Mujeres enamoradas



Yüklə 1,84 Mb.
səhifə34/42
tarix29.10.2017
ölçüsü1,84 Mb.
#19792
1   ...   30   31   32   33   34   35   36   37   ...   42

-No -dijo-, no lo queremos. Me ponen enferma las cosas viejas.

-Las nuevas también -dijo él.

Desandaron sus pasos.

Allí, frente a algunos muebles, estaba la joven pareja, la mujer que iba a tener un bebé y el joven de rostro estrecho. Ella era rubia, más bien baja y robusta. El tenía una estatura media y complexión atractiva. Su pelo oscuro caía a un lado sobre su ceja desde debajo de la gorra, mientras él permanecía extrañamente distante, como uno de los malditos.

-Démoselo a ellos -susurró Ursula-. Mira, están reuniendo una casa.

-No les ayudaré ni estimularé en ello -dijo él con petulancia, simpatizando instantáneamente con el joven distante y furtivo contra la mujer activa y procreante.

-Oh, sí -exclamó Ursula-. Es lo bueno para ellos..., no tienen ninguna otra cosa.

-Muy bien -dijo Birkin-, se lo ofreces tú. Yo mi­raré.

Ursula se dirigió algo nerviosa hacia la joven pareja, que regateaba por una palangana de hierro..., o más bien el hombre miraba furtiva e inquisitivamente, como un prisionero, el abominable artículo mientras la mujer re­gateaba.

-Compramos un sillón -dijo Ursula- y no lo quere­mos. ¿Lo querríais vosotros? Nos alegraría que así fuese.

La joven pareja se dio la vuelta para mirarla, sin creer que ella pudiese estarse dirigiendo a ellos.

-¿Os gustaría? -repitió Ursula-. Es realmente muy bonito..., pero... -sonrió casi deslumbradoramente.

La joven pareja se limitó a mirarla y a mirarse signi­ficativamente para saber qué hacer. El hombre se anuló curiosamente, como si pudiese hacerse invisible al modo de las ratas.

-Queríamos dároslo -explicó Ursula, sobrecogida ahora de confusión y temor ante ellos.

Se sentía atraída por el joven. Era una criatura quieta y sin mente, apenas hombre en sentido estricto; una criatura que han producido las ciudades, con casta de extraña pura sangre y figura en un sentido furtiva, rápi­da, sutil. Sus pestañas eran oscuras y largas sobre los ojos sin mente, llenos sólo por una especie horrible de conciencia sometida, interna, brillante y oscura. Sus cejas oscuras y todas sus líneas estaban bellamente di­bujadas. Sería un amante horrible, pero maravilloso para una mujer, tan maravillosamente dotado. Sus piernas serían maravillosamente sutiles y vivas bajo los pantalo­nes sin forma, tenía algo de la figura, la fijeza y la sedosidad de una rata silenciosa con ojos negros.

Ursula le había percibido con un agradable f risson de atracción. La mujer maciza estaba mirando ofensivamen­te. Ursula se olvidó de nuevo de él.

-¿No queréis el sillón? -dijo.

El hombre la miró con un gesto lateral de aprecio, pero muy distante, casi insolente. La mujer se preparó. Tenía cierta riqueza de vendedora ambulante a flor de piel. No sabía el propósito de Ursula, estaba en guardia, hostil. Birkin se aproximó, sonriendo maliciosamente al ver a Ursula tan aturdida y asustada.

-¿Qué pasa? -dijo sonriendo.

Sus párpados estaban levemente entornados, había a su alrededor el mismo secreto sugestivo y burlón que existía en el aspecto de las dos criaturas urbanas. El hombre echó la cabeza un poco a un lado como indican­do a Ursula y dijo con un calor curiosamente amistoso, bromista:

-¿Qué quién ella?, ¿eh?

Una sonrisa singular rasgó sus labios.

