Viaje Al Fin De La Noche



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Baryton destacaba en los juegos de destreza. Parapine apostaba a menudo el aperitivo con él y lo perdía todas las veces. Pasábamos en aquella salita de juegos improvi­sada veladas enteras, sobre todo durante el invierno, cuando llovía, para no estropearle los salones al patrón. En ocasiones, si bien raras, colocaban, en aquella misma salita de juego, a un agitado en observación.

Mientras rivalizaban en destreza, Parapine y el patrón, jugando al chito sobre el tapiz o sobre el suelo, yo me di­vertía, si puedo expresarme así, intentando experimentar las mismas sensaciones que un preso en su celda. Era una sensación que me faltaba. Con voluntad puedes llegar a sentir amistad por los tipos raros que pasan por los ba­rrios de los suburbios. Al final de la jornada sientes pie­dad ante la barahúnda que forman los tranvías al traer de París, a los empleados, de vuelta a casa en grupitos dóci­les. Al primer desvío, después de la tienda de comesti­bles, se acabó su derrota. Van a derramarse despacio en la noche. Apenas te da tiempo a contarlos. Pero raras veces me dejaba Baryton soñar a gusto. En plena partida de chito seguía, petulante, con sus insólitas interrogaciones.



«How do yo say» "imposible" en english, Ferdinand?...»

En una palabra, nunca se cansaba de hacer progresos. Tendía con toda su estupidez hacia la perfección. Ni siquiera quería oír hablar de aproximaciones ni de conce­siones. Por fortuna, una crisis me libró de él. Veamos lo esencial.

A medida que avanzábamos en la lectura de la Historia de Inglaterra, le vi perder un poco su seguridad y, al final, lo mejor de su optimismo. En el momento en que aborda­mos a los poetas isabelinos, su espíritu y su persona expe­rimentaron grandes cambios inmateriales. Al principio me costó un poco convencerme, pero no me quedó más reme­dio, al final, como a todo el mundo, que aceptarlo tal como se había vuelto, Baryton, lamentable, la verdad. Su atención, antes precisa y severa, flotaba ahora, arrastrada hacia digresiones fabulosas, interminables. Y entonces le tocó el turno a él de permanecer horas enteras, en su pro­pia casa, ahí, ante nosotros, soñador, lejano ya... Aunque me había asqueado por mucho tiempo y con ganas, sentía algo de remordimiento al verlo así, disgregarse, a Baryton. Yo me consideraba un poco responsable de ese derrumba­miento... Su desconcierto espiritual no me era del todo aje­no... Hasta tal punto, que le propuse un día interrumpir por un tiempo nuestros ejercicios de literatura con el pre­texto de que un intermedio nos proporcionaría tiempo y ocasión para renovar nuestros recursos documentales... No se dejó engañar por astucia tan débil y opuso, en el acto, una negativa, benévola, bien es verdad, pero del todo categórica... Estaba decidido a proseguir conmigo sin cesar el descubrimiento de la Inglaterra espiritual... Tal como lo había emprendido... Yo no podía responder nada... Me in­cliné. Temía incluso no disponer de bastantes horas de vida para lograrlo del todo... En una palabra, pese a que yo ya presentía lo peor, hubo que continuar con él, mal que bien, aquella peregrinación académica y desolada.

La verdad es que Baryton había dejado de ser el que era. A nuestro alrededor, personas y cosas perdían, pere­grinas y paulatinas, su importancia ya e incluso los colores con que las habíamos conocido adquirían una suavi­dad soñadora de lo más equívoca...

Ya no daba muestras, Baryton, sino de un interés oca­sional y cada vez más lánguido por los detalles adminis­trativos de su propia casa, obra suya, sin embargo, por la que había sentido durante más de treinta años auténtica pasión. Dejaba toda la responsabilidad de los servicios administrativos en manos de Parapine. El desconcierto cada vez mayor de sus convicciones, que aún intentaba disimular púdicamente en público, estaba llegando a ser evidente para nosotros, irrefutable, físico.

Gustave Mandamour, el agente de policía que conocía­mos en Vigny porque a veces lo utilizábamos en los tra­bajos pesados de la casa y que era sin lugar a dudas el ser menos perspicaz que he tenido oportunidad de conocer entre tantos otros del mismo orden, me preguntó un día, por aquella época, si no habría tenido tal vez muy malas noticias el patrón... Lo tranquilicé lo mejor que pude, pero sin demasiado convencimiento.

