Literatura universal antología pau 14 15



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5. b. Las mil y una noches: «Simbad el marino».

Hace muchos, muchísimos años, en la ciudad de Bagdad vivía un joven llamado Simbad. Era muy pobre y para ganarse la vida se veía obligado a transportar pesados fardos, por lo que se le conocía como Simbad el Cargador.

¡Pobre de mí! —se lamentaba— ¡qué triste suerte la mía!



Quiso el destino que sus quejas fueran oídas por el dueño de una hermosa casa, el cual ordenó a un criado que hiciera entrar al joven. A través de maravillosos patios llenos de flores, Simbad el Cargador fue conducido hasta una sala de grandes dimensiones. En la sala estaba dispuesta una mesa llena de las más exóticas viandas y los más deliciosos vinos. En torno a ella había sentadas varias personas, entre las que destacaba un anciano, que habló de la siguiente manera:

Me llamo Simbad el Marino. No creas que mi vida ha sido fácil. Para que lo comprendas, te voy a contar mis aventuras... Aunque mi padre me dejó al morir una fortuna considerable, fue tanto lo que derroché que, al fin, me vi pobre y miserable. Entonces vendí lo poco que me quedaba y me embarqué con unos mercaderes. Navegamos durante semanas, hasta llegar a una isla. Al bajar a tierra el suelo tembló de repente y salimos todos proyectados: en realidad, la isla era una enorme ballena. Como no pude subir hasta el barco, me dejé arrastrar por las corrientes agarrado a una tabla hasta llegar a una playa plagada de palmeras. Una vez en tierra firme, tomé el primer barco que zarpó de vuelta a Bagdad.



Llegado a este punto, Simbad el Marino interrumpió su relato. Le dio al muchacho cien monedas de oro y le rogó que volviera al día siguiente. Así lo hizo Simbad y el anciano prosiguió con sus andanzas.

—Volví a zarpar. Un día que habíamos desembarcado me quedé dormido y, cuando desperté, el barco se había marchado sin mí. Llegué hasta un profundo valle sembrado de diamantes. Llené un saco con todos los que pude coger, me até un trozo de carne a la espalda y aguardé hasta que un águila me eligió como alimento para llevar a su nido, sacándome así de aquel lugar.

Terminado el relato, Simbad el Marino volvió a darle al joven cien monedas de oro, con el ruego de que volviera al día siguiente.

—Hubiera podido quedarme en Bagdad disfrutando de la fortuna conseguida, pero me aburría y volví a embarcarme. Todo fue bien hasta que nos sorprendió una gran tormenta y el barco naufragó. Fuimos arrojados a una isla habitada por unos enanos terribles que nos cogieron prisioneros. Los enanos nos condujeron hasta un gigante que tenía un solo ojo y que comía carne humana. Al llegar la noche, aprovechando la oscuridad, le clavamos una estaca ardiente en su único ojo y escapamos de aquel espantoso lugar. De vuelta a Bagdad, el aburrimiento volvió a hacer presa en mí. Pero esto te lo contaré mañana.

Y con estas palabras Simbad el Marino entregó al joven cien piezas de oro.

—Inicié un nuevo viaje, pero por obra del destino mi barco volvió a naufragar. Esta vez fuimos a dar a una isla llena de antropófagos. Me ofrecieron a la hija del rey, con quien me casé, pero al poco tiempo ésta murió. Había una costumbre en el reino: que el marido debía ser enterrado con la esposa. Por suerte, en el último momento, logré escaparme y regresé a Bagdad cargado de joyas.

Y así, día tras día, Simbad el Marino fue narrando las fantásticas aventuras de sus viajes, tras lo cual ofrecía siempre cien monedas de oro a Simbad el Cargador. De este modo el muchacho supo cómo el afán de aventuras de Simbad el Marino le había llevado muchas veces a enriquecerse, para luego perder de nuevo su fortuna.

El anciano Simbad le contó que en el último de sus viajes había sido vendido como esclavo a un traficante de marfil. Su misión consistía en cazar elefantes. Un día, huyendo de un elefante furioso, Simbad se subió a un árbol. El elefante agarró el tronco con su poderosa trompa y sacudió el árbol de tal modo que Simbad fue a caer sobre el lomo del animal. Éste le condujo entonces hasta un cementerio de elefantes; allí había marfil suficiente como para no tener que matar más elefantes.

