La Copa Dorada



Yüklə 2,23 Mb.
səhifə16/38
tarix29.10.2017
ölçüsü2,23 Mb.
#19791
1   ...   12   13   14   15   16   17   18   19   ...   38

Capítulo XVII

_______________________________________________________________________
Tal como hemos visto, el Príncipe había sabido por Charlotte que ahora Fanny Assingham carecía de importancia; el propio Príncipe había con­cluido que el «ahora» estaba plenamente justificado, teniendo en conside­ración su más que justa apreciación de las diversas etapas anteriormente cubiertas; aun cuando el asentimiento del Príncipe fue tácito, su compor­tamiento se acordó tan perfectamente al asentimiento que, durante largos días, no hizo más que demorar la visita que había prometido efectuar a su vieja amiga en el curso de su diálogo en el Ministerio de Asuntos Exterio­res. Sin embargo, y a pesar de todo, el Príncipe hubiera lamentado ver to­talmente extinguida aquella teoría acerca de la relación que los unía en concepto, el uno, de fiel discípulo y, la otra, de amable maestra de la que desde el principio tantos frutos sacaron los dos. Sin duda alguna, el Prín­cipe fue quien mayormente fomentó la relación antes dicha, porque la necesidad de conocimiento superaba en mucho las modestas pretensiones al saber de Fanny Assingham, y el Príncipe había repetido una y otra vez a la señora Assingham que sin ella jamás hubiera llegado a encontrarse en el lugar en que se encontraba, ante lo cual Fanny Assingham había intentado en vano ocultar el placer que llegar a creerlo le causaría, incluso después de que la cuestión de determinar en qué lugar se encontraba el Príncipe hu­biera llegado a ser más cerrada que abierta a las interpretaciones. En rea­lidad, en tiempos anteriores a los de la celebración de la referida recepción oficial, jamás la situación del Príncipe había estado en entredicho, pero en dicha recepción el Príncipe tuvo por vez primera la impresión, que le dejó un tanto defraudado, de que la buena señora incurría en cierta deficiencia con respecto a algo que él tenía clara conciencia que había dado siempre por supuesto en ella. El Príncipe todavía hallaba un tanto dificil intentar decir en qué consistía esa deficiencia de la señora Assingham; si bien ella se «había hundido», como Charlotte afirmaba, los detalles del colapso ca­recían realmente de importancia. Todos esos colapsos venían siempre a consistir en lo mismo, en la falta de valentía, la falta de amistad o, sencillamente, la falta de tacto, aunque quizá cualquiera de estas deficiencias quizá representara únicamente falta de ingenio y de inteligencia, lo cual era lo último que el Príncipe hubiera esperado en el caso de la señora Assingh­am; dicho de otra manera, significaría el triunfo de la estupidez. Charlotte había dicho que los dos estaban «fuera del alcance» de la señora Assing­ham, en tanto que el Príncipe siempre se había solazado en la creencia de que cierta capacidad para el fácil ejercicio de la imaginación, por parte de la señora Assingham, la mantendría siempre a su lado hasta el último ins­tante. El Príncipe rehuía calificar la falta de fe de la señora Assingham, pero cuando meditaba a sus anchas sin ajenas imposiciones acerca de las perso­nas que eran capaces de gozar realmente ––o, al menos, con cierto refina­miento–– de la pasión de la lealtad personal, estimaba que la actuación de la fantasía de dichas personas jamás era ni timorata ni escrupulosa. En caso necesario, la personal lealtad del Príncipe hubiera aceptado la personal aventura de la pobre mujer si la habría tenido. Y precisamente por eso, y en esta misma gradación, el Príncipe casi echaba en falta el consuelo de la actitud equivalente de Fanny Assingham. Y esto, a fin de cuentas, era lo que le ocurría con las personas a quienes su matrimonio le había vinculado. Sí, llegaba el momento en que uno se descubría a sí mismo en el trance de uti­lizar la imaginación principalmente para averiguar cómo se las arreglaba aquella gente para estimular tan poco la imaginación. Momentos había en que el Príncipe consideraba que no había nada merecedor, realmente merecedor, de sostener una relación personal con ellos, jamás se daba la encantadora predisposición a aceptar una confidencia profundamente manifestada. Empleando términos vulgares, habría dicho que con aquella gente, uno jamás tenía que mentir ni intrigar; empleando términos humo­rísticos, el Príncipe habría dicho que, con aquella gente a diferencia de lo que ocurría en más altas esferas, uno jamás tenía que acechar, daga en mano, o preparar insidiosamente la copa. Éstos eran los servicios que, de acuerdo con las románticas tradiciones, se consagraban al afecto en la misma medida que se consagraban al odio. Pero el Príncipe siempre podía divertirse ––en la medida que significaba diversión–– diciéndose que aquella gente era precisamente aquello a lo que él había dado la espalda de una vez para siempre.