Todos esos chismes ya no interesaban a Baryton. Lo único que quería era que no se lo molestara con ningún pretexto... Al comienzo de nuestros estudios, de acuerdo con su deseo, habíamos recorrido demasiado rápido la gran Historia de Inglaterra de Macaulay, obra capital en dieciséis volúmenes. Reanudamos, por orden suya, esa dichosa lectura y ello en condiciones morales de lo más inquietantes. Capítulo tras capítulo.

Baryton me parecía cada vez más pérfidamente conta­minado por la meditación. Cuando llegamos al pasaje, implacable como ninguno, en que Monmouth el Preten­diente acaba de desembarcar en las orillas imprecisas de Kent... En el momento en que su aventura empieza a gi­rar en el vacío... En que Monmouth el Pretendiente no sabe ya muy bien lo que pretende... Lo que quiere hacer. Lo que ha ido a hacer... En que empieza a decirse que le gustaría marcharse, pero ya no sabe adonde ni cómo... Cuando la derrota se alza ante él... En la palidez de la mañana... Cuando el mar se lleva sus últimos navíos... Cuando Monmouth se pone a pensar por primera vez... Baryton no lograba tampoco, en sus asuntos, ínfimos, adoptar sus propias decisiones... Leía y releía ese pasaje y lo murmuraba una y otra vez, además... Abrumado, vol­vía a cerrar el libro y venía a tumbarse cerca de nosotros.

Durante largo rato, repetía, con los ojos entornados, el texto entero, de memoria, y después, con su acento inglés, el mejor de entre todos los de Burdeos que yo le había dado a elegir, nos recitaba otra vez...

En la aventura de Monmouth, cuando todo el lastimo­so ridículo de nuestra pueril y trágica naturaleza se desa­brocha, por así decir, ante la Eternidad, Baryton era presa del vértigo, a su vez, y, como ya sólo colgaba por un hilo de nuestro destino corriente, se soltó del todo... Desde aquel momento, puedo afirmarlo, dejó de ser de los nuestros... Ya no podía más...

Al final de aquella misma velada, me pidió que fuera a reunirme con él en su gabinete de director... Desde luego, en vista del extremo a que habíamos llegado, yo me espe­raba que me comunicara alguna resolución suprema, mi despido inmediato, por ejemplo... Bueno, pues, ¡no! La decisión que había adoptado, ¡me era, al contrario, del todo favorable! Ahora bien, tan raras veces me ocurría que una suerte favorable me sorprendiese, que no pude por menos de derramar algunas lágrimas... Baryton tuvo a bien considerar pena ese testimonio de mi emoción y entonces le tocó a él consolarme...

«¿Va usted a dudar de mi palabra, Ferdinand, si le ga­rantizo que he necesitado mucho más que valor para deci­dirme a abandonar esta casa...? ¿Yo, de costumbres tan se­dentarias, que usted conoce, yo, ya casi un anciano, en una palabra, con toda una carrera que no ha sido sino una larga verificación, muy tenaz, muy escrupulosa, de tantas maldades lentas o rápidas?... ¿Cómo es posible que haya llegado a abjurar de todo en unos meses?... Y, sin embar­go, aquí me tiene, en cuerpo y alma, en este estado de de­sapego, de nobleza... ¡Ferdinand! Hurrah! ¡Como usted dice en inglés! Mi pasado ya no es nada para mí, ¡eso está claro! ¡Voy a renacer, Ferdinand! ¡Sencillamente! ¡Me marcho! ¡Oh, sus lágrimas, bondadoso amigo, no podrán atenuar el asco definitivo que siento por todo lo que me retuvo aquí durante tantos y tantos años insípidos!... ¡Es demasiado! ¡Basta, Ferdinand! ¡Le digo que me voy! ¡Huyo! ¡Me evado! ¡Se me parte el corazón, desde luego! ¡Lo sé! ¡Sangro! ¡Lo veo! Pues bien, Ferdinand, por nada del mundo, sin embargo... Ferdinand, por nada... ¡me ha­ría usted volver sobre mis pasos! ¿Me oye usted?... Aun cuando hubiera dejado caer un ojo ahí, en algún punto de este cieno, ¡no volvería a recogerlo! Conque, ¡con eso está dicho todo! ¿Duda usted ahora de mi sinceridad?»