Simbad así lo comprendió y, presentándose ante su amo, le explicó dónde podría encontrar gran número de colmillos. En agradecimiento, el mercader le concedió la libertad y le hizo muchos y valiosos regalos.

—Regresé a Bagdad y ya no he vuelto a embarcarme —continuó hablando el anciano—. Como verás, han sido muchos los avatares de mi vida. Y si ahora gozo de todos los placeres, también antes he conocido todos los padecimientos.

Cuando terminó de hablar, el anciano le pidió a Simbad el Cargador que aceptara quedarse a vivir con él. El joven Simbad aceptó encantado y ya nunca más tuvo que soportar el peso de ningún fardo.

6. a. GIOVANNI BOCCACCIO: Decamerón, fragmento, «Quinta jornada, novela octava».

Había en Rávena, antigua ciudad de la Romaña, muchos gentiles hombres entre los que se hallaba un mozo de nombre Anastasio degli Onesti, muy rico por herencia de su padre y de su tío. Y estando sin mujer, se enamoró de una hija de micer Pablo Traversari. Era la joven más noble que él, mas él esperaba con su conducta atraerla para que lo amase. Pero esas obras, por hermosas que eran, sólo lograban enojar a la joven, porque ella solía manifestarse tosca, huraña y dura, aunque tal vez esto se debía a que ella poseía una belleza singular o a su altiva nobleza. En resumen, a ella nada de él la complacía lo que para Anastasio resultaba doloroso de soportar, y cuando le dolía demasiado pensaba en matarse. Otras veces, cuando reflexionaba, se hacía a la idea de dejarla tranquila y aun de odiarla tanto como ella a él. Pero todo resultaba en vano: cuanto más se lo proponía más se multiplicaba su amor.

Perseverando, pues, el joven en amarla sin medida, a sus familiares y amigos les pareció que él y su hacienda iban a agotarse de consumo, por lo cual, muchas veces le rogaron que se fuese de Rávena a morar en otro lugar por algún tiempo, para ver si lograba disminuir su amor y sus impulsos. Anastasio se burló de aquel consejo, pero ellos insistían en su solicitud y al fin decidió complacerles y mandó organizar tantas maletas como si se fuese a España o a Francia o a cualquier otro lugar remoto; montó en su caballo y, en compañía de sus amigos, partió de Rávena y se fue a un sitio que dista de Rávena tres millas y se llama Chiassi. Una vez hubo llegado, mandó armar las tiendas y dijo a quienes le acompañaban que se volviesen, pues pensaba quedarse donde estaba. Y ellos regresaron a Rávena. Se quedó Anastasio y empezó a hacer la más magnífica vida que jamás se conociera, invitando a tales o cuales a comer o cenar como era su costumbre.

Y sucedió que, llegando primeros de mayo y haciendo buenísimo tiempo, y él siempre pensando en su cruel amada, mandó a todos lo suyos que le dejasen solo para poder meditar más a sus anchas, y a pie se trasladó, reflexionando, hasta el pinar. Pasaba la quinta hora del día y ya se había adentrado en el pinar como una media milla, sin acordarse de comer ni de nada, entonces súbitamente le pareció oír un grandísimo llanto y quejas de una mujer. Interrumpido así en sus dulces pensamientos, alzó la cabeza para ver lo que fuese, y se extrañó de hallarse en pleno pinar. Y, además, mirando ante sí, vio venir, saliendo de un bosquecillo muy denso de zarzas y realezas y corriendo hacia donde él se hallaba, una bellísima mujer desnuda, toda arañada de las zarzas y matorrales, que lloraba y pedía piedad a gritos. Tras ella corrían dos grandes y fieros mastines, que cuando la alcanzaban la mordían. Venía detrás sobre un negro corcel un caballero moreno de muy airado rostro y con un estoque en la mano, amenazando de muerte a la joven con terribles y ofensivas palabras.

Esta visión puso a la vez maravilla y espanto en el ánimo del joven y sintió compasión de la desventurada, por lo que se resolvió, si podía, librarla de la muerte y de tal angustia. Pero, hallándose sin armas, recurrió a coger una rama de árbol a guisa de garrote y fue a hacer frente a los canes y al caballero, el cual, reparando en ello, le gritó de lejos:

—No intervengas, Anastasio, y déjanos a los perros y a mi hacer lo que esa mala hembra ha merecido. 