Birkin le miró desde debajo de sus párpados sueltos-irónicos.

-Darte un sillón..., ése..., el que tiene etiqueta -dijo apuntando.

El hombre miró el objeto indicado. Había entre los

dos hombres una curiosa hostilidad en entendimiento masculino, proscrito.

-Pa qué quién dárnoslo a nosotros, tío -repuso él en un tono de libre intimidad que insultó a Ursula.

-Pensamos que os gustaría..., es un sillón bonito. Lo compramos y no lo queremos. No es necesario que os lo quedéis, no os asustéis -dijo Birkin con una sonrisa de­cepcionada.

El hombre le miró entre hostil y agradecido.

-¿Por qué no lo queréis si acabáis de comprarlo? -preguntó la mujer tranquilamente-. Ahora que lo ha­béis mira bien no os gusta. Os asusta que tenga algo, ¿eh?

Miraba a Ursula con admiración, pero también con cierto resentimiento.

-Nunca pensé en eso -dijo Birkin-. Pero no, la madera es demasiado fina por todas partes.

-Mirad -dijo Ursula con el rostro luminoso y complacido-., Nosotros vamos a casarnos y pensábamos comprar cosas. Luego acabamos de decidir que no ten­dremos muebles, que iremos al extranjero.

La recia y levemente desaliñada muchacha de la ciu­dad miró el agradable rostro de la otra mujer apreciati­vamente. Se apreciaban la una a la otra. El joven queda­ba a un lado, con el rostro inexpresivo e intemporal, tra­zada de modo extrañamente sugerente la fina línea del bigote negro sobre su boca más bien ancha y cerrada. Estaba impasible, abstraído, como alguna presencia os­cura y sugerente, una presencia del arroyo.

-Muchas gracias -dijo la muchacha de la ciudad volviéndose hacia su propio joven.

El no la miró, pero sonrió con la-parte inferior del rostro, apartando a un lado la cabeza con un gesto raro de asentimiento. Sus ojos permanecían igual, con una pátina de oscuridad.

-Cuesta pasta cambiá didea -dijo con acento in­creíblemente plebeyo.

-Sólo diez chelines esta vez -dijo Birkin.

El hombre le miró con una mueca de sonrisa furtiva, insegura.

-Es barato. macho -dilo-. No es como divorciarse.

-No nos hemos casado todavia -ario Birk

-Nosotros tampoco -dijo en voz alta la joven-.

Pero estaremos casados el sábado.

Miró de nuevo al joven con una mirada decidida, pro­tectora, al mismo tiempo imperiosa y muy gentil. El son­rió enfermizamente, desviando la cabeza. Ella había con­seguido su virilidad, ¡pero qué le importaba a él! Tenía

un extraño orgullo furtivo y una escurridiza singularidad.

-Buena suerte -dijo Birkin.

-Para vosotros también -dijo la joven.

Luego añadió de modo más vacilante:

-¿Cuándo será lo vuestro entonces? Birkin se dio la vuelta para mirar a Ursula. -Incumbe a la dama decirlo -repuso él-. Iremos al registro tan pronto como esté lista.

Ursula rió, cubierta de confusión y aturdimiento.

-Sin prisa -dijo la joven sonriendo de modo su­gestivo.

-Oh, no te rompas el cuello por llegar -dijo la jo­ven-. Es como cuando estás muerto..., te pasas un largo

tiempo casado.

El joven se volvió como si esto le hubiese golpeado.

-Cuanto más largo, mejor; esperemos -dijo Birkin.

-Eso es, tío -dijo el joven con admiración-. Dis­frútalo mientras dura..., nunca fustigues a un burro muerto.

-Sólo cuando se está fingiendo muerto -dijo la mu­chacha mirando a su hombre con acariciadora ternura de

autoridad.

-Hay una diferencia -dijo él satíricamente.

-¿Qué hay del sillón? -dijo Birkin.

-Sí, muy bien -dijo la mujer.

