Historias secretas de la última guerra


El espía que traicionó a Hitler



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22.El espía que traicionó a Hitler


Por J. Edgar Hoover,

Director Del Cuerpo De Vigilancia De Los Estados Unidos.

EL protagonista de este drama —llamémosle Albert Van Loop— vive ahora en una ciudad de la región oriental de los Estados Unidos. Allí reparte pacíficamente el tiempo entre su hogar y la pequeña joyería que compró al concluir la guerra. Mientras duraron las hostilidades, los nazis veían en Van Loop al más hábil de sus espías. Así lo manifestó en Alemania a varios oficiales del Servicio de Información militar estadounidense el mismo nazi que había sido jefe de Van Loop, y que nunca llegó a saber que éste servía a los Estados Unidos en tanto que fingía estar al servicio de Alemania.

El 6 de abril de 1942, Van Loop, que es de nacionalidad holandesa, fue al Consulado de los Estados Unidos en Madrid a hacer visar su pasaporte y el de su esposa. Manifestó allí que los nazis lo enviaban a los Estados Unidos a espiar los movimientos de tropas y las industrias de guerra; dijo que, según las instrucciones recibidas, debía instalar una radioemisora clandestina y comunicar periódicamente a Hamburgo cuanto fuese averiguando, y presentó, en comprobación de sus afirmaciones, microfotografías con todos los datos e instrucciones para la instalación y funcionamiento de una radioemisora de onda corta, lista de los materiales necesarios, planos de montaje, frecuencia en que debían hacerse las transmisiones, clave para enviar despachos y descifrarlos. Van Loop le mostró además al cónsul los fondos de que iba provisto: cheques y billetes de Banco por un total de 16.230 dólares.

Declaró acto seguido que, al convenir en ponerse al servicio de los alemanes e ingresar luego en su escuela de espionaje, lo había hecho por ver en esto el único medio de escapar de Europa. Pero su deseo —afirmaba Van Loop— era servir a la causa aliada. Y si le permitían entrar en los Estados Unidos, dispuesto se hallaba a demostrarlo convirtiéndose en agente de los aliados a tiempo que aparentaría serlo de los alemanes.

El cónsul le respondió que lo pensaría, e informó del caso al F B. I. En nuestro archivo teníamos la ficha de Van Loop: natural de Holanda; edad, unos cincuenta años; estado, casado (con alemana); profesión y ocupaciones: ingeniero, joyero, espía en dos guerras.

“Vise los pasaportes”, le dijimos por radio al cónsul; y empezamos desde ese momento a vigilar a Van Loop y a su esposa.

Supimos así que antes de embarcarse para los Estados Unidos había recibido él instrucciones escritas. “Hay actualmente científicos estadounidenses que estudian la posibilidad de desintegrar el átomo del uranio —decían esas instrucciones—; nos interesa mucho saber hasta dónde han adelantado en sus experimentos”. Seguía a continuación la lista con los nombres y direcciones de varios de esos científicos. Bueno es tener en cuenta que en la época a que me refiero, la de principios de 1942, pocas eran en los Estados Unidos las personas, inclusive en las esferas oficiales, que estuviesen al tanto de que se trabajaba en la fabricación de una bomba atómica.

Van Loop y su mujer llegaron en un barco de bandera portuguesa. Estábamos esperándolos en el muelle. Sometido a riguroso y bastante persuasivo interrogatorio, Van Loop confesó que había sido espía en la otra guerra y que había cumplido condena por haberle robado 7.000 dólares a un amigo. Al verse pescado en más de una mentira, el hombre acabó por amilanarse.

Alojamos a los Van Loop en un hotel, donde quedaron en completa libertad, sin que, por supuesto, dejásemos de vigilarlos noche y día. Nuestro plan era instalar la estación de radio conforme a las instrucciones que Van Loop había recibido de los nazis, y comunicarnos con éstos como si fuésemos el propio Van Loop. El menor descuido de parte nuestra echaría a perder ese plan. Por ejemplo: contaban los alemanes con un tal Vizetum, hombre habilísimo en reconocer inmediatamente, por el modo de radiotelegrafiar, a cualquier persona con la que hubiera estado en comunicación, aunque fuese una sola vez, y a Vizetum le era perfectamente conocido el estilo de Van Loop al comunicarse por radio.