Yo ya no dudaba de nada. Era capaz de todo, Baryton, estaba claro. Por lo demás, creo que habría sido fatal para su razón que yo me hubiese puesto a contradecirlo en el estado a que había llegado. Le dejé descansar un momen­to y después intenté, de todos modos, ablandarlo un poco, me atreví a hacer un intento supremo para traerlo de nuevo hasta nosotros... Mediante los efectos de una li­gera transposición... de una argumentación amablemente oblicua...

«¡Abandone, pues, Ferdinand, por favor, la esperanza de verme renunciar a mi decisión! ¡Ya le digo que es irre­vocable! Le agradeceré que no me vuelva a hablar de eso... Por última vez, Ferdinand, ¿quiere usted ser tan amable? A mi edad, las vocaciones, verdad, son muy ra­ras... Es sabido... Pero son irremediables...»

Tales fueron sus propias palabras, casi las últimas que pronunció. Las transmito.

«Tal vez, querido señor Baryton -me atreví, de todos modos, a interrumpirlo de nuevo-, estas vacaciones re­pentinas que se dispone usted a tomarse no constituyan, en definitiva, sino un episodio un poco novelesco, una oportuna diversión, un entreacto feliz, en el curso un poco austero, bien es verdad, de su carrera... Tal vez tras haber probado otra vida... más amena, menos trivialmente metódica, que la que llevamos aquí, vuelva usted, sen­cillamente, contento de su viaje, hastiado de imprevis­tos... Entonces, volverá usted a ocupar, del modo más natural, su lugar a la cabeza de esta institución... Orgu­lloso de sus experiencias recientes... Renovado, en una palabra, y seguramente del todo indulgente en adelante para las monotonías cotidianas de nuestra ajetreada ruti­na... ¡Envejecido, por fin! Si me permite usted expresar­me así, señor Baryton...»

«¡Qué halagador, este Ferdinand!... Aún encuentra modo de conmoverme en mi orgullo masculino, sensible, exigente incluso, ahora lo descubro pese a tanto hastío y a las adversidades pasadas... ¡No, Ferdinand! Todo el in­genio que usted despliega no podría ablandar, en un mo­mento, todo el fondo abominablemente hostil y doloroso de nuestra voluntad. Por lo demás, Ferdinand, ¡ya no hay tiempo para vacilar, para volver sobre mis pasos!... ¡Es­toy, lo confieso, lo clamo, Ferdinand, vacío! ¡Agobiado, vencido! ¡Por cuarenta años de pequeneces sagaces!... ¡Ya es más que demasiado!... ¿Lo que quiero intentar?

¿Quiere usted saberlo?... Puedo decírselo, a usted, mi amigo supremo, usted que ha tenido a bien compartir, desinteresado, admirable, los sufrimientos de un viejo derrotado... Quiero, Ferdinand, probar a ir a perder mi alma, igual que va uno a perder su perro sarnoso, su perro hediondo, muy lejos, el compañero que le asquea a uno, antes de morir... Por fin solo... Tranquilo... uno mismo...»

«Pero, querido señor Baryton, ¡esta violenta desespe­ración cuyas inflexibles exigencias me revela usted de pronto nunca la había advertido yo en sus palabras y me deja pasmado! Muy al contrario, sus observaciones coti­dianas me parecen aún hoy perfectamente pertinentes... Todas sus iniciativas siempre alegres y fecundas... Sus in­tervenciones médicas perfectamente juiciosas y metódi­cas... En vano buscaría en sus actos cotidianos una de esas señales de abatimiento, de derrota... La verdad, no observo nada semejante...»

Pero, por primera vez desde que yo lo conocía, no sentía Baryton ningún placer de recibir mis cumplidos. Me disuadía incluso, amable, para que no continuara la conversación en aquel tono lisonjero.

«No, mi querido Ferdinand, se lo aseguro... Estos tes­timonios últimos de su amistad vienen a suavizar, desde luego y de forma inesperada, los últimos momentos de mi presencia aquí; sin embargo, toda su solicitud no po­dría volverme tolerable simplemente el recuerdo de un pasado que me abruma y al que estos lugares apestan... Quiero alejarme a cualquier precio, ¿me oye usted?, y con cualesquiera condiciones...»

«Pero, señor Baryton, ¿qué vamos a hacer en adelante con esta casa? ¿Lo ha pensado usted?»