Se dirigieron al comerciante, con el joven apuesto pero abyecto algo apartado.

-Ese es -dijo Birkin-. ¿Os lo llevaréis con vosotros o preferís que le cambiemos la dirección?

-Oh, Fred puede llevarlo. Que haga lo posible, por la querida y vieja casa.

-Usale a él -dijo Fred con un humor ácido mientras

cogía el sillón que le daba el comerciante.

Sus movimientos tenían gracia, aunque fuesen curio­samente abyectos, resbaladizos.

-Aquí está el sillón cómodo de mamá -dijo-. Falta un almohadón.

Y lo depositó sobre las losas del mercado.

-¿No te parece bonito? -rió Ursula. -Oh, sí -dijo la joven.

-Siéntate, querrás habértelo quedado -dijo el joven. Ursula se sentó rápidamente en mitad del mercado.

-Terriblemente cómodo -dijo-. Pero más bien duro. Pruébalo tú.

Invitó al joven a sentarse. Pero él se puso a un lado grosera y extrañamente, mirándola con ojos rápidos y brillantes, raramente sugestivos, como una rata viva y rápida.

-No lo consientas -dijo la joven-, no está acostum­brado a las sillas con brazos.

El joven se alejó y dijo con una mueca apartada:

-Sólo le faltan piernas.

Los cuatro se separaron. La joven les dio las gracias.

-Muchas gracias por el sillón..., durará hasta que se rompa.

-Lo guardaremos como ornamento -dijo el joven.

-Buenas tardes..., buenas tardes -dijeron Ursula y Birkin.

-Buena suerte para vosotros -dijo el joven mirando y evitando los ojos de Birkin mientras volvía la cabeza hacia un lado.

Las dos parejas caminaron en direcciones distintas. Ursula iba colgada del brazo de Birkin. Cuando hubieron recorrido cierta distancia miró hacia atrás y vio al joven caminando tras la muchacha llena y suelta. Los pantalo­nes se le arrugaban sobre los tobillos, se movía con una especie de evasión resbaladiza, más aplastado por un ex­traño azoramiento ahora que debía llevar el viejo sillón sobre la espalda, con las cuatro finas patas balanceándo­se peligrosamente cerca de las losas graníticas del pavi­mento. Y, sin embargo, era de algún modo indomable y separado, como una rata rápida, vital. Tenía una belleza rara, subterránea, repulsiva también.

-¡Qué extraños son! -dijo Ursula.

-Hijos de los hombres -dijo él-. Me recuerdan a Jesús: «Los mansos heredarán la tierra.»

-Pero no son los mansos -dijo Ursula.

-Sí, no sé por qué pero lo son -repuso él.

Esperaron el autobús de dos pisos. Ursula se sentó

en la parte de arriba y contempló la ciudad. El crepúscu­lo estaba justamente oscureciendo los huesos de las casas

apiñadas.

-¿Y van a heredar la tierra? -dijo ella.

-Sí..., ellos.

-¿Qué vamos a hacer nosotros entonces? -preguntó

ella-. No somos como ellos..., ¿verdad? ¿Verdad que no somos los mansos?

-No. Tenemos que vivir en los resquicios que nos dejen.

-¡Qué horrible! -exclamó Ursula-. No deseo vivir en resquicios.

-No te preocupes -dijo él-. Son los hijos de los hombres, lo que más les gusta son los mercados y las es­quinas de las calles. Eso deja muchos resquicios libres.

-Todo el mundo -dijo ella.

-Ah, no tanto..., pero sí cierto espacio.

El autobús ascendió lentamente por la colina, donde los feos edificios color gris invierno parecían una visión infernal, fría y angular. Permanecían sentados observan­do. Lejos, en la distancia, había un airado escarlata del crepúsculo. Todo era frío, de algún modo pequeño, api­ñado y semejante al fin del mundo.