En esto, los perros, aferrando con fuerza por las caderas a la mujer, la detuvieron y el caballero se apeó del corcel. Y Anastasio, acercándose, le dijo:

—No sé quién eres que así me conoces, pero te digo que es gran vileza que un caballero armado quiera matar a una mujer desnuda y echarle los perros detrás como a una bestia del bosque. Ten por cierto que la defenderé. 



El caballero respondió entonces:

Anastasio, de tu misma tierra fui, y aún eras rapaz pequeño cuando yo, a quien llamaban micer Guido degli Anastagi, me enamoré tanto de esa mujer como tú ahora de la Traversari. Y su fiereza y crueldad de tal modo causaron mi desgracia, que un día con el estoque que ves en mi mano, desesperado me maté y fui condenado a penas infernales No pasó mucho tiempo sin que ésta, que de mi muerte se sintió desmedidamente contenta, muriese, y por el pecado de su crueldad y no habiéndose arrepentido de la alegría que le causó mi final fue también condenada a las penas del infierno. Mas cuando a él bajó por castigo a los dos nos fue dado el huir siempre ella ante mí, mientras yo, que tanto la amé, habría de perseguirla como a mortal enemiga, no como a mujer amada. Y siempre que la alcanzo, con este estoque que me maté, la mato y la abro en canal, y ese corazón duro y frío en el que nunca amor ni piedad pudieron entrar, le arranco con las demás vísceras, como verás pronto, y lo doy a comer a estos perros. Y, según voluntad de la justicia y potencia de Dios, no pasa mucho tiempo sin que, como si muerta no estuviera, resucite, y otra vez comience su dolorosa fuga de los perros y de mí. Y cada viernes, sobre esta hora, aquí la alcanzo y hago en ella el estrago que verás. Mas no creas que descansamos los demás días, pues entonces también la sigo y la alcanzo en otros parajes donde cruelmente pensó y obró contra mí. Así, convertido de amante en enemigo, como ves, he de seguirla así durante tantos años como ella se portó rigurosamente conmigo. Dejemos, pues, ejecutar la divina justicia, y no te opongas a lo que no puedes evitar. 



Anastasio, al oír tales palabras, quedó tímido y suspenso, con todos los cabellos erizados y, retrocediendo y mirando a la mísera joven, comenzó, temeroso, a esperar lo que hiciere el caballero, el cual acabado su razonamiento, como un can rabioso corrió, estoque en mano, hacia la mujer (que, arrodillada y sostenida con fuerza por los dos mastines, le pedía perdón) y con todas sus fuerzas le atravesó el pecho de parte a parte. Cuando la mujer recibió el golpe, cayó de bruces, siempre llorando y gritando, y el caballero, poniendo mano a un cuchillo, le abrió los riñones y le sacó el corazón con cuanto lo circuía, y lo echó a los dos mastines, que lo devoraron afanosamente. Casi en el acto, la joven, como si ninguna de aquellas cosas hubiere sucedido, se levantó y huyó hacia el mar, perseguida y desgarrada por los perros. Y el caballero, volviendo a montar a caballo y a requerir su estoque, la comenzó a seguir y en poco rato tanto se distanciaron, que ya Anastasio no les pudo ver. 

Y habiendo contemplado tales cosas, gran rato estuvo entre complacido y temeroso; pero después le vino a la memoria la idea de que el suceso podría valerle de mucho, ya que acontecía todos los viernes. Y, así, señalando bien aquel paraje, se volvió con su gente y cuando le pareció hizo llamar a los más de sus parientes y amigos y les dijo:

Durante largo tiempo me habéis incitado a que deje de amar a mi enemiga y ceje en mis gastos. Estoy dispuesto a hacerlo, siempre que una gracia me concedáis. Y es que hagáis que el viernes venidero micer Pablo Traversari, con su mujer e hija y todas las mujeres de su parentela y las demás que os plazcan, vengan a almorzar conmigo. Entonces veréis por qué quiero esto.

Les pareció a sus amigos que no era cosa difícil de hacer y al regresar a Rávena, cuando llegó el momento, invitaron a los que Anastasio deseaba. Aunque mucho costó convencer a la mujer a quien amaba Anastasio, al fin ella acudió con las otras. Hizo Anastasio que se aderezase un magnífico banquete y dispuso que se colocasen las mesas bajo los pinos, junto al lugar donde presenció la agonía de la cruel mujer. Y una vez que hizo sentarse a todas las mesas hombre y mujeres, mandó que su amada fuese puesta frente al sitio donde debía acontecer el hecho. 