Entretanto, Fanny era, al parecer, frecuente visitante de la casa de Eaton Square. Por lo menos esto era lo que al Príncipe le decía su visitante, a quien no cabía calificar de infrecuente, y menos aún a la hora del té, en la casa de Portland Place; aun cuando el Príncipe y su visitante poca necesi­dad tenían de hablar de Fanny, después de haber acordado que la habían dejado atrás. Al escenario de estas conversaciones y supresiones la señora Assingham ni siquiera se acercaba. La más reciente apreciación de su per­sonal utilidad, efectuada por la señora Assingham, parecía indicar que su más urgente terreno de actuación se hallaba en la casa de Eaton Square. En realidad, la señora Assingham encontraba allí a todos salvo al Príncipe, que, ahora, casi siempre se mantenía alejado de la casa en cuestión, o en todo caso, en las espaciadas ocasiones de sus visitas, jamás hallaba a la única persona de la que estaba un tanto distanciado. Todo lo anterior sería pro­digioso si el Príncipe, con la ayuda de Charlotte, no se hubiera acostum­brado considerablemente a ello. En realidad hubiera sido indescriptible­mente notable el hecho de que por maravillosas causas que operaban en la superficie, por el momento nadie más, entre los que entraban en la com­binación, parecía distanciado de nadie. Si bien es cierto que la señora Assingham se complacía en Maggie y sabía cómo tener acceso a ella, de la más fácil manera posible, tampoco cabe negar que Charlotte la preocupa­ba y, en gracia de los mismos razonamientos, sabía con toda probabilidad evitar la visión que alimentaba su desdicha. Desde luego, la desdicha tam­bién podía alimentarse al ver cuán ausente de su hogar Charlotte solía estar, aun cuando precisamente éste era el lugar en el que la mente ansio­sa mejor podía estudiar el fenómeno del doméstico alejamiento de Char­lotte. De todas maneras, Fanny, por sus propias razones, evitaba visitar la casa de Portland Place de manera harto notoria; a fin de cuentas, poca luz podía arrojar a la cuestión de si las apariciones de Charlotte allí eran fre­cuentes o no, de la misma forma que tampoco podía iluminar el problema de la presunta soledad que se estimaba (a este punto se llegó) rodeaba al cabeza de familia que allí vivía. Para cubrir todas las ambigüedades, para constituir la base de las diversas partes en que el día de la señora Verver se dividía, siempre se daba la circunstancia de que, en el punto al que todos habían llegado conjuntamente, la señora Verver era quien, con carácter definitivo y por general aclamación, se encargaba de las «relaciones socia­les» de la familia, de las «relaciones sociales» literalmente hablando, de ambos hogares; de su talento para representarlos en el gran mundo y con gran estilo se habían acumulado las más vívidas pruebas. En ambos hogares, ya desde los primeros tiempos, había quedado bien sentado, con el mejor humor, que Charlotte constituía un «éxito social»; mejor dicho, constituía el «éxito social», en tanto que la Princesa, pese a ser dulce, pese a ser puntillosamente cumplidora de sus deberes, pese a ser encantado­ra, pese a ser realmente la personita más adorable del mundo, evidente­mente no era el «éxito social», jamás llegaría a serlo; prácticamente, más valía que renunciara a ello, de manera que carecía de importancia que el motivo fuera que la Princesa estaba por encima, que estaba por debajo, que se encontraba excesivamente alejada del mundo social, que se per­día en él, que carecía de la preparación precisa o que no tenía la incli­nación necesaria para ello. Baste decir que, fuese por afición, fuese por paciencia, esta actividad, considerada en general el acto de la represen­tación en las grandes ocasiones y en el trato cotidiano, correspondía a Charlotte, quien gozaba de comprobada facilidad al efecto y, de manera no menos notoria, de una visión flexible y generosa de sus usos domésti­cos. A este respecto, Charlotte había llegado, lisa y llanamente, a hacer y a ser cuanto quería sin que le pidieran cuentas; en consecuencia, había asumido, sin modificaciones y con el más alto sentido práctico, la carga de una lista de visitas, que Maggie había tolerado, en un principio, aban­donada a sí misma y abandonada aún más al Principino, que crecía desa­foradamente.