-No me importa incluso entonces -dijo Ursula mi­rando lo repulsivo de todo ello-. No me concierne.

-Ya no -repuso él sujetándole la mano-. Uno no necesita ver. Uno sigue su camino. En mi mundo es un día soleado y lleno de espacio...

-¿Verdad que sí, mi amor? -exclamó ella pegándose a él tanto en el autobús que los otros pasajeros comen­zaron a mirarles.

-Y vagaremos sobre la faz de la tierra -dijo él­y miraremos sólo un poco al mundo situado más allá.

Hubo un largo silencio. El rostro de ella estaba ra­diante como el oro mientras estaba allí sentada pen­sando.

-No deseo heredar la tierra -dijo-. No deseo here­dar nada.

El cerró sus manos sobre las suyas.

-Yo tampoco. Quiero ser desheredado.

Ella aferró con fuerza los dedos de él.

-No nos preocupemos por nada -dijo ella. .El se mantenía sentado, inmóvil, y rió.

-Y nos casaremos y habremos terminado con ellos -añadió ella.

El rió de nuevo.

-Es un modo de librarse de todo -dijo ella- esto de casarse.

-Y un modo de aceptar al mundo entero -aña­dió él.

-Todo un otro mundo, si -dijo ella felizmente.

-Quizá están Gerald... y Gudrun... -dijo él.

-Si lo están lo están -dijo ella-. De nada sirve preocuparse. No podemos realmente alterarles, ¿verdad?

-No --dijo él-. Uno no tiene derecho a intentarlo... ni siquiera con la mejor intención del mundo.

-¿Intentas forzarles? -preguntó ella.

-Quizá -dijo él-. ¿Por qué desearía yo que él fuese libre, si no es su asunto?

Ella se detuvo durante algún tiempo.

-No podemos hacerle feliz en cualquier caso -dijo

ella-. Tendría que serlo por sí mismo.

-Lo sé -dijo él-. Pero deseamos tener a otras per­sonas con nosotros, ¿no es así?

-¿Por qué? -preguntó ella.

-No lo sé -dijo él con desasosiego-. Uno tiene el anhelo de una especie de camaradería ulterior.

-Pero ¿por qué? -insistió ella-. ¿Por qué tendrías que ansiar otras personas? ¿Por qué habrías de necesitarlas?

Esto le llegó directamente al meollo. Su entrecejo se frunció.

-¿Acaso termina todo con nosotros dos? -preguntó tenso.

-Sí..., ¿qué más quieres? Si alguien desea venir, que venga. Pero ¿por qué vas a correr tú detrás de ellos?

El rostro de él estaba tenso e insatisfecho.

-Siempre imagino que somos realmente felices con unas pocas otras personas..., una pequeña libertad con personas.

Ella reflexionó durante un momento.

-Sí, uno desea efectivamente eso. Pero debe suceder.

No es posible hacer nada por ello con nuestra voluntad.

Tú siempre pareces pensar que puedes forzar a las flores a que broten. Las personas deben amarnos porque nos aman..., no puedes hacer que sea así.

-Lo sé -dijo-. Pero ¿es que uno no va a dar ningún paso? ¿De ir uno simplemente como si estuviese solo en el mundo..., como si fuese la única criatura del mundo?

-Me tienes a mí -dijo ella-. ¿Por qué tendrías que necesitar a otros? ¿Por qué has de forzar a las personas a que estén de acuerdo contigo? ¿Por qué no puedes ser singular y vivir solo, como estás diciendo siempre? In­tentas forzar a Gerald... como intentaste forzar a Her­mione. Debes aprender a estar solo. Y es tan horroroso para ti. Me tienes. Sin embargo, deseas forzar a otras personas a que te amen igualmente. Realmente intentas forzarles a que te amen. E incluso entonces no deseas su amor.

El rostro de él estaba lleno de una verdadera perplejidad.

