera tenían zapatos». A una legua de la ciudad fue instalado el campamento militar. Bajo la jefatura de Althaus, una veintena de oficiales instruían a los reclutas en el arte militar. En medio de ellos se paseaba, montado en una mula y arre­bujado en una capa morada, con una carabina al hombro y una pistola en la cintura, el tétrico deán Valdivia. Pese a tener sólo treinta y cuatro años, estaba prematuramen­te envejecido. Flora pudo cambiar unas palabras con él, y llegó a la conclusión de que, probablemente, este cura fi­libustero era la única persona que combatía en esta revo­lución guiado por un ideal y no por intereses mezquinos. El deán Valdivia, luego de la instrucción, exhortaba a los soldados bostezantes, en vibrantes arengas, a luchar hasta la muerte en defensa de la Constitución y de la libertad, encarnadas en el Mariscal Orbegoso, en contra de «Gamarra y su rabona, la Mariscala», esos golpistas y subversores del orden democrático. Por la convicción con que hablaba, el deán Valdivia creía a pie juntillas lo que decía. Junto al ejército regular, constituido por esos re­clutas llevados a la mala, había un batallón de jóvenes vo­luntarios, de las clases acomodadas de Arequipa. Se habían bautizado a sí mismos «Los inmortales», otra muestra del hechizo que tenían aquí todas las cosas de Francia. Eran jóvenes de alta clase social y habían llevado al campamen­to sus esclavos y sirvientes, que los ayudaban a vestirse, les preparaban las comidas y los cruzaban en brazos los loda­zales y el río. Cuando Flora visitó el campamento, le ofre­cieron un banquete, con conjuntos de música y danzas in­dígenas. ¿Serían capaces de combatir estos muchachos de buena sociedad que, a simple vista, lucían en el campamento como en una de esas mundanas fiestas en que ocu­paban su existencia? Althaus decía que la mitad de ellos, sí, combatirían y se harían matar, pero no por ideales sino por, parecerse a los héroes de las novelas francesas; y que la otra mitad, apenas silbaran las balas, correrían como galgos.

Las rabonas eran otra cosa. Concubinas, queri­das, esposas o barraganas de los reclutas y soldados, estas indias y zambas con polleras de colores, descalzas, con largas trenzas que asomaban debajo de sus pintorescos sombreros campesinos, hacían funcionar el campamen­to. Cavaban trincheras, levantaban parapetos, cocinaban para sus hombres, les lavaban las ropas, los espulgaban, hacían de mensajeras y vigías, de enfermeras e curan­deras, y servían para el desfogue sexual de los combatientes cuando a éstos se les antojaba. Muchas de ellas, pese a estar embarazadas, seguían trabajando a la par que las otras, seguidas por desarrapadas criaturas. Según Althaus, a la hora de pelear, eran las más aguerridas, y estaban siempre en primera línea, escoltando, apoyando v azuzando a sus hombres, y sustituyéndolos cuando caían. Los jefes mili-tares las enviaban por delante en las marchas, para que ocuparan las aldeas y confiscaran alimentos v pertrechos, a fin de asegurar el rancho de la tropa. Esas mujeres po­dían ser, también, putas, pero ¿no había una gran diferencia entre putas como estas indias, e las que, apenas caían las sombras, merodeaban por los contornos del Arsenal Naval de Toulon?

Cuando Flora partió, rumbo a Nimes, el 5 de agos­to de 1844, se dijo que su estancia en Toulon había sido más que provechosa. El comité de la Unión Obrera contaba con una directiva de ocho miembros y ciento diez afiliados, entre ellos ocho mujeres.