Dicho de otra manera, Charlotte no sólo se había subido alegremente en el tiovivo de la vida social londinense, sino que se había entregado noble­mente al servicio de los otros tres, en vistas a su mayor comodidad, soste­nida en su esfuerzo por su «faceta frívola», dicho en palabras que quizá sean un poco duras para expresar su agradable curiosidad innata. Había motivos de aburrimiento, momentos engorrosos en su activo quehacer, lagunas sociales, malos cuartos de hora que aparecían como piezas falsas de una moneda devaluada, a todo lo cual Charlotte, en principio, quitaba importancia de tal manera que parecía que su sensibilidad no hubiera reparado en ello. En ese aspecto, el Príncipe había reconocido los méritos de Charlotte poco después de que ésta regresara de su larga visita a América, después de su matrimonio, en donde fue, sin la menor duda, quien en todos los aspectos llevó sobre sus hombros la carga de la vida social con gracia maravillosa. Al lado de su marido, Charlotte se enfrentó alegremente con cuanto les salió al paso, y lo que les salió al paso fue, en ocasiones, de tal naturaleza que dificilmente se puede expresar con pala­bras: fue precisamente aquello que, estando en juego solamente sus per­sonales intereses, había rehuido en el curso de la visita a América efectuada antes de su matrimonio. Los comentarios sobre el mundo norteamericano, la comparación de impresiones y aventuras se produjeron enseguida a modo de tema común de conversación para la señora Verver y su yerno, tan pronto como las dos parejas se reunieron. En resumen, ésta fue la ra­zón por la que Charlotte pudo expresar tan pronto su punto de vista a su amigo, utilizando incluso expresiones que, según el Príncipe le dio a entender en aquel momento, le divertían en gran manera. Ella había pre­guntado:

––¿Acaso hay algo más sencillo que aceptarlo todo, cuando evidentemen­te forma parte del contrato?

Como sea que Charlotte jamás había ocultado al Príncipe «lo mucho» que su matrimonio le pareció desde un principio y «lo mucho» que real­mente representaba ahora para ella, añadió:

––Mi matrimonio me ha dado tanto que yo no habría merecido ni ser tra­tada con benevolencia si hubiese demorado mi regreso de América. No incurrir en semejante demora y, por el contrario, dar todo lo que podía dar, es la causa y razón de mi decencia, mi honor y mi virtud. En conse­cuencia, estas últimas cosas, si es que te interesa saberlo, constituyen mi norma de vida y son, en términos absolutos, los pequeños dioses a los que rindo culto, las sagradas imágenes colgadas en la pared.