-¿No? -dijo-. Es el problema que no consigo resol­ver. Sé que deseo una relación perfecta y completa con­tigo, y casi la tenemos... realmente. Pero más allá de eso. ¿Deseo yo realmente una relación verdadera y definitiva con Gerald? ¿Deseo una relación final, casi extrahumana con él...; una relación basada sobre lo último de mí y de él... o no?

Ella le miró durante largo tiempo con ojos extraor­dinariamente brillantes, pero no respondió.

27. MUDANDOSE

Esa noche Ursula volvió a su casa con los ojos muy brillantes y maravillosos..., cosa que irritó a su familia. El padre llegó a la hora de cenar, cansado tras las clases vespertinas y el largo viaje a casa. Gudrun estaba leyen­do; la madre se sentaba en silencio.

De repente Ursula dijo al grupo con una voz animada:

-Rupert y yo vamos a casarnos mañana.

El padre se dio la vuelta tiesamente.

-¿Qué? -dijo.

-¡Mañana! -repitió Gudrun como un eco.

-¡De verdad! -dijo la madre.

Pero Ursula sólo sonreía maravillosamente, sin res­ponder.

-¡Casarte mañana! -gritó ásperamente el padre-. ¿De qué estás hablando?

-Sí -dijo Ursula-. ¿Por qué no?

Aquellas palabras provenientes de ella siempre le po­nían loco.

-Todo está bien..., iremos ' al despacho del regis­trador...

Hubo un segundo silencio en el cuarto tras la alegre vaguedad de Ursula.

-¡Realmente, Ursula! -dijo Gudrun.

-¿Podríamos preguntar a qué se ha debido todo este secreto? -preguntó la madre con cierta altivez.

-No ha habido ningún secreto -dijo Ursula-. Ya lo sabíais.

-¿Quién lo sabía? -gritó ahora el padre-. ¿Quién lo sabía? ¿Qué quieres decir con tu «ya lo sabíais»?

Estaba en una de sus furias estúpidas y ella se cerró instantáneamente contra él.

-Naturalmente que lo sabíais -dijo tranquilamen­te-. Sabíais que íbamos a casarnos.

Hubo una pausa peligrosa.

-¿Sabíamos que ibais a casaros? ¡Sabíamos! ¡Nadie sabe nada sobre ti, perra cambiante!

-¡Padre! -exclamó Gudrun sonrojándose profunda­mente con violenta reprobación.

Entonces, con una voz fría pero amable, añadió, como para recordar a su hermana la necesidad de ser tratable:

-¿Pero no es una decisión temiblemente súbita, Ursula?

-No, no realmente -repuso Ursula con la misma irritante jovialidad-. El ha estado deseando que yo estuviese de acuerdo durante semanas..., tenía la licen­cia preparada. Sólo que yo... no estaba preparada en mí misma. Ahora estoy preparada..., ¿hay alguna razón en ello para ser desagradables?

-Desde luego que no -dijo Gudrun, pero en un tono de fría reprobación-. Eres perfectamente libre para hacer lo que te parezca.

-«Preparada en ti misma»..., ti misma, eso es todo lo que importa, ¿no es así? «No estaba preparada en mí misma» -imitó ofensivamente su frase el padre-. Tú y ti misma tenéis bastante importancia, ¿no?

Ella se recogió y preparó la garganta, brillando ama­rillos y peligrosos sus ojos.

-Yo soy mía -dijo ella herida y mortificada-. Sé que no soy de nadie más. Vosotros sólo deseabais for­zarme..., nunca os importó mi felicidad.

El se inclinaba hacia ella contemplándola con el rostro como un ascua.

-¿Qué estás diciendo, Ursula? Mantén la lengua quie­ta -exclamó su madre.

Ursula giró en redondo y centellearon las luces de sus ojos.

-¡No, me niego! -exclamó-. No sujetaré la lengua ni me dejaré forzar. ¿Qué importa el día que me caso? ¡Qué importa! No afecta a nadie, excepto a mí misma.