«Sí, desde luego, lo he pensado, Ferdinand... Usted se hará cargo de la dirección durante el tiempo que dure mi ausencia, ¡y se acabó!... ¿No ha tenido usted siempre relaciones excelentes con nuestra clientela?... Así, pues, su dirección será aceptada fácilmente... Todo irá bien, ya lo verá, Ferdinand... Parapine, por su parte, ya que no pue­de tolerar la conversación, se ocupará de los mecanismos, los aparatos y el laboratorio... ¡Eso es lo suyo!... Así todo queda arreglado como Dios manda... Por lo demás, he dejado de creer en las presencias indispensables... Por ese lado también, ya lo ve, amigo mío, he cambiado mucho...»

En efecto, estaba desconocido.

«Pero, ¿no teme usted, señor Baryton, que su marcha se comente del modo más malicioso entre nuestra com­petencia de los alrededores?... ¿De Passy, por ejemplo? ¿De Montretout?... ¿De Gargan-Livry? Todos los que nos rodean... Que nos espían... Esos colegas de una perfi­dia incansable... ¿Qué sentido atribuirán a su noble y vo­luntario exilio?... ¿Cómo lo llamarán? ¿Escapada? ¿Qué sé yo qué más? ¿Extravagancia? ¿Derrota? ¿Fracaso? ¿Quién sabe?...»

Esa eventualidad le había hecho sin duda reflexionar larga y penosamente. Aún lo turbaba, ahí, ante mí, empa­lidecía al pensarlo...

Aimée, su hija, nuestra inocente Aimée, iba a sufrir, con todo aquello, una suerte bastante brutal. La dejaba al cuidado de una de sus tías, una desconocida, a decir ver­dad, en provincias. Así, liquidadas todas las cosas ínti­mas, ya sólo nos quedaba, a Parapine y a mí, hacer todo lo posible para administrar todos sus intereses y sus bie­nes. ¡Bogue, pues, la barca sin capitán!

Después de aquellas confidencias, podía permitirme, me pareció, preguntarle al patrón por qué lado pensaba lanzarse hacia las regiones de su aventura...

«¡Por Inglaterra, Ferdinand!», me respondía, sin va­cilar.

Todo lo que nos sucedía, en tan poco tiempo, me parecía, desde luego, muy difícil de asimilar, pero, de todos modos, tuvimos que adaptarnos rápidos a la nueva suerte.

El día siguiente, lo ayudamos, Parapine y yo, a hacerse un equipaje. El pasaporte con todas sus páginas y sus visados le extrañaba un poco. Nunca había tenido pa­saporte. Ya que estaba, le habría gustado obtener otros, de recambio. Tuvimos que convencerlo de que era impo­sible.

Una última vez titubeó respecto a la cuestión de si llevar cuellos duros o blandos y cuántos de cada clase. Con aquel problema, mal resuelto, estuvimos hasta la hora del tren. Saltamos los tres al último tranvía para Pa­rís. Baryton llevaba sólo una maleta ligera, pues tenía in­tención de permanecer, por dondequiera que fuese y en todas las circunstancias, móvil y ligero.

En el andén la noble altura de los estribos de los trenes internacionales le impresionó. Vacilaba a la hora de subir aquellos escalones majestuosos. Se recogía ante el vagón como en el umbral de un monumento. Lo ayudamos un poco. Como había cogido billete de segunda, nos hizo al respecto una observación comparativa, práctica y son­riente. «La primera no es mejor», dijo.

Le tendimos las manos. Fue el momento. Sonó el piti­do de la salida, con un arranque tremendo, como una ca­tástrofe de chatarra, en el instante bien preciso. Fue una brutalidad abominable para nuestra despedida. «¡Adiós, hijos!», le dio apenas tiempo de decirnos y su mano se separó, hurtada a las nuestras...

Se movía allá, entre el humo, su mano, alargada entre el ruido, ya en la noche, a través de los raíles, cada vez más lejos, blanca...
Por una parte, no lo echamos de menos, pero, de todos modos, su marcha creaba un vacío tremendo en la casa.

Para empezar, su forma de marcharse nos había puesto tristes a nuestro pesar, por decirlo así. No había sido na­tural, su forma de marcharse. Nos preguntábamos qué podría ocurrimos, a nosotros, tras un golpe semejante.

Pero no tuvimos tiempo de preguntárnoslo demasiado ni tampoco de aburrirnos siquiera. Pocos días después de que lo acompañáramos hasta la estación, a Baryton, mira por dónde, me anunciaron una visita para mí, en el des­pacho, para mí en especial. El padre Protiste.