Y habiendo llegado ya el último manjar, el desesperado clamor de la joven perseguida se empezó a oír. Mucho se maravillaron todos y preguntaron qué era, y no lo supo decir nadie. Levantándose, pues, para averiguar qué sería, vieron a la doliente mujer, al caballero y los canes, y en un momento todos estuvieron a su lado. Se alzó gran vocerío contra los perros y el caballero y muchos se adelantaron para ayudar a la joven, pero el caballero, hablándoles como habló a Anastasio, no sólo les forzó a retroceder, sino que les espantó y les llenó de pasmo. Como hizo lo que la otra vez hiciera, las mujeres presentes allí (muchas de las cuales, parientes de la joven o del caballero, no habían olvidado su amor y la muerte de él) míseramente lloraron, como si ellas mismas hubieran sufrido lo mismo.

Acabó, en fin, el lance, y desaparecieron mujer y caballero, y los que aquello habían visto se entregaron a muchos y variados razonamientos. Pero entre los que más espanto tuvieron figuró la cruel joven amada por Anastasio, porque, habiéndolo visto y oído todo muy claramente, y conociendo que a ella más que a nadie tales cosas atañían, ya le parecía estar huyendo de la ira de él y tener los perros a los talones. Y tanto miedo de esto le sobrevino que, para no incurrir en lo mismo, en breve ocurrió (tan en breve que aquella misma tarde fue) que, mudado su odio en amor, secretamente mandó a la estancia de Anastasio una camarera de su confianza, rogándole que fuese a verla, porque estaba dispuesta a complacerle en todo. Resolvió Anastasio que ello le satisfacía mucho, y que, si a ella le placía, haría con ella lo que le rogase, pero, para honor de la dama, tomándola por mujer.

La joven, sabedora que sólo por su culpa no era ya esposa de Anastasio, mandó contestar que estaba acorde. Y luego, sirviéndose de mensajera a sí misma, dijo a sus padres que quería ser mujer de Anastasio, lo que mucho les contentó. Al domingo siguiente casó Anastasio con ella, y celebradas las bodas, mucho tiempo jubilosamente convivió con ella. Y no sólo el temor de la dama fue causa de aquel bien para ambos, sino que todas las mujeres altivas se tornaron medrosas, y en lo sucesivo mucho más dóciles que antes se mostraron en complacer a los hombres.


6. b. DANTE ALIGHIERI: Divina Comedia, «Infierno», «Canto V».

Yo comencé: «Poeta, muy gustoso

hablaría a esos dos que vienen juntos

y parecen al viento tan ligeros»2.


Y él a mí: «Los verás cuando ya estén

más cerca de nosotros; si les ruegas

en nombre de su amor, ellos vendrán».
Tan pronto como el viento allí los trajo

alcé la voz: «Oh almas afanadas,

hablad, si no os lo impiden, con nosotros».
Tal palomas llamadas del deseo,

al dulce nido con el ala alzada,

van por el viento del querer llevadas,
ambos dejaron el grupo de Dido3 

y en el aire malsano se acercaron,

tan fuerte fue mi grito afectuoso:
«Oh criatura graciosa y compasiva

que nos visitas por el aire perso4

a nosotras que el mundo ensangrentamos;
si el Rey del Mundo fuese nuestro amigo

rogaríamos de él tu salvación,

ya que te apiada nuestro mal perverso.
De lo que oír o lo que hablar os guste,

nosotros oiremos y hablaremos

mientras que el viento, como ahora, calle.
La tierra en que nací está situada

en la Marina donde el Po desciende

y con sus afluentes se reúne.
Amor, que al noble corazón se agarra,

a éste prendió de la bella persona

que me quitaron; aún me ofende el modo.
Amor, que a todo amado a amar le obliga,

prendió por éste en mí pasión tan fuerte5

que, como ves, aún no me abandona.

 

El Amor nos condujo a morir juntos,



y a aquel que nos mató Caína espera»6.

Estas palabras ellos nos dijeron.


Cuando escuché a las almas doloridas

bajé el rostro y tan bajo lo tenía,

que el poeta me dijo al fin: «¿Qué piensas?»