14. La lucha con el ángel

Papeete, septiembre de 1.901



Cuando Paul convocó, en el ayuntamiento de Pa­peete, para el 23 de septiembre de 1900, un mitin del Partido Católico contra «la invasión de los chinos», mu­chas personas, entre ellas su amigo y vecino de Punaauia, el ex soldado Pierre Levergos y hasta Pau'ura, su mujer, concluyeron que el pintor excéntrico y escandaloso se ha­bía acabado de loquear. El almacenero de Punaauia, el chino Teng, le había quitado el saludo y rehusaba ven­derle nada hacía tiempo. Por lo demás, el propio Paul, en sus períodos de racionalidad y lucidez, reconocía que la enfermedad y los remedios le habían dañado la mente y que no era capaz ya, muchas veces, de controlar sus ac­tos, que decidía por instinto o pálpito, como los niñitos o los viejos gagás. Cierto, ya no eras el de antes, Koke. Hacía meses, acaso años, desde que pintaste ¿de dónde venimos? ¿quiénes somos? ¿adónde vamos?, no habías terminado un solo cuadro. Cuando no estabas derribado por la enfermedad, el alcohol o las drogas, dedicabas todo tu tiempo a ese periodiquito mensual, humorístico y panfle­tario, Les Guépes (las avispas), órgano de los colonos del Partido Católico de Francois Cardella, en el que atacabas con ferocidad al gobernador Gustave Gallet, a los colonos protestantes acaudillados por tu antiguo amigo Au­guste Goupil y a los comerciantes chinos, contra los que te encarnizabas acusándolos de ser la avanzadilla de una «invasión bárbara, peor que la de Atila» para reemplazar el dominio francés de la Polinesia por «la peste amarilla». Qué locura era ésta? Ni Pierre Levergos ni sus otros amigos lo entendían. ¿Cómo había terminado Paul sirviendo de esa manera estridente, para no decir abyecta, los intereses del farmacéutico y propietario de la plan­tación cañera Atimaono, monsieur Cardella, y los otros colonos del Partido Católico cuya única razón para odiar al gobernador Galletera que éste quería limitar su prepo­tencia y sus abusos y obligarlos a actuar según las leves y no como señores feudales? Resultaba absurdo e incom­prensible porque, hasta hacía unos meses y durante todos sus años en Tahití, Paul había sido un apestado para esos colonos a los que ahora servía, que entonces lo desprecia­ban por bohemio, por sus opiniones anárquicas ¡y por intimar con esos nativos que poblaban sus cuadros! ;Cómo entender que, en Les Guépes, esos maoríes, cuyas costum­bres y antiguas creencias tanto alababa antes, lamentando que estuvieran siendo sustituidas por las occidentales, fueran ahora acusados por su antiguo valedor de ladro­nes y mil otras taras? Les Guépes en cada número repro­chaba a los jueces su tolerancia hacia los aborígenes que perpetraban latrocinios contra las familias de colonos, y hacerse la vista gorda o dar sentencias tan leves que eran una burla a la justicia. Pau'ura recibía quejas a diario de los vecinos de Punaauia: «¿Es verdad que ahora Koke nos odia?». «¿Qué le hemos hecho? Ella no sabía qué con-testarles.

Este cambio se debía al dinero. Los colonos cató­licos te habían comprado, Koke. Antes andabas en friegas y apuros, haciendo esos angustiados viajes al Correo de Pa­peete a ver si tus amigos de París te habían enviado algu­na remesa, y prestándote dinero de medio mundo para que tú, Pau'ura y Emile no murieran de hambre. Ahora, gracias a lo que te pagaba el Partido Católico por llenar esas cuatro hojitas de Les Guépes de caricaturas e invecti vas, ya no tenías preocupaciones materiales. Habías vuel­to a llenar tu casita de Punaauia de viandas y licores, y a organizar, cuando tu mala salud lo permitía, esas cenas dominicales terminadas en orgías que hasta a Pierre Le­vergos, ex soldado que creía haberlo visto todo, sonroja­ban. Sí, la necesidad material y la gradual desintegración de tus sesos por culpa de tu maldita enfermedad y esos malditos remedios explicaban tu increíble cambio de un año a esta parte. ¿Era así. Koke? ¿O era otra manera de suicidarte, más lenta pero más efectiva que la tentativa an­terior?

El mitin del 23 de septiembre de 1900 fue todavía peor de lo que Pierre Levergos temía. Asistió sin ganas, para no decepcionar a Paul a quien tenía simpatía, tal vez compasión, sabiendo que pasaría un mal rato. Pierre, que se jactaba de ser más frances que cualquiera (lo había mostrado portando el uniforme y las armas por Francia), no apoyaba la guerra declarada por el corso Cardella y otros colonos ricachones a los comerciantes chinos de Tahití, en nombre del patriotismo y de la pureza de la rala. ¿Quien se iba a tragar ese embuste? Pierre Levergos sabía, como todo el mundo en Tahiti-nui, que el odio a los chinos era porque estos habían roto el monopolio de la importación de productos de consumo local. Sus tiendas vendían más barato que los almacenes de Cardella y demás colonos. Paul era el único que parecía creerse al pie de la letra que los chinos arraigados en Tahití hacía dos generaciones constituían una amenaza para Francia, que el imperialis­mo amarillo quería arrebatarle sus posiciones en el Pací­fico, ¡y que el sueño de todo amarillo era estuprar a una mujer blanca!