¡Menudo si le di noticias, yo, entonces! ¡Y buenas! Y, sobre todo, ¡del modo como nos había plantado a to­dos para irse de juerga a los septentriones, Baryton!... No salía de su asombro, Protiste, al enterarse de ello, y des­pués, cuando por fin hubo comprendido, lo único que discernía ya en aquel cambio era el provecho que yo po­día sacar de semejante situación. «¡Esta confianza de su director me parece la más halagadora de las promociones, mi querido doctor!», me repetía, machacón.

De nada servía que yo intentara calmarlo; una vez lan­zado a la locuacidad, no se apeaba de su fórmula ni cesa­ba de predecirme el más magnífico de los porvenires, una espléndida carrera médica, como él decía. Yo ya no podía interrumpirlo.

Con mucha dificultad, volvimos, de todos modos, a las cosas serias, a aquella ciudad de Toulouse precisamente, de la que había llegado, él, la víspera. Por supuesto, le dejé contar, a su vez, todo lo qué sabía. Incluso aparenté asombro, estupefacción, cuando me contó el accidente que había tenido la vieja.

«¿Cómo? ¿Cómo? -lo interrumpía yo-. ¿Que ha muerto?... Pero, bueno, ¿cuándo ha sido?»

Conque punto por punto tuvo que soltar la historia entera.

Sin decirme claramente que había sido Robinson quien la había empujado, por la escalera, a la vieja, no me impi­dió, de todos modos, suponerlo... No había tenido tiem­po de decir ni pío, al parecer. Nos comprendimos... Buen trabajo, primoroso... La segunda vez que lo había inten­tado no había fallado.

Por fortuna, en el barrio, en Toulouse, creían que Ro­binson estaba del todo ciego aún. Conque lo habían con­siderado un simple accidente, muy trágico, desde luego, pero, de todos modos, explicable, pensándolo bien, todo, las circunstancias, la edad de la anciana, y también que había sido al final de una jornada, la fatiga... Yo no quería saber más de momento. Ya había recibido más de la cuenta, de confidencias así.

Aun así, me costó trabajo hacerlo cambiar de conver­sación, al padre. Le obsesionaba, su historia. Volvía a ella una y mil veces, con la esperanza seguramente de hacer­me picar, de comprometerme, parecía... ¡Estaba guapo!... Podía esperar sentado... Conque renunció, de todos mo­dos, y se contentó con hablarme de Robinson, de su sa­lud... De sus ojos... Por ese lado, iba mucho mejor... Pero seguía tan desanimado como siempre. ¡Pero que muy bajo de moral, la verdad! Y ello a pesar de la solicitud, del afecto que no cesaban las dos mujeres de prodigarle... Y, sin embargo, no cesaba de quejarse, de su suerte y de su vida.

A mí no me sorprendía oírle decir todo aquello al cura. Me lo conocía, a Robinson, yo. Tristes, ingratas dis­posiciones tenía. Pero desconfiaba aún más del cura, mu­cho más aún... Yo no decía esta boca es mía, mientras me hablaba. Conque perdía el tiempo con sus confidencias.

«Su amigo, doctor, pese a su vida material ahora agra­dable, fácil, y a las perspectivas, por otra parte, de un próximo matrimonio feliz, defrauda todas nuestras espe­ranzas, debo confesárselo... ¡Pues no le ha dado de nuevo por las funestas escapadas, por las golferías, como cuan­do usted lo conoció en otro tiempo!... ¿Qué le parecen a usted esas disposiciones, mi querido doctor?»

Así, pues, no pensaba allí, en una palabra, sino en dejar todo plantado, Robinson, me parecía entender; la novia y su madre se sentían ofendidas, primero, y, después, sentían toda la pena que era fácil imaginar. Eso era lo que había venido a contarme el padre Protiste. Todo eso era muy inquietante, desde luego, y, por mi parte, yo estaba decidido a callarme, a no intervenir, a ningún precio, en los asuntos de aquella familia... Abortada la conversa­ción, nos separamos, el cura y yo, en el tranvía, con bas­tante frialdad, en una palabra. Al volver al manicomio, yo no las tenía todas conmigo.