Elegimos tres agentes del F B. I. a quienes, mediante repetidas prácticas en las que se utilizaban discos fonográficos de radiocomunicaciones enviadas por Van Loop, logramos familiarizarles, hasta el punto de poder imitarlo a la perfección, con el estilo de éste; una de las características principales del cual consistía en hacer los puntos casi tan largos como las rayas. A renglón seguido, hicimos que esos agentes se ejercitaran en expresarse como Van Loop, esto es, de la manera que lo hace un holandés al hablar alemán.

Instalamos la estación de radio en Long Island, en una finca muy aislada. El 7 de febrero de 1943 nos pusimos por primera vez al habla con Alemania.

“Listo para empezar operaciones”, decía nuestro primer mensaje. “Aunque me creo seguro, es necesario ser muy precavidos. Aguardo su comunicación en 1900”. Cinco días después llegaba la respuesta:

“Tío muy satisfecho. Le manifiesta su reconocimiento y le desea buena suerte”.

Nos pusimos contentísimos. Desde aquella fecha y por espacio de dos años, hasta el primero de mayo de 1945, mantuvimos comunicación constante con Hamburgo. Los informes que transmitíamos a los alemanes se referían a operaciones militares y a producción industrial y eran en su mayor parte verídicos. Les suministrábamos datos meteorológicos; les dábamos aviso de algunos de los barcos mercantes Surtos en puertos norteamericanos; de los de guerra que se hallaban en vías de reparación; repetíamos las noticias de la Prensa sobre asignaciones para la construcción de nuevos barcos y la fabricación de pertrechos.

No hubiera sido prudente aparentar que Van Loop sabía demasiado. Pues de sobra imaginarían los alemanes que no podía ser muy extenso el radio de acción de un espía que, como él, trabajaba aislado en los Estados Unidos. Con todo, inventamos dos cómplices de Van Loop, ambos alemanes, y trabajadores ambos de los astilleros de la Armada —uno en el de Brooklyn, otro en el de Filadelfia—, por medio de los cuales recibía el holandés constantes informes. La importancia que el alto mando alemán concedía a los servicios de Van Loop iba siendo cada vez mayor.

Sin que dejase de ser divertido, a más de ser muy útil, esto no era todo lo que buscábamos. Queríamos averiguar si había más espías en el país. Bien pudiera ser que los nazis de Hamburgo dieran orden a Van Loop de comunicarse con esos espías. Nos interesaba también saber de qué medios se valían los alemanes para remitir fondos a los espías que tuvieran en otras naciones americanas. Pero lo más importante de todo era engañar al Alto Mando alemán enviándole informes falsos.

Una y otra vez —fingiendo ser Van Loop— avisamos a Alemania que se habían agotado los fondos y era imposible seguir trabajando. El general a cuyas órdenes estaba Van Loop hacía lo indecible por tenerlo satisfecho. Primero le ofreció situar 2.000 dólares en un Banco de Suiza que lo traspasaría por cable a Nueva York. Por ver qué otra cosa se les ocurría a los alemanes, rechazamos el plan con la disculpa de considerarlo demasiado peligroso. Resolvió entonces el general enviarle sellos raros de correo por vía de la América del Sur. En dos años no recibió Van Loop sino dos series de sellos que no valían más de 150 dólares cada una. Si tanto trabajo les costaba a los alemanes proveer de fondos a un solo espía aún en un caso como éste, en que el F B. I. hacía la vista gorda, cuando no los ayudaba, ¡qué trabajo no les costaría en los casos en que no mediaba tal circunstancia!

Seguimos enviando mensajes en que Van Loop pedía dinero. Los alemanes optaron finalmente por despachar a los Estados Unidos a un holandés que era todo un magnate de la industria cinematográfica. El individuo debía, entre otras cosas, entregar a Van Loop joyas por valor de 6.000 dólares. La llegada de aquel otro espía, a quien llamaremos Shubert, no dejó de preocuparnos. Si lo arrestábamos, podrían temer los alemanes que, por salvarse, traicionara a Van Loop; si lo dejábamos en libertad de comunicarse con Van Loop, corríamos el riesgo de que al regresar a Alemania delatara su doblez.

También Shubert se puso a la disposición de los aliados cuando se presentó al Consulado de los Estados Unidos en Madrid, y por la forma decidida en que cooperó con nosotros estoy seguro de su sinceridad.

Van Loop había recibido instrucciones de telefonear a determinado hotel y comunicarse con Shubert. En vez de Van Loop llamó uno de nuestros agentes. “Habla Kliemann —dijo—. Mi tío le manda saludos. ¿Me trae algo?”