Esas y peores barbaridades le oyó decir Pierre Le­vergos a Paul en el mitin del ayuntamiento de Papeete, al que asistieron medio centenar de colonos católicos. Varios de estos, firmemente alineados detrás de Francois Carde­lla en su lucha contra el gobernador Gallet, mostraron cier­ta incomodidad en algunos pasajes del discurso racista y chovinista de Paul, como cuando, en tonos dramáticos y gesticulando, afirmo, hablando de los chinos de las is­las: «Esta mancha amarilla en la bandera francesa me en­rojece de vergüenza».

Luego de que los asistentes desfilaron por la tri­buna para felicitar al orador, Paul y Pierre Levergos fueron a tomar una copa a uno de los barcitos del puerto, antes de regresar a Punaauia. Koke estaba muy pálido, extenua­do. Debieron caminar muy despacio, Paul apoyándose en el bastón cuya empuñadura ya no era un falo erecto sino una tahitiana desnuda. Cojeaba más que de costum­bre y parecía que en cualquier momento se iba a desplo­mar de fatiga. Al llegar a Las islas, se dejó caer en una mesa de la terraza sombreada por un amplio parasol, y pidió ajenjo. ¡Cuánto había envejecido desde que Pierre Levergos lo conoció, a su retorno de París, en septiembre de 1895! En esos cinco años, a Paul le habían caído diez o más. No era ya el apuesto forzudo de ayer, sino un viejo medio encorvado, en cuyos cabellos abundaban las canas. En su rostro, surcado por arrugas y una barba grisácea, centellaba una amargura beligerante. Hasta la nariz parecía habérsele quebrado y retorcido más, como un decrépito sarmiento. De tanto en tanto hacía unas muecas que po­dían ser de dolor o de exasperación. Las manos le tembla­ban, como a los borrachos consuetudinarios.

Pierre Levergos temía que Paul lo interrogara so­bre su discurso, pero tuvo suerte, pues, ni mientras estu­vieron en el puerto, ni más tarde, en el viaje de retorno a Punaauia, ni aquella noche, mientras comían al aire li­bre, viendo a Pau'ura jugar con el pequeño Emile, se re­firió Paul una sola vez a ese tema obsesivo de sus últimos tiempos: la política. Para nada. Habló sin cesar de religión. Vaya, Koke, nunca dejarías de desconcertar a la gente. Ahora, ante el asombrado Pierre, decía que, a su muerte, la humanidad lo recordaría como pintor refor­mador religioso. Eso es lo que soy - Afirmó, muy seguro.

Cuando se publique un ensayo que acabo de terminar, lo entenderás, Pierre. En El espíritu moderno y el catolicismo pongo en su sitio a los católicos, en nombre del verdade­ro cristianismo.

Pierre Levergos pestañeaba sin cesar. Vaya diablos. ¿Era éste el mismo Paul que en Les Guépes pedía que se echara de los colegios de las islas a los maestros protestantes y se los reemplazara por misioneros católicos? Ahora, había escrito un ensayo ajustándole las clavijas al catolicis­mo. No había duda: se le había achicharrado el cerebro y su mano derecha ya no sabía lo que hacía la izquierda. Él continuaba con su tema: tarde o temprano, la humanidad comprendería que le sauvage péruvien había sido un artista místico, y que el cuadro más religioso de los tiempos mo­dernos era La visión después del sermón que él pintó allá en Pont-Aven, un pueblecito del Finisterre bretón, a finales del verano de 1888. Esa tela resucitó en el arte moderno la inquietud espiritual y religiosa estancada desde su esplen­dor en la Edad Media.