Su padre estaba tenso y concentrado como un gato a punto de saltar.

-¿Verdad que no? -gritó acercándose a ella. Ella retrocedió.

-No, ¿cómo podría ser de otro modo? -replicó ella, retrocediendo pero terca.

-Entonces, a mí no me importa lo que tú hagas..., lo que llegue a ser de ti, ¿verdad? -exclamó él con una voz extraña como un grito.

La madre y Gudrun se echaron atrás como hipno­tizadas.

-No -tartamudeó Ursula. Su padre estaba muy cerca de ella-. Tú sólo quieres...

Ella sabía que era peligroso, y se detuvo. El estaba concentrado, dispuesto cada músculo.

-¿Qué? -retó.

-Forzarme -musitó ella, y antes de que sus labios dejaran de moverse la mano de él había abofeteado un lado del rostro enviándola contra la puerta.

-¡Padre! -exclamó Gudrun con un grito agudo-. ¡Es imposible!

El permaneció sin moverse. Ursula se recobró, su mano estaba sobre el picaporte. Se incorporó lenta­mente. Parecía vacilar.

-Es verdad -declaró con lágrimas brillantes en los ojos, levantado su rostro en desafío-. ¿Qué ha sig­nificado tu amor, qué ha significado alguna vez?... Forzar y negar...

El estaba avanzando de nuevo con movimientos ex­traños, tensos, con los puños cerrados y el rostro de un asesino. Pero ella desapareció como el rayo tras la puerta y escucharon cómo subía las escaleras corriendo.

El miró un momento la puerta. Luego, como un ani­mal derrotado, se dio la vuelta y regresó a su asiento junto al fuego.

Gudrun estaba muy pálida. Se oyó la voz fría y en­fadada de la madre en el intenso silencio, diciendo:

-Bien, no deberíais ocuparos tanto de ella.

Cayó de nuevo el silencio, cada uno seguía un grupo separado de emociones y pensamientos.

-¡Adiós! -dijo en su tono enloquecedor, animado, casi burlón-. Me voy.

Y al instante siguiente la puerta se cerró, escucha­ron la puerta exterior, luego sus pasos rápidos reco­rriendo el sendero del jardín, después se escuchó el estrépito del portón y sus leves pisadas desaparecieron. Hubo un silencio como de muerte en la casa.

Ursula se fue directamente a la estación, apresurán­dose sin darse cuenta sobre pies alados. No había tren, debía caminar hasta el cruce. Mientras atravesaba la oscuridad empezó a llorar y lloró amargamente, con una angustia aturdida, punzante, infantil, todo el cami­no y aun en el tren. El tiempo pasó inconsciente y des­conocido, no sabía dónde estaba ni qué estaba aconte­ciendo. Sólo lloraba desde profundidades insondables de desesperación, de aflicción desesperada, con el te­rrible pesar de una criatura que no conoce agotamiento.

Sin embargo, su voz tenía la misma animación defen­siva cuando habló con el ama de llaves de Birkin en la puerta.

-¡Buenas noches! ¿Está el señor Birkin? ¿Puedo verle?

-Sí, está. Se encuentra en su estudio.

Ursula cruzó delante de la mujer. La puerta de él se abrió. Había escuchado su voz.

-¡Hola! -exclamó sorprendido, viéndola allí con la maleta en la mano y signos de lágrimas sobre el rostro.

Ella era una persona que lloraba sin dejar demasia­das huellas, como un niño.

-¿Tengo un aspecto horrible? -dijo apocándose.

-No..., ¿por qué? Entra.

Tomó el bulto de su mano y entraron en el estudio.

Allí, inmediatamente, los labios de ella empezaron a temblar como los de una criatura que vuelve a recordar y las lágrimas llegaron a borbotones.

-¿Qué pasa? -preguntó él tomándola en sus brazos.