Algo le traía, en efecto. Allí mismo acordaron encontrarse en el vestíbulo de un hotel. Shubert se describió a sí mismo detalladamente, de modo que no tuviéramos dificultad en reconocerlo. La contraseña que debía dar el encargado de recibir el paquete era la palabra “Kliemann”.

Grande fue la desazón de Shubert al llegar al hotel y ver el vestíbulo lleno de gente. Momentos después, una voz misteriosa le susurraba al oído la palabra “Kliemann”, alguien le arrebataba el paquete y desaparecía entre la multitud.

A Shubert le faltó poco para echarse a llorar. No había visto a Van Loop. Tampoco, según él creía, habían visto al tal Van Loop los agentes del F. B. I. De haber reparado en la persona que al susurrarle “Kliemann” le arrebató el paquete, cuanto hubiese podido decir Shubert es que era un negro de tez sumamente oscura y vestido con librea de chofer. Jamás le habría sido dable decirles a los alemanes que nosotros habíamos visto a Van Loop.

Se acercaba el momento de dar el golpe. Los alemanes habían recomendado a Van Loop que se esforzara, ante todo, en obtener informes sobre la invasión de Europa. Les interesaba saber, por ejemplo, el distintivo de las tropas que hubiera en Nueva York, el número de serie de los camiones militares y otras cosas por el estilo. Les dimos infinidad de informes y poco a poco empezamos a hablar de Islandia en los mensajes que radiábamos a Alemania. Van Loop estaba empleado entonces en una joyería.

“Sé por uno de mis amigos de la joyería”, dijo en un mensaje de esos el supuesto Van Loop, “que su hijo acaba de salir para Islandia”.

Y seguimos machacando en el tema, comunicándoles a los alemanes cosas que no tenían la menor importancia, y diciéndoles invariablemente que Islandia esto, que Islandia aquello, que Islandia lo de más allá.

Por fin, el 3 de marzo de 1944 radiamos a Hamburgo lo siguiente, como si fuese Van Loop el que lo dijese, desde luego: “El domingo pasado oí lo que hablaban varios oficiales en la cantina de un hotel. En respuesta a las bromas de sus compañeros sobre las fuerzas de Islandia, uno de ellos dijo que hacía mal en burlarse porque tal vez los mandaran allá. Agregó ese oficial que, cuando él salió para los Estados Unidos, estaban haciendo en Islandia preparativos como si tuviesen que alojar gran número de tropas”.

Al día siguiente de esto los aviones alemanes, que no volaban sobre Islandia desde hacía meses, reanudaron sus vuelos de reconocimiento. Veían los nazis hileras y más hileras de barracas, simuladas la mayor parte, y el puerto lleno de buques. Guiándose por esto, el alto mando alemán se apercibió a rechazar una invasión por Noruega.

Convenía darles a los alemanes suficiente tiempo para hacer los preparativos; con esa mira los entretuvimos diciéndoles que circunstancias imprevistas habían demorado la invasión. Cuando se supo que habían desguarnecido lo bastante a Francia se dio el golpe por Normandía. Así y todo, la campaña no fue fácil en manera alguna; las tropas aliadas tuvieron que abrirse paso a fuerza de incesante lucha.

¿Qué hubiera sido de ellas si todo el ejército alemán les hubiese hecho frente?

Por extraño que parezca, lo erróneo de estas informaciones no desacreditó a Van Loop con los alemanes. Ni un solo reproche le hicieron, y como si nada hubiera pasado, seguimos enviando —como si fueran de Van Loop— datos, relativos en su mayoría al crecimiento del poderío naval norteamericano, seguros de que los alemanes comunicarían esos datos a los japoneses.

El 27 de abril de 1945 recibimos de Hamburgo el siguiente despacho:

“Debido al presente estado de cosas, nos vemos obligados a interrumpir comunicación. Manténgase a la espera una vez por semana, sin embargo. Tío seguirá protegiéndolo como hasta ahora.”

Día tras día estuvimos esperando en vano la señal. Alemania estaba perdida y el “tío” había huído. Sólo quedaba Van Loop, el joyero holandés, que iba y venía todos los días de su casa a su establecimiento, y de su establecimiento a su casa, cabizbajo y pensando en su perfidia.

Dejamos a Van Loop en libertad. Nos había servido bien, sintiendo que había a su espalda una pistola pronta a hacer fuego.

De “The American Magazine”.



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