Después, ya Pierre Levergos no entendió una palabra del monólogo de Koke (había tomado mucho alcohol y tenía la lengua algo trabada) en el que aparecían perso­nas, cosas, lugares, sucesos, que no le decían nada. Vendrían de recuerdos que, por alguna razón, esta noche tranqui­la de Punaauia, sin luna, sin calor y sin insectos, actuali­zaba su conciencia.

—¿Estamos en 1900, no es verdad? Paul dio a su vecino una palmadita en la rodilla—. Te hablo del vera no de 1888. Doce años atrás, apenas. Un granito de arena en la trayectoria de Cronos. Pero, sí, es como si hubieran pasado siglos desde entonces.

Es lo que te decía ese cuerpo maltratado, enfer­mo, cansado y lleno de rabia que arrastrabas por la vida, a tus cincuenta y dos años. Qué distinto de aquel otro, robusto, dispuesto, de tus cuarenta, cuando, pese a las pri­vaciones y contratiempos debidos a la falta de dinero que te asediaban desde que dejaste los negocios por la pintu­ra, exudabas un optimismo invencible, sobre tu vocación y tu talento, sobre la belleza de la vida y la religión del arte, una convicción que arrollaba todos los obstáculos. ¿No idealizabas el pasado, Paul? Aquel verano de 1888, en tu segunda estancia en Pont-Aven, no andabas tan entero. No tu cuerpo, en todo caso, aunque tal vez tu espíritu sí. El cuerpo aún sufría las secuelas de la malaria y las fiebres contraídas en Panamá, pese a que hacía ya diez meses de tu retorno a Francia, en noviembre de 1887. Lo cierto era que pintaste La visión después del sermón en medio de una atroz disentería, soportando esos ramalazos de dolor que la bilis, amasada en el estómago, te hacía padecer, antes de sa­lir luego por el ano, escoltada por pedos estruendosos que eran el hazmerreír de toda la pensión Gloanec. ¡Cuánta vergüenza sentías temiendo que la joven, la bella, la pura, la inmaterial Madeleine Bernard escuchara esas inconteni­bles sartas de pedos, herencia de aquellas fiebres palúdicas ¿acaso los primeros síntomas de la enfermedad impro­nunciable, Paul?) atrapadas durante la malhadada aventura de Panamá y la Martinica!

Ahora, mientras su lengua, convertida en una ino­bediente fierecilla, trataba de explicárselo al buen Pierre Levergos, que dormitaba en su silla, ya no sentías el menor enojo contra Emile Bernard. Pese a que éste, desde la rup­tura de 1891, andaba diciendo por calles y plazas que ha bías querido regatearle el haber sido el primero en desarro­llar las ideas de un «arte sintético». Como si a ti te interesa­ra el papel de fundador de escuelas de las que probablemente ya nadie se acordaba. Más te dolieron otras cosas que decía el apuesto, delicado, fino muchacho, veinte años menor que tú, hermano de la bella Madeleine, que, con sus frescos dieciocho años, se presentó un día en la pensión Gloanec y te dijo, balbuceando: «Me envía a conocerlo desde Concarneau su amigo Schuffenecker. Dice que es usted la única persona en el mundo que puede ayudarme a ser un artista de verdad». Ahora, aseguraba que le habías plagiado la composición, las ideas y las cofias de las breto­nas estáticas de La visión después del sermón, que él habría concebido antes en su cuadro Las bretonas en la pradera.

—Estupideces, mi querido Pierre -afirmó, gol­peando la mesa—. De esas bretonas en la pradera sólo me acuerdo del título. ¿Qué le pasó al mejor de mis discípulos para, de pronto, llenarse de envidia y comenzar a odiarme?