Y concluyó:

––Y, como sea que no soy idiota, verás como sé comportarme de acuerdo con todo lo dicho.

A partir de entonces el Príncipe pudo.comprobar que se comportaba tal como había anunciado, cumpliendo, mes tras mes, día tras día, hora tras hora, los deberes propios de un oficio remunerado. Su perfecta y brillante eficiencia habían contribuido, sin duda alguna, constante e inmensamen­te, a la agradable comodidad en que su marido y su hija vivían arropados. En realidad, probablemente ella había conseguido más que esto, y les había proporcionado unas más bellas perspectivas, unas perspectivas más dulces, del posible alcance que podía llegar a tener dicha comodidad. El señor Verver y su hija la habían convertido, dicho sea burdamente, en su agente de relaciones públicas, y Charlotte había cumplido su misión con tal acierto que padre e hija, en justa consecuencia, se alejaron de dicho mundo mucho más de lo que al principio se habían propuesto. Además, por cumplir Charlotte con tal tarea, quedó exenta de otras de menor im­portancia y más humildes que, lógicamente, pasaron a ser de la compe­tencia de Maggie, ya que por su carácter y naturaleza armonizaban mejor con ésta. De una manera natural, y por las misma razones antes dichas, entre estas tareas de menor importancia se contaba la obligación, irrogada a la nombrada en segundo lugar, de reparar todo posible olvido de Char­lotte en la casa de Eaton Square. Se trataba del trabajo hogareño, cierta­mente, pero ése era el trabajo de Maggie. Teniendo en consideración al bueno de Americo, que estaba dotado de las mismas tendencias humanas de Charlotte y a quien la vida hogareña en cuestión difícilmente podía satisfacer, las tareas de Maggie serían, en cierta manera, la compensación de la sumamente encantadora función de Charlotte, desde el momento en que consiguiera que ésta lo reconociera en su justa medida.