 

Al responderle comencé: «Qué pena,



cuánto dulce pensar, cuánto deseo,

a éstos condujo a paso tan dañoso».


Después me volví a ellos y les dije,

y comencé: «Francesca, tus pesares

llorar me hacen triste y compasivo;
dime, en la edad de los dulces suspiros

¿cómo o por qué el Amor os concedió

que conocieses tan turbios deseos?»
Y repuso: «Ningún dolor más grande

que el de acordarse del tiempo dichoso

en la desgracia; y tu guía lo sabe7.
Mas si saber la primera raíz

de nuestro amor deseas de tal modo,

hablaré como aquel que llora y habla:
Leíamos un día por deleite,

cómo hería el amor a Lanzarote8;

solos los dos y sin recelo alguno.
Muchas veces los ojos suspendieron

la lectura, y el rostro emblanquecía,

pero tan sólo nos venció un pasaje.
Al leer que la risa deseada9

era besada por tan gran amante,

éste, que de mí nunca ha de apartarse,
la boca me besó, todo él temblando.

Galeotto fue el libro y quien lo hizo;

no seguimos leyendo ya ese día».
Y mientras un espíritu así hablaba,

lloraba el otro, tal que de piedad

desfallecí como si me muriese;

y caí como un cuerpo muerto cae.

7. a. FRANCESCO PETRARCA: Tres sonetos.

1
Bendito sea el año, el punto, el día,


la estación, el lugar, el mes, la hora
y el país, en el cual su encantadora
mirada encadenóse al alma mía.
Bendita la dulcísima porfía
de entregarme a ese amor que en mi alma mora,
y el arco y las saetas, de que ahora
las llagas siento abiertas todavía.
Benditas las palabras con que canto
el nombre de mi amada; y mi tormento,
mis ansias, mis suspiros y mi llanto.
Y benditos mis versos y mi arte
pues la ensalzan, y, en fin, mi pensamiento,
puesto que ella tan sólo lo comparte.

2
¿Dónde cogió el Amor, o de qué vena,



el oro fino de tu trenza hermosa?

¿En qué espinas halló la tierna rosa

del rostro, o en qué prados la azucena?

¿Dónde las blancas perlas con que enfrena

la voz suave, honesta y amorosa?

¿Dónde la frente bella y espaciosa,

más que al primer albor pura y serena?
¿De cuál esfera en la celeste cumbre

eligió el dulce canto, que destila

al pecho ansioso regalada llama?
Y ¿de qué sol tomó la ardiente lumbre

de aquellos ojos, que la paz tranquila

para siempre arrojaron de mi alma?

3
Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,


y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.

Quien me tiene en prisión, ni abre ni cierra,
ni me retiene ni me suelta el lazo;
y no me mata Amor ni me deshierra,
ni me quiere ni quita mi embarazo.

Veo sin ojos y sin lengua grito;
y pido ayuda y parecer anhelo;
a otros amo y por mí me siento odiado.

Llorando grito y el dolor transito;
muerte y vida me dan igual desvelo;
por vos estoy, Señora, en este estado.


7. b. PIERRE DE RONSARD: Sonetos para Helena, Libro II, 42.

Cuando seas muy vieja, a la luz de una vela

y al amor de la lumbre, devanando e hilando,

cantarás estos versos y dirás deslumbrada:



«Me los hizo Ronsard cuando yo era más bella».
No habrá entonces sirvienta que al oír tus palabras,

aunque ya doblegada por el peso del sueño,

cuando suene mi nombre la cabeza no yerga

y bendiga tu nombre, inmortal por la gloria.


Yo seré bajo tierra descarnado fantasma

y a la sombra de mirtos tendré ya mi reposo;

para entonces serás una vieja encorvada,
añorando mi amor, tus desdenes llorando.

Vive ahora; no aguardes a que llegue el mañana:

coge hoy mismo las rosas que te ofrece la vida.

8. a. WILLIAM SHAKESPEARE: Hamlet, «Acto III».

Escena I

CLAUDIO, POLONIO, OFELIA


POLONIO.- Paséate por aquí, Ofelia. Si Vuestra Majestad gusta, podemos ya ocultarnos. (A Ofelia.) Haz que lees en este libro; esta ocupación disculpará la soledad del sitio... ¡Materia es, por cierto, en que tenemos mucho de que acusarnos! ¡Cuántas veces con el semblante de la devoción y la apariencia de acciones piadosas engañamos al diablo mismo!