Poco después de aquella visita fue cuando recibimos, de Inglaterra, las primeras noticias de Baryton. Algunas postales. Nos deseaba a todos «salud y suerte». Nos es­cribió también algunas líneas insignificantes, de aquí y de allá. Por una postal sin texto nos enteramos de que había pasado a Noruega y, unas semanas después, un telegrama vino a tranquilizarnos un poco: «¡Feliz travesía!», desde Copenhague...

Como habíamos previsto, la ausencia del patrón se co­mentó con la peor intención en el propio Vigny y en los alrededores. Más valía, para el futuro del Instituto, que diéramos en adelante, sobre los motivos de esa ausencia, explicaciones mínimas, tanto ante nuestros enfermos como a los colegas de los alrededores.

Meses pasaron, meses de gran prudencia, apagados, si­lenciosos. Acabamos evitando del todo el recuerdo mis­mo de Baryton entre nosotros. Por lo demás, su recuerdo nos daba a todos un poco de vergüenza.

Y después volvió el verano. No podíamos quedarnos todo el tiempo en el jardín vigilando a los enfermos. Para probarnos a nosotros mismos que éramos, a pesar de todo, un poco libres, nos aventurábamos hasta las orillas del Sena, por salir un poco.

Tras el terraplén de la otra orilla, empieza la gran lla­nura de Gennevilliers, una extensión muy bella, gris y blanca, donde las chimeneas se perfilan suaves entre el polvo y la bruma. Muy cerca del camino de sirga se en­cuentra la tasca de los barqueros, guarda la entrada del canal. La corriente amarilla va a precipitarse en la esclusa.

Nosotros la mirábamos, a vista de pájaro, durante ho­ras, y, al lado, esa especie de larga ciénaga, cuyo olor vuelve, solapado, hasta la carretera de los coches. Te acostumbras. Ya no tenía color, aquel barro, de tan viejo y fatigado que estaba por las crecidas. Hacia la noche, en verano, se volvía a veces suave, el barro, cuando el cielo, en rosa, se ponía sentimental. Allí, sobre el puente, íba­mos a escuchar el acordeón, el de las gabarras, mientras esperaban delante de la puerta que la noche acabara pa­sando al río. Sobre todo las que bajaban de Bélgica eran musicales, todas pintadas, de verde y amarillo, y con las cuerdas llenas de ropa secándose y combinaciones de co­lor frambuesa que el viento infla al saltarles dentro a bo­canadas.

Yo iba con frecuencia al café de los barqueros, solo, en la hora muerta que sigue al almuerzo, cuando el gato del patrón está muy tranquilo, entre las cuatro paredes, como encerrado en un cielo de esmalte azul para él solito.

Allí también yo, somnoliento al comienzo de una tar­de, esperando, bien olvidado, pensaba, a que pasara.

Vi a alguien llegar de lejos, alguien que subía por la ca­rretera. No tardé mucho en comprender. Ya por el puen­te lo había reconocido. Era mi Robinson en persona. ¡No había la menor duda! «¡Viene por aquí a buscarme!... -me dije al instante-. ¡El cura debe de haberle dado mi dirección!... ¡Tengo que deshacerme de él en seguida!»

En aquel momento me pareció abominable que me molestara justo cuando empezaba a recuperar, egoísta, un poco de tranquilidad. Desconfiamos de lo que llega por las carreteras y con razón. Ya estaba muy cerca de la tasca. Salí. Se sorprendió al verme. «¿De dónde vienes ahora?», le pregunté, así, sin amabilidad. «De la Garenne...», me respondió. «¡Bueno, vale! ¿Has comido? -le pregunté. No parecía que hubiera comido, pero no quería presen­tarse, nada más llegar, como un muerto de hambre-. ¿Otra vez en danza?», añadí. Porque, puedo asegurarlo ahora, no me alegraba lo más mínimo volver a verlo. Mal­ditas las ganas.

Parapine llegaba también por el lado del canal, a mi encuentro. Muy oportuno. Estaba cansado, Parapine, de quedarse tanto tiempo de guardia en el manicomio. Es cierto que yo me tomaba el servicio un poco a la ligera. En primer lugar, respecto a la situación, habríamos dado cualquier cosa con gusto, uno y otro, por saber con cer­teza cuándo iba a volver Baryton. Esperábamos que pronto dejaría de darse garbeos por ahí para volver a ha­cerse cargo de su leonera en persona. Era demasiado para nosotros. No éramos ambiciosos, ni uno ni otro, y nos la traían floja las posibilidades del futuro. En lo que nos equivocábamos, por cierto.


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