Pues bien, el que por fin advirtiera que Charlotte le reconocía todos sus méritos fue una reflexión que, en los días de que nos ocupamos, comple­mentó en el pecho del Príncipe aquellas otras, aquellas imágenes y barrun­tos nacidos en su ocio, aquellas búsquedas a tientas y aquellos hallazgos de su conciencia y de su experiencia, que hemos intentado exponer ordena­damente aquí. Dichas reflexiones acompañaban lo suficiente al Príncipe ––y a este efecto debemos tener en cuenta la abundancia de recursos que nues­tro joven tenía en semejante materia––, mientras examinaba hasta en sus últimos detalles el principio en cuya virtud debía evitar recurrir a Fanny en Cadogan Place y, asimismo, no cometer el error de frecuentar con una excesiva y marcada asiduidad la casa de Eaton Square. Cometer este último error equivaldría a perder la oportunidad de no aprovecharse al máximo de cualquier género de inocente teoría acerca de su manera de ser o de la manera de ser de Charlotte, dominante en dicha mansión. El que inocen­tes teorías pudieran dominar y realmente dominaran allí era un hecho que el Príncipe había acabado por aceptar por las abundantes pruebas con carácter definitivo e irrevocable, y era cuestión de normal y común pru­dencia no desperdiciar ninguna impresión, incluso las adquiridas de pro­pina. Frecuentar la casa de Eaton Square sería, dicho sea en pocas pala­bras, revelar que él carecía, a diferencia de su brillante amiga y parienta, de trabajo suficiente en el mundo. Y era precisamente por esta suficiencia por lo que el Príncipe y Charlotte conjuntamente gozaban lo que de modo tan extraño y afortunado, según los dos habían comentado, les abría todo género de posibilidades. Además, lo que daba todavía mayor solidez a la situación era que el «mundillo social», gracias a otra afortunada crueldad de la suerte de Charlotte y del Príncipe, abarcaba la casa de Portland Place, sin abarcar la de Eaton Square en una medida que se pudiera comparar a la de aquélla. Debemos añadir inmediatamente que esta última residencia, al mismo tiempo, de vez en cuando despertaba a las recepciones sociales y, desperezándose, mandaba unas cuantas docenas de invitaciones; uno de estos esporádicos vuelos sociales, ocurrido precisamente poco antes de la Pascua de Resurrección, produjo el efecto de alterar levemente la idea que nuestro joven amigo tenía de la medida de su margen de libertad. Maggie, con muy bien tino, sostenía que su padre debía ofrecer de vez en cuando una cena de verdadera altura, y el señor Verver, que seguía igual que siem­pre, dispuesto a hacer cuanto se esperara de él, consideraba, de acuerdo con su hija, que era su esposa quien debía organizar la cena. Charlotte, por su parte, estimaba que siempre gozaban de una libertad ideal, de lo cual constituía una prueba fehaciente el que todas aquellas personas a las que ellos temían haber prestado poca atención, hasta el punto de casi haber perdido su amistad, acudían a su casa, irradiando sonrisas, con sólo recibir una invitación casi a medias y a última hora. Americo estimaba que eran, francamente, ocasiones conmovedoras para él, que se distinguían en la gran bousculade de Londres por estar dotadas de una leve y serena gracia, de cierta amenidad y humanidad. Todos acudían presurosos, pero todos sucumbían a la suave influencia, y la brutalidad de la multitud, de la curio­sidad sin ternura, pronto quedaba arrinconada al pie de la escalinata, jun­tamente con los abrigos y las capas. El agasajo ofrecido aquella noche, pocos días antes de la Pascua de Resurrección, en el que Maggie y el Príncipe estuvieron inevitablemente presentes en calidad de invitados, constituyó el cumplimiento de una obligación a la que no se hacía ho­nor a menudo, y quizá por ello con más razón todavía tuvo aquella nota de' optimismo casi digno de la Arcadia. Fue una cena con asistencia numero­sa, brillante, aburrida, murmurante, de benévola apariencia y media edad, constituida en su mayor parte por matrimonios afables aunque de muy alto rango, de apellidos inmensamente prestigiosos, y de muy fácil ordenación jerárquica. Después de la cena, hubo un breve concierto, dado sin la opresión de un contingente de invitados que llegó más tarde, en cuya prepara­ción, le constaba al Príncipe, Maggie había tenido que aliviar su ansiedad consultando con el ingenio de Charlotte, y ambas se habían alegrado gran­demente, y valga la expresión, de la solvencia del señor Verver.