CLAUDIO.- Demasiado cierto es... ¡Qué cruelmente ha herido esa reflexión mi conciencia! El rostro de la meretriz, hermoseada con el arte, no es más feo despojado de los afeites que lo es mi delito disimulado en palabras traidoras. ¡Oh! ¡Qué pesada carga me oprime!

POLONIO.- Ya le siento llegar; señor, conviene retirarnos.
Escena IV

HAMLET, OFELIA


HAMLET.- Ser o no ser, ésta es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo: sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta u oponer los brazos a este torrente de calamidades y darlas fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Este es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar. Sí, y ved aquí el gran obstáculo, porque el considerar qué sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro cuando hayamos abandonado este despojo mortal es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios? Cuando el que esto sufre, pudiera procurar su quietud con sólo un puñal. ¿Quién podría tolerar tanta opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la Muerte (aquel país desconocido de cuyos límites ningún caminante torna) nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan, antes que ir a buscar otros de que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace a todos cobardes, así la natural tintura del valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia, las empresas de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino, no se ejecutan y se reducen a designios vanos. Pero... ¡la hermosa Ofelia! Graciosa niña, espero que mis defectos no serán olvidados en tus oraciones.

OFELIA.- ¿Cómo os habéis sentido, señor, en todos estos días?

HAMLET.- Muchas gracias. Bien.

OFELIA.- Conservo en mi poder algunos presentes vuestros que deseo restituiros mucho tiempo ha y os pido que ahora los toméis.

HAMLET.- No, yo nunca te di nada.

OFELIA.- Bien sabéis, señor, que os digo verdad. Y con ellas me disteis palabras, de tan suave aliento compuestas que aumentaron con extremo su valor, pero, ya disipado aquel perfume, recibidlas, que un alma generosa considera como viles los más opulentos dones, si llega a entibiarse el afecto de quien los dio. Vedlos aquí.

HAMLET.- ¡Oh! ¡Oh! ¿Eres honesta?

OFELIA.- Señor...

HAMLET.- ¿Eres hermosa?

OFELIA.- ¿Qué pretendéis decir con eso?

HAMLET.- Que si eres honesta y hermosa no debes consentir que tu honestidad trate con tu belleza.

OFELIA.- ¿Puede, acaso, tener la hermosura mejor compañera que la honestidad?

HAMLET.- Sin duda ninguna. El poder de la hermosura convertirá a la honestidad en una alcahueta, antes que la honestidad logre dar a la hermosura su semejanza. En otro tiempo se tenía esto por una paradoja; pero en la edad presente es cosa probada... Yo te quería antes, Ofelia.

OFELIA.- Así me lo dabais a entender.

HAMLET.- Y tú no debieras haberme creído, porque nunca puede la virtud ingerirse tan perfectamente en nuestro endurecido tronco que nos quite aquel resquemor original... Yo no te he querido nunca.

OFELIA.- Muy engañada estuve.

HAMLET.- Mira, vete a un convento, ¿para qué te has de exponer a ser madre de hijos pecadores? Yo soy medianamente bueno; pero al considerar algunas cosas de que puedo acusarme sería mejor que mi madre no me hubiese parido. Yo soy muy soberbio, vengativo, ambicioso; con más pecados sobre mi cabeza que pensamientos para explicarlos, fantasía para darles forma o tiempo para llevarlos a ejecución. ¿A qué fin los miserables como yo han de existir arrastrados entre el cielo y la tierra? Todos somos insignes malvados; no creas a ninguno de nosotros, vete, vete a un convento... ¿En dónde está tu padre?

OFELIA.- En casa está, señor.

HAMLET.- Sí, pues que cierren bien todas las puertas, para que si quiere hacer locuras las haga dentro de su casa. Adiós.

OFELIA.- ¡Oh! ¡Mi buen Dios! Favorecedle.

HAMLET.- Si te casas quiero darte esta maldición en dote. Aunque seas un hielo en la castidad, aunque seas tan pura como la nieve, no podrás librarte de la calumnia. Vete a un convento. Adiós. Pero... escucha: si tienes necesidad de casarte, cásate con un tonto, porque los hombres avisados saben muy bien que vosotras los convertís en fieras... Al convento y pronto. Adiós.

OFELIA.- ¡El Cielo, con su poder, le alivie!



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