Le había ocurrido algo muy humano, Paul: com­prender que La visión después del sermón era una obra maestra. Fue demasiado fuerte para él. En venganza, se puso a odiar a quien tanto había querido y admirado. ¡Pobre Emile! ¿Qué sería de él? Aunque, reflexionando, tal vez no fuera inexacto lo que decía. Sin Bernard acaso no hubieras pintado nunca, aquel verano de 1888, en tu cuartito estre­cho de esa pensión Gloanec atiborrada de pintores amigos que te consideraban su mentor —Bernard, Laval, Chatnai­llard, Meyer de H'aan—, aquel cuadro que describía un milagro, o acaso sólo una visión. Un grupo de piadosas bre­tonas, luego de escuchar el sermón dominical de un ton­surado párroco de perfil parecido al tuyo y replegado en un extremo del cuadro, concentradas en la oración, en estado de arrobo, veían frente a ellas, o tal vez sólo imaginaban, aquel inquietante episodio del Génesis: la lucha de Jacobo con el ángel, reconstituida en una pradera bretona cortada en dos por un manzano y de un imposible color berme­llón. El verdadero milagro de aquel cuadro, Paul, no era la aparición de los personajes bíblicos en la realidad o en la mente de esas humildes campesinas. Eran los colores inso­lentes, atrevidamente antinaturalistas, el bermellón de la tierra, el verde botella de la ropa de Jacob, el azul ultrama­rino del ángel, el negro de Prusia de los atuendos feme­ninos y 1os blancos con visajes rosas, verdes o azules de la gran hilera de cofias y collarines que se anteponían entre el espectador, el manzano y la pareja que luchaba. Lo milagroso era la ingravidez que imperaba en el interior del cuadro, ese espacio en el que el árbol, la vaca y las fervien­tes mujeres parecían levitar al conjuro de su fe. El milagro era haber conseguido en aquella tela acabar con el prosai­co realismo creando una realidad nueva, en la que lo ob­jetivo y lo subjetivo, lo real y lo sobrenatural, se confun­dían, indivisibles. ¡Bien hecho, Paul! ¡Tu primera obra maestra, Koke!

Esa fe católica tú no la entendías entonces. La ha­bías perdido, si la tuviste alguna vez. No fuiste a Bretaña en busca del catolicismo preservado por la terca antimo­dernidad y el pasadísmo del pueblo bretón, que, en aque­llos años, resistía silenciosa, firmemente, los empeños de la Tercera República contra el clericalismo, para impo­ner en Francia una secularización radical. Fuiste, como explicaste al buen Schuff, en busca del salvajismo y pri­mitivismo que te parecían propicios para que el gran arte floreciera. La Bretaña rural te sedujo desde el primer momento por ser rústica, supersticiosa, aferrada a sus ritos y costumbres ancestrales, una tierra que alegremente daba la espalda a los esfuerzos modernizadores del gobierno y respondía a la secularización multiplicando las procesiones, repletando las iglesias, celebrando apariciones de la Virgen por doquier. Todo ello te encantó. Para mimetizarte con el medio, te pusiste a usar el chaleco bordado bre­tón y unos zuecos de madera que tú mismo tallaste y deco­raste. Asistías a los «perdones», ceremonias particularmen­te concurridas en Pont-Aven en que los fieles, muchos de rodillas, daban la vuelta a la iglesia pidiendo perdón por sus pecados; visitabas todos los calvarios de la región, empe­zando por el más venerado, el de Nizon, y peregrinabas a la pequeña capilla de Tremaló, con su antiquísimo Cristo de madera policromada que te inspiraría otro cuadro reli­gioso: el Cristo amarillo.

Sí, todos los materiales para la pintura antinatu­ralista que soñabas hacer, estaban dispersos en esa Breta­ña donde, como pontificabas ante el buen Schuff, «cuando mis zuecos de madera resuenan en este suelo de granito, oigo el tono sordo, mate y poderoso que trato de conse­guir en mis pinturas». No lo hubieras conseguido sin Ber­nard y su hermana Madeleine. Sin ellos, nunca hubieras empezado a sentir que te impregnabas también, poco a poco, sin darte cuenta al principio, de esa fe que a ellos les era connatural, ni más ni menos que sus facciones de­licadas, su apostura física y la gracia con que se movían y hablaban. Los dos hermanos vivían la religión las veinti­cuatro horas del día. Émile había recorrido toda Bretaña y Normandía a pie, visitando iglesias, conventos, adora­torios, monasterios y lugares de culto y de piedad, en pos de huellas de esa Edad Media a la que tenía como perío­do supremo de la civilización humana por su identifica­ción con Dios y por la presencia de la religión en todas las actividades públicas y privadas. Bernard no era un bea­to, era un creyente, espécimen raro para ti, que, luego de burlarte del joven por su ardiente pasión religiosa, comen­zaste, insensiblemente, a dejarte contagiar por la intensi­dad con que Émile vivía la fe cristiana.