Los Assingham no podían faltar, y allí estuvieron, aunque al pie de la escala social, y fue la esposa del coronel, a pesar de su humilde posición, la persona con la que el Príncipe, en su fuero interno, más ocupado estuvo, si exceptuamos a Charlotte. El Príncipe tuvo su atención fija en Charlotte debido, en primer lugar, a lo extremadamente bella que estaba y a lo mucho que destacaba en una reunión de miembros tan maduros y apaci­bles, de manera que semejaba la antorcha de la juventud viva y activa y el ejemplo de la gracia pasiva, y debido también, en segundo lugar, a que la fiesta, en la medida en que quedaba relacionada de manera más o menos destacada con una dueña de la casa, parecía relacionarse, de modo prefe­rente y sin malas intenciones pero paradójicamente, con Maggie. El Príncipe no pudo dejar de advertir, tan pronto como cada cual quedó aco­modado en el lugar que le correspondía, que también su esposa tenía per­fectamente definida su pequeña personalidad, pero se preguntaba cómo aquella personalidad se las arreglaba para quedar tan visiblemente relega­da ––y a él le constaba que esto iba en contra de los deseos de Maggie–– en vez de estar ella también pendiente del éxito e, incluso, de la dirección y de la responsabilidad de aquella fiesta. El Príncipe sabía cuáles eran los res­tantes rasgos que, en cualquier ocasión, y principalmente en la casa de Eaton Square, caracterizaban la apariencia de Maggie y cuál el parecido con su padre, en ocasiones muy vívido, como la intensificada fragancia de una flor, en el delicado calor de la celebración; su parecido, como el Príncipe descubrió, comunicándoselo a Maggie en Roma, en los primeros días de entusiasmo que siguieron a su compromiso matrimonial, a una menuda y joven bailarina en reposo, de muy leves movimientos, aunque casi siempre con un suave jadeo, e incluso un poco compungida, sentada en un banco; y por fin, su aproximación, ya que antes se trataba de analo­gía que de identidad, a las imágenes recibidas de una notable y neutral decencia que representaba, en el largo linaje del Príncipe, la normal cali­dad de esposa y madre. Si la matrona romana había sido, de manera sufi­ciente, en primero y último lugar, el honor de dicho linaje, no cabía la menor duda de que Maggie, a los cincuenta años, se habría ensanchado y habría adquirido la precisa solidez para alcanzar tal dignidad, aun cuando quizá evocando un poco la imagen de una Cordelia en miniatura. Sin em­bargo, en su debido momento, cierta luz se hizo en la mente del Príncipe, y tuvo una conciencia más clara que en cualquier otro momento anterior de la vaga aunque no por ello menos exquisita participación de la señora Verver, como una insinuada o meramente ofrecida discreción de la indefi­nible e insondable relación de ésta con la escena ante la vista del Príncipe. La determinada condición de la señora Verver, su natural puesto y vecin­dad, su más intensa presencia, su más tranquila sonrisa, su menor número de joyas, nada eran en comparación con la preocupación que ardía en Maggie, como una llamita que había prendido en cada una de sus mejillas un revelador, aunque en modo alguno desagradable, rubor. Aquella fiesta era la fiesta de su padre y el menor o mayor éxito de la fiesta era una cues­tión que tenía tanta importancia para ella como para su padre, por lo que esta identificación había creado en Maggie una especie de visible inquie­tud, bajo cuya presión rebosaba filial reverencia, aunque con pocas expre­siones, en los movimientos y en el tono, de naturaleza filial. Todo era in­confundible y, cuán bello podía ser, e incluso igualmente divertido, pero todo había tenido la virtud de dejar a los dos tan unidos, tan indivisos por el matrimonio de cada uno de ellos que la Princesa, il n y avait pas à dire, sentárase donde se sentara, sería siempre en aquella casa Maggie Verver. En la ocasión presente, el Príncipe quedó tan dominado por esta impre­sión que su natural secuela hubiera sido preguntarse si el señor Verver habría producido en anteriores ocasiones una impresión semejante, en el caso de haber ofrecido la fiesta solo con su hija.