Ella sollozó violentamente en su hombro mientras él la sujetaba, esperando.

-¿Qué pasa? -dijo él de nuevo cuando ella estuvo más tranquila.

Pero ella se limitaba a apretar su rostro más dentro de su hombro, dolida, como un niño que no puede contar.

-¿Qué ha sucedido entonces? -preguntó él.

Ella se alejó de repente, se secó los ojos, recupero la compostura y se sentó en una silla.

-Padre me pegó -anunció como un pájaro despei­nado, muy brillantes sus ojos.

-¿Por qué?

Ella apartó la vista y no quiso responder. Había una lamentable rojez en torno a sus sensibles aletas nasa­les y a sus temblorosos labios.

-¿Por qué? -insistió él con su voz extraña, suave, penetrante.

Ella se dio la vuelta para mirarle con cierto desafío.

-Porque dije que iba a casarme mañana, y él quiso imponérseme.

-¿Por qué quiso imponerse?

La boca de ella volvió a abrirse, recordó la escena una vez más y llegaron las lágrimas.

-Porque dije que a él no le importaba..., y no le importa; es sólo su autoritarismo lo que se duele... -dijo ella, arrastrada su boca todo el tiempo por el llanto, con un aspecto tan infantil que él casi sonrió.

Pero no era infantil, era un conflicto mortal, una he­rida profunda.

-No es del todo cierto -dijo él-. E incluso enton­ces no deberías decirlo.

-Es cierto..., es cierto -sollozó ella-, y no me de­jaré forzar por el hecho de que él pretenda llamarlo amor... cuando no lo es..., porque no le importa, cómo puede..., no, no puede...

El permanecía sentado, en silencio. Ella le conmovía abrumadoramente.

-Entonces no deberías provocarle, si no puede -Birkin tranquilamente.

-Y yo le he amado, le he amado -sollozó ella-. Le he amado siempre, y él siempre me ha hecho esto, él...

-Ha sido entonces un amor de oposición -dijo él-. No te preocupes..., todo acabará bien. No hay razón para desesperarse.

-Sí -sollozó ella-, hay, hay.

-¿Por qué?

-Nunca volveré a verle...

-No inmediatamente. No llores, tuviste que romper con él, era necesario..., no llores.

El fue hacia ella y besó el pelo fino y frágil, tocando suavemente sus mejillas húmedas.

-No llores -repitió-, no llores más.

La sujetó muy cerca de él, silenciosamente.

Al fin quedó ella inmóvil. Entonces miró hacia arriba, con los ojos abiertos de par en par y asustados.

-¿No me deseas? -preguntó.

-¿Desearte?

Sus ojos oscurecidos, fijos, desorientaban a Ursula, no le daban confianza.

-¿Desearías que no hubiese venido? -preguntó, an­siosa ahora, temiendo estar fuera de sitio.

-No dijo él-. Habría deseado que no se hubiese producido la violencia..., tanta fealdad..., pero quizás era inevitable.

Ella le contempló en silencio. Parecía mortecino.

-¿Pero dónde me quedaré? -preguntó sintiéndose humillada.

El pensó un momento.

-Aquí, conmigo -dijo-. Estamos tan casados hoy como lo estaremos mañana.

-Pero...


-Se lo diré a la señora Varley -dijo él-. No te preocupes ahora.

El estaba sentado mirándola. Podía percibir sus ojos, oscurecidos y fijos sobre ella todo el tiempo. Eso le asustaba un poquito. Se quitó el pelo de la frente ner­viosamente.


Yüklə 1,84 Mb.

Dostları ilə paylaş:
1   ...   30   31   32   33   34   35   36   37   ...   42




Verilənlər bazası müəlliflik hüququ ilə müdafiə olunur ©muhaz.org 2024
rəhbərliyinə müraciət

gir | qeydiyyatdan keç
    Ana səhifə


yükləyin