Un verano inolvidable, ¿no es cierto, Paul? «Lo fue», exclamó, dando otro puñetazo en la mesa. Pau'ura se había metido en la cabaña con el niño en brazos y am­bos dormirían ya, plácidamente, enredados con el gato. Pierre Levergos dormitaba, encogido en su silla, lanzando a veces un ronquido. La noche estaba oscura cuando se sentaron a comer, pero el viento se había llevado las nubes, y ahora la luz de una media luna iluminaba el contorno. Mientras fumabas tu pipa, podías ver el collar de giraso­les dorados que rodeaba la cabaña. Te habían asegurado que los girasoles europeos no se aclimataban en la hume­dad tropical de Tahití. Pero tú, terco, pediste las semillas a Daniel de Monfreid, y con Pau'ura las plantaste, regaste y cuidaste con amor. Y ahí estaban ahora, vivos, enhiestos, luminosos, exóticos. Unos girasoles menos deslumbrantes que aquellos de Provenza que pintaba con tanto ahín­co el Holandés Loco; pero te hacían compañía y, ¿por qué razón, Paul?, te daban cierto sosiego espiritual. A Pau'ura en cambio esas flores exóticas le causaban risa.

Aquel verano de 1888, en el pequeño pueblecito bretón bañado por el Aven, te pasaron cosas extraordina­rias. Habías entendido la fe católica, leído Los miserables de Victor Hugo, pintado una obra maestra, La visión des­pués del sermón, te habías enamorado púdicamente de esa Virgen María encarnada que era Madeleine Bernard, y en­cariñado con su hermano Emile. Ese verano, en el que, a través de su arrolladora correspondencia, el Holandés Loco te urgía a que fueras de una vez a vivir a Aries con él. Ese verano en el que, por culpa de Panamá —mosca en la olla de leche--, habías cagado sin cesar y reventado millares de cuescos.

¿Qué Fue lo más importante de todo aquello? Los miserables, Koke. La novela de Victor Hugo la habían leído todos los pintores que convivían contigo en la pen

sión de la viuda Marie-jeanne Gloanec (hasta ella la ha­bía leído), Charles Laval, Meyer de Haan, Émile Bernard, Ernest de Chamaillard. Todos la elogiaban. Tú te resistías a sumergirte en esa voluminosa historia que conmovía a toda Francia, de las porteras a los duques, de las modisti­llas a los intelectuales, de los artistas a los banqueros. Pero te rendiste a las solicitaciones de Madeleine, cuando te confesó que ese libro «había estremecido su alma» y la ha­bía tenido con «los ojos húmedos todo el tiempo de la lectura». A ti no te hizo llorar la aventura de Jean Valjean, pero sí te conmovió, más que todos los libros que habías leído hasta entonces. Tanto que, cuando, a solicitud del Holandés Loco y como anticipo de la próxima cohabita­ción de ambos en Arles, intercambiaron sus respectivos retratos, te pintaste metamorfoseado en el héroe de la novela, Jean Valjean, el antiguo penado convertido en santo por la infinita piedad del obispo monseñor Bienvenu, que lo gana para el bien el día que le entrega los candelabros que aquél había querido robarle. La novela te deslumbró, inquietó, alarmó, desconcertó. ¿Existía una limpieza mo­ral así, capaz de sobrevivir a la mugre humana, una gene­rosidad y un desprendimiento parecidos en este mundo vil? La dulce Madeleine, en los atardeceres sin lluvia, cuan-do era posible sentarse a esperar la noche en la terraza de la pensión Gloanec, tenía un nombre para eso: la gracia. Pero, si era la mano vivificante de Dios la que, a través del obispo Bienvenu, y luego de Jean Valjean, hacía triun­far el bien sobre ese mal que, al final de la novela, se lle­vaba empozado en el alma al fondo del Sena el implaca­ble Javert, ¿cuál era el mérito del animal humano?


Yüklə 1,09 Mb.

Dostları ilə paylaş:
1   ...   14   15   16   17   18   19   20   21   ...   30




Verilənlər bazası müəlliflik hüququ ilə müdafiə olunur ©muhaz.org 2024
rəhbərliyinə müraciət

gir | qeydiyyatdan keç
    Ana səhifə


yükləyin