Sin embargo, si esta consideración retroactiva se hubiera producido, habría quedado inmediatamente cortada, en los presentes momentos, por cuanto Americo reparó, con claridad no igualada en momento alguno, en que su padre político era el hombre que menos apariencias tenía a su dis­posición para los diferentes momentos. Era un hombre sencillo, era el ar­quetipo de la sencillez; nada más cabía decir de él en lo que se refiere a las apariencias, si es que cabía hablar de apariencias en su caso, cuestión que, habida cuenta de la debilidad de la tesis afirmativa, resultaba harto discu­tible. Divertía a nuestro joven amigo, quien, como se verá, dicha noche se solazaba de muy diversas maneras ocultas; le divertía, decíamos, darse cuenta de que todos los demás elementos de que el dueño de la casa estaba formado, tales como recursos, posesiones, servicios y generosidades aumentadas por leyendas sociales no dependían de una personal «ecua­ción» ni de un medio conmensurable, si es que queremos expresar el efec­to de cantidad. Para aquella buena gente, la cantidad se hallaba en el aire en torno de ella, y la estimable calidad del señor Verver se hallaba así mismo, casi íntegramente, en este elemento. Era un hombre flaco y modes­to, de frente despejada, y sus ojos, si bien miraban sin miedo, carecían de expresión de reto. No tenía los hombros anchos, su pecho no era abom­bado, ni su piel lozana, no cubría su cabeza y, a pesar de todo lo dicho, cau­saba la impresión, sentado allí, en el lugar que en la mesa correspondía al anfitrión, de un muchacho que tímidamente agasaja, por cierto rango que le ha sido impuesto, de modo que parecía que pudiera ser un poder entre diversos poderes, el representante de cierta fuerza o potencia, al igual que un rey niño es el representante de una dinastía. En esta visión generaliza­da, esta noche más intensa, pero siempre activa de su suegro, se había refu­giado ahora Americo. El refugio, después de la reunión de los dos matri­monios en Inglaterra, se había convertido en un sustitutivo de la comuni­dad, de hombre a hombre, que según los originarios cálculos de Americo bien hubiera sido posible, pero en realidad no había madurado ni floreci­do. Americo había cruzado su mirada con la de la decente pareja formada por padre e hija, primero en la mesa y luego en la sala de música, pero en aquellos ojos sólo leyó lo que había aprendido a leer durante los primeros meses de su matrimonio, durante aquel período de excesiva y ansiosa ini­ciación, o sea una especie de aprehensión sujeta a unas condiciones y tér­minos fijos ya absolutos. Esta mirada directa reposaba tranquilamente, pero no se fijaba ni penetraba, y al Príncipe se le antojaba que era una mirada muy parecida a aquella que se dirige, con la debida atención, a la cifra de un cheque recibido en el curso de unas actividades comerciales, y que será ingresado, acto seguido, en la cuenta bancaria. La mirada se cer­cioraba de la cantidad, y de la misma manera aquella mirada se cercioraba de vez en cuando del valor que representaba el Príncipe. Así, en momen­tos más o menos reiterados y a plazos sucesivos, éste era remunerado per­petuamente. En cuanto al valor, él ya reposaba en el banco, aunque de forma cómodamente reiterada, constantemente garantizado y avalado. El resultado final consistía en que nuestro joven amigo no tenía el menor deseo de verse devaluado. A fin de cuentas, no había sido él quien había fijado el precio, ya que la idea de «cantidad» era del señor Verver. Cier­tamente, todo debía mantenerse a la altura que correspondía a la cantidad señalada, cosa que el Príncipe jamás había percibido tan claramente como esta noche. Se habría sentido muy incómodo en el momento en que aque­llas serenas miradas se posaban en él, si no se hubiera hallado en una situa­ción tan firmemente asegurada por la fuerza de su acuerdo con Charlotte. Habría sido imposible que, de vez en cuando, su mirada no se cruzara con la de Charlotte. Era asimismo patente que Charlotte intercambiaba de vez en cuando miradas con su marido. El Príncipe percibía con todos sus sen­tidos que Charlotte recibía la misma clase de miradas que él. Estas miradas juntaban a Charlotte y al Príncipe, y les mantenían unidos, a pesar de las vanas apariencias de separación, y convertían a los otros rostros, al resto íntegro de la velada, a la gente, a las luces, a las flores, a las artificiales con­versaciones, a la música exquisita, en un místico puente dorado entre los dos, un puente que se balanceaba con fuerza y que, a veces, producía vér­tigo, puente conducente a aquella intimidad cuya ley soberana sería la de atender al «cuidado», sería la de jamás olvidar temerariamente, la de jamás herir conscientemente.

Yüklə 2,23 Mb.

Dostları ilə paylaş:
1   ...   12   13   14   15   16   17   18   19   ...   38




Verilənlər bazası müəlliflik hüququ ilə müdafiə olunur ©muhaz.org 2024
rəhbərliyinə müraciət

gir | qeydiyyatdan keç
    Ana səhifə


yükləyin